CIENCIA Y MOTOSIERRA

Mientras Argentina desarma su sistema científico, ¿qué hacen otros países?

Cuando un sistema científico entra en crisis, el daño no se ve enseguida. Tampoco arranca cuando se cancela una beca o despiden gente de un organismo. Empieza mucho antes: cuando un investigador abandona la academia porque no llega a fin de mes, un estudiante decide que no vale la pena seguir un doctorado, o un país deja de ser atractivo para producir saberes.

Argentina está sufriendo ese proceso de forma acelerada. En otros países, donde el financiamiento todavía existe, algunos científicos jóvenes creen estar viendo las primeras señales de esa misma historia. Otros investigadores, en cambio, muestran todo lo que puede hacerse cuando una nación sostiene su inversión en ciencia, protege a sus investigadores y entiende que el conocimiento no es gasto sino estrategia.

Desde el 75° Lindau Nobel Laureate Meeting en Alemania, que convocó a 69 premios Nobel y otros 600 científicos, elDiarioAR conversó con seis jóvenes investigadores de Noruega, Perú, Tailandia, Canadá, Taiwán y Bélgica. ¿Qué políticas creen que ayudan a la ciencia? ¿Cómo cambiaron sus vidas las decisiones que tomaron los gobiernos de los países que habitan? ¿Qué lecciones pueden darnos a los argentinos en el momento más hostil para nuestro sistema científico?

Cada caso es muy distinto pero, en todos, hay un desafío que se repite: arrancar una carrera científica en un mundo cada vez más incierto, con más lugar para las pseudociencias y las teorías conspirativas, y menos para la evidencia y el pensamiento crítico.

Para un científico, lo más incierto es su propia vida

La incertidumbre forma parte del oficio científico. Un experimento puede fallar. Una hipótesis, ser descartada. Los resultados, demorar años. Pero hoy los investigadores lidian con una incertidumbre extra: la de su propia vida. “Pregúntenle a la mayoría de los científicos dónde estarán dentro de dos años y les dirán: ‘No sé’. Porque, en realidad, ni nosotros lo sabemos. La financiación y los proyectos son inciertos y, si conseguís un puesto, suele ser sólo por dos o tres años. No sabemos ni siquiera si podremos seguir dedicándonos a la ciencia”. La declaración no es de un científico argentino en pleno recorte, sino del joven investigador belga Vicente Verjans, que trabaja sobre cambio climático en el Centro Nacional de Supercomputación de Barcelona.

Verjans incluso va más allá e introduce una variable poco abordada cuando se habla de carreras científicas: la familia. “Muchos colegas deciden no tener hijos para poder seguir en la ciencia. Piensan: ‘Dada mi situación actual, no quiero renunciar a la ciencia para tener una vida más estable’. Otros sí deciden tenerlos y saben que probablemente dejarán la vida académica”, lamenta.

Pregúntenle a la mayoría de los científicos dónde estarán dentro de dos años y les dirán: 'No sé'. Porque ni nosotros lo sabemos

El joven investigador trabaja en un campo tan condicionado por la política como el del cambio climático. Y se pregunta por qué la evidencia científica sigue teniendo tantas dificultades para influir en los gobiernos incluso en Europa, y en un tema tan urgente. “La crisis climática ya está acá. Los científicos están elaborando mejores predicciones, los ingenieros están desarrollando mejores paneles solares y baterías, pero algo sigue fallando. Y probablemente cómo nos comunicamos”, señala.

Para Verjans, “la gente con conocimientos científicos y formación en comunicación profesional puede transmitir el mensaje mucho mejor que nosotros. La comunicación científica es demasiado importante como para esperar que la hagan los científicos además de todo lo demás”. Una reflexión que también nos interpela como argentinos, cuando nuestra ciencia no sólo enfrenta recortes sino también el desafío de recordar algo tan básico como por qué vale la pena sostenerla.

