OPINIÓN
Un deseo impuro
La otra noche, después de cenar, cuando nuestros hijos ya se habían ido a dormir, con mi esposa nos quedamos conversando de sobremesa. Charlábamos sobre lo que cada uno había encontrado más enfáticamente en su análisis.
Por mi parte, le conté dos cuestiones: por un lado, para mí el análisis fue la ocasión de descubrir cómo detrás de todo ideal hay un goce no reconocido; de ahí que ya no pueda alzar la bandera de un ideal sin tener vergüenza.
Cuando alguien habla desde un lugar moral –le contaba– me acuerdo de esa frase de Carlos Menem en el programa de Mirtha Legrand, en la que el ex presidente dijo: “Cuando alguien va a la mesa de uno y entra a hablar de honestidad y entra a hablar de ética, cuando se va, hay que contar los cubiertos”.
Dejar caer el velo del ideal puede llevar a una posición cínica –tal vez la de Menem–, pero también es la ocasión de instaurar otra causa para los actos, más singular y menos atada al narcisismo. Renunciar a ser alguien “bien visto” es un desgarro íntimo que, llegado el caso, se decide atravesar.
Por otro lado, le conté uno de mis síntomas, apoyado en el tiempo que me tomó estar con una mujer que amara. Desde mi juventud, este fue el encuentro más rehuido, porque estaba advertido de sus consecuencias: el amor cambia la vida y yo siempre tenía algo más importante que hacer.
En este punto recordé las palabras que –aparentemente, ya que mi recuerdo se basa en lo que ella me contó– dije el día en que Verónica me contó que estaba embarazada: “Nos cambió la vida”. Creo que también es un efecto de análisis que la frase del horror, con los años se haya vuelto la que mejor expresa mi voluntad.
Ahora bien, todo este prolegómeno es –en realidad– para desarrollar otra idea, menos personal (aunque hable de mí) y que apunta al deseo en que se apoya la práctica del análisis. No planteo, entonces, los efectos que el análisis tuvo sobre mi como analizante, sino como analista.
“El deseo en que se apoya la práctica del análisis”, porque el psicoanálisis no se puede practicar desde un ideal. De regreso al principio, cuando alguien empieza con la canción de lo que debe ser un análisis y cómo alguien es un buen analista… a prepararse para contar los cubiertos.
El psicoanálisis se practica desde un deseo, que, si es tal, es impuro. En mi caso, pude analizar algo de esa impureza en los siguientes términos: como muchos, empecé a estudiar la carrera de Psicología con la idea de “ayudar” a los demás. Por suerte esa pretensión cayó al poco tiempo y pude reconocer intereses más personales en su causa.
Una prueba que atravesé en mi modo de escuchar fue la precipitación que me imponía el paciente histérico (o el que asumía esa posición). Si no sucumbía al furor curativo, sí me inquietaba un poco con los rodeos del saber. Y podía ser un poco severo e impaciente. En esta dimensión reconocí la acepción protestante de mi apellido (Lutero).
Como analista, pude ser un “buen pastor” que espera que la oveja descarriada regrese al rebaño a fuerza de interpretaciones que le enrostran la verdad de lo que (no) sabe. Con los años, esta dimensión técnica perdió su relevancia y acepté una concepción menos exigente del análisis.
No uso de manera ingenua la palabra “concepción”, ya que por aquel entonces algunos sueños de analizantes (que se soñaban en el vientre materno), me condujeron a ubicar una segunda acepción de mi apellido (L’útero). Por esta vía, hice la experiencia –como analista– del valor de la transferencia en el análisis.
En efecto, la palabra “histeria” proviene etimológicamente de la palabra “útero”. En mi análisis encontré un modo de darle un sentido a este tipo clínico para mí práctica, que no se basa en lo que estudié, sino en mi implicación con el deseo de analizar. No es un modelo para nadie, solo define una posición desde la que eventualmente practico.
Como toda posición, tiene sus ventajas y sus síntomas. Pensarme como un analista que tropieza, a pesar de los años, con su modo de practicar, es el pan de cada día y una causa que no es utópica. Es el camino sin punto de llegada.