Opinión

Nuestra historia en Netflix

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Siempre digo a mis estudiantes, un poco en serio y un poco en broma, que la historia es demasiado importante como para dejarla exclusivamente en manos de historiadores. Con eso quiero decir que los que practicamos el oficio no somos dueños del pasado. Que las sociedades construyen su sentido histórico retomando muchos impulsos y aportes, además de los nuestros. Y que eso está bien, porque no pocas veces los historiadores terminamos aprendiendo historia de la gente común, haya o no estudiado. Los ejemplos abundan: fueron los movimientos sociales los que nos indicaron a los académicos la importancia de enfocarnos en la historia de los trabajadores, de las mujeres, de la sexualidad, del racismo, de los pueblos originarios, entre otros temas que hoy nutren las agendas de las mejores universidades. Los activistas y las personas de a pie nos dieron lentes que no teníamos para analizar la realidad desde otros puntos de vista. Y aportaron también memorias que los archivos no había preservado. La autoridad sobre el pasado, por ello, es siempre compartida. Los historiadores tenemos mucho para aportar, pero no podemos ni debemos aspirar a un ejercicio exclusivo de la práctica, como lo tiene un médico o un escribano.

Claro que en la polifonía de voces que nutren nuestras visiones sobre el pasado no todos somos iguales. El cine y la TV, por caso, tienen una capacidad de incidir en ellas infinitamente superior a la que tenemos los historiadores o incluso la escuela. Y disculpas por recordar el dato obvio, pero no es gratuito el hecho de que los estudios cinematográficos y las plataformas de streaming estén en manos de personas inmensamente ricas y casi siempre del mundo anglosajón. Sus modos particulares de ver el mundo terminan predominando. 

La ola mundial de simpatía que generó el fallecimiento de la reina de Inglaterra es un buen ejemplo. Quienes vivimos lejos de las islas británicas sabíamos de ella menos por sus apariciones públicas o por los libros de historia, que por lo que vimos en las pantallas, con los sesgos que eso supone. Por ejemplo, The Crown, la serie que Netflix dedica a su vida, generó no poca indignación entre quienes tienen otras memorias a mano. En la serie, la reina Isabel aparece como campeona de la lucha contra el apartheid en Sudáfrica, pergamino para el que acaso haya hecho algunos méritos. Pero la narrativa no permite ver las variadas masacres que cometió el Estado que ella encabezaba en Asia y en África mientras intentaba sostener el imperio que heredó de su padre. Por mencionar solo una: las más de 20.000 muertes que dejaron luego de 1952 cuando intentaban mantener Kenia bajo el dominio de la corona. No tenemos en nuestras retinas imágenes de esos muertos, de los crímenes y torturas espeluznantes que produjeron los británicos en la represión de la revuelta Mau Mau, de los campos de concentración con miles de keniatas. Las pantallas nos ofrecen poco y nada de información sobre todo eso. No tenemos historias disponibles que nos conmuevan, como nos conmueve en The Crown el aburrimiento constante que padece el príncipe consorte o los problemas de autoestima del actual rey cuando sus compañeritos de secundaria le hacían bullying. De Dedan Kimathi, líder de la resistencia keniata, ejecutado por el gobierno colonial en 1957, no conocemos siquiera el nombre, ni tiene rostro en las pantallas. El Estado británico hizo bastante para ocultar sus crímenes en las colonias: hoy sabemos de la llamada “Operation Legacy” por la que destruyeron y ocultaron toda la documentación que pudieron. Series como la de Netflix aportan en el mismo sentido, borrando indicios y diseminando visiones parciales, edulcoradas o directamente fantasiosas. 

El de Kenia y la reina es un ejemplo entre cientos. La cultura de masas produce distorsiones sistemáticas en nuestra comprensión del pasado. Acaso por las constantes películas y series norteamericanas, los jóvenes europeos de la actualidad están convencidos de que fue EEUU el que derrotó a los nazis en la Segunda Guerra mundial. Sus abuelos, que vivieron esa época, sabían perfectamente lo que los historiadores también conocemos bien: que ese país tuvo una participación tardía y más bien pequeña en el combate contra los soldados de Hitler y que la guerra la ganó básicamente el Ejército Rojo de la Unión Soviética. Todo eso va quedando en el olvido. 

Los crímenes contra la población palestina que Israel acumula desde hace décadas y el escandaloso régimen de apartheid con el que la somete también pasan inadvertidos, en parte, gracias a los afectos positivos que la cultura de masas asegura para ese país. En estos días, Marvel anunció que la próxima película dedicada al Capitán América incorporará una nueva heroína tomada de sus comics, Sabra, una justiciera que trabaja como agente del Mossad, el temible servicio secreto israelí. La noticia causó indignación entre todos los que deploran los crímenes de Israel, que nuevamente quedarán en sordina gracias a la simpatía que le prodigará la película anunciada.  

