El cine argentino le hace pito catalán a la “batalla cultural” con un film cordobés muy premiado afuera
En Mi vida y mi cine (Ma vie et mes films, la primera edición francesa es de 1974), Jean Renoir (1894-1979) evoca sus recuerdos más relevantes, que van desde su padre Auguste –genial pintor impresionista que fue evolucionando hacia una suerte de realismo– a la etapa conflictiva en Hollywood, pasando por dos guerras mundiales y llegando hasta el impacto de la Nouvelle Vague y más allá.
Criado en un ambiente donde se valoraba el trabajo manual en todas sus formas, la amistad con otros artistas, el joven Renoir iba a diario al cine con Andrée, su primera esposa, inclinándose por las cintas norteamericanas porque las francesas le parecían intelectuales, prefiriendo el percibir al razonar. Por amor a Andrée –rebautizada Catherine Helsing– deviene realizador, la convierte a ella en Naná (1926), en La pequeña vendedora de fósforos (1928). Él, que había hecho cerámica moldeando arcilla en el taller de su padre, encuentra en el cine una herramienta fabulosa que lo llevará a hacer Une partie de campagne (1936), La gran ilusión (1937), La regla del juego (1939), tantas obras magnas…
A pesar de los choques con productores en Hollywood, donde se exilia en 1941 –al año de comenzar la Ocupación nazi en Francia–, Renoir considerará ese período como un segundo aprendizaje que culminará con la más que hermosa El río (1950), rodada en la India; en Italia realizará esa maravillosa celebración del teatro que es La carroza de oro (1952), con la formidable Anna Magnani. De vuelta en París, otro tributo a los oficios del espectáculo: French Cancán (1954).
Y prosiguen las piezas magistrales, si bien JR le declara a los Cahiers du Cinéma número 15: “Tengo la impresión de que, a propósito a veces, sin proponérmelo otras, sigo siempre en la misma línea. En el fondo, sigo haciendo la misma película”. Y en Mi vida y el cine concluye que le debe mucho a Gabrielle, prima de su madre, con quien de niño dibujaba y pintaba; ella le leía cuentos de hadas, le infundió los valores de la honestidad, de la tolerancia; le enseñó a ver los rostros detrás de las máscaras, le propició el horror por el cliché…
Mi vida y el cine es precisamente el libro que lee Pelu, el protagonista de La noche está marchándose ya, cuando se ha instalado en un rincón del cineclub municipal de la ciudad de Córdoba. Lugar en donde fue, hasta hace poco, proyectorista, pero en el actual ajustazo lo han bajado a sereno. Pelu –¿hace falta aclararlo de alguien que se duerme con Renoir?– es un amante incondicional del cine, personaje eje de este extraordinario film de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzoni, directores que –se les nota a la legua– han asimilado, incorporado el espíritu sensible, generoso, caritativo de Jean Renoir, su amplitud de criterio. Ese modo de aceptar los motivos de cada personaje sin dictaminar, sin sentenciar ni idealizar, aunque se trasluzca en los cineastas cordobeses hacia dónde van sus mayores simpatías (no hacia el administrador del cineclub que les da la mala noticia a Pelu y a su compañero).
¿No hay plata para la cultura cinematográfica?
Acaso no sea un villano de tomo y lomo ese empleado que les da a Pelu y a su compañero, ambos proyectoristas del cineclub público, la pésima nueva de que uno de los dos ha de perder su laburo, y que ellos mismos tienen que decidir quién se va. El tipo lo hace mandándose a mordiscones un sanguchote y masticando con la boca abierta, mientras se dirige a ambos trabajadores, uno de los cuales probablemente vaya a pasar hambre en el futuro inmediato. Y les hace el discurso previsible en estos tiempos donde no hay plata para la cultura: hay que levantar funciones, reducir el personal.
Pelu, pobre, pierde al juego piedra, papel o tijera. Y para colmo más tarde, el compañero con quien comparte departamento mínimo (hay que ver el tender con ropa colgada al lado de la cama) le informa que lo despidieron.
