Cambio climático en América Latina Entrevista

Dos siglos de historia ambiental latinoamericana: “Las ciudades son clave para entender y alterar nuestra relación con el mundo natural”

Claudia Leal León, profesora asociada del Departamento de Historia de la Universidad de los Andes (Colombia).

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Un libro que aborda los últimos dos siglos de la historia ambiental latinoamericana presenta en su introducción la contaminación que padecen más de un millar de familias que viven en la llamada Villa Inflamable, ubicada dentro del Polo Petroquímico de Dock Sud, en el partido bonaerense de Avellaneda, a diez minutos de auto del centro porteño. “Está rodeada por una peligrosa incineradora de residuos. La tierra, el aire y el agua están contaminados con metales pesados y los niños sufren enfermedades relacionadas con niveles elevados de plomo en la sangre”, destacaron los historiadores Claudia Leal León, John Soluri y José Augusto Padua, compiladores del libro “Dos siglos de historia ambiental latinoamericana”, publicado por Fondo de Cultura Económica, que incluye el trabajo de 15 investigadores que recorren el continente por toda su diversidad. Leal León, Soluri y Padua consideraron que el caso de la Villa Inflamable permite describir y analizar las relaciones dinámicas que existen entre las sociedades humanas y la naturaleza no humana para, así, comprender los entornos industriales y las áreas “aparentemente prístinas” como la selva amazónica, las playas caribeñas o los glaciares andinos. Si bien el libro inicia su recorrido desde el siglo XIX también aborda la llegada al continente de los españoles y sus efectos. “La historia ambiental latinoamericana está relacionada con los intercambios”, explicó Leal León a elDiarioAR.

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¿Cómo fue pensado el libro y qué ejes temáticos tomaron en cuenta para abordar los últimos dos siglos ambientales en el continente? 

El libro es producto del trabajo hecho por investigadores que integran la Sociedad Latinoamericana y Caribeña de Historia Ambiental (SOLCHA). La idea inicial, muy nacionalista, fue escribir capítulos por países o regiones, como Brasil o el Caribe, pero pronto caímos en la cuenta que era más interesante combinar esa aproximación con estudios de temas clave como la ganadería y la ciencia, por ejemplo, y de ambientes emblemáticos, como las ciudades. Como dar cuenta de toda la historia ambiental de la región era algo quijotesca, más cuando mucha de esa historia no está escrita aún, decidimos centrarnos en los últimos dos siglos, porque es cuando el cambio ha sido más dramático. Quisimos que cada capítulo empezara abordando brevemente el periodo colonial, porque la llegada de los europeos es fundamental: trajeron las vacas (la ganadería es uno de los principales motores de transformación ambiental) y los virus, que mataron al 90% de la población americana, lo que tuvo enormes implicaciones sociales y ambientales.

¿Qué cambios puede mencionar sobre la utilización de los recursos medioambientales que hacían las poblaciones indígenas en comparación, por ejemplo, con el siglo XIX?  

Las poblaciones indígenas estaban en la región desde hace milenios, estuvieron en el siglo XIX y están aún hoy. Además, son muchos grupos distintos que viven en ambientes diferentes y tienen manejos de su entorno muy variados. A pesar de esa enorme diversidad, puedo establecer una diferencia muy importante. Desde hace 9.000 años las poblaciones amerindias empezaron a domesticar las plantas que encontraron en la región. Los ejemplos son innumerables; los más importantes son el maíz y la papa, pero también se encuentran el chile, el cacao, el aguacate, la papaya y así podría seguir. El punto es que el cultivo de estas nuevas especies domésticas se hacía, y aún se hace en muchas fincas, mezclando especies y variedades, generando lo que algunos llaman policultivos. En el siglo XVIII comenzaron a plantarse monocultivos, sobre todo de caña de azúcar en el Caribe, para la exportación. Esa forma de agricultura creció mucho en la segunda mitad del siglo XIX, con la expansión del café y el banano, entre otros, y hoy continúa, por ejemplo, con el notable caso de la soja. El resultado son ambientes muy productivos en una sola cosa, pero muy simplificados y ecológicamente pobres, incluso envenenados. Este cambio ha ido de la mano de la urbanización, el crecimiento poblacional, la transformación de ambientes nativos (como las selvas o las sabanas naturales), la destrucción de hábitat para tapires y jaguares, y el cambio de economías campesinas a economías que demandan mucho capital. Es algo enorme, fundamental para entender nuestra vida actual y nuestra relación con el medio ambiente.

En los últimos siglos se intensificó un proceso de nacionalización y de concesión de los recursos naturales en busca de medios financieros. ¿Cómo impacta esto en el medio ambiente latinoamericano? Imagino que, por la diversidad del continente, de distintas formas, pero ¿se puede considerar que hay un antes y un después en estas decisiones?

