Rodrigo, el (otro) potro
La estrella de Messi iluminó la noche del martes en Kansas y esa luz, como era de esperar, eclipsó al resto y a casi todo el partido en sí. Pero además de la colosal perfomance del 10, el equipo de Scaloni exhibió un puñado de rendimientos altos, entre ellos, quizás sorpresivamente, el de Rodrigo de Paul, autor de la exquisita asistencia –a lo Riquelme– para el primer gol del crack y encendido protagonista de muchas jugadas de ataque.
El ansiado debut en el Mundial entregó un par de certezas, entre ellas que De Paul no juega por ser el side-car emocional de Messi, ni por portación de un pasado cargado de gloria, ni porque es uno de los líderes de una pandilla de amigos. Jugó, y juega, porque sigue siendo un futbolista capital, uno de los administradores de la pelota, un todoterrreno, un dotado para el pase.
No fueron del todo tranquilos estos tres y años y medio para él o, en todo caso, no fue de los más celebrados en la opinión pública. Sus decisiones y su comportamiento desataron, en un equipo campeón que no dejaba de despertar admiración, algunas suspicacias, un murmullo, alguna observación humedecida por la impaciencia. Su inesperada idea de abandonar Madrid y mudarse a Miami para jugar con Messi pareció una medida apresurada, casi banal, poco adecuada para un volante de 30 años que todavía tenía cuerda para jugar en la elite. ¿Podía la estructura del campeón darse el lujo de que una de sus vigas maestras proviniese de una liga de segundo o tercer orden? ¿No resignaría el mediojuego nacional, un sector medular en cualquier equipo del primer mundo, competitividad y nervio? ¿No era una forma de capitular, una manera precipitada de habitar la zona de embarque del retiro?
Eran dudas que orbitaban alrededor del núcleo vital de un organismo en el que Messi podrá ser su corazón, su cerebro y su poesía, pero en el que De Paul era su pulmón, el órgano por donde ese cuerpo respira. Esa función, acaso por su misma naturaleza, lo fue convirtiendo en uno de sus emblemas, el factótum en la construcción de un espíritu colectivo, una personalidad capaz de impulsar sus grandes mareas.
Esa personalidad, justamente, es lo que también influyó para que en estos últimos años, conforme sus actuaciones dejaban de ser relevantes, se posara sobre Rodrigo, el otro potro, esa mirada suspicaz, ese gesto de desconfianza por parte del ambiente. Cierto pavoneo en su andar, una ejercitada fetichización estética y su inclinación hacia la protesta e irritación permanente y algo injustificada fueron algunos de los elementos que maceraron ese escepticismo. Bueno, el martes nos tapó la boca a todos, y lo hizo con lo único importante que existe en todo ese asunto: el buen fútbol. Todo lo otro, como debe ser, se convirtió en papel picado a la hora en que la pelota comenzó a rodar hacia los lugares que De Paul deseaba, en el momento en el que volvió a convertirse en el gran duque en sus dominios.
Contra Argelia, además de pases quirúrgicos y triangulaciones geométricas, el volante del Inter de Miami exhibió nuevamente el ritmo trepidante y abrasivo con el que nos deslumbró en Qatar 2022, cuando era uno de los mariscales de la caballería argentina. Durante todo el partido, no bajó la intensidad de su juego, dejando claro que sus condiciones atléticas y futbolísticas estaban intactas. Según la estadística de la FIFA, el hombre surgido en Racing completó 49 de sus 54 pases, con un 91% de precisión, y recorrió 10,21 kilómetros, siendo el argentino con más metros acumulados por encima de los 25 km/h y el segundo en cantidad de sprints.
Una escena lo retrata: se jugaba el minuto 90 del partido y el equipo africano, que buscaba al menos un gol, realizó un cambio de frente contra la línea lateral izquierda de su ataque. Era una jugada que difícilmente pudiese generar peligro, pero eso no impidió que De Paul cabalgase, de forma desesperada, no menos de 30 metros para llegar a la marca. Son el tipo de acciones que, con seguridad, contagian y “obligan” a sus compañeros a doblegar esfuerzos, sobre todo a los más jóvenes, sobre quienes De Paul –como se notó con un reclamo airado a Nico Paz– muy probablemente ejerza un tipo de paternalismo severo, propio, por otro lado, de los planteles ultra competitivos, donde la liturgia del rigor es el credo ante el que todos se inclinan.
Tanto en el primer tiempo con Gonzalo Montiel, como en el segundo, con Nahuel Molina, el ex volante de Racing conformó dos micro células efectivas que prácticamente clausuraron las posibilidades ofensivas del conjunto argelino por la banda derecha. En el segundo tiempo, parecía que el jugador del Inter atemperaba la ferocidad de su ritmo, lo que alertó a Scaloni, quien aprovechó el cooling break para advertirle que la relajación no era posible. “En la pausa de hidratación –contó el entrenador– le dije que no podía bajar. (De Paul) Es un jugador que nos contagia un montón. Cuando baja el pistón el equipo lo siente, le pedí que subiera un poco más, porque si no estaba bien lo podía cambiar”, explicó.
Tras el debut, De Paul también habló y, en saga con la conducta general del equipo y, en especial, con la de su entrenador, fue respetuoso y medido en su testimonio, dejando en claro que la condición de campeón no permite relajarse y, menos aún, subestimar los peligros de un torneo como este: “Estamos para competir –dijo– y la idea es irnos el último día. Es un equipo que no se conforma y respeta la idiosincrasia de nuestro país de cómo se juega y cómo se vive. Lo hablamos en el vestuario: tenemos que tener la humildad para sufrir juntos, sabemos que hay momentos que no vamos a tener la pelota, va a ser una parte que va a existir mucho en esta Copa Mundial para todas las selecciones. Así que mientras estemos predispuestos a correr detrás de la pelota, que también es parte del fútbol, nos va a ir bien”.
PP/MG
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