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El auge de los clubes de lectura: leer para escapar de la lógica del rendimiento

Hay un recorte de una entrevista que circula en Instagram. Un periodista joven le pregunta a Sebastián Wanraich: “¿Por qué sos hincha de fútbol si no sirve para nada?”. Él responde sin dudar: “Justamente por eso, porque no sirve para nada”.

David Foster Wallace, uno de los ensayistas más lúcidos del siglo XX, concebía la lectura como un antídoto frente a la gratificación instantánea. En un mundo gobernado por los algoritmos, los likes y la necesidad de que todo produzca algún tipo de rendimiento, leer se parece bastante a la respuesta de Wanraich: no promete ninguna recompensa tangible más allá del placer.

Quizá por eso los clubes de lectura viven un momento de expansión. Se multiplican en bibliotecas populares, librerías, centros culturales, cafés y plataformas virtuales. Los hay dedicados a la literatura argentina, a los clásicos, a la poesía o a una única novela que se lee durante meses. Algunos reúnen vecinos de un mismo barrio; otros conectan lectores de distintas ciudades e incluso de distintos países.

La pandemia fue un punto de inflexión. La virtualidad permitió que personas que hasta entonces leían en soledad encontraran una comunidad. Después, con el regreso de la presencialidad, esos mismos espacios comenzaron a poblarse otra vez de encuentros cara a cara. En ambos casos, la lectura dejó de ser una experiencia exclusivamente íntima para convertirse también en una práctica compartida.

¿Qué explica este fenómeno? En una época marcada por la velocidad, la hiperconexión y la productividad permanente, cada vez más personas eligen reservar algunas horas del mes para hacer algo que no mejora el currículum, no genera ingresos y no promete ningún beneficio material: leer y conversar sobre literatura.

“El libro elegido es anecdótico”

Nacho Damiano, creador de Pila de Libros, coordina talleres de lectura online desde hace diez años. Para él, el fenómeno excede ampliamente a los libros.

“Si me preguntás qué vienen a buscar, pienso que buscan un espacio donde compartir una pasión, un placer que no encuentran en otro lado, porque les cuesta conversar sobre aquello que los apasiona con la gente de su entorno, incluso con su círculo íntimo. Acá encuentran amigos lectores. Juntarse a leer es una posición filosófica. Lo que leés, si justo coincide con lo que te está pasando, adquiere otra profundidad. Es como la frase de Laiseca: '¿Para qué sirve el arte? El arte funciona para que tenga sentido todo lo otro'. Esto es como una unidad básica: encontrarse y militar. El libro elegido es anecdótico”.

La escritora Dana Madera, coordinadora del club de lectura virtual La Trama y de otros grupos presenciales, coincide. Según explica, la pandemia produjo un doble movimiento: primero consolidó las comunidades virtuales y, después, despertó un fuerte deseo de volver a encontrarse cara a cara. “La virtualidad permitió que mucha gente que estaba sola con su amor por los libros encontrara grupos de pertenencia donde antes no los había. Pero, al mismo tiempo, ahora hay un gran auge de los encuentros presenciales porque también estamos cansados de las pantallas. Tanto los clubes virtuales como los presenciales crecen por una necesidad muy fuerte de compartir un rato que no tenga que ser productivo.”

Para Madera, muchas personas viven esos encuentros como “la pausa ganada” del mes. “No hay que ser exitoso, no hay que producir, no hay un resultado eficiente al que llegar. Nos juntamos a discutir un libro porque sí, porque es algo bellísimo de hacer. La literatura nos permite recorrer mundos creados por otros y conversar sobre ellos. Esa experiencia produce una riqueza emocional y un pensamiento crítico que no tienen valor de mercado. Hoy todo parece medirse por su utilidad. Por eso reunirse para hablar de algo que amamos, sin esperar una recompensa material, termina siendo una forma de resistencia”.

Una biblioteca abierta al barrio

En la Biblioteca Estación Coghlan funciona un círculo de lectura coordinado por una vecina. Como toda biblioteca popular, el espacio se sostiene gracias al trabajo colectivo de quienes participan. Paula cuenta que también mantienen un vínculo muy cercano con el círculo de lectura de Villa Martelli.

