OPINIÓN
Moldes, géneros y tijeras
Mi abuelo Mauricio fue sastre, mi abuela Regina cortaba y cosía en su casa “para afuera”, mi padre Isaac, ofició de peletero. Con el centímetro abrazaban los cuerpos para tomarles las medidas, centímetro en mano, y para dibujar sobre papel madera o manteca el modelo que les pedía la fiel clientela.
Recién después llegaban las tijeras para recortar y darle forma. El taller tenía un aroma particular, insustituible en mi memoria, mezcla de aceite de máquina y vapor de plancha. Olor a textil sobrevolando alfileres, hilos, agujas, telas. Lo sabe bien Renata Schussheim, vestuarista por antonomasia de la escena argentina, quien acaba de publicar el libro Figurines, de las editoriales Eudeba y Ampersand.
Antes de la elección de los géneros, del corte y la confección, de las pruebas de vestuario, los ensayos y el primer trazo, aparece la epifanía. El figurín del espectáculo es el trasvasamiento de un pálpito: como deben vestir los intérpretes de la obra para que en el escenario la conjunción de la dramaturgia, la actuación, la escenografía, la música, las luces y la indumentaria produzcan una cohesión que forme un todo dramático, la obra.
Voy pasando las páginas, recorro, texto e ilustraciones a color y desfilan más de medio siglo de dibujos, escoltando algunas de las producciones del teatro, la danza, la ópera rock de estas tierras. Las creaciones sobrepasan la escena, son autónomas y viven más allá de la producción inicial.
¡Que le corten la cabeza! evoca Oscar Araiz, aludiendo a la sentencia de Lewis Carroll e identificándola como Iracebeth, la Reina Roja de Alicia, frente a los límites de una lógica reduccionista. “Con formato de fumetto encerrando palabras y pensamientos, sonaba la época entre dos décadas. Esto incluye las rupturas y escraches sociales y las experimentaciones del Di Tella, que servían de resonancia en simultáneo a los estallidos internacionales. ¡Crash!”
Figurines es un conjunto variado que recorre el universo de una de las artistas criollas más singulares, donde el dibujo es la columna vertebral. Faldas muy amplias ceñidas en la cintura que acarician las tablas que sostienen la fragilidad de los artistas, un saquito cuello esmoking, con el mismo rojo furioso de la cabellera de Renata, lucen en la portada.
Maestría, provocación, desfachatez desde los años setenta hasta hoy son el sello de una exhibición del imaginario onírico y desmesurado, con aves, perros, reinas y arlequines. Renata es luminosa y radiante, aunque a veces la oscuridad aparece. Recuerdo la revista Burda, con sus variados patrones, la sedería Don Eduardo, en Haedo, y al hombre de las telas desenrollando metros y metros.
Las piezas constituyen “un archivo del arte contemporáneo en sus invenciones poco obedientes a la historia y su rigor más literal que simbólico”, dice María Moreno en el epílogo.
Los dibujos no se esfuman cuando el vestuario está listo. Muchos de ellos fueron colgados en exposiciones. La esencia de esos géneros que forman parte del montaje “casi no pasan por la cabeza”, cuenta Schussheim. “Es como ver un color y decir: esto es azul”. Condensan un modo de ver los cuerpos y de imaginarlos en movimiento.
La artista ha participado de Bestiario en 1992, en el teatro San Martín, en Bocca Rock, con dirección de Ricky Pashkus, estrenada en el Luna Park, en 1998; en Boquitas pintadas, la primera vez y a veinticinco años del debut. También ha ilustrado las tapas de discos de Charly Garcia, como Bicicleta y colaboró con Luis Alberto Spinetta y Federico Moura.
Destinados a espectáculos que volvieron a leer desde el presente a William Shakespeare, Manuel Puig y Federico García Lorca, en Figurines se revela el detrás de escena de un área misteriosa: diseños, bocetos e imaginería surgidas en el lápiz y el papel en la antesala de la subida del telón.
En el comienzo, el coreógrafo Oscar Araiz, que ha formado dupla con la autora, enhebra sus observaciones. Su madre, Ruth, “tan liberal como la mía”, sostiene uno de los pioneros del ballet del teatro San Martín, viendo un recital de Renate Schttelius, había anunciado que ese sería el nombre de su hija (el segundo es Irma). Compitieron por el obsequio más kitsch: enanos de jardín en yeso o cerdos con cartapesta forrados en lentejuelas. Absurdo y desconcierto gobernaban esos días tempranos. Vencía ella con su “obsesiva minuciosidad artesanal”.
Dice además el prólogo: “nos unieron -entre otros cientos de temas y objetos de deseo- la mirada desprejuiciada, ciertas obsesiones, los amores animales, los perfumes y los sabores, la capacidad de saltar por zonas minadas y para sin mucho miramiento de un lenguaje a otro, algo que podría llamarse modo”.
En aquellos días juveniles de violentas fricciones sociales, “y el impulso estético y los atrevimientos temáticos y formas de discurso, en esa atmósfera de aparentes contradicciones, la producción cultural asumía el rol de librar y contener, simultáneamente, el imaginario colectivo”.
Entre sus maestros se destacan Carlos Alonso y Juan Batlle Planas. La declararon Personalidad destaca de la Cultura porteña, Trabajó para muchas óperas que vio el público de España, Francia, Portugal y Rusia. Diseñó un afiche que pedía la libertad de Raimundo Ongaro, Agustín Tosco y otros presos políticos. “A la actualidad política, y como puedo, la sigo, pero aquí y en el mundo por momentos se vuelve nauseabunda”, le dijo a Carlos Ulanovsky.
En la intimidad, lleva, trae y juega con las nietas, Aurora y Camelia, de su hijo Damián Laplace. “Federico (Fellini) adoró tu dibujo”, le dijo una amiga común, emisaria de un retrato con sombrero que semejaba una Torre de Babel con hombrecitos que intentaban treparla.
Escritora también, elogiada por María Moreno, una de sus obsesiones son las nadadoras, “la vida misma, es sumergirte, nadar a favor, en contra de la corriente, salir, bracear en mares oscuros -hacer una breve pausa- y la posibilidad de ascender”.
LH/MF