Hilda Sabato: "Si tuviera que hacer un balance, diría que la historia oficial hoy es la historia revisionista”

Hilda Sabato

Diciembre de 1810. Se conmemora en Buenos Aires la victoria en la Batalla de Suipacha, la primera de la Revolución. Esa noche, un oficial anónimo le obsequia una corona de azúcar a María Saturnina Bárbara Otálora, la mujer de Cornelio Saavedra, presidente de la Primera Junta de gobierno. De inmediato se propaga la versión de que Saavedra busca coronarse como monarca. A los pocos días, Mariano Moreno publica el decreto de supresión de honores, que Saavedra heredaba del virrey depuesto. "Habrá desde este día absoluta, perfecta e idéntica igualdad entre el Presidente y demás Vocales de la Junta sin más diferencia que el orden numerario, y gradual de los asientos", dice la resolución. Moreno señala además allí en 15 puntos una serie de virtudes republicanas por las que en adelante debían regirse los funcionarios públicos.

El 25 de Mayo de 1810 y la Revolución como sueño eterno

El 25 de Mayo de 1810 y la Revolución como sueño eterno

-Esta breve historia cuenta que ya existía una idea de república entre los hombres de Mayo. ¿Cuál era esa idea?

-La anécdota es conocida. Divide aguas, sobre las figuras de Mayo. Saavedra, monárquico, o incluso que quería él mismo convertirse en una figura dominante en la Revolución. No sé si es verdad, pero es muy elocuente del momento. No es fácil de responder si esto tiene que ver con las ideas de república que ya circulaban entre los hombres que va a hacer la Revolución. Pero la respuesta más sencilla es que sí. Las ideas de república circulaban desde mucho antes el todo el mundo hispánico. La noción de república ya tenía una pluralidad de sentidos. Incluso en el universo ideológico español, asociada a la ciudad, a lo colectivo, a la comunidad. También en la colonia, no en el Virreinato del Río de la Plata, pero sí donde la corona tenía mucho poder, como México o Perú, se crean formas de administración de las comunidades locales bajo el formato de república. La sociedad se dividía como república de indios y de españoles. Ya era un término polisémico, que luego se consolida como dominante. Yo trato de mostrar cómo se consolida la idea de república como forma de gobierno en la América hispana a partir de la década del 20. del siglo XIX. Y cómo fue que llegó para quedarse. Mientras que en otras regiones, como en Europa, tuvo un trámite más complejo. En Francia duró poco y tuvo que esperar  hasta 1870 para llegar a la república tal como la conocemos en Francia. La república ya existía en Estados Unidos, como experiencia distintiva: una federación que va a adoptar la forma republicana de gobierno en un tipo de sociedad bastante más compleja que la que había caracterizado a las repúblicas en el pasado, desde la antigüedad hasta las repúblicas italianas o la de los Países Bajos. Cuando se produce la Revolución, todo eso está en el aire. Los revolucionarios tenían la república incorporada en el lenguaje político.     

Hilda Sabato es una de las más prestigiosas historiadoras de la Argentina, investigadora superior del CONICET en el Instituto Ravignani de la Universidad de Buenos Aires. Su trabajo se enfoca especialmente en la historia política y social argentina y latinoamericana del siglo XIX. Acaba de publicarse en la Argentina “Repúblicas del nuevo mundo. El experimento político latinoamericano del siglo XIX”, publicado en inglés en 2018. Sabato desafía la perspectiva tradicional que identifica a las repúblicas de la América hispana como una experiencia fallida, dominada por la violencia política, los caudillismos y la anarquía. Aquella temprana y riesgosa apuesta republicana “de autoinstitución de nuevas comunidades políticas fundadas sobre el principio de la soberanía popular”, casi no tenía antecedentes en la historia moderna, sostiene Sabato. Sin embargo se impuso y llegó hasta nuestros días. “Personajes como San Martín o Belgrano, que lucharon por la Independencia y creían en el autogobierno, decían: esto se nos va de las manos, el poder se va a disolver en los caudillismos locales... La guerra había traído el surgimiento de poderes locales no fácilmente combinables entre sí. Pero ganó la república”, dice.

