SOY GORDA (ESEGÉ)

Nuevos fragmentos trans desde la Gran Manzana

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Acá nadie te mira, y es extraño. Nosotros estamos acostumbrados, es parte de nuestra idiosincrasia tener y disponer de una mirada profunda, penetrante, que muchas veces se queda enajenada en el supuesto y no tanto en el parecer. Los neoyorkinos tienen otra clase de visión. Me sigo sorprendiendo en la isla de los estados.

Como nosotres, cada uno anda con su singularidad por la vida pero, en general, hoy tienen una mirada que no se detiene tanto en la epidermis, no se sorprenden con el color de la piel del otre, ni con los cuerpos no hegemónicos, ni con les gordes. Eso, los Estados Unidos como conjunto, lo dejan para cuando emerge su sello imperial, generalmente en el extranjero, como potencia armamentística. 

Su libertad es una que heredaron de sus pueblos originarios y de la mixtura con los colonos de origen británico, de diversas religiones y credos metodistas, anglicanos, científicos, espiritistas. La libertad que nosotros queremos alcanzar, y algunes de elles también (aunque los prejuicios nos llevan a generalizar, siempre), no es la del libre mercado, sino la de la continuidad por otros medios de todos los derechos que se han ganado en nuestra Historia.

Soy gorda, soy trans, soy más. Podría agregar otros sustantivos y adjetivos para nombrarme. Podría escribir soy paz, porque en el tránsito por la vida, este momento del mundo demanda un Stop to war, un No a la guerra. Muchas personas que transitan Manhathan, Brooklyn, Queens, los territorios neoyorkis que visite estos días, amigos de Tel Aviv y Ashkelon, de las orillas del Nilo y de Santiago del Estero y de Chile, van con sus banderas blancas flameando en sus corazones. La violencia sólo engendra más violencia. Necesitamos, exigimos, el cuidado de todos los cuerpos, escribo, mientras veo amanecer desde la ventana del cuarto de hotel de esta isla a la que le escribieron poemas Federico García Lorca, Emily Dickinson y tantos bardos más.  

Marsha Johnson, permítanme introducir este nombre de un parque en Williamsburgh, el barrio donde viven los judíos ortodoxos que aparecen en la serie No ortodoxa, que produjo una plataforma poderosa y vio media humanidad. Marsha fue una trans, travesti, feminista, luchadora por los derechos trans, esos que algunes candidates amenazan quitar de cuajo, que malaleche, quelosparió. Marsha la paso mal. Hoy tiene su predio verde en homenaje. ¿Alcanza?

No, para eso habrá que seguir visibilizando la diversidad, el diálogo, la paz, nuestros sueños posibles.

El parque esta sobre el margen izquierdo del East River, y tenés toda la vista de Manhattan con sus rascacielos, su skyline sobre el horizonte. Estás en pleno Brooklyn sobre un espacio de diseño moderno, cuidado por sus usuarios, sin basura. Mejor dicho, con la basura en los contenedores, separada, para su reciclaje. Como en algunas (pocas) ciudades argentinas.

Déjenme que les cuente de esta sociedad imperfecta, que no siempre aloja a las cuerpas que cayeron en la escuela publica y que pasa indiferente por las calles iluminadas con las luces del Central Park, donde duermen jóvenes adictos al crack, viejes que se quedaron solos después del Covid 19.

Si parece la ciudad de Buenos Aires, cuando cierran las plazas con candados y cadenas de acero. Nada del sistema del bienestar total. En los Estados Unidos también hay cuerpos, parece, que están en un estado miserable, aunque muchas paredes hayan sido empapeladas con el rostro de la afro comunista Angela Davis, una de las heroínas de mi infancia, hasta que supe, por el escritor estadounidense Howard Fast (Los soberbios y los libres, Espartaco), que el PC era una gran secta organizada como un gran complejo militar. Difícil no reproducir el modelo capitalista y patriarcal en una sociedad que lo es, aunque quieras diferenciarte.

Claro, no es la Nueva York que conocí hace 27 años, pasaron cosas. La gran tragedia del 11-S cambió la perspectiva y las emociones para siempre

Angela se llamaba mi Wonder Woman, como los ángeles de Berlín, de la película del director de Paris Texas, como la rabina con quien compartí el Shabat en el inicio de la contienda mediooriental. Angela, la coreana de dulce voz, amiga de Obama y de su familia, una de las personas más influyentes de este gran estado. Judía, como los judíos de los judíos, escribió Eduardo Galeano sobre los palestinos, me recuerda Irene, mi sorora, aparcera, camarada. Judía como los que se escaparon de Egipto, mis ancestras y ancestros, como los que hoy vuelven a ser acusados y perseguidos.

He aquí mis vecinos, he aquí mis paisanos, la misma sangre latinoamericana de cualquier punto de América Latina, recita Juan Palomino a Nicomedes Santa Cruz. Juan y la lirica de sus orígenes me traen al Isella de mi infancia. Hombre en el tiempo y Mama Angustia (“en la puerta llora y da de mamar, llora porque su hombre en la taberna se esta bebiendo el jornal”).

Si en Mar del Plata metían presa a la que se besaba con otra y en Buenos Aires a la que daba la teta, acá no se miran las tetas. Aunque el Estado es omnipresente, cuando se trata de ejercer los controles, como lo quieren para una Argentina militarizada algunes candidates a presidente.  Me impresiona la cantidad de efectivos en la calle, como me impresiono en la ruta de Lima hacia el norte cuando fuimos a surfear a Mancora. O en el Londres brexiteano, donde ahora el intendente pide disculpas por el desalojo a los residentes foráneos. Claro, no es la Nueva York que conocí hace 27 años, pasaron cosas. La gran tragedia del 11-S cambió la perspectiva y las emociones para siempre.

Pasé por Madison Square Garden, una plaza por el sur de Manhattan, donde los arboles se abrazan a través de tejidos de todos los colores del arco iris. La instalación es de una artivista lesbiana, Sheila. Imaginaba entonces la versión de Over The Rainbow, de Keit Jarreth, sobre la que hablamos con mi amigo argentino Emilio Solla, musico con un Grammy en su haber, ahora nominado para dos mas. El nivel de competencia es tan alto, son todos tan monstruas y monstruos en su arte, que es difícil estar aca y creérsela. Ganás un premio y, una vez que se apagan las luces del centro, hay que volver a pelearla por el mango.

Somos trans, soy trans, en tránsito siempre, como lo decía Heráclito y Jorge Luis Borges lo diferenció de Parménides, el ser absoluto, el que no cambia. Heráclito, el del rio que fluye, el que deja el ser, el parecer y transita los cambios. Como todes, cuerpos, almas, mentes dinámicos en el país de los gordos más gordos, donde se visibilizaron las primeras luchas queer, las de la CHA, las pre-sida, las de Perlongher, las de Marsha y Davis. Incluso, las del autor de Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, Juan José Sebrelli. Sándwiches de realidad, como escribieron los beatniks. Y sí, la poesía siempre.

LH