El diferente que le dijo que no a la presidencia de la república

Carlos Reutemann

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La escena era desoladora. Carlos Reutemann tirado sobre el parqué de su despacho, con un arnés sobre el sillón y barba de tres días. “La herida no se va más y es desde la cabeza al talón de los pies. ¿Cree que a mí me gusta decirle que no a la Presidencia dela Nación”? Fue el día después de haber dicho que no en cinco idiomas a los periodistas acreditados en Casa Rosada.

 Reutemann era presidente con sólo decir “sí” en 2003. Tenía 57% de intención de voto. Pero dijo que no. En algún momento del operativo clamor peronista, el Lole echó de su despacho a un consultor que le aconsejaba usar corbata roja y lo quería monitorear como un valet. 

 Un día de septiembre de2002, en la Quinta de Olivos, Reutemann agarró del brazo a un periodista de La Capital de Rosario y lo llevó a la sala de conferencias, donde quince minutos más tarde el presidente Eduardo Duhalde anunciaría obras para Santa Fe. “Ahora le voy a decir por qué no quiero ser presidente. Porque tengo que gobernar con esos que están ahí”, reveló.

 “Ahí” estaba Luis Barrionuevo con los cachetes colorados y cuatro dirigentes del duhaldismo espectral. Con esos, ni a la esquina, era el mensaje del expiloto de Fórmula 1, un hombre “tormentoso y atormentado”, según la definición de don Enzo Ferrari. 

 A partir de ese momento la leyenda de Reutemann se hizo gigante, como su campera roja con la que hizo mil campañas. Siempre mano a mano con la gente, como le enseñó Carlos Menem el día que lo largó ala cancha.

 El mito citadino de que vio “algo” que no le gustó fue desmentido por el personaje. “Un día aparece el Gordo Lanata, pone las patas arriba del escritorio, me larga el humo en la cara y me dice: "¿Boludo, qué viste?". Y luego salió con eso de que "vi algo que no me gustó". Puras mentiras”, contó con precisión de orfebre.

 El Lole le contó a este periodista “que tenía pesadillas con Amancay Ardura”, que soñaba que lo colgaba de la Pirámide de Mayo. Ardura era un lumpen que hacía de cacique piquetero en una corriente “clasista y combativa”. Y agregó que “el cheto del Malba (Eduardo Costantini) le había dicho que los empresarios se querían dar un baño de zurdaje”.

 “¿Sabe quién es bueno? El Flaco Kirchner. De la Sota no mueve el amperímetro”, fue otra de sus definiciones de la previa a la elección del candidato oficial, cuando el sureño tenía 6% de intención de voto. Reutemann había dicho que no, pero no quería ungirlo ni a De la Sota ni a Felipe Sola. “Miden menos que una tutuca”, decía.

Un día deseos, el Chueco Mazzón (operador de mil batallas) preguntó: “Che, si el piloto (apodo de Reutemann en el ambiente político) no quiere ser candidato va a venir el Tuerto y nos va a romper el orto”. 

 El Lole y Jorge Obeid hacían en la política santafesina un “uno-dos” formidable. Así llegó el 2009, cuando ganó las elecciones a senador nacional derrotando a los portentosos aparatos políticos del gobierno provincial y del gobierno nacional. Fue esa vez que tuvo que ir al programa de Tinelli con una planta de soja y el cuartetazo “El Lole senador”. Ya no era el Reutemann “outsider” que le escapaba a esa fórmula mediática.

 Siempre había sido un peronista “sui generis” pero peronista al fin, hasta que se pasó a Juntos por el Cambio. En una primera reunión, Marcos Peña quiso obligarlo a que abriera cuentas en redes sociales. La respuesta fue lacónica: “No”. ¿Cómo anduvo esa reunión con esa gente del PRO?”, le preguntó en off un periodista rosarino con los que el dos veces gobernador se entendía a la perfección: “Demasiado olor a perfume importado”.

 Poco a poco, el hombre que decía “somatizar por el culo”, se fue alejando de los primeros planos. Esquivaba a los que lo habían ayudado y parecía encerrado en una caja de marfil, como la canción de Andrés Calamaro, con quien Reutemann compartió tiempo en el Hotel Plaza Francia de la Recoleta.

 Para alguien que tuvo alfombra roja a los 20 años, tutearse con Silvio Berlusconi era cosa de todos los días. “Ciao Silvio”, lo saludó al atender una llamada telefónica, ante la vista de este cronista. Hay una anécdota que pinta al personaje.

La única vez que pareció tener un gesto extraño fue cuando, en la Bolsa de Comercio de Rosario, uno de esos personajes, mitad cheto, mitad garca, le dijo: “Mirá Lole, tenemos la misma marca de reloj”. Reutemann lo midió como Dibu Martínez al Gordo Cardona y contestó: “Sí, la única diferencia es que a mí me lo regaló Carolina de Mónaco”.

Como con Miguel Lifschitz hace poco, la “parca” se llevó a uno de los máximos referentes dela política santafesina. El que salvó al peronismo de haber perdido el poder en Santa Fe 17 años antes. Un ex corredor de Fórmula 1 al que no le gustaba contar anécdotas a los que no tenían nada que ver con ese mundo.

 El Lole no fue ni mejor ni peor. Fue diferente a toda la clase política.

 

MM

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