Perdón que interrumpa Opinión

Massa y las dos almas del pescador

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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Juntos por el Cambio tiene una complicación que a Durán Barba lo sacaría de quicio: demasiado tiempo creyendo que la elección está ganada. Al menos ese sentimiento habitó las huestes de Horacio Rodríguez Larreta, para quien la concepción del poder es básica y líquida: una máquina de emisión. Todo se compra. Y ya sabemos lo que ocurre con la emisión: llega la devaluación. Esa es la lectura a esta altura clásica: que sólo con recursos no se compensa la falta de liderazgo.

¿Por qué quiere ser presidente? Usemos esta pregunta en su enunciado ingenuo. Su argumento es que se siente predestinado a la presidencia. Así dice en reuniones su argumento casi infantil: “desde chico dije que iba a ser presidente”. Como Maradona o Messi de chicos en el video donde sueñan con jugar un mundial, Larreta de niño soñó con ser presidente. A Patricia Bullrich, su competidora, una mujer que lleva encima las marcas de guerra del siglo XX (y que con privilegio de clase se permitió coquetear con todas las radicalidades políticas de moda desde los 18 años), no se le llenan los ojos de lágrimas con el cuento del niño de La Fábrica de Chocolate.

“No me arruines el sueño que tengo desde chico”, le dijo él a ella creyendo lo que creyó Scioli, ser el candidato inevitable. Patricia Bullrich, con menos recursos, recoge más entusiasmos que el larretismo porque representa el sentimiento de halcones e intensos y hace contacto con el electorado libertario que parece haber encontrado una fórmula de consistencia creciente (no exponer tanto a Milei). Luego, llegado el caso, se verá cómo se gobierna sin la simulación de “contener a todos”, tras los años de ese síndrome albertista. Larreta promete abrigar a todo el frente (una reversión del Frente de Todos bis) y Bullrich se ordena sobre las promesas de fondo de su electorado. Juntos por el Cambio abre este duelo entre la mujer de clase y el hombre del sistema (en una charla imaginaria Larreta le dice a Macri durante la lluvia ácida de la causa de los cuadernos: “ojo que en esta caemos todos”). Y ya lo probamos estos años: mantiene más unida a una coalición un liderazgo fuerte que un manager de la unidad.

El complejo de elección ganada pega en la viga del dogma: al viejo ideólogo ecuatoriano le gustaba siempre la idea de correr de atrás las elecciones. Que el fuerte parezca débil fue el espíritu de su comunicación. Ganarles a los que se creen genéticamente ganadores. “Crecemos un puntito por mes”, decía un mentor del plan presidencial de Macri en el temprano 2014. Les gustaba dejarle al peronismo la embriaguez de sentir el triunfo asegurado. ¿Qué significa “elección ganada”? Su sentido contrario: hace tiempo que todos se la dan por perdida al oficialismo. Incluso el oficialismo hasta hace cinco minutos. ¿Algo cambió?

El peronismo no ha hecho escuela en correrla de atrás. La vieja lección del 83 (entrar a la democracia perdiendo “la mayoría automática electoral”) no hizo mella, porque su vuelta al poder en 1989 fue de la mano de Menem, tal vez el peronista más invicto electoralmente. Cambió su prosa desde esa elección hasta hoy: de partido proscripto a partido de poder, de partido de la igualdad a partido de la gobernabilidad, de “hecho maldito del país burgués” al “no se puede gobernar sin el peronismo”. Esta supremacía se empezó a descomponer en la profecía autocumplida de Cristina: “armen un partido y ganen las elecciones”. Así, el peronismo tan enviciado en su propia saliva de “ser el poder” no elabora con altura o plasticidad las que tocan difíciles, las peleas cuesta arriba. Más bien se sulfura en diferencias ideológicas y personales (porque todo lo político es personal). A toda derrota le brota una cacería: coronar al Mariscal de esa derrota. Importa más a quién endilgarle el muñequito del vudú que la escena que lo hizo posible.

