Opinión

¿Cuánta concentración de la riqueza admite la democracia?

El porcentaje de personas bajo la línea de pobreza apenas bajó a pesar de que la economía argentina creció en 2021

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Según el reciente informe del INDEC, el 37,3% de la población vive en la pobreza, una leve mejora respecto de comienzos de 2021 pero todavía por encima de la situación inmediatamente anterior a la pandemia, que ya era muy mala. Etariamente el panorama es aún peor: más de la mitad de los niños vive en hogares pobres. Y no son números atados al desempleo: un tercio de los empleados que cobran su salario a fin de mes perciben ingresos que, sin embargo, no alcanzan para superar la línea de pobreza. Trabajar para ser pobre. 

Como suele ser el caso, el dato aparece aislado, sin contexto. El porcentaje de personas bajo la línea de pobreza apenas bajó a pesar de que la economía argentina creció en 2021 a una notable tasa del 10,3%. Dicho en criollo: el crecimiento no se tradujo en una mejora de los ingresos de la mayoría de la gente. Al menos no por ahora. Crecer para ser pobres.

¿Adónde fue todo ese crecimiento? Una parte parece haber quedado en manos de los propietarios. Los datos del INDEC muestran que en 2021 los salarios retrocedieron 4,86 puntos como proporción del valor total de la producción y que esa pérdida fue a parar a los bolsillos del sector empresario, que mejoró 3,84 puntos su participación en el ingreso global. Crecer y trabajar para que solo amplíe su ganancia una clase.

Uno pensaría que, entonces, aumentó la desigualdad. Pero los datos del coeficiente GINI, que la mide, dan una leve mejora en 2021. Se redujo la brecha de ingresos que separa al 10% más pobre de la población del 10% más rico. Los datos de la Encuesta Permanente de Hogares no permiten ver qué pasó con toda esa riqueza extra que el país generó en 2021. No está pensada para eso ni es su objetivo. Pero hay que decir que el modo en que se presenta la información no ayuda a visualizar el flujo del ingreso ni a saber su dirección. La desagregación que suele ofrecer el INDEC en niveles de ingreso según decil de la población oscurece las enormes desigualdades que desgarran nuestra sociedad (y todas las demás en mayor o menor medida). El ingreso mensual per cápita de las familias que componen el 10% más rico de la población comienza en un piso de $63.333. El promedio de ingresos de ese decil es de $98.481.

El ticket para pertenecer a la porción más rica de la población, según este modo de presentar los datos, es un salario no demasiado alto, incluso bastante menor a lo que ganan los trabajadores manuales que mejor suerte tienen en las paritarias, como los aceiteros, los camioneros, los de automotrices. Un obrero u obrera cualquiera compone el 10% más rico de la población si vive solo o con una pareja que gane lo mismo, o si ambos tienen uno o dos hijes. Parece un club muy poco exclusivo. 

La división en deciles genera un efecto perverso por el que el ingreso del 1% de la población verdaderamente rica queda disimulado al promediarse con el que tiene el otro 9%, que incluye personas que llevan una vida más bien modesta. Pero la cosa es incluso peor. La Encuesta de Hogares es eso: una encuesta. Los verdaderamente ricos quedan fuera del radar. No atienden encuestadores (ni les dirían el monto real de sus ingresos si los atendiesen). Nadie sabe cuánto gana el 1% más rico ni cuánto capital acumula. Menos aún se sabe del 0,1% que es enormemente rico. Existe toda una arquitectura del secreto que los protege de la mirada pública. En otra columna lo expliqué a propósito de los Pandora Papers y esas filtraciones de datos bancarios que, cada tanto, nos permiten ver una pequeña fracción del iceberg de riqueza que ocultan los megamillonarios en el espacio global. 

Hay una conexión directa entre la pobreza de la mayoría y toda esa riqueza que escapa de nuestra vista, que se fuga, que no tributa lo que le corresponde y presiona para pagar incluso menos impuestos, que empuja los salarios a la baja y los precios a la suba, que aumenta los niveles de explotación de la fuerza de trabajo, que corrompe a los funcionarios públicos para conservar o ampliar sus privilegios, que insiste en quitar derechos y aumentar la represión, que depreda el medioambiente para vender commodities.

