Glifosato en Mar del Plata: “Entré al campo bien y salí discapacitada”

Ezequiel Casanovas

Mar del Plata —

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Ángeles, sentada a la mesa de un café en una esquina de Mar del Plata, dice que ya no tiene miedo. A los 47 años, lleva el pelo oscuro, suelto y largo, tiene la piel curtida y trigueña, los ojos negros, la cara ancha, y cuenta que le duelen los pies, los brazos y las manos. Por momentos el dolor es en forma de pinchazos, como si caminara descalza por una calle de tierra. Otras veces es como el ardor del agua caliente sobre una quemadura. 

Hace veintiocho años, dejó a su madre y a sus siete hermanos menores en la provincia de Tucumán y se mudó a Mar del Plata con Hugo, su pareja, y la promesa de un porvenir. Al poco tiempo nacieron sus dos hijos y se afincó con su familia en una casa de Parque Hermoso, un barrio  rodeado de campos y quintas productoras de frutas y verduras, un cordón que emplea a unas veinte mil personas y es de los más importantes del país. 

A Hugo nunca le faltó trabajo en el cultivo de la papa, un oficio que conocía. En 2012, llegó una oferta que creyeron una oportunidad: el empleo con un gigante del sector.

Hernández, el de la papa

–Hernández, el de la papa. ¿No lo conoces?– dice Ángeles en un susurro y parece que le guarda tanto temor que solo puede referirse a él en voz baja.

Walter Hernández ganó cierta fama por haber sido el campeón más joven del Turismo Carretera y desde 2002 es dueño de El Parque Papas SRL, una empresa que produce y almacena papa-semilla, provee papa fresca y lavada al mercado y también a la multinacional PepsiCo. 

Hugo, Ángeles y los chicos se mudaron al campo de cuatrocientas treinta y seis hectáreas de Hernández, situado a unas veinte cuadras de su casa para trabajar como caseros pero la empresa lo arrendó a la firma ADBblick granos que comenzó con el cultivo de soja, trigo o cebada.

Angeles sumaba un ingreso extra con un trabajo de empleada doméstica por horas hasta que Jorge, cuñado de Hernández y una suerte de capataz, le dijo que no podía dejar la casa sola y empezó a hacer tareas en el campo. Sembraba casuarinas y pinos en todo el perímetro. Cargaba el tractor con bidones de agua, manejaba durante un trecho, bajaba, regaba con una manguera, volvía al volante, adelantaba unos metros y repetía el movimiento hasta que completaba todo el contorno.

–Yo anotaba las horas en un cuaderno y se lo rendía todos los sábados a Jorge. Me pagaban dos pesos con cincuenta– dice Ángeles y no hace falta que aclare que no estaba registrada.   

Mientras ella regaba los árboles, los empleados de ADBlick cargaban los mosquitos, como se les llama a los tractores que fumigan, a unos treinta metros de la casa. Volcaban el tarro de agroquímicos en el tanque y de una pileta extraían el agua para mezclarlos. La fumigación duraba un día y medio o dos y, como todas, producía una “deriva”. Una parte de los agroquímicos viajaban por el suelo y por el aire. Podían llegar a varios kilómetros del sitio fumigado. La casa quedaba en medio de una nube de veneno.

Apenas comenzó la siembra de la soja, Ángeles tuvo mareos, náuseas y vómitos. La descompostura se ensañó durante algunos días y después, cada vez que fumigaban, sentía hormigueo en los labios, adormecimiento de la boca y perdía la voz. En esa época también comenzaron los dolores en los brazos, las manos y los pies. 

Ni fuerzas para levantar un taza

El campo producía sin descanso y a ella, que siempre se creyó fuerte, cada vez le costaba más reponerse de la disfonía. Pasaba días enteros en la cama. El dolor no la dejaba levantar los brazos para colgar la ropa. Tenía tan poca fuerza que no podía sostener ni una taza.

Una noche de mediados de 2018, en un programa de televisión, escuchó a una bioquímica que relataba cómo eran los síntomas de la intoxicación por agroquímicos y se sintió reflejada. A escondidas le sacó dinero a Hugo y una mañana fue a hacerse los análisis. Ángeles tenía glifosato y AMPA, el producto que se forma por su degradación en la orina.

Consultó en el Centro de Salud del barrio. Allí no conocían del tema y la derivaron a la médica generalista Silvina Fabregas, que trabaja en zonas fumigadas y forma parte del Grupo de Agroquímicos de la secretaría de Salud de la municipalidad. Fabregas le recomendó que, además, se hiciera un electro miograma.