En una entrevista por videollamada con elDiarioAR, Sabato habla de la vida política turbulenta que siguió a la Revolución bien entrado el siglo e inscribe la violencia que caracterizó ese período “en una lógica donde la fuerza tiene un valor que está instalado en el sistema”. En ese contexto, destaca el llamado regular a elecciones y el surgimiento de una opinión pública activa, “una esfera pública”, una “instancia de mediación entre una sociedad civil crecientemente autónoma y un estado en construcción”. Las  movilizaciones callejeras no eran tampoco extrañas entonces, “pacíficas y no tanto”.

Sabato reconoce el uso político de la historia al que suele recurrir el poder para legitimar sus propias narrativas y una supuesta tradición en la que identificarse. Y revisa las principales corrientes de la historiografía argentina: la liberal y la revisionista. “El revisionismo fue muy exitoso en alimentar el sentido común historiográfico de los argentinos. Si tuviera que hacer hoy un balance, diría que la historia oficial hoy es la historia revisionista”.

-Entre los desafíos de la Revolución aparece la idea de república como forma de gobierno junto a la de creación de una entidad geográfica donde crearla. ¿En qué geografía encajaba esa idea republicana?                

-Vuelvo al ejemplo de Francia. Allí el pasaje fue desde una forma de gobierno monárquica absolutista, con criterio de antiguo régimen, con el rey a la cabeza. A la caída del rey en España, las distintas comunidades recurrieron a una figura según la cual las ciudades - en América los pueblos- exigieron retomar el poder que le habían otorgado, míticamente, al monarca. Eso habilita la aparición de juntas en toda la geografía, no sólo de la península, sino también del imperio, que reclaman recuperar el poder. En el ámbito americano, el poder lo recupera el cabildo. Ahí viene el problema que planteás: ¿el cabildo reclama la soberanía de quién? ¿De Buenos Aires? ¿Del virreinato? ¿Quién es el que retoma la soberanía? ¿Hasta dónde? Desde la escuela conocemos la tensión entre la Junta de Buenos Aires y los delegados de las provincias que vinieron a formar la Junta Grande. Una vez que están decididos al autogobierno, ese proceso dura décadas.  

-¿Cómo se salda antes esa discusión entre la tendencia republicana y monárquica dentro de la Revolución? 

-No es inmediato. Hay una alternativa, la monarquía constitucional, que defienden San Martín y Belgrano. Pero en cualquiera de los dos casos: ¿Cuáles son los límites? ¿El virreinato? No, porque hubo partes del virreinato que dijeron: nosotros no queremos someternos a España pero tampoco a Buenos Aires. Paraguay, la Banda Oriental, el Alto Perú, más adelante. De lo que era el virreinato surgen a la larga cuatro repúblicas. No sólo acá. Se da también en otras regiones, como Perú y Colombia. Hay propuestas de unidad y desgajamiento. En nuestro caso, deberemos esperar hasta 1853 para tener una república. 

-¿Compartían el poder central y las comunidades o provincias ese ideario republicano?         

-Hubo guerra hasta 1824. En 1816, cuando las Provincias Unidas declaran la Independencia, el único rincón de América no controlado por las fuerzas españolas era el Río de la Plata. Todo eso fue caótico. Los ejércitos españoles estaban integrados por americanos proespañoles. Incluso poblaciones nativas que estaban a favor de España. 

-¿Vuelvo a una pregunta: a qué le debemos que la balanza se inclinara en favor de los republicanos?