Estos meses, sin embargo, se viven como si se desconociera algo principal más allá de las guerras de egos (como la que dejó Lula en su visita): la coincidencia de que finalmente se reequilibró el gobierno en un punto. Al menos en uno. ¿Cuál es esa coincidencia? Una obvia: que Massa maneja la economía. Se sabe hace largos meses: el minué de las diferencias ideológicas que le hacían la vida imposible a Guzmán terminó donde empieza Massa (que no está, justamente, a la izquierda de Guzmán). Pero la consecuencia de este nuevo “consenso” no es más que literal: que finalmente la carrera presidencial del tigrense vuelve a estar asfaltada. Malos días para el anti capitalismo de cátedra: la proyección del ministro angosta el arco ideológico de los debates económicos. ¿Massa qué va a hacer? Salir a pescar. Massa es un pescador. Dijo algo con lo que llevó las cosas a un terreno propio: instaló que la inflación en abril tiene que ser de tres puntos. Esa es su meta. Ese será su “cierre de listas”. Así, se despidió en el puerto y se fue a la cacería. Clavarle el arpón a la inflación. Domar al monstruo argentino.

Mar adentro

El aura literaria hizo que los pescadores porten una docencia. El mar, tan magnánimo, desinhibe cualquier solemnidad ante él. En quienes lo conocen vemos una jerarquía, intuimos que saben de sí mismos algo imposible de conocer si no es adentro del mar. La pesca como juego olímpico silvestre: adentrarse y volver con un trofeo. Trabajar lo incierto. ¿A quiénes no les gustan las historias de pescadores entre el silencio y el diálogo íntimo con el Gran Pez? El hombre en busca de la bestia grande: la ballena, el tiburón. Ismael de “Moby Dick”, y casi un siglo después, Santiago de “El viejo y el mar”, arquetipos de nuestra literatura moderna arrojados al último abismo. Los océanos. El génesis, la tabula rasa de la marea que aceita la lengua de quien está en ella.

Charly es pescador de Aguas Verdes y cuenta su oficio de pesca artesanal, hecha por los que “salimos desde la playa”. “Cuando el agua nos deja prender el motor lo subimos y nos vamos. Pero siempre de orilla. Entramos con lancha a pescar con caña o con alguna red que tiramos y encima tenemos las cañas ya puestas en la playa. Pescamos con todo. Los trasmallos los tenemos puestos casi todo el año”.

-¿Cómo es esa pesca?

-Son redes que ponemos cuando la marea baja. Las ponemos lo máximo posible y esperamos toda la creciente. Cuando baja, lo vamos a buscar de nuevo y ahí tenemos la pesca de ese día. Las crecientes y bajantes son cada cuatro o seis horas. Está re bueno el pescado cuando lo vas a buscar.

Habla mientras tomamos un café en un parador. Acaba de dejar varios kilos de lisa que se  ofrecen como pesca del día esa noche en La Lucila del Mar. Charly armó su propia red de venta en el Partido de la Costa hace veinte años, desde que se fue a vivir allá. “Nosotros pescamos desde chiquitos. Pero ahora es práctico, porque cuando estoy por acostarme desde el teléfono pregunto cuándo hay almejas por una aplicación. Y eso ya lo sabés estando en la cama, antes tenías que venir hasta el mar y fijarte qué hay. La aplicación se llama Mareas Argentinas. Hoy con tres almejas por persona pescás toda la jornada.”  

Pero… “el pescado es pescado cuando está en la barca”. Con esa frase comienza la novela Tú, mío, de Erri de Luca. En ella “Nicola”, el pescador, le enseña los secretos a un joven aprendiz. La pesca es un oficio generacional. La pesca es la transmisión. Dice: “Es un error gritar que has cogido cuando sólo ha picado y sientes que su peso baila en la mano que sostiene el sedal”. Massa fue a domar la inflación, pero la bestia sigue ahí. Massa se embarcó a pescar esa ballena blanca, ese misterio que explican multicausal. La economía crece, pero a su virtud se la come la inflación. Anoto la mejor frase del año. En la orilla, un veterano vendedor de licuados llamó al billete de mil (el valor de su jugo de durazno y mango): “dame el voucher que dice mil”. El vendedor es chileno: se vino a la Argentina a fines de los ochenta y trabaja en el puerto de General Lavalle. En temporada camina de Mar del Tuyú a Costa del Este vendiendo licuados. La primera usina de la poesía popular: el modo en que la gente llama a la guita.  

