FORO DE DAVOS

El primer ministro de Canadá habló de “la mentira” del orden internacional ante las amenazas de Trump

elDiarioAR

21 de enero de 2026 11:44 h

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El primer ministro de Canadá, Mark Carney, suscitó el aplauso de los grandes empresarios transnacionales, políticos y comentaristas reunidos en la nueva edición del Foro Económico Mundial, que se celebra en Davos (Suiza). Con un discurso pragmático, el líder canadiense dio el martes por finiquitado el “orden internacional basado en reglas” al que apelan los países occidentales, tras reconocer que está sustentado en un relato que en parte siempre ha sido un “mentira”, y llamó a las potencias medianas a coordinarse para sobrevivir entre los grandes poderes.

Donald Trump le respondió este miércoles en su discurso ante el Foro Económico Mundial de Davos: “Por cierto, Canadá recibe muchos regalos de nosotros, deberían estar agradecidos, pero no lo están. Ayer vi a su primer ministro. No se mostró muy agradecido: Canadá vive gracias a Estados Unidos, recuerda eso la próxima vez que hagas declaraciones, Mark”, apuntó el presidente estadounidense.

La intervención de Carney se entiende en el contexto del giro declaradamente imperialista del presidente estadounidense, Donald Trump, que en 2025 especuló con la posibilidad de anexionarse Canadá —con menos vehemencia de la que expresa actualmente por Groenlandia— y cuyas amenazas arancelarias condicionaron las elecciones en el vecino del norte, en las que el liberal Carney, del mismo partido que el ex primer ministro Justin Trudeau, salió victorioso.

“Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían a sí mismos cuando les conviniera. Que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor dependiendo de la identidad del acusado o de la víctima”, señaló Carney, que reconoció que tal “ficción” resultaba útil, pues “la hegemonía estadounidense, en particular, contribuyó a proporcionar bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a los marcos para la resolución de disputas”.

Pero hoy la situación es definitivamente otra, y ya no valen artificios retóricos, planteó. “Llamemos al sistema por su nombre: un periodo en el que los más poderosos persiguen sus intereses utilizando la integración económica como arma de coacción”, denunció, en clara referencia a Trump, a quien no mencionó por el nombre.

Al presidente de EEUU no parecen haberle sentado bien las palabras de Carney, a quien ha lanzado un ataque en su intervención en Davos. “Por cierto, Canadá recibe muchos regalos de nosotros, deberían estar agradecidos, pero no lo están. Ayer vi a su primer ministro. No se mostró muy agradecido: Canadá vive gracias a Estados Unidos, recuerda eso la próxima vez que hagas declaraciones, Mark”.

Carney comparó la situación actual con la que denunciaba en 1978 el dramaturgo checo Václal Havel, que posteriormente sería primer ministro del país. El orden comunista seguía en pie, según defendía Havel, porque los ciudadanos corrientes participaban en el sistema pese a saber íntimamente basado en una mentira; la situación actual vendría a ser hoy análoga.

En el discurso hubo una denuncia del uso interesado de las instituciones internacionales: “Las grandes potencias comenzaron a utilizar la integración económica como arma. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como coacción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar. No se puede ”vivir la mentira“ del beneficio mutuo a través de la integración cuando esta se convierte en la fuente de la subordinación”.

Ante este estado de cosas, lo que toca a los poderes medianos, como Canadá, es colaborar entre sí, vino a decir Carney. Y en este marco se explica el reciente acuerdo anunciado la semana pasada con el líder chino, Xi Jinping, en materia de comercio energía, agricultura y alimentación, con el que aspira a que las exportaciones canadienses al país asiático alcancen los 3.000 millones de dólares.

“En un mundo marcado por la rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una opción: competir entre sí por obtener favores o unirse para crear una tercera vía con impacto. No debemos permitir que el auge del poder duro nos impida ver que el poder de la legitimidad, la integridad y las normas seguirá siendo fuerte, si decidimos ejercerlo juntos”, defendió.

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Discurso íntegro de Mark Carney en Davos

Es un placer, y un deber, estar con ustedes en este momento decisivo para Canadá y el mundo.

Hoy hablaré sobre la ruptura del orden mundial, el fin de la agradable ficción y el amanecer de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no tiene límites.

Pero les aseguro que otros países, en particular las potencias medias como Canadá, no son impotentes. Tienen el poder de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.

El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad.

Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de gran rivalidad entre potencias. Que el orden basado en normas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben.

Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable, como la lógica natural de las relaciones internacionales que se reafirma. Y ante esta lógica, existe una fuerte tendencia de los países a seguir la corriente para llevarse bien. A adaptarse. A evitar problemas. A esperar que el cumplimiento les garantice la seguridad.

No será así.

Entonces, ¿qué opciones tenemos?

En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. En él, planteaba una pregunta sencilla: ¿cómo se mantenía el sistema comunista?

Su respuesta comenzaba con un frutero. Cada mañana, este tendero coloca un cartel en su escaparate: “¡Trabajadores del mundo, uníos!”. Él no se lo cree. Nadie se lo cree. Pero coloca el cartel de todos modos, para evitar problemas, para mostrar su conformidad, para llevarse bien con los demás. Y como todos los tenderos de todas las calles hacen lo mismo, el sistema persiste.

No solo a través de la violencia, sino también a través de la participación de la gente común en rituales que, en privado, saben que son falsos.

Havel llamó a esto “vivir una mentira”. El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la voluntad de todos de actuar como si fuera verdad. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: cuando incluso una sola persona deja de actuar así, cuando el frutero retira su cartel, la ilusión comienza a resquebrajarse.

Es hora de que las empresas y los países retiren sus carteles. Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamábamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Pudimos aplicar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.

Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era en parte falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor en función de la identidad del acusado o de la víctima.

Esta ficción era útil y la hegemonía estadounidense, en particular, contribuía a proporcionar bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a los marcos para la resolución de disputas.

Así que colocamos el cartel en la ventana. Participamos en los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las diferencias entre la retórica y la realidad. Este acuerdo ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición. Durante las últimas dos décadas, una serie de crisis en las finanzas, la salud, la energía y la geopolítica pusieron de manifiesto los riesgos de una integración global extrema.

Más recientemente, las grandes potencias comenzaron a utilizar la integración económica como arma. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como coacción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades que explotar. No se puede “vivir la mentira” del beneficio mutuo a través de la integración cuando esta se convierte en la fuente de la subordinación. Las instituciones multilaterales en las que confiaban las potencias medias —la OMC, la ONU, la COP—, la arquitectura de la resolución colectiva de problemas, se han visto muy mermadas.

Como resultado, muchos países están llegando a las mismas conclusiones. Deben desarrollar una mayor autonomía estratégica: en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro. Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de combustible o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte a ti mismo. Pero seamos claros sobre adónde nos lleva esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible.

Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de normas y valores para la búsqueda sin trabas de su poder e intereses, los beneficios del “transaccionalismo” serán más difíciles de replicar. Las potencias hegemónicas no pueden monetizar continuamente sus relaciones. Los aliados se diversificarán para protegerse contra la incertidumbre. Comprarán seguros. Aumentarán las opciones. Esto reconstruye la soberanía, una soberanía que antes se basaba en normas, pero que cada vez se anclará más en la capacidad de resistir la presión.

Esta gestión clásica del riesgo tiene un precio. Pero ese coste de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse. Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que construir cada uno su propia fortaleza. Las normas compartidas reducen la fragmentación. Las complementariedades son sumas positivas.

La cuestión para las potencias medias, como Canadá, no es si adaptarse a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. La cuestión es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos, o si podemos hacer algo más ambicioso.

Canadá fue uno de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar fundamentalmente nuestra postura estratégica. Los canadienses saben que nuestra antigua y cómoda suposición de que nuestra geografía y nuestras alianzas nos conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida.

Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado “realismo basado en valores” o, dicho de otro modo, nuestro objetivo es ser pragmáticos y guiarnos por principios. Principios en nuestro compromiso con los valores fundamentales: soberanía e integridad territorial, prohibición del uso de la fuerza salvo cuando sea compatible con la Carta de las Naciones Unidas, respeto de los derechos humanos. Pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser gradual, que los intereses divergen y que no todos los socios comparten nuestros valores.

Nos comprometemos de forma amplia y estratégica, con los ojos abiertos. Aceptamos activamente el mundo tal y como es, sin esperar a que sea como deseamos. Canadá está calibrando nuestras relaciones, de modo que su profundidad refleje nuestros valores. Estamos dando prioridad a una amplia participación para maximizar nuestra influencia, dada la fluidez del mundo, los riesgos que esto plantea y lo que está en juego para el futuro. Ya no dependemos solo de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza.

Estamos construyendo esa fuerza en nuestro país. Desde que mi Gobierno asumió el poder, hemos reducido los impuestos sobre la renta, las ganancias de capital y la inversión empresarial, hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial y estamos acelerando una inversión de un billón de dólares en energía, inteligencia artificial, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y mucho más. Vamos a duplicar nuestro gasto en defensa para 2030 y lo estamos haciendo de manera que se fortalezcan nuestras industrias nacionales.

