Ocurrió el 11 de junio de 2011

15 años del asesinato de Octavio Romero: un crimen de odio que aún impacta en la Prefectura Naval Argentina

Florencia Pessarini

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Octavio Oscar Romero está parado frente a su placard, en un tres ambientes sobre la calle San Martín. Afuera hace frío. Se prueba el saquito de pana bordeaux que le regaló el papá de Gabriel Gersbach, su pareja. Los biceps sutilmente marcados bajo la pana, el cabello negro y corto, la tez blanca.

Octavio tiene 33 y hace doce años que vive con Gabriel. Del chico de Curuzú Cuatiá, provincia de Corrientes, que ingresó a la Escuela de Prefectura Naval antes de cumplir dieciocho quedan la curiosidad voraz y el apetito por la vida. Ahora habla tres lenguas y está terminando su tercera tecnicatura. Tiene una vida social intensa y a fin de año piensa casarse con Gabriel: será el primer agente de las fuerzas de seguridaden en contraer matrimonio con alguien de su mismo sexo.

Esa noche, sus compañeras de la carrera de relaciones públicas internacionales, lo esperan en el barrio porteño de Caballito. Piensa que son ellas cuando a las 19.12 suena el teléfono de línea. Sin embargo, es una llamada proveniente de José León Suárez 3741, Lanús, donde vive su íntimo amigo de Prefectura, Omar Quiroz, con su esposa, María José Galiano. Con alguno de los dos habla Octavio durante 116 segundos y luego corta. 

Gabriel mientras tanto se prepara para salir a trabajar el taxi. Le pregunta a su novio si quiere que lo lleve. Octavio rechaza la oferta. Le da un beso y después uno más. Esa noche Octavio no asiste a la cena, ni vuelve a dormir a su casa. El saquito de pana queda colgado sobre la silla de la cocina. Aparece seis días después, flotando desnudo en el Río de la Plata. 

***

—Tan importantes para mí fueron esos besos que, desde el momento de su desaparición, busqué sin parar un mensaje —dice Gabriel Gersbach, de 56 años, sentado frente a los cafés que preparó—. Buscaba un papel, una carta. No sabés lo que busqué. En libros, discos, revistas. Busqué por todos los cantos un escrito suyo que contara lo que había pasado, algún nombre. No fueron besos normales. 

Gabriel conoció a su novio en un boliche paki de capital. Era 1999 y Octavio todavía no conocía a fondo la noche porteña. La noche siguiente empezaron en Sitges. Tomaron algo entre las cortinas de terciopelo, ante el fulgor del show transformista de La Solá. Como era la costumbre, les dieron frees para América y para Glam. Iban a elegir, más tarde, en Bach, cómo seguir la juerga: si en la mega disco de pasillos truculentos o la casona antigua de Cabrera y Laprida. Pero en el zaguán de un edificio, protegidos de la lluvia, se dieron un beso que los alejó del bullicio. 

—Llovió; toda esa noche llovió y nosotros en llamas. Me acuerdo que al otro día le presté una campera… Yo con el temor de no verlo más —cuenta Gabriel.  

Octavio y Gabriel volverían a verse: noche tras noche hasta que ya no tuvo más sentido vivir en casas separadas. En esa transición estaban, apenas tres semanas después de conocerse, cuando Octavio se animó a decirle que era prefecto.

—A mí que viví el Proceso… la idea de estar con un prefecto no me cerraba —dice Gabriel—. Pero ya estaba enganchadísimo. 

Pronto comenzaría a visitarlos periódicamente la mamá, Antonia, acompañada de un plantel rotativo de hermanas de Octavio. Harían amigos en común y amigos de amigos. Entre todos arrimarían un manglar de recuerdos, ahora encapsulados en fotos jolgosas y grabaciones caseras. El 11 de julio de 2011, por primera vez en doce años, Gabriel volverá a tener miedo de no verlo más. 

*

Octavio le dijo a Gabriel que trabajaba en una empresa portuaria, pero cumplía funciones administrativas en el edificio guardacostas de la Prefectura Naval Argentina, ubicado en Avenida Eduardo Madero 235. 

Su domicilio estaba declarado en lo de Gabriel y, por protocolo, avisaba cada vez que salía del país con él –por lo menos una vez al año. Uno de los prefectos, Omar Quiroz, acudía seguido a cenar al departamento de la calle San Martín, con su esposa, María José Galiano. 

