Opinión

Peri Rossi, el exilio y esa gente que escribía contra el mundo

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En Uruguay encontré la poesía completa de Cristina Peri Rossi; quizás se está consiguiendo también en Buenos Aires, pero yo todavía no la vi ahí así que me la compré acá. Yo tenía ya una poesía selecta y unos cuantos libros sueltos, pero mi preferencia por esta poesía completa (y en general, las de todos los poetas que me importan) es total y absoluta. Es como si una poesía completa favoreciera tanto el caos como la organización: el caos, porque puede funcionar como un I Ching, que se abre en cualquier lado, y la organización, también, porque leer los libros tal como fueron escritos y en el orden en que fueron publicados es leer la historia de ese yo poético casi como si fuera una autobiografía, o una novela. 

En esta primera lectura que estoy haciendo me llamó la atención sobre todo el libro Estado de exilio, que fue escrito en 1973 pero no se publicó hasta treinta años más tarde. Es, claramente, el menos luminoso de todos los que aparecen en la edición. Cuando pienso en Peri Rossi en general pienso en una poeta que tiene poemas tristísimos y demoledores, pero que siempre guiña un ojo y que siempre está ardiendo: de deseo sexual, de calentura intelectual, de risa o de miedo, de lo que sea pero encendida. Estado de exilio, en cambio, es un libro apagado, la carta de una amiga recién separada que no tiene consuelo, la obra de una persona deprimida: un libro sin humor, en el que el deseo de volver a la tierra propia no funciona como motor de nada más que del dolor. Que no se entienda que algo de esto que estoy describiendo no me gusta: negarse a conectar con el lado luminoso de la experiencia de huir de una dictadura asesina me parece, en sí mismo, un acto de poesía espectacular, y de valentía también. Leo en una entrevista, no obstante, que a ella también le hizo ruido algo de esto: “No, no lo quise publicar porque era demasiado quejumbroso, sólo quejumbroso. Los poemas son muy buenos, y he publicado suelto alguno de ellos, pero es el llanto, la llantina del exilio. Sentí que no tenía que contribuir a la ceremonia del dolor, como si fuera lo único que se podía decir del exilio. Se pueden decir otras cosas también. Entonces lo dejé allí, quietito, y allí está”, le dijo en 1998 a Parizad Tamara Dejbord.

Derrida y Levinas son algunos de los nombres que se me ocurren que intentaron pensar el exilio desde una perspectiva más fértil. Pienso en un sintagma muy francés, “la condición del exiliado”; entiendo que en general estos filósofos no están pensando en el exilio como un estado deseable, sino más bien en una realidad que por ahora no parece que vayamos a desterrar de la experiencia humana, y que no solo provee una sabiduría (del mismo modo que ser oprimido, otra cosa que nadie desea para sí, provee una sabiduría) sino que, al generar la ocasión para la hospitalidad, para forzar a una sociedad a recibir la diferencia, está también en la base ontológica de nuestra vida compartida. Supongo que esas son las “otras cosas” que se pueden decir del exilio de las que habla Peri Rossi, y entiendo que tiene razón. 

También es fin de año, y estoy leyendo los balances de todo el mundo en internet, escuchando sus resoluciones; sobre todo, en la gente de mi edad y extracción social, todo lo que quieren hacer el próximo año para ser más productivos, o para ponerlo en un lenguaje que tenga menos que ver con la plata (porque la mayoría no está hablando de plata), para vivir más y distraerse menos. Oigo todas esas voces mientras trato de permanecer sumergida en estas vidas intensas del siglo XX, esta gente que escribía contra el mundo, que no pensaba en generar las condiciones para hacer lo que pensaban que tenían que hacer, simplemente iban y lo hacían, porque hasta la versión más deprimida de la Peri Rossi tenía más ganas de escribir que quien piensa que necesita una hora libre y un cuaderno artesanal. Yo también debo tener mis propios sesgos personales: escribo esta columna en el teléfono, escribo en cualquier parte y cuando tengo tiempo, y a veces hasta pienso que escribía mejor cuando trabajaba de otra cosa y cada minuto de madrugada era precioso, no sé si escribía mejor en el sentido de escribir mejores textos porque era más chica y más pretenciosa, pero seguro escribía mejor. Lo del exilio me parece una buena metáfora: leo sobre la condición del exiliado en Levinas y me doy cuenta de que muchos de mis amigos quieren generar esa misma sensación viajando, viajando a propósito, con ganas y con plata; y entiendo que lo que a veces me hace ruido de todo eso es lo mismo que lo del cuaderno artesanal, la sensación de que hay que ocuparse de generar condiciones para tener experiencias y así escribir o producir o sentir o lo que sea, en lugar de chocarse con las cosas de frente y entender que si vamos a hacer algo con sentido, algo que le importe a alguien o al menos a nosotros, es algo que se dará por añadidura, tiene que ser así. Arrojarse a la vida del trabajo, de las relaciones, de los trámites, de los dolores y de las tareas insoportables y tener la serenidad para hacer algo con todo eso y no al margen de todo eso: mi tarjeta de fin de año, mi deseo para todos nosotros.

TT