Análisis

Esta vez, la Iglesia de Francisco se endurece para evitar la aprobación de la ley

“Sugiero que se hagan dos preguntas: 1) ¿Es justo eliminar una vida humana para resolver un problema? Y 2) ¿Es justo alquilar un sicario para resolver un problema? Me causa gracia cuando alguien dice: ¿Por qué el Papa no envía a la Argentina su opinión sobre el aborto? La estoy enviando a todo el mundo desde que soy Papa”. Esta vez, quizás arrepentido de la postura moderada que adoptó la Iglesia de cara a la sesión de Diputados en 2018, Jorge Mario Bergoglio abandonó la diplomacia y se puso al frente de la campaña de rechazo a la legalización del aborto con el lenguaje de los ultras. Lo hizo pese a que, a principios de noviembre, había dejado trascender que no iba a involucrarse en el debate social que intentará ser saldado en el Congreso. Sin embargo, entre fines del mes pasado y principios de diciembre, Francisco ordenó difundir dos cartas en las que reiteró, calcados, argumentos que no se distinguen de los que utilizan los sectores ultramontanos que él mismo combate y viene desplazando de la cúpula eclesiástica desde que asumió en las alturas vaticanas. Tanto en la respuesta enviada a un grupo de mujeres de las villas como en la que le dio a exalumnos suyos del Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fe, el jesuita afirmó que el aborto “no es un asunto primariamente religioso, sino humano, un asunto de ética humana previo a cualquier confesión religiosa”, y confirmó su liderazgo en un tema en el que la Iglesia Católica no exhibe diferencias de fondo hacia afuera. Tan importante como eso, llamó por teléfono a diputados como Cristian Ritondo y Victoria Morales Gorleri para que expresaran su postura firme contra el proyecto que envió Alberto Fernández.

Ante la falta de un líder nacional de la línea ultra, como pretendió ser en su momento el principal rival de Bergoglio, Héctor Aguer, hoy es Francisco el jefe político que habilita a los suyos desde el Vaticano para endurecer su discurso en busca de contener a los ortodoxos y frenar el drenaje hacia las filas evangélicas. El riesgo es mimetizarse con ellos, como pasó el miércoles 9 cuando el cardenal Mario Poli convocó a una oración junto a los pastores Ruben Proietti, Jorge Sennewald y la diputada del PRO Dina Rezinovksy. A diferencia de 2018, cuando la línea de Poli y los obispos más conservadores había quedado rezagada, hoy todos están alineados: no sólo las corrientes tradicionales y miembros de la Curia en las provincias como Salta (Mario Cargnello) o Córdoba (Carlos Ñañez); también los curas villeros, las parroquias y los núcleos que militan en Capital y distintos puntos del Gran Buenos Aires. Así lo dicen desde la cúpula del Episcopado que preside monseñor Oscar Ojea, el obispo de buena relación con el gobierno de los Fernández a quien Francisco designó a fines de 2017 para encarnar una Iglesia a su imagen y semejanza. Nadie quiere pases de factura como los que soportó Ojea en 2018 —cuando los obispos salieron tarde a operar contra la ley— y las distintas visiones o matices deben quedar en las esferas más reservadas.   

Respetado por gran parte de la militancia peronista y recibido en Olivos por el Presidente y Máximo Kirchner en el inicio de la cuarentena, el padre José María “Pepe” Di Paola expresó uno de los rechazos más duros en la Cámara de Diputados, cuando habló en el debate del plenario de comisiones, el 1 de diciembre. El sacerdote villero dijo que su intervención era resultado del intercambio de cartas con el Papa y repitió el discurso “a favor de la vida”, pero fue más allá hasta advertir por el pensamiento “cuasi nazi” de países que aprueban el aborto legal y “depuran al 90% de los niños por nacer con síndrome de Down”. El núcleo de su planteo, sin embargo, apunto a la “hipocresía” de los que dicen actuar en nombre de los más necesitados y presentan el proyecto en coincidencia con la visita de la misión del Fondo. “Creo que sería suficiente para cualquier funcionario hacer fila en un centro de salud o atenderse en los hospitales provinciales y nacionales para darse cuenta de qué es lo que necesitan verdaderamente los pobres y especialmente las mujeres pobres (...) Gobiernen para los pobres y no para las elites capitalistas ilustradas”, dijo. A ese nivel, juega esta disputa el jesuita que atiende en el Vaticano. 

La cúpula de la Iglesia considera que el debate es “inoportuno” y acentúa la división en un diciembre que presume más caliente que otros. Pero, sobre todo, se preocupa por dejar en claro que las coincidencias con los Fernández en materia social no funcionan como “moneda de cambio” en el debate por el aborto. Entre líneas, flota otro mensaje: que la Iglesia haya jugado para que Macri perdiera las elecciones en 2019 no quiere decir que vaya a dar vía libre al proyecto del gobierno. Todo lo contrario, necesita diferenciarse.

Desde el Episcopado afirman que no organizan las marchas pero reconocen que alientan a sus fieles a participar, como sucedió el 28 de noviembre pasado, cuando varios obispos y sacerdotes se mezclaron con las movilizaciones. O como este 8 de Diciembre, cuando la Curia convirtió la celebración del Día de la Virgen en una oportunidad para elevar plegarias por el “cuidado de la vida no nacida” en todos los lugares donde había misa. Son los laicos la mayoría de las veces los que activan en la calle y en las redes, casi siempre en comunión con los evangélicos de ACIERA y las ramas judías y musulmanes que rechazan la legalización. Los celestes se reúnen en torno a Unidad Provida, una red de unas 150 organizaciones que se opone a la ley que envió el gobierno al Congreso y dice defender “el derecho a vivir de la mujer y del niño por nacer”. Integrada por grupos ultras como Más vida —que organizó los repudios contra los diputados como Facundo Suárez Lastra—, ACIERA, el Instituto para el Matrimonio y la Familia de la UCA, el Frente Joven y asociaciones de abogados, políticos, médicos, se concentra en la campaña pública. Sin embargo, el lobby de la jerarquía católica está destinado a perder por la diferencia menor en Diputados y apunta directo al corazón del Senado, la cámara dónde fracaso el proyecto de despenalización hace dos años. 

Según pudo saber el DiarioAR, Ojea y el cardenal Poli ya convocaron a un zoom con los senadores del Frente de Todos para expresarles la postura de la Iglesia, en un contexto de lo más ajustado. Ya antes, habían hecho el mismo ejercicio con los diputados en busca de sumar votos que pueden ser decisivos. La presión es sutil y reservada pero pesa, sobre todo en las provincias del Norte, donde el apoyo a los celestes es masivo. Según dicen en el bloque peronista, Poli tiene colaboradores que se identifican con el Opus Dei y están activos como nunca. Gobernadores del PJ como Jorge Capitanich (Chaco), Juan Manzur (Tucumán) y Gustavo Sáenz (Salta) llevan adelante una convivencia armónica con los obispos de sus distritos y se expresan en línea con sus pretensiones en todas las líneas. En la Iglesia saben que hay senadores que actúan más por conveniencia que por convicción pero no se detienen en purismos. Los miembros de la Cámara Alta que tienen un proyecto político propio advierten que votar a favor del aborto legal puede representar un tiro en el pie para sus pretensiones políticas. Sólo Cristina Fernández de Kirchner, un apoyo tan vital como el de la Curia para el PJ en el Norte, puede inclinar la balanza. Con un escenario que se presume de empate cerrado, la Iglesia también trabaja por conseguir abstenciones y ausencias de senadores que definen la votación.

DG SL MS