Octavio se llevaba bien con sus superiores y con todos los prefectos de su camada, la del 97. Los comentarios perniciosos sobre su orientación sexual llegaban de vez en cuando de sus compañeros más grandes pero, si le preocupaban, no encontraban espacio en su agenda. Estaba por recibirse y, de acuerdo a la normativa, acababa de pedir permiso para casarse con Gabriel: todavía había que ultimar tarjetas, conseguir el lugar –en el campo, al aire libre– y la banda. Lo pensaban para diciembre. Un día lo encerraron entre varios en un cuarto y le dijeron: 

—¿Vos sos puto? Sos puto, ¿no? Vení, chupanos la pija. 

—¡Primero chúpenmela ustedes a mí! 

Si Octavio tenía miedo, no lo demostraba. 

*

A menos de 24 horas de la desaparición de Octavio, Gabriel se dirige a la comisaría para hacer la denuncia. Desde un escritorio cercano a la puerta, Gabriel reconoce a uno de los dos hombres de civil que entran por la puerta: el suboficial Osvaldo Sergio Brana. El otro es el suboficial Marcelo García. Los jefes de Octavio entran al despacho del comisario.

Ese domingo Gabriel Gersbach transforma su departamento en una central de búsqueda a la que pronto se sumará su medio hermano. Cubren la creciente desazón con folletos y posteos y subidas de Youtube. Charlan hasta altas horas de la madrugada rodeados del rostro de Octavio. Van y vienen amigos y amigas de ambos. Organizan una campaña de prensa que ese lunes acerca a primera hora de la mañana a unos cuantos noteros de televisión.

En la mitad de una entrevista, llega la mamá de Octavio acompañada de una de sus hijas. Vienen a buscar cosas de Octavio. Antonia se niega a hablar ante las cámaras. 

—Me voy a Prefectura— agrega.

Antonia y Gabriela no se instalan en el departamento de la calle San Martín como tantas otras veces. Ya están acomodadas en el Círculo de Suboficiales de la Prefectura y allí vuelven en subte después del breve intercambio con Gabriel. A la salida de la estación Independencia, las intercepta la lluvia que no se detendrá en toda la semana y un hombre trigueño de estatura promedio, quien les pregunta si son familia. 

El hombre se presenta como “la ex pareja de Gabriel” y extiende un papelito abrasado por el agua que luego entregarán a la Justicia y en el que se lee un nombre, un apodo, un teléfono y una dirección. El hombre se escabulle. Antonia y Gabriela siguen su camino conmocionadas. Las esperan en Prefectura.  

*

La denuncia de Gabriel se remite a la Fiscalía Nacional en lo Criminal de Instrucción Nº 40. La doctora Estela Andrades de Segura, la fiscal, se mueve rápido: esa misma semana ordena el allanamiento del departamento de la calle San Martín y apenas unos días después, revuelven la casa de la familia de Gabriel. Se intervienen los teléfonos de todos y aunque nada de todo aquello deriva en ninguna evidencia, se insiste. 

Indaga en las parejas sexuales de ambos y emite múltiples pedidos de información a los sitios de chat que visitaba Octavio. Embiste con fuerza sobre los que aman a Octavio –incluso un amigo de Gabriel, involucrado en la causa a través de un papel mojado–, pero jamás contempla la hipótesis del odio. 

Durante dos años, Gabriel queda varado en el espacio límbico de “sujeto pasivo de la investigación”, una categoría ni siquiera contemplada en el código penal, ni libre de cargos ni imputado, impidiéndole constituirse como querellante y acceder a los avances de la causa que militaba sin descanso.

*

El 17 de junio de 2011 a las 7.30 de la mañana, la policía toca el timbre de Gabriel. Lo llevan a declarar nuevamente, esta vez al Departamento de Investigaciones. Entrando al edificio, se cruza a Lopez, el jefe de la investigación. 

Lo llama, pero López no detiene la marcha. Se da vuelta para gritarle: 

–Yo ya vuelvo, no te preocupes, te toman declaración y te vas. ¡Yo ya vuelvo!  

Pero después de declarar le piden que espere. En la televisión de aquella sala, la imagen de una decena de uniformes marrones caminando sobre el verde sin edificar de la costanera de Vicente López en 2011. 

–Quedate tranquilo que no sabemos si es él –le dicen–. Esperá que viene una psicóloga. 

La espera. La psicóloga: 

–Contame Gabriel, ¿cómo te sentís?