Pero antes de que sucedan estas desgracias típicas de la actual temporada en el purgatorio donde lo que avanza es la precarización, vemos a Pelu, todavía como proyectorista, que pasa La Bruja Roja (Wake the Red Witch, 1948), donde John Wayne, capitán de un navío, le dice a la chica que ama, la bonita Gail Russell: “Un barco es un hogar, un mundo. Algo que respira. El viento podrá moverlo a 10 mil millas, y en cada una será libre como un pájaro”. Bueno, esta parrafada de Wayne prefigura lo que pronto se volverá el edificio del cineclub para Pelu, un hogar adonde se mandará con un colchón y una valija, después de vender su moto.
Una vez en su nuevo puesto de sereno, Pelu no deja de proyectar cine. Primero para sí mismo, después para un amigo naranjita (trapito) sin techo; más tarde para un grupo de hombres en la misma situación, que pasarán la noche con sus bártulos en el lugar. Se higienizarán, mirarán cintas, tomarán cerveza que Pelu sustrae del bar (uno de los homeless limpiará el pico de la botella, donde ha bebido otro, con su frazada… Si hay humor, que sea indirecto).
Los fragmentos de films de las décadas de los ’30 a los ’60 del siglo 20, que miran ellos (y el público que asiste a las funciones del Malba), dialogan con temas que tocan a Pelu, a los otros personajes, a la crisis social y económica. Y también inspiran la diversión de los refugiados que se lanzan a un concurso de flatulencias luego de ver una escena de Buenos días (1956), de Yasujiro Ozu.
En las distintas proyecciones también aparece un mensaje para Trump y sus acólitos extramuros de la Casa Blanca, cuando en un momento memorable de Nobleza obliga (Ruggles of Red Gap, 1936), de Leo McCarey, un joven Charles Laughton, como mayordomo inglés que ha recalado en Estados Unidos, recita en forma conmovedora el discurso de Lincoln en Gettysburg, en medio de la Guerra Civil, uno de cuyos objetivos fue abolir la esclavitud: “Hace 87 años, nuestros padres hicieron nacer en este continente una nueva nación concebida en libertad y consagrada al principio de que todas las personas son creadas iguales. Ahora estamos envueltos en una gran guerra civil que pone a prueba esta nación o cualquier otra nación así concebida y consagrada. Hemos venido a destinar una porción de dicho campo para descanso de aquellos que dieron sus vidas. Somos nosotros, los vivos, quienes debemos dedicarnos a la tarea inconclusa de los que lucharon (…) Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la Tierra”.
Hay dos personajes femeninos que se recortan netamente en La noche…: Vale, la amiga –se diría de toda la vida– de Pelu, que hace videos eróticos para Only Fans como forma de ganarse la vida, y que le pide prestado un espacio en edificio para grabar con otro trabajador del gremio (los gritos sobreactuados por Vale del orgasmo que Pelu escucha, dejan chiquitos los de Meg Ryan ya saben ustedes dónde). La chica (estupenda Juana Oviedo) le propone a su amigo participar en ese rebusque para hacerse de unos pesos. Pelu se resiste, pero termina regateando el porcentaje que recibiría. El otro personaje es Rosa, la empleada de la limpieza que casi no habla, pero a la que Eva Bianco le da insoslayable relieve.
Bueno, Sonzoni y Salinas demostraron que cuando realmente se quiere, se consigue financiación, sin achicarse artísticamente, aunque la guita sea acotada. Trabajaron el guion y filmaron con rapidez en impecable, primoroso blanco y negro, con una excelente iluminación de toques expresionistas cercanos al noir (no en vano arrancan con escenas de Los tallos amargos, 1956, de cuando Fernando Ayala hacía buenísimas pelis), que rozan el terror cuando nuestro Pelu, que ya lo queremos un montón gracias a la actuación de Octavio Bertone, descubre la escalera escondida que lleva a una especie de catacumba, y baja como una heroína del género del siglo pasado vela en mano, a los sones mahlerianos (por Gustav, no por Ángel) y camina, camina y al final descubre una gran fuente del luz, y apaga su linterna. Puertas, ventanas, lámparas; sombras, mucho más gracias a luces y encuadres y la tersura de la edición. Música de bandas sonoras de los films que se proyectan acompañan en la vida a Pelu. Casi todo remite en La noche está marchándose ya al cine. Y un placer escuchar la tonadita cordobesa, algunas palabras del vocabulario de esta provincia, de esta ciudad que todavía tiene su cineclub Hugo del Carril, lugar de encuentro, de disfrute fílmico, de tomarse algo y convidar con un sánguche a alguien corto de fondos.
MS/MG