OPINIÓN
Pujato y la casa donde terminaba el Mundial
El domingo 19 de julio hizo el verdadero gran frío y además, terminó el Mundial de Fútbol. Tuvimos la última gran excusa para reunirnos con esa selección de amigas o con esa insólita fracción familiar. Es cierto que lo que pasa en esos partidos es más bien único: lo salado, lo dulce, la camaradería. Estamos solamente unidos por un lugar en el mapa que no entra en discusión. Más bien nada lo hace. La neurastenia es tan real como simbólica y todo lo que tenemos por perder es algo que ni siquiera nos pertenece. Es abstracto. Por eso nos gusta tanto: es pura ganancia. La Selección argentina no logró dominar a la española y más bien deseábamos a oscuras que ese partido terminara cuanto antes. Quedamos segundos. Lloramos todos pero sobre todo, los jugadores. Esos hombres distinguidos de casi cuarenta con buenas frecuencias cardíacas. El título ni siquiera nos importa, todo sea porque Messi no haga más esas muecas de dolor, o De Paul no se encorve tanto hacia adentro. No es gratuito para nadie ver llorar a un grupo de adultos que aseguran que saben lo que hacen. Que en publicidades o en entrevistas públicas parecieran estar diciéndonos: tranquilos, déjenlo todo en mis manos. Pero lloran y transpiran, y el mundo se les agota y a nosotros, un poco menos, pero también, porque mañana es lunes y hay que volver al ritual social y político que nos tiene extenuados. Y en realidad no podemos dejar nada en las manos de ningún deportista afamado, ni de nadie, y las expensas llegan el veintiocho y el alquiler es del uno al diez. Y la campaña anti argentina en las redes sociales o en la vía pública— que a esta altura son casi lo mismo— en la que la artista más famosa del momento se ríe del cono sur o el actor fetiche de Quentin Tarantino asegura que hemos sido históricamente el país más racista del mundo. Como dijo nuestro actual presidente, Argentina abandonará décadas de decadencia para convertirse nuevamente en una potencia mundial y en el centro de atención del futuro. Quizás hablaba de este mal trago.
Lejos de los rasguños y del ruido, el director técnico de la selección argentina, Lionel Scaloni, llegó a Argentina unos días después. Cada vez que viene para este país, ya que vive en Mallorca hace muchos años con su familia, se instala en Pujato, localidad santafesina a 40 km de Rosario, donde está su casa natal. Fuere cual fuere el resultado de la final del mundo, Scaloni volaría hacia sus orígenes en la misma fecha, a la ciudad que lo tiene dibujado en un mural emplazado en la plaza principal. Hay dos sectores muy específicamente señalados en el mapa de Google de la zona, uno marca Mural a Lionel Scaloni, muy cerca del Club Atlético Pujato, y el otro Casa de Lionel Scaloni. No hay escapatoria.
Desde el día en que el director técnico llegó a la casa de portones de madera, fueron llegando filas y filas de hinchas. Se dice que quizás se acercó a saludarlo el doble de gente que lo visitó en el 2022, cuando Argentina salió campeón del mundo. La casa tipo chalet estuvo vallada durante cinco días, monitoreada por móviles policiales. De chaleco de fibra siliconada y jean, Lionel salió infinitas veces a saludar y acto seguido y como si no tuviera opción —no la tenía—firmó camisetas, pelotas de fútbol, albumes de figuritas, cartulinas, lo que fuera, lo que le acercaran, lo que tuvieran a mano. Se sacó infinitas fotografías en las que salió siempre con el mismo gesto en la cara y se emocionó al escuchar un chamamé compuesto para él que le tocaron en vivo. Una tarde salió hacia un turno médico con su dentista y pidió disculpas y permiso, asegurando que volvería en un rato. Que no los defraudaría. Al quinto día y en un horario inesperado, Lionel Scaloni tuvo que salir a escondidas para poder abandonar definitivamente el santuario en vida que le estaban fabricando. Su familia dejó una cartulina pegada en la puerta de la casa que decía: Leo ya se fue anoche. ¡Gracias por el cariño! Como si aparecer o desaparecer fueran actos mágicos, cosas que pasan durante la noche en que llegan los Reyes Magos. ¿Qué es esa necesidad sudaca de poner el cuerpo para agradecer? O en todo caso, ¿por qué necesitamos rodearnos entre sí para sentirnos amparados? Más allá de la anécdota de Pujato, de la escena primera que narra a un grupo infinito de gente sacándose fotos con el hombre del momento, quizás allá otras cosas. Estas Imágenes dan cuenta del momento en el que nos encontramos, de la innegable necesidad de idolatrar. Nos reunimos también para espantar al malestar contemporáneo, por ejemplo, la certeza de que la ilusión mundialera terminó del todo y que seguimos estando en el mismo sitio que hace unas semanas atrás. Que nuestros ídolos populares se van marchando ya. Que tal vez el verdadero último mundial de Messi o la ausencia definitiva del gran músico argentino, el Indio Solari, o la disgregación de la históricamente numerosa agrupación de Madres de Plaza de Mayo, ya sin Taty Almeida, o un más lejano Diego Maradona, anheladísimo en este mundial, sobre todo de cara al partido con Inglaterra, o un líder político y populista en quien volver a confiar, alguien por quien reunirse y gritar que sí, que todo va a estar bien, sin dudar. Alguien, quien sea, pero alguien.
Más allá de ser vaivenes virtuales que quedan en el olvido a los días, hubo algunas manifestaciones que quedaron resonando. En boca de una ciudadana española, por ejemplo, que dijo que Argentina es un país de muertos de hambre y que aún así, estábamos preocupados por Rosalía. O el ciudadano inglés que dijo que lo único que tiene Argentina en este momento es el fútbol. Que no nos queda nada más. Quisiera aferrarme a una justificación tan pasional como patriótica para decir que no es así, pero no puedo. Como vaticinaba el presidente, entonces, abandonaremos décadas de decadencia para convertirnos en una potencia mundial y en el centro de atención del futuro. Quizás estemos frente a un momento de lenta sustitución, en el que todavía no hemos reconocido a los ídolos que vienen —a los argentinos nos gusta alabar—. Quizás tengamos que aceptar esta especie de silencio entre cosa y cosa, entre nuestra generación y las que vienen llegando. Quizás nos toque reunirnos en la casa de ídolos momentáneos para estar cerca unos de otros, o para escuchar cómo unos vecinos tocan chamamé en el afán de sacarle una sonrisa al hombre que también nos dio eso mismo, o nos brindó la excusa perfecta para olvidarnos de nuestros dramas cotidianos a cambio de mirar un show de deportes y gritar gol. Oír y desoír lo que se dijo de Argentina también es un trabajo difícil de hacer en soledad. Siempre es mejor acompañados. Sea en Pujato ahora o donde nos digan después.
CF/MG