-Hubo una situación de guerra. Movilizó a la población y generó dinámicas políticas que fueron más allá de la posibilidad de control de los grupos revolucionarios iniciales. Allí había bastantes tendencias republicanas, entre Moreno, Castelli. Los primeros revolucionarios eran más radicales, eran quienes empujaron a tomar decisiones respecto del autogobierno. Elites ilustradas que se habían formado tanto en la universidades de América, como Chuquisaca, Córdoba, como en España, que se conocían entre sí y abrevaban en un ideario republicano. Pero al mismo tiempo, la guerra y los desórdenes alarmaron a sectores de esas mismas élites que vieron peligroso pasar a una república sin ninguna referencia última. Porque ¿cuál es la diferencia entre una monarquía constitucional y una república? Las dos conllevan el autogobierno. El poder va a surgir ahora ya no de dios o de una instancia trascendente, sino que son los propios hombres que forman la sociedad quienes construyen, alimentan, legitiman el poder que va a permitir ordenar. En una sociedad en guerra, que ya no tiene cabeza, crear una autoridad no es una cosa que se logre de un día para otro. Es lo más fascinante. Yo no estudio este período revolucionario en particular. Es un momento de un grado de posibilidad de innovación, de cambio. Donde todo puede suceder, y para los protagonistas, su propia muerte. Un momento de gran efervescencia. Para los que defendían la monarquía constitucional, el rey, de alguna manera encarna el conjunto social. Incluso hoy. Es un anclaje. Una última instancia. En una república no hay última instancia. Es la sociedad misma la que se da sus propias reglas. Y así como se las da, se las puede quitar. Algunos de nuestros próceres, como San Martín, eran conscientes de que no había una última referencia que garantizara el orden. Como las experiencias republicanas habían sido hasta ese momento muy traumática y además Europa estaba de vuelta de esa ola, no solo a favor de la monarquía sino del absolutismo, personajes como San Martín o Belgrano, que lucharon por la Independencia y creían en el autogobierno, decían: esto se nos va de las manos, el poder se va a disolver en los caudillismos locales. La guerra había traído el surgimiento de poderes locales no fácilmente combinables entre sí.  Pero ganó la república.

-¿Y cuál fue la razón, finalmente?

-Yo no tengo respuesta. Es un triunfo político, que se dirime por los hechos. Por imposición. Hay algo que conspira contra la monarquía, en sectores más altos, es un clima de politización que atraviesa a la sociedad: se asocia a la monarquía con el español, con la colonia, con el opresor. España tuvo un momento de monarquía constitucional, intentaron mantener el imperio a través de la incorporación de América por vía de representantes electorales, no convencieron a nadie. Pero siempre hubo una posición de dominación. Y eso alimentó la posición republicana.

-¿Hay que hacer una nueva lectura del siglo XIX? La idea que predomina es que después de las guerras por la Independencia fue un gran caos, guerras civiles infinitas, violencia, caudillismo barbarie, hasta la organización nacional. ¿Qué hay de equivocado en esa mirada histórica?

-Esa visión es una visión muy arraigada. Aquí y en la visión que se tiene desde afuera del proceso sudamericano. Cuando se hacen los grandes análisis sobre la modernidad política, la transformación de sociedades del antiguo régimen a sociedades basadas en la soberanía popular, ni figura la América hispana. Se la considera un intento fallido. Repúblicas mal engendradas. Esto algunos lo adjudican a la herencia española, a la resistencia a la modernidad... Con ese marco general se escribieron algunos de los trabajos más interesantes sobre lo que pasó en el siglo XIX en América latina. Hace ya tiempo, en los últimos veinte años, diría, varios historiadores empezamos a mirar distinto este proceso. Se empezó por cuestionar la idea de una modernidad o un liberalismo fallido, que no podía enraizar en este tipo de comunidades. Esa explicación nace incluso en en siglo XIX. Hoy hay una vasta producción que trata de analizar ese período en sus propios términos: No con la idea de que hubo un camino que tenía que haberse seguido y falló. El tema electoral es un caso típico. Había elecciones, muchas elecciones, más que ahora. Y no votaban los ricos. Cuando empecé a trabajar la política, yo estaba convencida de que las elecciones no servían para nada. Y sólo después de trabajar mucho me di cuenta de que si no estudiaba las elecciones, quién votaba, cómo votaba, por qué votaba, cómo se organizaban las elecciones, no entendía nada. 

-¿Por qué se desconoce tanto eso? 

-Hay una especie de prejuicio, de distintos lugares del arco ideológico. Tanto sobre el proceso electoral, como otra institución poco relevada en la historiografía, como es la de la milicia. Fundamental del andamiaje republicano y que normalmente se la ve asimilada a la idea de militarización y por lo tanto a aquello que resultaba perturbador para un orden presumiblemente republicano. Cuando se la ve como una institución que es parte de una mecánica de  funcionamiento político que es profundamente republicano y no atávico, ancestral, contracorriente, esta mirada permite cambiar el punto de vista, empezar a entender. Eso me alimentó una visión de un proceso general, no local. No era lo que nos pasó el 25 de Mayo, lo que nos pasó con el federalismo en la década del ‘20. Era algo que estaba ocurriendo, una forma de ensayar nuevas formas políticas, en todo el espacio hispanoamericano, incluso en países tan diferentes como Argentina y México, Chile y Ecuador. Desde el punto de vista de la organización política, de la manera en que se busca crear una sociedad fundada sobre el principio de la soberanía popular, los caminos que siguen son parecidos, las instituciones que adoptan son similares. Hay muchos trabajos sobre cada lugar y de alguna manera parten de la idea de cuestionar esa visión general que mencionabas al principio.

