ENSAYO GENERAL

La vida desnuda de Tove Ditlevsen

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Una puede hacer dos cosas frente a la arbitrariedad del mundo editorial y su circulación de traducciones: lamentarse por lo que no llega, o lo que tarda en llegar, o al menos agradecer que las exclusiones y las demoras permitan paradójicas reivindicaciones que no hubieran sido posibles de otro modo. Tove Ditlevsen es un autora danesa nacida en 1917: la generación de Muriel Spark, Clarice Lispector, Natalia Ginzburg o Marguerite Duras. Si su obra hubiera circulado en inglés o en español tan tempranamente como la de las demás autoras que mencioné, yo probablemente jamás habría reparado en ella. En cambio, como hace apenas siete años llegó al inglés, y recién el año pasado al español, puedo leer reseñas y artículos sobre esta escritora “recién descubierta”, desde el narcisismo de mi español pluricéntrico.

Pasé dos viajes de seis horas en un micro de larga distancia (la ida desde Buenos Aires hasta Santa Fe Capital, y el correspondiente regreso) con la Trilogía de Copenhague, que reúne tres novelas autobiográficas consecutivas publicadas por Ditlevsen: Infancia, Juventud y Dependencia. El estilo y el tono de Ditlevesen son absolutamente impresionantes: es una escritura viva, con un tono casi bipolar, sanguíneo o frío, nunca nada en el medio; fresco y eterno, con el ímpetu del ahora y la ambición de la posteridad. La voz de Ditlevsen, sobre todo, me llevó a repensar unas cuantas tonterías actuales sobre “lo solemne” de las que estaba demasiado convencida sin ninguna justicia. “Con la mañana, llegaba la esperanza”, escribe Ditlevsen para empezar Infancia, la memoria sobre su niñez en una familia humilde en el barrio obrero de Vesterbro, Copenhague. Esa oración tan ceremoniosa que parece de himno abre una reflexión pausada y espectacular sobre la auténtica intimidad, la de una madre y una hija que pasan juntas en el fondo no se conocen. Ditlevsen habla de la esperanza del silencio y el entendimiento, el momento en que su padre y su hermano se iban y ellas quedaban solas en la casa y parecía que, si la pequeña Tove lograba quedarse lo suficientemente quieta, hacerse lo suficientemente invisible, su madre olvidaría la irritación infinita que la niña le producía por su sola existencia, y por un instante, por breve que fuera, el mundo sería un lugar luminoso y tranquilo para las dos.

Ese estilo bipolar, grandilocuente y a la vez modesto, dulce y áspero, cortante y blando, funciona no solo por razones estrictamente formales, sino porque está cortado a medida para y por los grandes temas y las grandes tesis de Ditlevsen. “La infancia es larga y estrecha como un ataúd, y no se puede escapar de ella sin ayuda”, dirá unas páginas más tarde. Es tentador leer Infancia y entenderlo como un testimonio de lo oscuro que podía ser ser niño (ser niña, sobre todo) a principios del siglo XX, en una familia pobre, perseguida por el desempleo de un padre de izquierdas y la eterna frustración de una madre que soñaba una vida más fácil. Es tentador, porque es cierto que hay algo testimonial en el relato de Ditlevsen: ella aspira, de hecho, a hablar no solo de su infancia, sino de la infancia en general, así como aspira a descubrir verdades sobre la vida en general a partir de la observación infinitamente lúcida y detallada de la suya propia, y lo hace. Ditlevsen relata las particularidades de su infancia y al mismo tiempo piensa sociológicamente cuando explica, desde la voz de su yo niña, que ella ya sabía que era una niña afortunada porque su padre no bebía y su madre no le pegaba demasiado fuerte. Empezaba a aparecer, tímidamente, esa idea de que una casa decente es una en la que al menos se intenta resguardar a los niños de la inclemencia del mundo adulto, aunque ese intento se vea como muy mínimo desde nuestra actualidad.

Pero aunque Ditlevsen esté dando un testimonio de época, entendemos sobre todo a partir del segundo tomo que también está hablando de una vida y una subjetividad muy singulares. Tove Ditlevsen iba a convertirse, primero, en una escritora aclamada, y luego, como relata en Dependencia, el último y más desgarrador de los tomos, en una adicta (víctima de un marido médico que la inyectaba con diversos calmantes). En todo ese viaje de la pobreza al éxito y luego a la soledad más profunda podemos leer una continuidad. Ditlevsen nunca deja de ser esa niña que deseaba al mismo tiempo el silencio y la atención, la calma y la intensidad. Todo lo que le pasa, desde que es pequeñísima hasta que se suicida a sus 59 años, parece ser el resultado de un alma desnuda en un mundo demasiado violento: un alma desnuda que no quiso protegerse, porque esa hiper exposición a la existencia era su veneno, pero también el alimento de su escritura, lo único que la mantuvo viva el tiempo que tuvo. Es una vida intensa llena de sabiduría pero sin lecciones ni aprendizajes, sin progresos: detenida en una conciencia exacerbada del vacío y la angustia que no pudo domesticarse jamás. Cuando llegaba al último tomo, tan duro que hay que leerlo frenando, no pude evitar pensar en Judith Shakespeare, esa hermana ficticia de William que Virginia Woolf inventó para explicar que una mujer con el talento y el hambre de Shakespeare en la época de Shakespeare hubiera terminado loca, desesperada y muerta. Cuatro siglos después de Shakespeare, y cuatro décadas después de Virginia Woolf, Tove Ditlevsen terminó igual. Lo extraordinario es que, a diferencia de Judith Shakespeare, e incluso a diferencia de la propia Woolf, cuya escritura pública fue infinitamente más contenida y distante de su propia experiencia, Ditlevsen vivió poco, pero vivió para contarlo. Es muy pero muy extraño que una persona con una sensibilidad tan desaforada, una mente tan sin bordes, para bien y para mal, tenga el control, la precisión y el arte para contar tan bien qué se siente, ser así, y contárnoslo a todos de manera tal que por un instante parece que sería imposible no ser así, que esa forma intensa y terrible es la única manera de estar en el mundo. Leer la Trilogía de Copenhague es, nada más y nada menos, presenciar ese milagro.