Dinero Narraciones

El dinero y el azar: chau, Susana, chau, Milei

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Me voy a anotar en el sorteo del sueldo del diputado Milei. Un loto de estos tiempos, cargado de simbolismos de campaña y gestos a contramano que no le importan a nadie. Estoy muy entusiasmada. Pensé, en una primera instancia, vivir la experiencia en silencio para alimentar con contenidos suculentos esta columna monetaria. Ganar - siempre existe la posibilidad si estamos en ella- y hacer una crónica viral, noticiosa en sí misma. Tener, sólo por estar en la web de un diario, esa suerte de cronista (me gusta pensar que los periodistas tienen el don de la fortuna: se les abren puertas traseras, les atienden llamados en números selectos, seducen enfermeras que cuidan celebridades agonizantes) y gozar del sueldo de Milei. Un suceso. El sueldo de un diputado tirado a la suerte a través de un sistema informático para que sea ganado por un ciudadano, figurando un blanqueo de oportunidades, un lavado de culpas políticas, una confesión de solvencia por los opuestos en juego: el diputado que le sobra plata versus los ciudadanos que no llegan a fin de mes en un contexto de inflación empinada. Una forma caprichosa de distribución que ejerce el representante con sus representados mediada por la mano del azar. Ni la mano de la política ni la mano del mercado. Un sorteo demagógico con un premio de doble vara porque es mucho para ser un sueldo y es poco para un premio con chances multitudinarias. Y podría parecer poco para que te cambie la vida -aunque ese indicador no exista por indescifrable- en términos macro. Pero ya sabemos todo lo que calma el dinero. De todos modos, me interesa. Fantaseé -es la contraparte obligatoria de toda apuesta- qué haría con la plata si yo ganara y se hiciera público. Donarla para redistribuir según mis gustos y moral o, mejor, quedarmela, comprar dólares, mandar una sesuda columna ambigua y disculpame por mi forma tan grosera de sentarme sobre el dinero del erario público. Un rulo, le dicen ahora. Un rulo significa, ni más ni menos, encontrarle la ventaja a una operación para que, rotada sobre sí misma, vuelva al punto donde se incrementa. Acá la operación sería más bien empírico literaria -y online-. 

El azar ligado al dinero es distinto al azar suelto, ese que tiene que ver, por ejemplo, con la fatalidad: ir caminando por la playa y que caiga un helicóptero y la hélice suelta te parta al medio o con la buena suerte: ir caminando por la playa y que te descubra un manager de modelos y te contrate para tener una carrera ascendente en el mercado de la moda. En primer lugar, porque el dinero siempre es una medida. Entonces el resultado del azar es mensurable: acertar un número a la cabeza no es lo mismo que habernos conocido en un pasillo, por las consecuencias, claro, por poder contarlo. En segundo lugar, es diferente porque para conseguir ese tipo de dinero colocado en la esperanza se debe azuzar al azar, no como el azar fortuito al que se lo deja ser y se lo llama destino.

El azar ligado al dinero es distinto al azar suelto, ese que tiene que ver, por ejemplo, con la fatalidad: ir caminando por la playa y que caiga un helicóptero y la hélice suelta te parta al medio o con la buena suerte

Redefino qué es azar: se sabe que no existe, que es nada más y nada menos que se te asigne tu parte probable dentro de la historia del tiempo. Eso es suerte, me dirán. Pero es probable, les responderé ¿Cuánto? Depende. Supongamos que poco. Bueno, es muy poco probable que te suceda. Pero puedo ir por esa suerte de que me toque a mí. Esa certeza loca es la que suena al oído cuando el dinero es puesto a flotar en la máquina del azar. Una forma distributiva con representaciones enredadas que mediatizan la repartija para pocos, la oportunidad latente, para no hacernos cargo (sortear es lo opuesto a repartir). El mercado, que es vivo -cómo no serlo con ese nombre: mercado-, se organiza entonces distribuyendo, por la oferta y la demanda -en esto incluyo al trabajo, al sostén social y a la estafa- o rifando -en esto incluyo a la herencia, a encontrar plata por la calle que se le pierde a otros y a los cánones de la lotería nacional-. Se sabe, desde que la sociedad es tal, que siempre hay un público, llamémosle supersticioso y desesperado, que busca la forma de conseguir el dinero apostando a que le toque en determinado momento su probabilidad. Es. por lo general, un grupo de gente casi mística, diría yo, con una pereza venenosa, pero no tanto como para no tener una fe ciega en sí mismo y su racha, con un deseo revolucionario: hacer saltar la banca. 

Para que el azar nos mire y nos acompañe en la búsqueda de dinero hay que actuar. Hay que hacer con disciplina, poner el cuerpo, como dicen los que se victimizan, ir hasta la casa de quiniela y jugarle al número asignado a algún sueño -una veta popular del onirismo- si es que fue soñado, entrar al bingo y soportar por horas las vértebras vencidas y la vista excitada frente a las slot machines, alguna tranquila que no agreda tanto para pasarse un buen rato contemplando las vaivenes de la racha, un buen rato ganando y perdiendo, mientras se trata de controlar al azar (el mismo que regirá nuestra propia forma de muerte), llamar al 0800 o mandar el cupón con los datos al programa de Susana Giménez. Mi abuela Irene durante décadas esperó noches y noches salir sorteada en “Hola Susana'', que Susana la llamara, jugar a lo que ella le propusiera y ganar un auto o el millón. Pero el teléfono nunca sonó. No era tan remoto. 