El problema no es el talento

“El talento está en todos lados. La oportunidad, no. Y en ciencia eso se nota muchísimo, porque sigue siendo un espacio bastante elitista”. La primera declaración del investigador peruano Anthony Torres-Ruesta es el mejor resumen de la desigualdad en el ámbito científico. Formado en su país, en Francia y en Singapur, y con un máster en la Universidad de Cambridge, pudo ver de cerca los contrastes mientras investigaba enfermedades infecciosas al calor de distintos sistemas científicos.

Para Torres-Ruesta, “las principales diferencias entre hacer ciencia en Sudamérica y hacerlo en Europa son los recursos y las redes de contactos”. “La mayoría de los descubrimientos que terminan avanzando la frontera del conocimiento ocurren a través de colaboraciones internacionales. En Latinoamérica todavía estamos muy limitados para acceder a laboratorios de Europa o Estados Unidos y colaborar con ellos. Creo que una de las formas de avanzar es desarrollar esas capacidades en el ‘Sur Global”, propone.

El talento está en todos lados. La oportunidad, no

Da un ejemplo pandémico: “La ciencia fue capaz de dar al mundo una vacuna en once meses. Pero hay algo más allá de desarrollar un producto orientado hacia la salud, y es asegurar que llegue al usuario final de una manera equitativa y a tiempo. Ahí aparecieron los problemas de acceso, las patentes, la distribución de vacunas, las diferencias entre países desarrollados y países del Sur Global”, recuerda. En ese momento, entendió que, mucho más allá de lo que podía hacer dentro del laboratorio, había otra área en la que los científicos prácticamente no estaban presentes: el diseño de políticas públicas que garantizaran ese acceso. Fue ahí cuando decidió moverse hacia la salud pública, la gobernanza y la diplomacia científica, campos en los que sigue trabajando hasta hoy.

El país que puede convertirte en científico y luego tirar por la borda décadas de datos

Formada entre el MIT y Harvard, la científica tailandesa Ju Chulakadabba estudia las emisiones de metano con satélites y aviones. Hoy trabaja en la Universidad Técnica de Múnich y está pensando en volver a Tailandia para enfocarse en desafíos locales. Lo dice con una mezcla de sorpresa y tristeza: Estados Unidos, el país que la formó, está empezando a darle la espalda a la ciencia.

“Me mudé sola a Estados Unidos para cursar la secundaria, y después entré al MIT, donde sentí que las oportunidades eran infinitas. La única limitación era mi cerebro. Pude explorar diferentes laboratorios, investigar en Singapur y Taiwán gracias a becas, colaborar con distintos grupos. Lo mismo en Harvard. Y no creo que hubiera podido hacer eso en ningún otro lugar. Al menos no en Tailandia”, admite Chulakadabba.

Los instrumentos siguen ahí, pero ahora no hay financiación para operarlos

Hasta que asumió Trump y todo empezó a cambiar. “Conozco profesores que escribieron los libros de texto de nuestra especialidad, y hasta ellos tuvieron que pedirles a los estudiantes de doctorado que terminaran antes de tiempo o despedir a los técnicos porque la financiación se esfumó”, relata la joven científica.

“En mi grupo de Harvard teníamos una de las mediciones continuas de carbono forestal más grandes del mundo, que son más valiosas a medida que avanza el cambio climático. Los instrumentos siguen ahí, pero ahora no hay financiación para operarlos”, denuncia Chulakadabba. “Cuando se interrumpe algo así, no sólo se pierde plata, sino décadas de trabajo científico, que no se pueden reconstruir de la noche a la mañana”, concluye, una frase que parece calcada de los reclamos por los despidos en áreas estratégicas por parte del Gobierno de Milei.

“¿Por qué la sociedad debería financiar la ciencia?”