El estudio de los nervios fue contundente. Ángeles padece una poli neuropatía periférica tóxica. Las tres primeras palabras significan que tiene daño en los nervios periféricos que son los que están fuera del cerebro y la médula espinal. Y la cuarta que es el 24D el que lo causa, un herbicida que suele utilizarse junto al glifosato, en cultivos como soja, trigo o cebada. “Hay una asociación directa. Eso no ocurre habitualmente. Vemos muchos síntomas pero en patologías crónicas nos cuesta linkear cuál es el tóxico. Ángeles si tiene el dato”, dijo Fabregas.

Los hijos de Ángeles vivían preocupados y sufrían por ella aunque no tenían cómo ayudarla mientras Hugo le pedía que no denunciara. 

–Eso duele. Me tendría que acompañar, es mi salud– dice Ángeles y toma un trago de agua en el café que está lleno. Después cuenta que ella también tenía miedo de que los patrones se enojaran y le cortaran las posibilidades de trabajo a su marido y, sobre todo, a sus hijos.

Sin control

Científicos de la Universidad Nacional de La Plata declararon en 2018 que en Argentina se usa un promedio anual de quince litros de glifosato por hectárea. Una cifra que ubica al país en uno de los primeros puestos a nivel mundial.

Tal vez Mar del Plata sea el mejor ejemplo de la falta de control. Entre 2008 y 2012, rigió la ordenanza 18740 que establecía una franja de mil metros alrededor de centros urbanos en los que estaba prohibido fumigar. En 2013, tras un debate que duró varios meses y las protestas del sector agrícola, el Concejo Deliberante aprobó la ordenanza 21296 que eliminó la franja y limitó la prohibición a solo cien metros de escuelas, centros asistenciales y centros de salud o a veinticinco de cursos de agua, clubes, campings, villas deportivas y complejos turísticos.

La Suprema Corte de Justicia bonaerense, en septiembre de 2014, suspendió cuatro artículos de la ordenanza 21296 y restableció la franja. Sin embargo, los organismos municipales y provinciales que deben controlar no dan respuesta y vecinos de diferentes barrios denuncian fumigaciones a metros de sus viviendas.

En Sierra de los Padres, una zona ubicada en el oeste, el Grupo Aguas de la facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad Nacional de Mar del Plata detectó glifosato en el agua de cuatro escuelas. Si bien, OSSE, la empresa de agua local, determinó en estudios que hizo más de un año después que ya no había glifosato, para los científicos que el agroquímico haya llegado al agua subterránea es muestra suficiente de la gravedad de la situación. 

En el agua de Playa Serena, un barrio del sur, también hay análisis que demuestran la presencia de glifosato en el agua aunque todavía no se dieron a conocer estudios oficiales al respecto ni tampoco de cuál es el impacto sobre la salud de la población. 

Pasó un año. Ángeles consultó a un neurólogo y tanto él como Fabregas fueron tajantes: si se quedaba en el campo, los dolores recrudecerían y el daño podía extenderse a los nervios motores. En agosto de 2019, Ángeles se mudó a un barrio del macrocentro con uno de sus hijos.

–Entré al campo bien y salí discapacitada. ¿Sabes lo que cuesta? La angustia. Acumulas mucha angustia– dice Ángeles que ya no puede trabajar. Si tuviera que barrer o baldear un piso como hacía antes, no sabe si el dolor le permitirá mantenerse en pie y tampoco cuánto tiempo deberá estar en la cama hasta recuperarse. 

Quizás es por eso que perdió el miedo y hace cinco meses radicó la denuncia por trabajo no registrado y enfermedad profesional en el Tribunal de Trabajo N1. El proceso judicial apenas comienza. 

Hugo sigue trabajando para Hernández, volvió a la casa de Parque Hermoso junto al otro hijo. Ángeles los visitaba una vez a la semana, pero el neurólogo le pidió que no vaya más. En los campos aledaños que producen fruta y verdura se fumiga tanto como antes y, cada vez que iba, volvía a sentir el hormigueo y perdía la voz. 

Ángeles dice que ya no regresará y que teniendo su casa deberá seguir alquilando lejos de su barrio, de sus cosas y sus perros pero a ella que tanto peleó por mantener a su familia unida, lo que más le duele es que tengan que vivir cada uno por su lado.

EC/MG

Ángeles, sentada a la mesa de un café en una esquina de Mar del Plata, dice que ya no tiene miedo. A los 47 años, lleva el pelo oscuro, suelto y largo, tiene la piel curtida y trigueña, los ojos negros, la cara ancha, y cuenta que le duelen los pies, los brazos y las manos. Por momentos el dolor es en forma de pinchazos, como si caminara descalza por una calle de tierra. Otras veces es como el ardor del agua caliente sobre una quemadura. 