-En su libro, usted menciona a la opinión pública, la aparición de un antecedente de “esfera pública” como otro de los pilares de aquellas repúblicas. ¿Qué lugar ocupaba? Y al mismo tiempo, qué se entendía como “pueblo”?

-El desafío era cómo construir una sociedad fundada sobre el principio de soberanía popular. No sólo cómo crear poder, sino además una comunidad política. La república en ese sentido es también la nación, la comunidad política. “Pueblo” aquí es la palabra clave. Una palabra que ya existía y se aplicaba de mil otras maneras. Es el pueblo el que tiene que construir y legitimar las instancias de poder. ¿Cómo se hace eso? Si bien había muchos ejemplos anteriores y el contemporáneo de los Estados Unidos, la idea es cómo se crean instancias de poder. La opción por la soberanía popular abre dos instancias: república y monarquía constitucional. Pero aún en la forma republicana, no estaba muy claro todavía la idea de república representativa. Nos puede parecer una verdad de perogrullo, porque no conocemos otra. Pero si vamos a la historia, ninguna república había sido representativa hasta Estados Unidos. Porque las experiencias anteriores eran de soberanía directa. Eso llamado “pueblo” era lo que de alguna manera gobernaba directamente. En el siglo XVIII esto empieza a cambiar. El pueblo no puede ir corriendo a la plaza y votar. Se inventa en la teoría política la noción de representación. El problema es cómo en una sociedad en la que somos todos iguales, algunos van a gobernar por encima de otros. Ese principio de distinción es el eje, desde entonces hasta ahora. El pueblo tiene que designar representantes. La soberanía popular no se va a expresar directamente, sino que los representados van a elegir a los representantes que van a actuar en nombre de todos. La relación entre representantes y representados es el núcleo de la vida política de ahí en más. Lo que hay que destacar, incluso en nuestras democracias contemporáneas, es que la relación de representantes es sólo un paso en esa relación. Los representantes no pueden hacer lo que se les da la gana entre elección y elección. Porque los representados siguen teniendo voz. Esa voz se ejercía de distintas maneras. Por un lado las elecciones, como mecanismo de selección y de renovación. Y la “voz del pueblo”, gente que ejerce su voz. Parte fundamental del sistema republicano, que incluye el control de los elegidos. La opinión pública entendida como opinión del pueblo es una instancia, un lugar desde donde se controla. Se inventan instituciones: la prensa escrita es un actor incluso más importante que hoy, un actor político, que ocupa un lugar. Está el mecanismo de la “petición”, por el que la gente peticionaba a sus representantes; el de las movilizaciones, en las calles, pacífica y no tan pacíficamente; las asociaciones, que intervienen para pedir cosas, para criticar al gobierno.

-Todos estos mecanismos, paradójicamente, generaban una enorme inestabilidad en estas repúblicas jóvenes. Usted menciona que se buscan maneras de limitarlas con la intención de reducir la volatilidad. 

-Hay una institución que no existe más en Iberoamérica y que fue muy fuerte en el siglo XIX: la milicia. La milicia es la soberanía en armas, el derecho y deber de los ciudadanos de portar armas en defensa de la libertad. Este derecho habilitó la creación de una organización militar doble: por un lado, la del ejército de línea, profesional, y por otro las milicias, o la guardia nacional, formaciones de ciudadanos. Mientras el ejército, en teoría, dependía del poder central, las milicias fueron por definición potestad de las provincias, un ejército alternativo. El enraizamiento de las milicias en el poder local llevaba a una dispersión en el poder militar. Y han hecho que fuera bastante fácil impugnar al poder, central o el del gobernador desde estos ejércitos alternativos, muy enraizados en las redes partidarias de cada provincia. Cuando uno ve que hay un montón de levantamientos, uno al principio piensa en una forma primitiva de acción. Hasta que se da cuenta, estudiando más el tema, que estas revoluciones están incorporadas. Es posible levantarse frente a un gobierno que amenaza la libertad. Este sistema permite explicar cientos de revoluciones en toda hispanoamérica, no sólo en Argentina. Cuando ves que Bartolomé Mitre, que era uno de los adalides de la construcción de la república y de la Nación, es un rebelde, hace una revolución fundada sobre el principio de la defensa de la libertad. Lo mismo que hizo el Chacho Peñaloza, pero en la vereda de enfrente. Lo que uno ve ahí es una lógica política donde la fuerza tiene un valor que está instalado en el sistema.

