Víctor Basterra, el hombre que fotografió el horror de la ESMA
El affaire Haidar
Tiene 38 años. Usa anteojos, jean y camisa arremangada. Espera una luz verde para cruzar la calle, sereno y con la mirada al frente. Se llama René Haidar, fue jefe de Inteligencia de Montoneros y la estela de su leyenda todavía refulge.
Hace una década, en agosto de 1972, evadió los fusilamientos de 16 compañeros en la Base Aeronaval Almirante Zar de Trelew, tras un intento de fuga del penal de Rawson, plena aspereza patagónica.
La Marina no olvida: es el último de los tres sobrevivientes. Ignora que lo siguen.
Cuando las copias de esa instantánea todavía chorreaban, Adolfo Donda, Fernando Peyón y Lucía Deón irrumpieron en el laboratorio donde trabajaba Víctor Basterra.
–Sí, es el Turco –confirmó la detenida.
Poco después, el prefecto Jorge Díaz Smith pidió una extravagancia: su foto caracterizado como Haidar. Se oscureció el pelo, se pegó una barba falsa, se calzó los anteojos y se entregó a la lente.
–¿Y, me parezco?
Conforme con el engaño, viajó a Uruguay con pasaporte a nombre del guerrillero, que caería el 18 de diciembre. Basterra lo vio en el sótano castigado por la tortura, semidesnudo y con grilletes, escoltado por un suboficial que decía a quien quisiera escuchar:
–Pensar que a este hijo de puta lo conocí hace diez años.
Al costado de la escalera había una camilla, jeringas y una almohada ensangrentada.
Flashes y relámpagos
A veces, Basterra dormía en el laboratorio. Una noche de insomnio se levantó del colchón, montó sobre la cámara un flash recién llegado y salió a caminar por el pasillo. Disparó una, dos, tres veces. La secuencia revelaba las entrañas desangeladas de la burocracia del miedo: una escalera interna, la trituradora de papeles, la puerta de la huevera.
Estaba por guardar la cámara cuando una voz le heló la sangre.
–La puta que te parió, ¡¿qué estás haciendo?!
Se dio vuelta, quiso parecer imperturbable.
–Estoy probando el flash.
El guardia no sabía que la cámara tenía rollo. Ni que el prisionero, acostumbrado a vivir como un equilibrista, había sacado las primeras fotos del sótano.
Algunas noches después, mientras una tormenta se ensañaba con puertas y ventanas, se escabulló en un cubículo, metió la mano en un hueco y alcanzó una llave de Inteligencia. Entró a la oficina y abrió un archivador. Encontró la carpeta con las declaraciones del Grupo Villaflor, y supo que Raimundo había muerto el 7 de agosto de 1979, después de tres días de tortura.
Vislumbró más nombres en otra carpeta de tapas duras. Miró a sus espaldas, la escondió entre la ropa y la llevó al laboratorio. Rotulada “GT1, Equipo 2, confidencial”, incluía una lista de bajas enemigas elaborada por el Ejército, con eles para los liberados y tes para los traslados. Mientras el flash se mimetizaba con los relámpagos, comprobó que casi no había eles. Terminó gastando dos rollos.
Ya era de madrugada cuando escuchó una puerta que se abría. Pensó que, ahora sí, se le había terminado la suerte. Tenía que ser Peyón, que llevaba meses soltando su amenaza después de hurgar en los cajones, desenfundar la pistola y apoyársela sobre la sien:
–Un día te vas a equivocar, y yo voy a estar acá para matarte.
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