OPINIÓN Día del Padre
Paternidad sin guión: cuando el amor nos enseña un nuevo lenguaje
Soy padre gracias a Iván y a Brian. Hace más de dos décadas, nos elegimos. Mis dos hijos son adoptados y a través de los años fuimos construyendo una relación única que hizo que mi vida adquiriera dimensiones inesperadas que hoy agradezco más allá de lo que puedo decir con palabras.
La paternidad suele describirse como un rol muy claro. Se espera de todos los que lo desempeñamos seamos guías y apoyos incondicionales para acompañar a los hijos en cada etapa. A través de los hitos compartidos vamos aliviando esa pregunta interna que nos pulsa desde siempre ¿Lo estaré haciendo bien?
La paternidad no tiene certezas y responder esa pregunta es un desafío diario. Y es aún más difícil cuando la vida te propone ocupar ese rol sin modelo a seguir, sin guía, sin mapa ni brújula. Durante este tiempo, mientras intentaba ser el mejor padre posible, iba creando esta forma única de serlo, inventaba formas de comunicarme, otras maneras de acompañar y ponía mucho esfuerzo en despejarme de las preocupaciones habituales para poder abrirme a otras preguntas.
La llegada de Iván a nuestra vida nos cambió para siempre.Hace más de dos décadas recibimos el diagnóstico que explicaba por qué era diferente: Trastorno Generalizado del Desarrollo. Como tantos padres, no sabía qué hacer, ni por dónde empezar.
Con el tiempo entendí algo fundamental: el diagnóstico no es un pronóstico y mucho menos un destino. Es sólo un punto de partida.
Durante años, luchamos contra burocracias, prejuicios y miradas que ponían límites antes de tiempo. Escuché muchas veces lo que Iván “no iba a poder hacer”. Y aprendí, a fuerza de experiencia y de resistencia que eso es lo primero contra lo que podemos rebelarnos. Muchas veces el verdadero límite no está en nuestros hijos, sino en la mirada de su entorno, y en ocasiones también en la propia.
Iván fue pionero sin proponérselo. Fue el primer alumno integrado con apoyo particular en la provincia de Buenos Aires. No fue fácil. Fue insistir, pelear, golpear puertas cerradas. Pero también fue abrir un camino para otros. Hoy Iván tiene 27 años. Es músico, fundador de su banda, compositor. Pero, sobre todo, es mi gran norte.
La paternidad de un hijo con autismo no es un acto de dirección, es un acto de traducción. Es aprender a leer otros códigos, validar otras formas de estar en el mundo y entender que el amor no siempre vuelve en la forma que uno espera. Pero vuelve. Siempre vuelve.
A mí me cambió la vida. No es una frase hecha. Yo era un tipo que miraba su ombligo. Iván me obligó a mirar al otro, a ser más empático, a entender que hay muchas maneras de vivir, de sentir, de expresarse. Fue —y es— una experiencia profundamente transformadora.
Pero no quiero romantizar. Esto también es difícil. Muy difícil.
En Argentina hay una realidad que duele: muchas familias no tienen los recursos para acompañar a sus hijos. Y además está la burocracia, que lejos de ayudar, se convierte en una barrera más. Por eso esta paternidad también se vuelve lucha. No solo por un hijo, sino por todos.
En este Día del Padre quiero hablar de las paternidades que no entran en el molde. De las que se construyen en la incertidumbre. De esos padres que, como yo, alguna vez se sintieron perdidos y llenos de preguntas. Esas paternidades sin guión.
A ellos les digo algo simple: no se asusten. El mundo no se termina. Hay que luchar, hay que preguntar, hay que apoyarse. Y, sobre todo, no aislarse. No tener vergüenza. Porque nuestros hijos no necesitan padres perfectos. Necesitan padres presentes.
Iván me enseñó que la plenitud no está en cumplir un camino marcado, sino en animarse a construir uno propio.
Y si algo aprendí de mis hijos —de Iván y de Brian— es que no hay una única forma de ser padre. Pero sí hay algo que nos une a todos: el deseo profundo de que nuestros hijos puedan vivir una vida plena.
Ese, al final, es el verdadero norte. Y ese es el lenguaje que el amor, siempre, termina aprendiendo.