En la Argentina, donde los films los suelen realizan directores antes que grandes empresas, el cine ha contribuido no pocas veces a denunciar injusticias y a reponer aspectos olvidados de la historia. Sin embargo, también aquí tenemos ejemplos en sentido contrario. Por mencionar solo uno, la película Wakolda, que induce a pensar que Hitler se refugió en la Argentina y contribuye a reforzar el estereotipo falso de que el país fue el gran santuario de los nazis fugitivos (también difundido por cintas de Hollywood).

Las sociedades tenemos derecho a la verdad histórica. Que no es monolítica, ni la que emerge de algún libro en particular, sino la que surge de una conversación en la que, como decía al comienzo, debe participar una pluralidad de voces. El problema es cuando algunas de esas voces, que además refuerzan posiciones de poder, acceden a una capacidad de proyección incomparablemente mayor que las demás y la usan para diseminar información que sabemos que es falsa o tendenciosa. 

Claro que es difícil lidiar con este problema sin que inmediatamente se eleven voces en defensa de la libertad de expresión, que efectivamente es un valor que debe garantizarse también en referencia a las visiones sobre la historia. En este tema, como en general en la cuestión de los medios de comunicación, va siendo tiempo de que pensemos modos de garantizar una libertad de expresión real, que no se restrinja, como hoy, a funcionar como garantía de impunidad para que unas pocas voces estentóreas sepulten a las demás bajo el volumen al que acceden.

EA

Siempre digo a mis estudiantes, un poco en serio y un poco en broma, que la historia es demasiado importante como para dejarla exclusivamente en manos de historiadores. Con eso quiero decir que los que practicamos el oficio no somos dueños del pasado. Que las sociedades construyen su sentido histórico retomando muchos impulsos y aportes, además de los nuestros. Y que eso está bien, porque no pocas veces los historiadores terminamos aprendiendo historia de la gente común, haya o no estudiado. Los ejemplos abundan: fueron los movimientos sociales los que nos indicaron a los académicos la importancia de enfocarnos en la historia de los trabajadores, de las mujeres, de la sexualidad, del racismo, de los pueblos originarios, entre otros temas que hoy nutren las agendas de las mejores universidades. Los activistas y las personas de a pie nos dieron lentes que no teníamos para analizar la realidad desde otros puntos de vista. Y aportaron también memorias que los archivos no había preservado. La autoridad sobre el pasado, por ello, es siempre compartida. Los historiadores tenemos mucho para aportar, pero no podemos ni debemos aspirar a un ejercicio exclusivo de la práctica, como lo tiene un médico o un escribano.

Claro que en la polifonía de voces que nutren nuestras visiones sobre el pasado no todos somos iguales. El cine y la TV, por caso, tienen una capacidad de incidir en ellas infinitamente superior a la que tenemos los historiadores o incluso la escuela. Y disculpas por recordar el dato obvio, pero no es gratuito el hecho de que los estudios cinematográficos y las plataformas de streaming estén en manos de personas inmensamente ricas y casi siempre del mundo anglosajón. Sus modos particulares de ver el mundo terminan predominando. 

La ola mundial de simpatía que generó el fallecimiento de la reina de Inglaterra es un buen ejemplo. Quienes vivimos lejos de las islas británicas sabíamos de ella menos por sus apariciones públicas o por los libros de historia, que por lo que vimos en las pantallas, con los sesgos que eso supone. Por ejemplo, The Crown, la serie que Netflix dedica a su vida, generó no poca indignación entre quienes tienen otras memorias a mano. En la serie, la reina Isabel aparece como campeona de la lucha contra el apartheid en Sudáfrica, pergamino para el que acaso haya hecho algunos méritos. Pero la narrativa no permite ver las variadas masacres que cometió el Estado que ella encabezaba en Asia y en África mientras intentaba sostener el imperio que heredó de su padre. Por mencionar solo una: las más de 20.000 muertes que dejaron luego de 1952 cuando intentaban mantener Kenia bajo el dominio de la corona. No tenemos en nuestras retinas imágenes de esos muertos, de los crímenes y torturas espeluznantes que produjeron los británicos en la represión de la revuelta Mau Mau, de los campos de concentración con miles de keniatas. Las pantallas nos ofrecen poco y nada de información sobre todo eso. No tenemos historias disponibles que nos conmuevan, como nos conmueve en The Crown el aburrimiento constante que padece el príncipe consorte o los problemas de autoestima del actual rey cuando sus compañeritos de secundaria le hacían bullying. De Dedan Kimathi, líder de la resistencia keniata, ejecutado por el gobierno colonial en 1957, no conocemos siquiera el nombre, ni tiene rostro en las pantallas. El Estado británico hizo bastante para ocultar sus crímenes en las colonias: hoy sabemos de la llamada “Operation Legacy” por la que destruyeron y ocultaron toda la documentación que pudieron. Series como la de Netflix aportan en el mismo sentido, borrando indicios y diseminando visiones parciales, edulcoradas o directamente fantasiosas. 