Hace veintiocho años, dejó a su madre y a sus siete hermanos menores en la provincia de Tucumán y se mudó a Mar del Plata con Hugo, su pareja, y la promesa de un porvenir. Al poco tiempo nacieron sus dos hijos y se afincó con su familia en una casa de Parque Hermoso, un barrio  rodeado de campos y quintas productoras de frutas y verduras, un cordón que emplea a unas veinte mil personas y es de los más importantes del país. 

A Hugo nunca le faltó trabajo en el cultivo de la papa, un oficio que conocía. En 2012, llegó una oferta que creyeron una oportunidad: el empleo con un gigante del sector.

Hernández, el de la papa

–Hernández, el de la papa. ¿No lo conoces?– dice Ángeles en un susurro y parece que le guarda tanto temor que solo puede referirse a él en voz baja.

Walter Hernández ganó cierta fama por haber sido el campeón más joven del Turismo Carretera y desde 2002 es dueño de El Parque Papas SRL, una empresa que produce y almacena papa-semilla, provee papa fresca y lavada al mercado y también a la multinacional PepsiCo. 

Hugo, Ángeles y los chicos se mudaron al campo de cuatrocientas treinta y seis hectáreas de Hernández, situado a unas veinte cuadras de su casa para trabajar como caseros pero la empresa lo arrendó a la firma ADBblick granos que comenzó con el cultivo de soja, trigo o cebada.

Angeles sumaba un ingreso extra con un trabajo de empleada doméstica por horas hasta que Jorge, cuñado de Hernández y una suerte de capataz, le dijo que no podía dejar la casa sola y empezó a hacer tareas en el campo. Sembraba casuarinas y pinos en todo el perímetro. Cargaba el tractor con bidones de agua, manejaba durante un trecho, bajaba, regaba con una manguera, volvía al volante, adelantaba unos metros y repetía el movimiento hasta que completaba todo el contorno.

–Yo anotaba las horas en un cuaderno y se lo rendía todos los sábados a Jorge. Me pagaban dos pesos con cincuenta– dice Ángeles y no hace falta que aclare que no estaba registrada.   

Mientras ella regaba los árboles, los empleados de ADBlick cargaban los mosquitos, como se les llama a los tractores que fumigan, a unos treinta metros de la casa. Volcaban el tarro de agroquímicos en el tanque y de una pileta extraían el agua para mezclarlos. La fumigación duraba un día y medio o dos y, como todas, producía una “deriva”. Una parte de los agroquímicos viajaban por el suelo y por el aire. Podían llegar a varios kilómetros del sitio fumigado. La casa quedaba en medio de una nube de veneno.

Apenas comenzó la siembra de la soja, Ángeles tuvo mareos, náuseas y vómitos. La descompostura se ensañó durante algunos días y después, cada vez que fumigaban, sentía hormigueo en los labios, adormecimiento de la boca y perdía la voz. En esa época también comenzaron los dolores en los brazos, las manos y los pies. 

Ni fuerzas para levantar un taza

El campo producía sin descanso y a ella, que siempre se creyó fuerte, cada vez le costaba más reponerse de la disfonía. Pasaba días enteros en la cama. El dolor no la dejaba levantar los brazos para colgar la ropa. Tenía tan poca fuerza que no podía sostener ni una taza.

Una noche de mediados de 2018, en un programa de televisión, escuchó a una bioquímica que relataba cómo eran los síntomas de la intoxicación por agroquímicos y se sintió reflejada. A escondidas le sacó dinero a Hugo y una mañana fue a hacerse los análisis. Ángeles tenía glifosato y AMPA, el producto que se forma por su degradación en la orina.

Consultó en el Centro de Salud del barrio. Allí no conocían del tema y la derivaron a la médica generalista Silvina Fabregas, que trabaja en zonas fumigadas y forma parte del Grupo de Agroquímicos de la secretaría de Salud de la municipalidad. Fabregas le recomendó que, además, se hiciera un electro miograma.

El estudio de los nervios fue contundente. Ángeles padece una poli neuropatía periférica tóxica. Las tres primeras palabras significan que tiene daño en los nervios periféricos que son los que están fuera del cerebro y la médula espinal. Y la cuarta que es el 24D el que lo causa, un herbicida que suele utilizarse junto al glifosato, en cultivos como soja, trigo o cebada. “Hay una asociación directa. Eso no ocurre habitualmente. Vemos muchos síntomas pero en patologías crónicas nos cuesta linkear cuál es el tóxico. Ángeles si tiene el dato”, dijo Fabregas.