La suerte que le toca a los deciles de ingreso más bajo está conectada a la de los demás, pero también y sobre todo a la de esos hogares a los que no llegan los encuestadores, ni las estadísticas oficiales, ni la lupa de la AFIP. Hogares que, además, pueden estar o no en el territorio argentino. Porque el capitalismo, a no olvidar, es un sistema global. La riqueza generada en la Argentina no necesariamente va a manos de megamillonarios argentinos. Ni la pobreza que aquí queda se relaciona solamente con lo que hacen los ricos nuestros

Es imprescindible volver a pensar la pobreza como una relación. En sentido literal y sistémico. Literal porque nadie es “pobre” sino en comparación con lo que tienen otros. Así como nadie sería petizo si no hubiese gente más alta, las personas sólo son pobres al lado de otras que son más ricas. Nadie era pobre cuando todos comían un plato de arroz: se es pobre cuando aparecen horizontes de consumo a los que otros sí acceden. Pero además es una relación sistémica, porque los procesos por los cuales hoy se genera la riqueza son muchas veces los mismos que fabrican la pobreza. 

De un tiempo a esta parte nos han acostumbrado a perder de vista esa relación, a pensar la pobreza como una mera cuestión de recursos personales, sin vinculación con las desigualdades estructurales de la sociedad o con la forma en que la economía se organiza. La pobreza sería un problema de los pobres, algo que se explica por alguna de sus supuestas carencias. Son pobres porque carecen de habilidades, de ambición, de capital social, de oportunidades, de educación financiera, de actitud emprendedora. O al revés, son pobres porque tienen exceso de algún defecto moral: son perezosos, imprevisores, criminales, brutos y por lo tanto toman malas decisiones personales. En otras palabras, los pobres son personalmente responsables de su pobreza. Si hay que buscar algún responsable fuera de ellos pueden ser “los políticos” o “los sindicalistas” que les roban o les impiden aprovechar las oportunidades de mercado. Pero en cualquier caso, su condición no tiene nada que ver con nada que los ricos y poderosos tengan, sean o hagan. Todo lo que el Estado puede hacer por los pobres sería ayudarles a superar sus propios problemas, ofreciéndoles educación, microcréditos, incentivos, etc. o liberarlos de los molestos derechos laborales que tienen, que impiden a los empresarios contratarlos a gusto. Pero nunca se trata de visibilizar los hilos que conectan sus vidas con las de los megamillonarios, ni mucho menos poner en cuestión las reglas del juego que impone el capital. 

Hace unos días Carla Yumatle publicó en este diario una excelente columna titulada con una pregunta angustiosa: “¿Cuánta pobreza admite la democracia?”. Tras ella está la certeza, que comparto, de que no es posible sostener la democracia en un contexto marcado por tal agudización de la pobreza. La exclusión y las penurias sociales desgarran la vida democrática y amenazan con volverla inviable. 

Sería conveniente, sin embargo, plantear la cuestión de modo que nos ayude a ver la trama de relaciones que involucra. Y, sobre todo, de modo que la presencia amenazante no sea la de los pobres. Porque, en rigor, lo que la solidez de la democracia no admite son estos niveles de concentración de la riqueza. El problema no son los pobres –nunca lo fueron: alguien con muy poco dinero es tan apto para la vida democrática como cualquier otro– sino el modo de vida y los privilegios de los megamillonarios y de sus corporaciones, que corroen toda noción de vida en común. La idea bienintencionada de promover la “inclusión” de “los excluidos” construye subrepticiamente un “nosotros” en el que, pensándolo bien, quizás no quisiéramos estar. Como si debiéramos ayudar a los pobres a que puedan llegar a una mesa en la que estamos felizmente sentados todos “nosotros”, es decir, todos los que estamos por encima de la línea de pobreza, los magnates junto con la clase media y los obreros de sueldo no tan penoso. Como si tal mesa existiese y en ella cupiésemos todos si tan solo diéramos una mano a los pobres y pusiéramos buena voluntad. Como si los megamillonarios no estuviesen en verdad sentados en otra mesa que ni siquiera vemos, de la que todos los demás estamos excluidos, en la que se toman las decisiones importantes. 

¿Traer a los pobres a ese mundo fantasioso que habitamos “nosotros los incluidos”? Acaso sea mejor invertir la mirada y pensar cómo volvemos a traer al mundo que habitamos el resto de los mortales a ese 1% que está en otra parte, que es socio de un club al que nosotros no estamos invitados y que, de hecho, elige vivir segregado en mansiones inaccesibles, torres exclusivas o barrios cerrados. Traerlos a un mundo regido con las mismas reglas que nos atañen a todos, sin arquitecturas del secreto que nos protejan ni privilegios que nos sostengan. Es decir, un mundo democrático. 

EA

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