El de Kenia y la reina es un ejemplo entre cientos. La cultura de masas produce distorsiones sistemáticas en nuestra comprensión del pasado. Acaso por las constantes películas y series norteamericanas, los jóvenes europeos de la actualidad están convencidos de que fue EEUU el que derrotó a los nazis en la Segunda Guerra mundial. Sus abuelos, que vivieron esa época, sabían perfectamente lo que los historiadores también conocemos bien: que ese país tuvo una participación tardía y más bien pequeña en el combate contra los soldados de Hitler y que la guerra la ganó básicamente el Ejército Rojo de la Unión Soviética. Todo eso va quedando en el olvido. 

Los crímenes contra la población palestina que Israel acumula desde hace décadas y el escandaloso régimen de apartheid con el que la somete también pasan inadvertidos, en parte, gracias a los afectos positivos que la cultura de masas asegura para ese país. En estos días, Marvel anunció que la próxima película dedicada al Capitán América incorporará una nueva heroína tomada de sus comics, Sabra, una justiciera que trabaja como agente del Mossad, el temible servicio secreto israelí. La noticia causó indignación entre todos los que deploran los crímenes de Israel, que nuevamente quedarán en sordina gracias a la simpatía que le prodigará la película anunciada.  

En la Argentina, donde los films los suelen realizan directores antes que grandes empresas, el cine ha contribuido no pocas veces a denunciar injusticias y a reponer aspectos olvidados de la historia. Sin embargo, también aquí tenemos ejemplos en sentido contrario. Por mencionar solo uno, la película Wakolda, que induce a pensar que Hitler se refugió en la Argentina y contribuye a reforzar el estereotipo falso de que el país fue el gran santuario de los nazis fugitivos (también difundido por cintas de Hollywood).

Las sociedades tenemos derecho a la verdad histórica. Que no es monolítica, ni la que emerge de algún libro en particular, sino la que surge de una conversación en la que, como decía al comienzo, debe participar una pluralidad de voces. El problema es cuando algunas de esas voces, que además refuerzan posiciones de poder, acceden a una capacidad de proyección incomparablemente mayor que las demás y la usan para diseminar información que sabemos que es falsa o tendenciosa. 

Claro que es difícil lidiar con este problema sin que inmediatamente se eleven voces en defensa de la libertad de expresión, que efectivamente es un valor que debe garantizarse también en referencia a las visiones sobre la historia. En este tema, como en general en la cuestión de los medios de comunicación, va siendo tiempo de que pensemos modos de garantizar una libertad de expresión real, que no se restrinja, como hoy, a funcionar como garantía de impunidad para que unas pocas voces estentóreas sepulten a las demás bajo el volumen al que acceden.

EA

Siempre digo a mis estudiantes, un poco en serio y un poco en broma, que la historia es demasiado importante como para dejarla exclusivamente en manos de historiadores. Con eso quiero decir que los que practicamos el oficio no somos dueños del pasado. Que las sociedades construyen su sentido histórico retomando muchos impulsos y aportes, además de los nuestros. Y que eso está bien, porque no pocas veces los historiadores terminamos aprendiendo historia de la gente común, haya o no estudiado. Los ejemplos abundan: fueron los movimientos sociales los que nos indicaron a los académicos la importancia de enfocarnos en la historia de los trabajadores, de las mujeres, de la sexualidad, del racismo, de los pueblos originarios, entre otros temas que hoy nutren las agendas de las mejores universidades. Los activistas y las personas de a pie nos dieron lentes que no teníamos para analizar la realidad desde otros puntos de vista. Y aportaron también memorias que los archivos no había preservado. La autoridad sobre el pasado, por ello, es siempre compartida. Los historiadores tenemos mucho para aportar, pero no podemos ni debemos aspirar a un ejercicio exclusivo de la práctica, como lo tiene un médico o un escribano.

Claro que en la polifonía de voces que nutren nuestras visiones sobre el pasado no todos somos iguales. El cine y la TV, por caso, tienen una capacidad de incidir en ellas infinitamente superior a la que tenemos los historiadores o incluso la escuela. Y disculpas por recordar el dato obvio, pero no es gratuito el hecho de que los estudios cinematográficos y las plataformas de streaming estén en manos de personas inmensamente ricas y casi siempre del mundo anglosajón. Sus modos particulares de ver el mundo terminan predominando.