Los hijos de Ángeles vivían preocupados y sufrían por ella aunque no tenían cómo ayudarla mientras Hugo le pedía que no denunciara. 

–Eso duele. Me tendría que acompañar, es mi salud– dice Ángeles y toma un trago de agua en el café que está lleno. Después cuenta que ella también tenía miedo de que los patrones se enojaran y le cortaran las posibilidades de trabajo a su marido y, sobre todo, a sus hijos.

Sin control

Científicos de la Universidad Nacional de La Plata declararon en 2018 que en Argentina se usa un promedio anual de quince litros de glifosato por hectárea. Una cifra que ubica al país en uno de los primeros puestos a nivel mundial.

Tal vez Mar del Plata sea el mejor ejemplo de la falta de control. Entre 2008 y 2012, rigió la ordenanza 18740 que establecía una franja de mil metros alrededor de centros urbanos en los que estaba prohibido fumigar. En 2013, tras un debate que duró varios meses y las protestas del sector agrícola, el Concejo Deliberante aprobó la ordenanza 21296 que eliminó la franja y limitó la prohibición a solo cien metros de escuelas, centros asistenciales y centros de salud o a veinticinco de cursos de agua, clubes, campings, villas deportivas y complejos turísticos.

La Suprema Corte de Justicia bonaerense, en septiembre de 2014, suspendió cuatro artículos de la ordenanza 21296 y restableció la franja. Sin embargo, los organismos municipales y provinciales que deben controlar no dan respuesta y vecinos de diferentes barrios denuncian fumigaciones a metros de sus viviendas.

En Sierra de los Padres, una zona ubicada en el oeste, el Grupo Aguas de la facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad Nacional de Mar del Plata detectó glifosato en el agua de cuatro escuelas. Si bien, OSSE, la empresa de agua local, determinó en estudios que hizo más de un año después que ya no había glifosato, para los científicos que el agroquímico haya llegado al agua subterránea es muestra suficiente de la gravedad de la situación. 

En el agua de Playa Serena, un barrio del sur, también hay análisis que demuestran la presencia de glifosato en el agua aunque todavía no se dieron a conocer estudios oficiales al respecto ni tampoco de cuál es el impacto sobre la salud de la población. 

Pasó un año. Ángeles consultó a un neurólogo y tanto él como Fabregas fueron tajantes: si se quedaba en el campo, los dolores recrudecerían y el daño podía extenderse a los nervios motores. En agosto de 2019, Ángeles se mudó a un barrio del macrocentro con uno de sus hijos.

–Entré al campo bien y salí discapacitada. ¿Sabes lo que cuesta? La angustia. Acumulas mucha angustia– dice Ángeles que ya no puede trabajar. Si tuviera que barrer o baldear un piso como hacía antes, no sabe si el dolor le permitirá mantenerse en pie y tampoco cuánto tiempo deberá estar en la cama hasta recuperarse. 

Quizás es por eso que perdió el miedo y hace cinco meses radicó la denuncia por trabajo no registrado y enfermedad profesional en el Tribunal de Trabajo N1. El proceso judicial apenas comienza. 

Hugo sigue trabajando para Hernández, volvió a la casa de Parque Hermoso junto al otro hijo. Ángeles los visitaba una vez a la semana, pero el neurólogo le pidió que no vaya más. En los campos aledaños que producen fruta y verdura se fumiga tanto como antes y, cada vez que iba, volvía a sentir el hormigueo y perdía la voz. 

Ángeles dice que ya no regresará y que teniendo su casa deberá seguir alquilando lejos de su barrio, de sus cosas y sus perros pero a ella que tanto peleó por mantener a su familia unida, lo que más le duele es que tengan que vivir cada uno por su lado.

EC/MG

Ángeles, sentada a la mesa de un café en una esquina de Mar del Plata, dice que ya no tiene miedo. A los 47 años, lleva el pelo oscuro, suelto y largo, tiene la piel curtida y trigueña, los ojos negros, la cara ancha, y cuenta que le duelen los pies, los brazos y las manos. Por momentos el dolor es en forma de pinchazos, como si caminara descalza por una calle de tierra. Otras veces es como el ardor del agua caliente sobre una quemadura. 

Hace veintiocho años, dejó a su madre y a sus siete hermanos menores en la provincia de Tucumán y se mudó a Mar del Plata con Hugo, su pareja, y la promesa de un porvenir. Al poco tiempo nacieron sus dos hijos y se afincó con su familia en una casa de Parque Hermoso, un barrio  rodeado de campos y quintas productoras de frutas y verduras, un cordón que emplea a unas veinte mil personas y es de los más importantes del país.