Pese a su corta edad, ya es coautora de una de las investigaciones que confirmaron la existencia de los altermagnetos, una nueva clase de materiales magnéticos. Y habla como alguien que piensa no sólo en su propia carrera sino en el sistema científico entero. La física noruega Anna Birk Hellenes, investigadora en la Academia Checa de Ciencias, le da una vuelta al clásico planteo de “Hay que financiar la ciencia porque es importante”. En lugar de eso, arranca admitiendo que entiende “por qué un contribuyente puede ser escéptico si siente que nunca recibe nada a cambio”.

“La ciencia suele financiarse con dinero público. Por eso, la gente tiene que sentir que hay algún beneficio para ellos. Está pagando por eso”, remarca Hellenes. Para la joven investigadora, “quizás lo que falta entonces es mostrar con más claridad que la investigación termina convirtiéndose en tecnologías que mejoran la salud, la seguridad y la calidad de vida de la gente”.

En pos de esos avances, es clave que nos ayudemos entre todos, más allá de las fronteras. “Tuvimos la suerte de vivir en un mundo muy abierto, con pocas restricciones para conversar o colaborar con investigadores de otros países. Pero creo que eso está cambiando… Algunos empiezan a cerrarse un poco más, sobre todo Estados Unidos. También está la guerra en Rusia y Ucrania –observa Hellenes–. Si querés hacer ciencia de excelencia, normalmente trabajás con gente de todo el mundo. Y hoy eso se volvió más complicado”.

El modelo taiwanés, una alternativa

A diferencia del resto de los consultados, que hablan sobre todo de problemas, la investigadora taiwanesa Yu-Han Huang ofrece un contraejemplo: un ecosistema científico que funciona. Para la joven cientista, eso sólo funciona cuando todas las piezas encajan: un Estado que impulsa la innovación, empresas que buscan activamente a la academia, universidades abiertas a colaborar, y programas públicos que, además de financiar, conectan investigadores con inversores e industria.

“En comparación con algunos países donde la academia y la industria pueden sentirse más separadas, Taiwán desarrolló una cultura que fomenta fuerte estas colaboraciones”, celebra Huang, que lleva adelante su investigación postdoctoral sobre nuevos materiales para dispositivos electrónicos en el Centro de Investigación de Ciencias Aplicadas de la Academia Sinica, la principal institución pública de investigación de Taiwán, considerada el equivalente local de nuestro CONICET o de la Sociedad Max Planck alemana.

Un ejemplo concreto son los Future Tech Awards, con los que el gobierno crea oportunidades para que investigadores, empresas e inversores transformen los descubrimientos científicos en aplicaciones prácticas. “Lo sé de primera mano porque el grupo de investigación de Shih-Yen Lin en Sinica, con el que trabajé, recibió ese premio –cuenta Huang–. Son programas que ayudan a que la investigación salga del laboratorio y encuentre el camino hacia la industria y la sociedad”.

Fuga mundial de cerebros

Con sólo unos destellos de luz, la biofísica canadiense Coral Hillel busca responder preguntas clave sobre la salud. Es que esta doctoranda en Física y Astronomía por la Universidad de York (Canadá) investiga cómo desarrollar nuevas herramientas sanitarias basadas en haces lumínicos. Un objeto de estudio que contrasta fuertemente con un escenario científico cada vez más oscuro.

“Están recortando el financiamiento indiscriminadamente en todas las áreas. Y muchos estudiantes tuvieron que cambiar sus planes porque, cuando no hay fondos ni estabilidad, es muy difícil decidirse a invertir cuatro, cinco o hasta seis años en un doctorado –remarca Hillel–. En un plano más amplio, eso termina generando una fuga de cerebros”.

“No sorprende que la salud mental sea un desafío para muchos estudiantes de posgrado. Para mí también lo fue. Pero, por más difícil que sea el camino y por más incertidumbre que haya sobre el financiamiento, hay una comunidad. Ser científico también implica construir una red de apoyo”, sugiere la joven biofísica. Así, Hillel intenta pensar desde la unidad y los intersticios que esta habilita. Un cierre luminoso, cuando más falta hace.

KN/MG