OPINIÓN
Milei, la escuela y la democracia
El proyecto de “Ley de Libertad Educativa” que ha hecho circular el gobierno de Milei incluye la derogación del artículo 92 de la actual Ley de Educación Nacional (LEN). Esta disposición incluye como parte de los contenidos curriculares comunes para todas las jurisdicciones el “ejercicio y la memoria colectiva sobre los procesos históricos y políticos que quebraron el orden constitucional e instauraron el terrorismo de Estado con el objetivo de generar en los alumnos reflexiones y sentimientos democráticos y de defensa del Estado de Derecho y la plena vigencia de los Derechos Humanos”. Por eso no nos extraña que en el mismo proyecto se elimine la prohibición de ejercer la carrera docente a quienes hayan sido condenados por delitos de lesa humanidad o hayan incurrido en actos de fuerza contra el orden institucional (art. 70). Al mismo tiempo, atentando en contra de los derechos de niños, niñas y adolescentes, elimina la inhabilitación para el ejercicio de la docencia a quienes hayan sido condenados por delitos contra la integridad sexual, aún cuando se hubieren beneficiado por el indulto o conmutación de la pena (art. 141).
Estas propuestas del gobierno de Milei y su discurso en la ORT reabren el debate acerca del papel de la escuela respecto de la construcción de ciudadanía, la transmisión de la memoria social, del abordaje de los hechos traumáticos de nuestra historia, de la condena a los golpes y al terrorismo de Estado y a la defensa de los derechos humanos y, en particular, de los niños. ¿Debe ocuparse la escuela de estas problemáticas? ¿O, al hacerlo, introduce la política en las aulas y desvirtúa el objetivo de las instituciones educativas? En este punto es esencial para el trabajo docente distinguir entre el discurso “adoctrinante”, partidario y agresivo hacia periodistas y opositores que formuló Milei esta semana – y que ya había enunciado en su propia escuela secundaria- frente a los jóvenes, y la necesidad de trabajar pedagógicamente en la formación de las nuevas generaciones en los valores democráticos. La arenga de Milei en la ORT representa todo lo que debemos evitar en el ámbito escolar.
Los docentes somos conscientes de que la introducción en la escuela de temas polémicos, beligerantes o traumáticos del pasado reciente no es fácil. La tradición liberal-positivista de nuestra educación siempre ha puesto reparos a trabajar en el aula este tipo de contenidos. Fue el gobierno de Raúl Alfonsín el que, decidido a terminar con el orden autoritario heredado de la dictadura, comenzó a llevar adelante políticas educativas destinadas a desmantelar tanto la organización en base a una disciplina carcelaria de las instituciones, como la censura y los contenidos de características oscurantistas aprobados en el período anterior. La dictadura había prohibido autores como María Elena Walsh, Laura Devetach, Elsa Bornemann, Griselda Gambaro, Julio Cortázar, Antoine de Saint-Exupéry y Manuel Puig, entre otros, y quemado miles de libros. Había eliminado de los programas la matemática moderna, la teoría de los conjuntos, la teoría de la evolución, etc. La democracia permitió no solo levantar estas prohibiciones, sino también reflexionar en las escuelas acerca de las razones que posibilitaron aquellas políticas dictatoriales. Los aires nuevos que se habían expresado en el enorme trabajo de la CONADEP, el NUNCA MÁS y el Juicio a las Juntas ingresaron a la educación de la mano de la vocación democratizadora de los maestros y profesores. La inclusión del estudio y el debate de estas temáticas tuvieron un sentido reparador frente al pasado, pero también de construcción de identidad y de compromiso ciudadano y democrático hacia el futuro. No es difícil sostener que esta decisión del primer gobierno de la nueva democracia argentina jugó un papel trascendental para formar la ciudadanía que logró la actual continuidad institucional que, ni aun en los momentos de crisis económica y de representación política más profunda que transitó nuestro país en los inicios del siglo XXI, se puso en cuestión.