–Como loco, muy ansioso, como loco. Qué me viniste a contar. 

–Vine a ver cómo te sentís. 

–No, vos me viniste a contar la verdad. 

–¿Qué verdad? 

–¿Es Octavio el que apareció asesinado? 

–No, no sé, a mi no me dijeron nada. 

–Y para qué viniste –Gabriel formula las preguntas en imperativo.

–Viene a darte una contención.

–¿Qué contención me vas a dar, si nadie me dice que es Octavio? –grita–. Disculpame, pero yo me voy. 

En la salida, vuelve a cruzarse con López, ahora en sentido contrario. Tímido, chiquito, como encogido por la lluvia: 

–Vengo del río. 

–Fuiste a reconocer el cuerpo. 

–Sí, pero no sé decirte. 

Gabriel le agarra las dos manos. Lopez baja la vista: 

–No sé decirte. 

–¿Pero viste el cuerpo? 

–Sí. 

–¿Y los tatuajes? 

–No sé decirte. 

En su casa, busca desesperado la tarjeta que le dieron los jefes de Octavio en la comisaría:  

–No sé decirte. 

Corta y vuelve a discar. Omar Quiroz, el compañero de prefectura de Octavio, el amigo:  

–Yo no te puedo decir. 

–Omar, no me jodas. Hace muchos años que te conozco, Omar. No me jodas. Fuiste al río. 

–Sí. 

–¿Viste el cuerpo?

–Sí.

–Era Octavio.

–Sí. 

*

El cuerpo de Octavio Romero apareció el 17 de julio de 2011, desnudo, flotando en la intersección de la Av. San Martín y el Río de la Plata, a la altura del partido de Vicente López, Provincia de Buenos Aires, territorio que corresponde a la jurisdicción de la Prefectura Naval Argentina. Dos iguanas se entrelazaban en la cumbre de sus nalgas redondas. La noticia saldrá en todos los medios, luego se olvidará. 

–Octavio tenía sueños recurrentes, que se ahogaba, que tenía sangre en la boca. Y fue justamente ese el final de su vida –recuerda Gabriel. La autopsia revela detalles truculentos.

Era 2011 y corría en pleno la primavera kircherista: Cristina Fernández de Kirchner estaba en vías de ser reelecta. Hacía exactamente un año que el matrimonio igualitario era legal en Argentina, una ley consolidó al país como referente en derechos humanos e inspiró al continente —solo nueve países contaban al momento con una legislación similar, ninguno en América Latina. Se habían juzgado alrededor de 1000 militares por delitos de lesa humanidad y condenado a casi 400. Pero al interior de las fuerzas armadas resistían algunos de los truculentos mecanismos de la dictadura militar. 

*

El 29 de septiembre de 2015 un informe fue entregado en la recepción de la radio donde Franco Torchia hacía el programa ‘No se puede vivir del amor’. En paralelo, fue remitido de manera anónima a la Fiscalía. 

Según el documento, dieciséis páginas doble faz escritas en un tono entre parapolicial e intempestivo, Octavio fue secuestrado por un grupo de tareas de la Prefectura Naval Argentina: lo pasaron a buscar por su casa bajo el pretexto de una misión secreta, que resultó ser su asesinato. Dice que lo trasladaron en un furgón cerrado marca IVECO, identificado, pero con las siglas alteradas con un ploteo de quitado rápido. Detalla las calles recorridas hasta los Talleres Generales de Reparación Automotor de Prefectura, ubicado en la localidad bonaerense de San Fernando. El “Operativo Oscar Delta”, alias “Operación Dignidad”, tenía como objetivo “evitar la deshonra” que la boda causaría. 

*

Según datos del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio, el 53,30 %% de los crímenes de esa índole registrados en 2025 tuvieron como autor al Estado y el 22,6 % de esos casos fueron cometidos por integrantes de las fuerzas de seguridad en ejercicio.

–En los años posteriores, me escribieron varios chicos de Prefectura por el portal Buscamos a Octavio contándome que los amenazaban, les decían que iban a aparecer como Romero –dice Gabriel. 

Numerosos testigos en la causa, a la que accedió esta cronista, dieron cuenta de las pintadas contra la orientación sexual de Octavio. Una empleada administrativa contó que el prefecto recibía amenazas telefónicas. Que desde el pedido de autorización para el casamiento, sus superiores lo “hostigaban” con más tareas. Los jefes de Octavio, Hugo Gabriel Cafaro y Osvaldo Sergio Brana, fueron sometidos a interrogatorios escuetos. 