La nacionalización de la naturaleza tiene muchas aristas y empieza desde el siglo XIX. Los nuevos estados nacionales eran pobres, tenían poco dinero, pero eran ricos en recursos naturales, entonces los gobiernos dieron tierras, bosques y minas en concesión a cambio de la construcción de caminos y ferrocarriles, de la medición de terrenos y la elaboración de mapas, o de un porcentaje de las ganancias obtenidas. Era una forma de financiar el anhelado progreso. La nacionalización consistía en definir elementos de la naturaleza como pertenecientes a la nación y entregarlos a empresarios a cambio de algo. Luego la nacionalización consistió, en parte, en lo contrario: en garantizar que la extracción de esos recursos la haría el Estado, por ejemplo, por medio de la “nacionalización” de minas o del petróleo. Aunque opuestas, ambas estrategias descansan sobre una idea que el siglo XVIII no habría tenido sentido: que los bosques, el agua o el subsuelo pertenecen a las naciones, que en aquel momento no existían como tal. La nacionalización de la naturaleza se manifiesta también de otras formas, por ejemplo, en los conteos de biodiversidad. ¿Sabía usted que Colombia es el país que más especies de aves tiene en el mundo entero? ¿Será que esos pajaritos se sienten colombianos? La idea de la naturaleza nacional puede ser, desde ciertas perspectivas, bien absurda. Pero el punto no es ese; es que esa es una idea anclada en la historia, la historia de creación de estados nacionales. Para entender las formas en que entendemos la naturaleza hay que mirar al pasado. 

¿Cómo define el aspecto medioambiental la conformación de las grandes ciudades en los últimos siglos?

Las ciudades han sido pensadas como la antítesis de la naturaleza, pero fueron fundadas al lado de ríos; están habitadas por perros, gatos, ratones, palomas, pajaritos e insectos; sufren muy fuertemente los impactos de huracanes y terremotos; son susceptibles a inundaciones y deslizamientos de tierra, y tienen edificaciones hechas de madera (árboles) o ladrillo (arcilla). Son ambientes profundamente naturales, aunque de manera muy distinta que un bosque. Allí vivimos hoy la mayoría de latinoamericanos y nuestras necesidades reordenan y afectan la naturaleza que las circunda e incluso la que está lejos. Traemos agua de glaciares y páramos (ecosistemas altoandinos), vertemos nuestras aguas negras en los ríos y en el mar, importamos la comida que se produce en los campos, etc. Las ciudades son clave para entender –y alterar—nuestra relación con el resto del mundo natural. 

¿De qué modo considera que el continente puede sufrir los efectos del cambio climático tras las modificaciones medioambientales (deforestación de bosques y selvas, explotación hidrocarburífera, desarrollo intensivo del ganado, etc.) revisadas por los autores en el libro? Lo planteo pensando que en un principio el ambiente fue modificado por los seres humanos y ahora observamos cómo estos cambios afectan a la humanidad.

Su punto es clave: el cambio climático entra a interactuar con el ambiente que tenemos, que en parte hemos hecho nosotros mismos. Uno de los aspectos más claros es el derretimiento de los glaciares. Sin embargo, creo que la mayoría de los efectos no los entendemos bien aún: sequías en unas partes, inundaciones en otras. Hay mucho por investigar para prepararnos. Y valga decir acá que esos problemas, como todos, van a afectar más a los más vulnerables. La relación con la naturaleza evidencia y en muchos casos profundiza las desigualdades existentes. 

La última quizá no tenga tanta relación con lo que aborda el libro, pero lo expongo de igual manera. En la última cumbre ambiental COP26 Argentina y Colombia solicitaron la posibilidad de un canje de deuda pública por acción climática, un reclamo por medio del cual países periféricos buscan proteger los servicios ecosistémicos que brindan en favor de la mitigación del cambio climático y, al mismo tiempo, aliviar para esa economía la carga de la deuda pública. ¿Tiene alguna opinión al respecto? ¿En principio le resulta una solicitud justa?

Esta solicitud no es nueva. Los países “pobres”, pero ricos en biodiversidad, han propuesto hace años tener un reconocimiento en dinero por el servicio que le prestan al mundo en términos de diversidad y de almacenamiento de carbono. Es una buena idea, pero el problema es más complicado. Si en Colombia nos pagaran por cuidar la parte de la Amazonia que tenemos, y nos comprometemos en que no se tumba ni un solo árbol más, ¿cómo vamos a cumplir? El dinero recibido no se traduce automáticamente en cuidado; la deforestación tiene causas complejas y es bien difícil de parar. Pero tener recursos para ello, ayuda.

GT

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