Frente a los intentos de denostar el papel de la escuela en la construcción de la memoria colectiva, es necesario volver a enfatizar la importancia de que se aborden estas problemáticas. Debemos plantear que de ninguna manera implica incorporar la política al aula. Es tan político incluir estos temas en el ámbito escolar como no tratarlos. Como bien plantea Inés Dussel, su tratamiento solo “pone en evidencia” la politicidad de la transmisión de la memoria a través de la educación. La diferencia radica en que, al introducirlos, se atenta contra el sentido común de la tradición escolar que sostiene la aparente neutralidad ideológica del trabajo escolar. La escuela transmite su mirada tanto por lo que incluye como por lo que deja afuera. Las consecuencias de los silencios curriculares que durante décadas se sostuvieron respecto de la historia de nuestros pueblos originarios, los efectos del colonialismo, los gobiernos de características populares, la realidad latinoamericana, el conflicto bélico de Malvinas, etc., son elocuentes.
Ahora bien, la reflexión junto con los alumnos respecto de los temas conflictivos o traumáticos, muchos de ellos del pasado reciente como las consecuencias de la dictadura, nos exige a los docentes un desafío múltiple. En primer lugar, no confundir lo político con lo partidario. Aunque es un ejercicio de difícil ejecución, los conocimientos y saberes vinculados a la condena al terrorismo de Estado, la defensa de los derechos, la mirada crítica a las desigualdades y la discriminación, los conflictos sociales, las distintas concepciones sociales, entre otros, si bien no pueden estar alejados de perspectivas valorativas, no pueden de ninguna manera caer en propuestas proselitistas o de descalificación de las miradas distintas. Ello implica, como ha planteado Alejandra Birgin, enfrentar el desafío de que la transmisión no se convierta en un legado incuestionable. Según Birgin, el trabajo docente solo será fructífero si, a partir de los conocimientos, valores y sentimientos transmitidos en el aula, nuestros alumnos pueden, si así lo consideran, transitar caminos e interrogantes diferentes a los que propone el docente. El respeto al derecho a cuestionar o reelaborar el legado intergeneracional debe incluir, por supuesto, tanto el derecho a adoptar otras posiciones, como al olvido. Pero ahora como derecho del niño, niña o joven y no como resultado de la ausencia que impone la ausencia del tema en el trabajo escolar.
En segundo lugar, la transmisión de la memoria, para ser efectiva, exige enfrentar los desafíos propiamente pedagógicos. Se trata de evitar una transmisión tecnocrática. En otras palabras, la escuela debe evitar transmitir las experiencias del dolor o el horror de forma tal que, al “enseñar la memoria de memoria”, se termine produciendo el olvido. Por eso, quizás, el desafío más trascendente para abordar el trabajo escolar de transmisión de procesos traumáticos radique en estructurar una propuesta pedagógica que logre poner en contacto intensamente a las nuevas generaciones no solo con los hechos y contenidos de la memoria, sino con las sensaciones, dramas, dolores, sueños e ilusiones de quienes los transitaron. Es imprescindible desarrollar pedagogías que no aborden estos contenidos como si estuvieran esclerosados o fueran de “bronce”, para lo cual recurrir al arte, otras culturas, a nuevas tecnologías, como la IA, puede jugar un papel decisivo. También exige permanentemente intentar vincular las miradas que existen sobre el pasado con sus implicancias en el presente que viven los alumnos y con su proyección al futuro que deberán enfrentar.
Hoy es el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. Lo transitamos en un contexto de fuertes tendencias negacionistas de los crímenes cometidos por la dictadura y justificatorias del terrorismo de Estado. Es imprescindible fortalecer el papel de la escuela en torno a la defensa de la democracia y los derechos humanos. Es un buen momento para retomar las palabras de Theodor W. Adorno respecto del rol de la escuela frente a la barbarie del genocidio: “La exigencia de que Auschwitz no se repita es la primera de todas las que hay que plantear a la educación. Precede tan absolutamente a cualquier otra que no creo ni tener que fundamentarla. Ante la monstruosidad de lo ocurrido, fundamentarla tendría algo de monstruoso (...) Cualquier debate sobre ideales educativos resulta vano e indiferente en comparación con esto: que Auschwitz no se repita”. Sin lugar a dudas, la escuela juega un rol fundamental en la distribución democrática de conocimientos y saberes de calidad para todos los niños y jóvenes argentinos. También en la transmisión de valores que permitan que las nuevas generaciones participen activamente en la construcción de una sociedad profundamente democrática que rechace cualquier forma de autoritarismo.
DF/MG