-En el Río de la Plata hay una respuesta temprana con Rosas, por la vía autoritaria, para intentar llevar estabilidad a ese sistema..

  -Había una dinámica republicana muy agitada. Mucha participación. El sistema era inclusivo, no igualitario, ojo, pero sí inclusivo. No era democrático. En ese momento estaban muchas cosas sin definir. Hay mucha incertidumbre respecto al formato que va a tener el gobierno entre quienes quieren un poder centralizado y quienes quieren un poder descentralizado. Unitarios y federales. Hay sectores de las elites que están convencidos que no se puede tener una república con toda esta agitación y encima descentralizada. San Martín, en su momento, era muy crítico del federalismo. Y estaban aquellos que pensaban que el poder tenía que estar disperso en las provincias, también una invención del período, que tienen  que tener autonomía. Esta disputa lleva a los grandes conflictos de la década del ‘20 cuando se intenta dos veces hacer una constitución que no era unitaria, sino mixta, y hablaba de una centralización fuerte. Las dos veces se fracasa. Esto dio lugar a conflictos muy fuertes, de enfrentamientos muy traumáticos, que precede al gobierno de Rosas, quien intenta terminar con este conflicto. Pacificar el país de una manera a la que solía recurrirse, que era eliminando a la oposición. Considerando que aquellos que se oponían a los valores que permitirían pacificar el país eran disolventes. Lo único que iban a lograr era generar más desorden. El orden era lo que realmente guiaba a Rosas. Que tuvo bastantes conflictos, por otra parte. Era un régimen unanimista, que piensa que tiene que haber unanimidad y que la división política es peligrosa. Estaba en el espíritu de la época. Por eso no había partidos políticos. Para lograr ese ideal de unanimidad lo hace a través de la fuerza, del uso del poder de manera personalista. Y en esa época todos los años se hacían elecciones, pero con una sola lista. Para Rosas era fundamental que se votara: creía en el sistema electoral, pero no en la pluralidad.   

-¿Cuál es la mirada de un historiador acerca de los usos políticos de la historia? ¿Cómo se para frente a estos fenómenos?

-El pasado no es monopolio de los historiadores. Los historiadores trabajamos con reglas, principios, método. Pero después cualquier persona usa el pasado: los novelistas, los políticos. Los políticos operan en la construcción de memorias colectivas, narrativas apoyadas en hechos históricos que se van armando de acuerdo a las propias prioridades, intereses e ideologías. No se les puede exigir a esas operaciones criterios historiográficos.

-¿Cuánto hay de ficción en esas narrativas?              

-Yo las asocio a las memorias, que son sumamente selectivas. Sobre los usos políticos, uno puede decir: la UCR tiene su fecha de fundación mítica, y hay toda una narrativa sobre los orígenes del partido, sus valores. No necesariamente esa construcción va a ser fiel a lo que un historiador puede encontrar. No hay una historia verdadera. Los historiadores vamos construyendo formas de interpretar el pasado a partir de una profesión que nos da instrumentos. El tema del pasado no es una particularidad sólo argentina, aunque aquí nos apegamos a ciertas discusiones que ya parecen un poco ridículas, a ciertas fórmulas mediante la cual cada grupo político quiere ubicarse en una genealogía. 

-En la experiencia kirchnerista, sobre todo en los gobiernos de Cristina Fernández con la aparición del Grupo Dorrego, por ejemplo, hubo un fuerte rescate del revisionismo histórico. ¿Qué implicó este fenómeno de resurgimiento de la tradición nacionalista para la historiografía argentina?  