La otra alma del pescador

Hay una segunda acepción del pescador. El que juega de pescador. Un tipo de posición en el fútbol de salón que consiste en correr poco, quedarse cerca del arco rival y esperar la oportunidad de embocar. Es la etapa inferior de un goleador. Porque un goleador no ahorra esfuerzos, ayuda en la marca, recupera, juega de contragolpe. Pensemos en Julián Álvarez. Pero el pescador, en cambio, prácticamente se hace amigo del arquero rival, está ahí, a la espera de un rebote o un error. Es un prototipo de jugador veterano en cancha de fútbol cinco. Está solo preparado para la gloria, no le interesa otra cosa que el gol. Scioli, por ejemplo, en muchos de los videos de futsal parece ocupar ese lugar. Una mezcla de dueño de la pelota y oportunista desembozado. El gol es su gol. El gol fácil, la que queda picando. El pescador ama el resultado. El pescador no es un solitario: es un solo. Toda la política, a su modo, es un arte de pescadores, de estos también. Massa y muchos otros tienen algo de esos pescadores del fútbol. Después, también, los que cuelgan su boleta porque confían en que la memoria lo valora: los que solo vuelven en años de elecciones.

Massa improvisó la primera versión anti casta (cuando en 2013 se le paró de manos al kirchnerismo) pero ahora enfrenta su paradoja: ¿hay algo más casta que él mismo? ¿Cuál es su “estigma”? Se ha dicho mucho. Ventajita. Macri le metió el dedo en el ojo. Le dijo algo que cuesta sacarse de encima. Si era el peronista que en 2013 se abrazaba a la parte de la sociedad que el kirchnerismo dejaba afuera, paradójicamente, se volvió el más político de todos. De hacer una política para los que no les gusta la política a ser el fruto maduro del círculo rojo. El equilibrista del Frente para quien Paolo Rocca pide un aplauso. El que camina entre los polos internos de la coalición oficial. Le ningunearon la avenida del medio, pero el equilibrio le sale bien.

Es más fácil pensar el fin de la Argentina que el fin del capitalismo. Eso es Massa. Y Massa es, por ahora, a fuerza de su voluntad (y sabemos la montaña que mueve la “voluntad” de Massa) el candidato más firme que tiene para ofrecer el Frente de Todos. Un punto de síntesis mínimo. Y a la luz de las infinitas internas del Frente ahogadas en vanidades, egos y cantatas “ideológicas”, la conclusión es obvia: Massa es Massa. Nunca fue un peronista existencial, ni épico, ni se puso a upa los mitos. ¿Dónde está el poder? En el peronismo. Entonces soy naturalmente peronista. Esa fue su ecuación vital y si lo “eligen” todos saben perfectamente lo que eligen. No hay sorpresas. Su batalla más ganada es esa que puso camaritas en todo el país. Las dos almas del pescador: el que espera su oportunidad y el que la trabaja. En Massa se vieron originalmente las mínimas intenciones de creer que el país no puede ser sólo reducido a una alianza estatista entre progresistas de capas medias y pobres. Para él el capitalismo son las mesas de negocios y habla el idioma de los empresarios. Sus mentores, hermanos mayores, consejeros y demás, vienen de ahí. De modo que acá empieza el problema: Massa refleja, más que el estado de la política, el estado de las corporaciones. Un empresariado argentino casi siempre corto, ventajero, que hace trencito en presupuestos, subsidios y lobbys, y que refleja en su espíritu mucho de la aventura argentina: nos gusta más la plata que el capitalismo. En este baile Massa ata su suerte a la inflación como quien dice: ya no dependo de la decisión de nadie. La inflación de enero, quienes la auguran, le ponen la bandera negra y roja de la marea brava. Massa es su propia pesca. Call me Ishmael, en Moby Dick, abrió la literatura del capitalismo en la obra cumbre de Melville. Llamáme Massa, dice ese pescador.

MR

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