María José Galiano, la mujer del prefecto Omar Quiroz, declaró ante la Justicia que, en los instantes previos al secuestro, llamó a Octavio para preguntarle el precio de los fideos. Aunque Gabriel insistió en que era “absurdo”, porque Octavio casi nunca cocinaba y las pastas las compraba él“, el testimonio de Galiano fue cuestionado.  

El informe anónimo revelaba el escondite de un disco rígido con información sobre el operativo: una caja de madera atornillada debajo de una cinta caminadora. A pesar de la insistencia de la querella y la Fiscalía, el juez Jorge A. de Santo del Juzgado Nacional en lo Criminal y Correccional Nro 46 impidió el allanamiento del Edificio Guardacostas durante quince días. Alegó “falta de verosimilitud” del anónimo. 

La Fiscalía produjo algunas medidas de prueba de la camioneta Iveco, pero las grabaciones que debía analizar la policía para identificar el vehículo fueron “extraviadas”. Cuando finalmente allanaron la sede de Prefectura, encontraron la cinta caminadora y la caja de madera atornillada. Faltaba el disco rígido.

Desde el 2016 la causa penal en Argentina se encuentra de hecho completamente interrumpida. Pero en 2021 se abrió otra, de relevancia internacional: Gabriel Gersbach contra la República Argentina. 

Luego de años de trabajo conjunto con Comunidad Homosexual Argentina (CHA) y Fundación Igualdad, la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia (ACIJ) solicitó ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que se declare la responsabilidad del Estado Argentino por la violación de los derechos a la vida, integridad personal, protección judicial, no discriminación y a las garantías judiciales, consagrados en la Convención Americana de Derechos Humanos.

“Es evidente que el Estado argentino no investigó el homicidio con debida diligencia, y que la investigación no se orientó hacia una de las hipótesis más probables, la hipótesis de que se trató de un crimen de odio cometido por integrantes de Prefectura, organizado y perpetrado por más de una persona, con la finalidad de evitar el casamiento homosexual de alguien de la fuerza, el primero de todas las fuerzas de seguridad”, dice el escrito presentado ante la Comisión Internacional de Derechos Humanos en 2021. 

En septiembre de 2022, el Estado argentino firmó un Acuerdo de Solución Amistosa en el que reconoce su responsabilidad internacional por la falta de adecuación de la investigación penal a los estándares internacionale.También que “la inexistencia de una respuesta judicial adecuada tuvo un severo impacto sobre la integridad personal de Gabriel Gersbach”.

Algunos de los compromisos asumidos por el Estado se extraviaron entre el fin de la gestión peronista de Alberto Fernández y el comienzo de la presidencia de Javier Milei, que produjo un cambio total de paradigma en materia de derechos humanos. Otros se lograron a tiempo, como las capacitaciones dentro de la fuerza de seguridad, el renombramiento de la resolución 548/2011 que eliminaba la solicitud de autorización para contraer matrimonio y la producción de un documental, ‘La imperdonable alegría’ estrenado en septiembre de 2023 por Canal Encuentro, que el Gobierno de Milei quitó de la grilla.

Durante años, la Fiscalía se limitó a realizar periódicas presentaciones formales para preservar el contenido de la cuenta de mail que usaba Octavio, sin presentar los papeles requeridos por la compañía estadounidense para recuperarlos. La Justicia tiene en su haber los nombres de los principales sospechosos, pero al momento no hay ningún imputado en la causa.

El Acuerdo de Solución Amistosa fue el primero en la historia de la Argentina y de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en pactarse en torno a un crimen de odio. La mamá de Octavio nunca reclamó la querella del caso; tampoco sus hermanas. No estuvo en la firma del Acuerdo de Solución Amistosa, ni en la presentación del documental en el Centro Cultural Kirchner.

*

 –Era más que mi suegra. Éramos compinches. A sus hijas yo los llevaba a pasear, los ayudaba –dice Gabriel. En las declaraciones de la causa, Antonia expresó sospechas hacia su futuro yerno, con quien hasta el momento tenía una relación excelente. 

“Tantos detalles, de muchos años felices, volvimos a llorar y sonreír”, escribe Gabriel en su muro de Facebook, tras el estreno del documental. “A Antonia, la mamá de Tavo, perdón, queríamos ser felices”. 

FPE/MC