Nos estamos diversificando rápidamente en el extranjero. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, que incluye la adhesión a SAFE, el acuerdo europeo de adquisición de material de defensa. En los últimos seis meses hemos firmado otros 12 acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes. En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Qatar. Estamos negociando pactos de libre comercio con la India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y el Mercosur.

Para ayudar a resolver los problemas mundiales, estamos aplicando una geometría variable, es decir, diferentes coaliciones para diferentes cuestiones, basadas en valores e intereses. En lo que respecta a Ucrania, somos un miembro fundamental de la Coalición de los Dispuestos y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad. En cuanto a la soberanía del Ártico, apoyamos firmemente a Groenlandia y Dinamarca y respaldamos plenamente su derecho exclusivo a determinar el futuro de Groenlandia.

Nuestro compromiso con el artículo 5 es inquebrantable. Estamos trabajando con nuestros aliados de la OTAN (incluidos los ocho países nórdicos y bálticos) para reforzar aún más los flancos norte y oeste de la alianza, entre otras cosas mediante inversiones sin precedentes en radares de horizonte lejano, submarinos, aviones y tropas sobre el terreno.

En materia de comercio plurilateral, estamos promoviendo los esfuerzos para tender un puente entre el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica y la Unión Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. En cuanto a los minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificarse y alejarse de un suministro concentrado. En materia de inteligencia artificial, estamos cooperando con democracias afines para garantizar que, en última instancia, no nos veamos obligados a elegir entre hegemonías e hiperescaladores.

No se trata de un multilateralismo ingenuo. Tampoco se trata de depender de instituciones debilitadas. Se trata de crear coaliciones que funcionen, tema por tema, con socios que compartan suficientes puntos en común para actuar juntos. En algunos casos, se tratará de la gran mayoría de las naciones. Y se trata de crear una densa red de conexiones entre el comercio, la inversión y la cultura, a la que podamos recurrir para afrontar los retos y oportunidades del futuro. Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú. Las grandes potencias pueden permitirse actuar por su cuenta. Tienen el tamaño del mercado, la capacidad militar y la influencia para dictar las condiciones. Las potencias medias no.

Pero cuando solo negociamos bilateralmente con una potencia hegemónica, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros para ser los más complacientes. Esto no es soberanía. Es la actuación de la soberanía mientras se acepta la subordinación.

En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una opción: competir entre sí por el favor o unirse para crear una tercera vía con impacto. No debemos permitir que el auge del poder duro nos impida ver que el poder de la legitimidad, la integridad y las normas seguirá siendo fuerte, si decidimos ejercerlo juntos.

Lo que me lleva de vuelta a Havel. ¿Qué significaría para las potencias medias “vivir la verdad”?

Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el “orden internacional basado en normas” como si siguiera funcionando tal y como se anuncia. Llamar al sistema por su nombre: un periodo en el que los más poderosos persiguen sus intereses utilizando la integración económica como arma de coacción.

Significa actuar de forma coherente. Aplicar los mismos criterios a los aliados y a los rivales. Cuando las potencias medias critican la intimidación económica procedente de una dirección, pero guardan silencio cuando procede de otra, estamos manteniendo el cartel en la ventana.

Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar a que la potencia hegemónica restaure un orden que está desmantelando, crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describe. Y significa reducir la influencia que permite la coacción.

Construir una economía nacional fuerte siempre debe ser la prioridad de todo gobierno. La diversificación internacional no es solo prudencia económica, es la base material de una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a adoptar posturas basadas en principios al reducir su vulnerabilidad a las represalias.

Canadá tiene lo que el mundo quiere. Somos una superpotencia energética. Contamos con vastas reservas de minerales críticos. Tenemos la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones se encuentran entre los inversores más grandes y sofisticados del mundo. Tenemos capital, talento y un gobierno con una inmensa capacidad fiscal para actuar con decisión. Y tenemos los valores a los que muchos otros aspiran.

Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Nuestra plaza pública es ruidosa, diversa y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad. Somos un socio estable y fiable —en un mundo que es todo lo contrario—, un socio que construye y valora las relaciones a largo plazo.

Canadá tiene algo más: el reconocimiento de lo que está sucediendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige algo más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal y como es.

Estamos quitando el cartel de la ventana. El antiguo orden no va a volver. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esta es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de cooperación genuina.

Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de fortalecer nuestro país y de actuar juntos. Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos con franqueza y confianza. Y es un camino abierto a cualquier país que desee recorrerlo con nosotros.