El mapa del FdT

Los tres plazos de Fernández: dólares, Guzmán y las posibilidades para el 2023

El martes, en Olivos, Alberto Fernández reunió a Martín Guzmán, Miguel Pesce y el flamante ministro de Desarrollo Productivo Daniel Scioli. Unas horas antes, Cristina Kirchner había lanzado fuego nutrido sobre el Gobierno y el rumbo económico. Pero más que respaldar a su staff, el presidente armó el encuentro por algo que estuvo en la metralla de la vice y que aparece, en rojo, en el calendario político y económico del Gobierno: los dólares.

El fin de semana, Fernández había recibido un informe in voce con un dato delicado: luego de un mayo con récord de importaciones, que alcanzó los 7.800 millones de dólares, las proyecciones de junio mostraban que la demanda de dólares de operaciones autorizadas, iniciadas y muchas concretadas durante el mes de junio, arrojaba una cifra todavía superior. El número estimado, según el número que llegó al presidente, ronda los 9 mil millones de dólares.

Si el efecto de mayo fue dramático, la proyección de junio era peor. Un mix: por cosechas buenas y a buen precio, el campo no tiene necesidad de liquidar y cuando junio debería ser, porque históricamente lo es, un mes de altas liquidaciones, no está ocurriendo. Con récord de importaciones y menos dólares del campo de lo previsto, el panorama se enturbió. En Avellaneda, Cristina habló de “festival de importaciones” y pareció nutrirse de datos finos del ministerio donde desembarcó Scioli.

Allí, según la información que llegó a Olivos, se detectó que hubo un número más alto de lo habitual -o recomendable- de autorizaciones no automáticas para importaciones. Scioli hizo esta semana una ronda de contactos con empresarios para pedir comprensión. No lo dice pero, datos en la mano, parece inevitable que deba aplicar un corset en las “impo” aunque implique, eventualmente, ralentizar la economía.

Además de ajustar el grifo de las importaciones, el equipo económico recurrió a otra medida: a través del Banco Nación, se autorizó que los productores que liquiden sus cosechas podrán colocar hasta el doble de ese monto en plazos fijos atados al dólar. Es un intento para que ingresen más dólares -los productores miran más el dólar que la inflación a la hora de preservar valor- y de ese modo tratar de aflojar la tensión en las reservas. Es un paso para no tener que aplicar un cierre más duro sobre las importaciones.

El capítulo reservas cuando se cierre junio, y sus esquirlas sobre julio, es el primero de los tres deadlines que figuran en un calendario incendiario que tiene por delante Alberto Fernández, un movimiento en tres pasos que a grandes rasgos se ubica en otras dos fechas: una en septiembre, vinculado a los “resultados” de Martín Guzmán, y otra en noviembre, como último plazo para mostrar que el Gobierno se ordena y encara, con alguna expectativa, la temporada electoral del 2023.

El ministro

A la suerte de Guzmán, a quien Cristina Kirchner cuestiona en privado pero dejó de incluir en sus ráfagas públicas porque “ya dije lo que tenía que decir” -y porque criticar a Guzmán puede forzar a Fernández a sostenerlo en el cargo- se la ubica temporalmente en septiembre, período en que según las estimaciones que el ministro le acercó al Presidente, la inflación debería estar en el orden del 3%, luego de haber tocado un pico de 6,7% en marzo.

Por momentos, Fernández parece ser el único hilo que conecta a Guzmán con el dispositivo oficial. La fe de Fernández o su certeza de que el ministro es su garante ante el FMI. “Nosotros lo criticábamos antes, cuando Cristina todavía lo tenía en la mesita de luz”, desliza, con doble aspereza, un entornista presidencial. En el mundo FdT se instaló como plazo para que el ministro ordene “la macro” el mes de septiembre, es decir: le quedan, en teoría, 90 días.

La telaraña vincula todas las fechas. Así como la suerte de Guzmán, o el hipotético deadline que se le da desde el FdT -no desde Fernández- está atada a cómo se ordene el tema reservas -la primera parada del calendario crítico-, el plazo de ordenamiento económico fija los términos de otro plazo mayor: el ordenamiento político para encarar, con expectativas, la temporada electoral del año próximo.

“Tenemos hasta noviembre: si no llegamos ahí con el barco encaminado, es irreversible”. Lo dice un funcionario de primera línea que le pone una fecha a un clima que aparece en el FdT: la idea, más amplia, de que “hay tiempo” hasta fin de año para cambiar la tendencia. “Viene el Mundial, después las vacaciones, y ahí ya estamos casi en el cierre de listas y en la campaña”, amplía un intendente del conurbano.

No refiere, siquiera, a una eventual postulación de Fernández para la reelección sino que se una apreciación más amplia, referida directamente sobre las posibilidades del oficialismo para mostrarse competitivo el año próximo, y entrar al 2023 con las cargas acomodadas para dar batalla. Hubo, en el sistema Cristina, un giro: hasta hace dos meses, el mensaje que bajaba era de derrota inevitable y repliegue en la provincia de Buenos Aires. Ahora se emite otra cosa: cambio de diagnóstico o de táctica.

Pero ¿qué debería ocurrir antes del deadline de noviembre? El FdT debería recuperar una dinámica de funcionamiento que, como expectativa mayor, debería expresarse en una mesa de cinco donde estén los Fernández, Sergio Massa, Máximo Kirchner y Axel Kicillof, aunque debería agregar gobernadores para salir del registro puramente ambeño de esos cinco. “No puede ser que Alberto esté peleado con Máximo: no tiene lógica ni personal, por la relación que tuvieron antes de que sea presidente, ni lógica política, por lo que representa Máximo”, apuntan desde el universo Cristina.

Desde fines enero, cuando renunció a la jefatura del bloque de diputados del FdT en disidencia por el acuerdo con el FMI, no hay diálogo entre Máximo y Alberto. Desde marzo, luego del discurso ante la asamblea legislativa, no hay comunicación directa entre el Presidente y la vice. Massa oficia, en el mejor de los casos, como correo aunque en las bilaterales con Fernández pone en debate sus propios intereses, como el que derivó en la designación de Guillermo Michel como titular de la Aduana, una manera de “compensar” a Massa por la llegada de Scioli al gabinete.

Cosas que ocurren, Scioli y Michel son las dos piezas clave en el segmento importaciones, donde Cristina ve un “festival”.

PI