-Todos los políticos buscan inscribirse en una tradición. En la Argentina esa tradición quedó congelada entre dos versiones caricaturescas de la historia argentina. Una, la más tradicional, liberal, que remonta a los padres fundadores y a Mitre, que presumiblemente habría marcado de modo muy fuerte la historia que se enseñaba en las escuelas, la historia oficial a partir de 1900. Frente a esta tradición surge el revisionismo, que en realidad tiene distintas versiones, que tiende a revisar la versión oficial. Como versión alternativa. Ambas tradiciones tienen muchos puntos en contacto, yo diría una misma concepción del pasado. Pero lo que yo diría que los diferencia es qué es lo que se considera bueno y qué lo que se considera malo. Quiénes son los héroes y quiénes son los villanos. ¿Por qué digo que es una concepción semejante? Porque las dos se basan en que hay héroes y villanos. Esa idea de buenos y malos, de historia sin matices, la comparten. Y también comparten la concepción de para qué sirve el pasado. Tanto unos como otros entienden que la historia como disciplina tiene que servir como ejemplar, para que la gente sepa lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer. La historiografía liberal originaria pretendía transmitir una idea heroica de la Revolución de Mayo, crítica de los caudillos; la versión revisionista va a invertir esa valoración, pero la operación es la misma. Eso congela el lugar de la historia, tanto en educación como en la formación ciudadana. Si para algo debería servir la historia es para hacer un análisis crítico acerca de las maneras en que la historia fue transcurriendo. Sin entender esto como una lucha del bien contra el mal, sino como procesos históricos de gran complejidad que pueden permitirle a cualquiera adentrarse en los procesos de construcción de ciudadanía, de libertad. Si vos tenés el libreto de que Rosas era bueno y Rivadavia al revés, no sirve para nada. El revisionismo fue muy exitoso en alimentar el sentido común historiográfico de los argentinos. La mayor parte de las opiniones que tienen la mayor parte de los argentinos sobre la historia abrevan en ese relato revisionista. Es mucho más fuerte que el relato anterior. Si en los ‘30 ó los ‘50 la visión liberal posiblemente haya sido hegemónica, en el año 2000 ese relato perdió vigencia.                     

-¿La historiografía nacionalista ha vencido a la liberal?

-Sí. Tuvo mucho éxito. Y hay trabajos que muestran cuál es el grado de empatía que puede sentir buena parte de la población, el enorme arraigo que tuvo esa visión. En principio porque a los argentinos nos encanta que nos digan lo que no nos contaron. Es la historia que no nos contaron. Si uno tuviera que hacer hoy un balance, diría que la historia oficial hoy es la historia revisionista. No la historia oficial de cuando yo era chica. El revisionismo original tenía un sentido en un momento histórico determinado. Pensemos en 1930, 1940, 1960, para incorporar a las vertientes de izquierda. Ahora, ¿qué sentido tiene?. La Argentina tiene un campo historiográfico profesional, con todos los tintes ideológicos, más bien tendiendo hacia el sector progresista, enorme y muy bien fundado. La historia está muy viva como disciplina, pero de ahí a la transmisión a la opinión pública, cómo penetra, no sé. Lamentablemente lo que los gobiernos hagan tiene una influencia en fomentar o no visiones más elaboradas, sofisticadas, más  críticas, o visiones más simplistas. El gobierno de Cristina Kirchner en ese sentido, desde el punto de vista del uso de la historia en el discurso público fue simplificador. Tiene todo el derecho un presidente a hacer referencia a la historia como quiera. Pero cuando eso se transforma en una política pública, a través de la TV, la radio, de los programas escolares, en lugar de contribuir a una visión más enriquecedora… Hoy sabemos mucho más que hace 50 años, por eso el país les paga a sus investigadores. 

-¿Macri, o mejor, lo que representó su gobierno, puede ser inscripto en una de estas corrientes enfrentadas? 

- Nunca lo vi a Macri muy preocupado por la historia. Sus referencias fueron en general muy tradicionales. Podía poner ejemplos, pero no me pareció nunca que fuera una persona con una visión demasiado poderosa o potente… Sus visiones siempre fueron más bien desde el sentido común, desde su ideología. Nunca he visto que se apoyara en la historia para fundar sus argumentos, salvo la historia más reciente. No le veo ni compromiso con ningún tipo de planteo sistemático. Cristina en cambio sí tuvo una consistencia. Consistentemente se refería a contrastes, a figuras, imágenes, que tenían su propia idea acerca del país. Basadas en un tipo de convicciones que le impiden hacerse preguntas. Si un momento histórico, si un texto plantea preguntas, vamos bien. El pasado es una caja negra, hay que tratar de entender. Ir desde el presente con la solución tiene poca gracia.               

WC

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