Argentina y la vara ajena con que nos miden
Describir a un pueblo nunca es neutral: es dominación disfrazada de análisis. El domingo pasado Argentina perdió la final del Mundial 2026 contra España. Horas después, el actor estadounidense Samuel L. Jackson reposteó en Instagram un mensaje que calificaba al país como uno de los más racistas del mundo y pidió a las personas negras que no acompañaran a la Selección. El comediante Eric André lo llamó directamente racista y nazi. Se sumaron con el mismo nivel de crítica la periodista Julia Duailibi y el comentarista José Roberto Burnier en O Globo, y enseguida la congresista estadounidense Jasmine Crockett desde el propio Congreso de Estados Unidos, entre otros.
En una rápida revisión histórica, resulta paradójico observar a las máximas potencias imperialistas, que durante siglos colonizaron nuestro continente y decidieron quien vale y quien no desde la vara de la hegemonía blanca, acusando a los argentinos como la sociedad “más racista del mundo”.
Estados Unidos, un país donde El Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) saca a familias enteras de la puerta de una escuela primaria en pleno horario de entrada. La Unión Europea, que tiene un dispositivo de control fronterizo propio con el que cada año deja migrantes muertos en el Mediterráneo antes de que lleguen a pisar el continente que los juzga. Inglaterra y España, que no hace tanto tiempo administraban colonias enteras según la clasificación racial de sus habitantes. Quien acusa hoy ejerce, con más eficiencia burocrática que nadie en el planeta, el control racializado de la movilidad humana.
Pero su odio hacia Argentina no me conmueve. Hablan de nosotros como objeto, como si nuestra historia entrara en 280 caracteres. Deciden qué significa nuestra alegría, nuestra bronca, nuestra forma de festejar. Pero describir a un pueblo nunca es neutral, es un acto de poder, y cuando ese poder de nombrar queda en manos de quien no vivió lo que describe, produce dominación disfrazada de análisis. Ninguno de los que hoy nos explican vivió acá ni una semana, y aun así se sienten autorizados a explicarnos.
Colonialismo epistémico o neocolonialismo cultural, la estructura es la misma de siempre: alguien de afuera decide qué somos y nosotros quedamos del lado de los que son explicados. El observador se reserva la autoridad de nombrar y al nombrado le toca, como mucho, el derecho a réplica en los comentarios.
Pero como decimos acá en términos muy académicos: “a la gilada ni cabida”, porque seguimos jugando hasta el último segundo convencidos de que todavía se puede dar vuelta hasta la situación más adversa. Y esa convicción no la aprendimos en la cancha, la aprendimos mucho antes, en todo lo que este pueblo ya tuvo que atravesar y del que siempre volvió a levantarse, con esa mezcla de bronca y ternura que solo entendemos los que vivimos acá.
Esa fe desgarrada, esa manía de no bajar los brazos ni cuando el resultado parece escrito, es nuestra, y la vivimos en nuestros propios términos. Ningún manual de sociología extranjera la tiene catalogada. Se estudia desde adentro, o no se entiende.
No nos vengan a explicar esa fe con el vocabulario de ustedes, a medirla con su regla blanca y pura. Cada columna sobre “el carácter argentino” repite un gesto tan viejo como burdo: reservarse el derecho de interpretar al que no es hegemonía. Es la misma operación de siempre: la propia experiencia se vuelve la vara universal y la ajena queda para siempre en el lugar de lo que hay que explicar.
Mejor vengan, conozcan la Argentina y su gente, dejen de explicarnos desde arriba. Tomen mate, pasado de boca en boca sin que a nadie le dé asco. Siéntense a una mesa sin haber sido invitados, y vean cómo aparece comida para diez donde antes había cinco, con la alegría de ser recibidos como reyes.
Miren por qué tantos europeos, yankees, y gente de todo el mundo llegó de paso y se quedó para siempre, sin poder explicarle a su familia por qué no vuelven a un país con moneda estable. No vuelven porque entendieron de qué estamos hechos los argentinos: de lazo, de vínculo humano y afectivo que se teje en lo común. Porque vivimos de crisis política en crisis económica, pero lo humano no se negocia.
Lo que tenemos los argentinos no entra en ningún informe, en ninguna nota viral, en ninguna encuesta de percepción internacional. Entra, como mucho, en una mesa compartida.
AK
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