“No voy a aportar nada que no sepa cualquier otro vecino. Acá hay mucha socialización, mucho intercambio. Al ser a la gorra, el público es muy variado. Es un espacio abierto. Muchas veces pasa que la gente que viaja en el tren nos ve, se baja y se suma; se queda escuchando, y eso es hermoso”.

Su experiencia muestra otra dimensión del fenómeno. Los clubes de lectura no solo forman comunidades de lectores: también fortalecen los vínculos de un barrio. El libro funciona como una excusa para que personas que probablemente nunca se hubieran conocido compartan una conversación.

Antonieta es psiquiatra y desde hace años participa de un espacio de lectura en Lobería, cerca de Mar del Plata. “La diversidad de miradas hace que la lectura se vuelva mucho más rica que cuando uno lee solo. Muchas veces salgo sintiendo que no solo leí un libro, sino también un poco de la historia de quienes lo compartieron conmigo. Gracias a las propuestas del taller descubrí autoras, autores, géneros y formas de escribir que difícilmente hubiera elegido por mi cuenta. Y eso, para alguien que disfruta leer, es un regalo”.

La conversación modifica la lectura. Un personaje, una escena o una frase que pasaron inadvertidos cobran otra dimensión cuando aparecen en la voz de alguien más. Leer deja de ser un acto estrictamente individual para convertirse en una construcción colectiva de sentido.

Leer Ulises en tiempos de scroll infinito

La editora Bárbara Vera, de Áspera Revista, coordina un taller dedicado a Ulises, de James Joyce. La convocatoria la sorprendió. “Leer a Joyce, un autor que escribió hace más de cien años, con un entusiasmo voraz también es ir a contracorriente. Me sorprendió muchísimo la convocatoria del taller de Ulises. Tiene fama de ser una novela difícil y, sin embargo, en este contexto y en este país, un grupo de personas tan distintas entre sí decidió lanzarse a leerla. Además, implica salir de la vorágine de novedades que nos asaltan continuamente en las redes sociales, esa sensación permanente de que nos estamos perdiendo algo mejor y de que siempre hay algo más para consumir”.

En La sociedad del cansancio, el filósofo Byung-Chul Han sostiene que el exceso de estímulos fragmenta nuestra atención y vuelve cada vez más difícil la contemplación profunda. El resultado es una sociedad hiperactiva, incapaz de demorarse, de escuchar o incluso de aburrirse. Los clubes de lectura parecen proponer exactamente lo contrario. Exigen tiempo, atención y escucha. Invitan a convivir con la incertidumbre de una novela, a aceptar que un libro puede leerse de maneras completamente distintas y que ninguna interpretación tiene la última palabra.

“Una lógica de disfrute alternativa”

Martín Kohan encuentra en estos espacios una práctica que desafía la lógica dominante. “Yo soy profesor de literatura, por lo que todo lo que suponga activar o promover espacios de lectura no puede menos que entusiasmarme. Todo lo que contribuya a fortalecer el ámbito de la lectura, para mí, es bienvenido”.

“Es una lógica de disfrute alternativa a las lógicas del rendimiento, casi siempre económico. Puede valorarse en términos de un disfrute compartido. La gente paga para participar y, sin embargo, no hay beneficio económico: se trata de compartir un placer”, añade. “Las condiciones generales, y sobre todo las políticas del Estado argentino, parecen orientadas claramente en sentido contrario. No solamente respecto del disfrute, sino de cualquier práctica intelectual o cultural”.

“No me inclinaría a atribuirle una épica de la resistencia, porque quizás sea mucho decir. Pero sí es cierto que, en un contexto general de hostigamiento, sostener estos espacios adquiere un valor especialmente importante”, afirma.

Cuando se le menciona la respuesta de Wanraich sobre el fútbol y se la relaciona con la experiencia de reunirse a leer, sonríe antes de responder: “Salvando las distancias entre el fútbol y la literatura, juntarse a leer es como el disfrute de gritar un gol con otros: inmenso”.

LS/CRM