Para que el azar nos mire y nos acompañe en la búsqueda de dinero hay que actuar. Hay que hacer con disciplina, poner el cuerpo, como dicen los que se victimizan, ir hasta la casa de quiniela y jugarle al número asignado a algún sueño

Las representaciones del azar en los juegos del azar tienen algo circense: dados numerados en un contraste cromático revoleados en el aire, naipes iconizados en rojo y negro, tréboles, picas, corazones y diamantes: un cuatriverso excitante, jotas, qus y kas en otro nivel, la bola rodando en la ruleta, la de Dostoieski, una verdadera rueda de la fortuna en miniatura, y caballos bufosos con jockeys diminutos disfrazados de comodines levitando sobre sus lomos. Fui algunas noches al casino cuando era una adolescente. El padre de una amiga, dueño de cines pornográficos, jugaba junto a su esposa todo el verano. Era una meta anual. La pareja tenía un departamento muy bien puesto justo enfrente del casino de Mar del Plata que recuerdo que tenía la particularidad de tener todos los picaportes a la altura de las rodillas de un adulto, la hipótesis era que se lo habrían comprado a un enano. Todas las noches cruzaban y jugaban al punto y banca, él, y a la ruleta, ella. La jactancia de su hija era que un verano, su padre y su madrastra, habían perdido el auto, un Volvo, y tuvieron que volver en la clase super pullman del marplatense. Acompañé algunas noches a mi amiga a visitar al padre al casino, el lugar en el que lo encontraba despierto, para poder verlo y pedirle plata para la pizza, los calzones y las coronas en nuestro departamento alquilado junto a otras chicas en un típico veraneo juvenil iniciático. Dábamos vueltas por las mesas, en un silencio atento, mirábamos el arte quiromántico de los croupiers, las fichas de colores nacarados que hacen las veces del dinero para mantener decoro, para reducir volumen, claro está, pero sobre todo para que los jugadores no se distraigan con los billetes, su perdición, y se concentren en el puto juego. Aspirábamos la bruma ludópata del tabaco y éramos ignoradas -no como en la playa- por esas personas abismadas en su cálculos, en sus tiros, absorbidas sus vidas por las vueltas del azar. Después, el padre de mi amiga nos llevaba al bar del casino, un gran espacio dorado, atlántico, atendido por mozos de blazer blanco a tomar cocas y comer tostados mixtos. El padre cambiaba algunas fichas en la caja enrejada en bronce y nosotras volvíamos a nuestra timba de playa vespertina y boliche matutino a seguir gastando nuestro creído derecho a las ganancias ocasionales. 

En el libro El poder del juego de Federico Poore y Ramón Indart hay datos lamentables sobre la explotación de la ludopatía humana para el negocio de la política argentina. Datos de cánones millonarios que se supone retornan como obras de bien para la ciudadanía, una vez descontados los premios, pero no siempre sucede. Los resultados a la vista y en el circuito, todas las suspicacias imaginables. El país está lleno de tragamonedas, que dejaron demodé a los juegos de paño o a los cartones de los bingos, por la captación solitaria que hacen de los jugadores las maquinitas. La trampa está en que no se sienta una mirada reprobatoria cuando llega la voz diabólica de la tentación: “Un tirito más”. Pero alguien programa el azar en esas máquinas. En algún momento del ciclo tiene que dar un premio. Nadie sabe cuándo será. Solo los empresarios del juego que miden la rentabilidad en metros cuadrados de máquinas instaladas, como las hectáreas de un sembradío. No hay que tener destreza alguna, como por ejemplo en el Candy Crush que, dicho sea de paso, acaba de ser comprado por Microsoft en sesenta mil millones de dólares; solo hay que bajar la palanca hasta encontrar ese momento y pagar por cada gesto. Los sectores bajos son los que más juegan: tienen todo por tener, todo por perder, todo por soñar, todo por desesperar. Hay ciudades provinciales en las que solo tienen el casino como lugar de esparcimiento, no hay ni un cine ni un teatro. La cuarentena, para colmo, impulsó con voracidad adictiva y gracias al encierro todo tipo de apuestas online: desde carreras de criptomonedas hasta prodes de muertes de famosos longevos

Mis barajas hoy: doscientos cinco mil pesos para llevar a mis tres hijos a un recital grande, de un artista o banda internacional y todos los gastos accesorios de esa noche, como a los que fui con el uno a uno, ¿por qué no?, o guardar la compostura ciudadana, la ética del artista, el perfil bajo, la resignación y no hacerle el juego a nadie. Chau, Susana. Chau, Milei.

AS