Inés Ulanovsky: “Siempre es inquietante pensar qué hacemos con el pasado”
Desde las primeras páginas, Inés Ulanovsky hace una advertencia: “Este libro es un inventario incompleto de imágenes y palabras que están a punto de desaparecer”. La memoria, esa zona por momentos escurridiza y por momentos contundente como un teléfono rojo tirado en alguna vereda porteña, es el terreno por el que indaga la autora en Palabras que ya no existen. Editado recientemente por Paripé Books, se trata de una publicación hipnótica donde se entrelazan textos (a veces son poemas, a veces recuerdos con forma de lista incompletos o muy cómicos o anotaciones que tienen el pulso de lo fugaz), con imágenes que ella misma sacó de objetos abandonados en la calle y otras fotos que encontró de manera azarosa.
Es que, como ocurría en su libro anterior, Las fotos, reeditado este año por el sello Blatt & Ríos, las fotografías, en la vida de Inés Ulanovsky, tarde o temprano aparecen, se hacen ver. Esta vez pasó un domingo por la mañana cuando escuchó una suerte de estallido desde su departamento en un quinto piso y bajó de inmediato hasta la puerta para ver de qué se trataba. Se encontró con un tesoro muy particular: cientos de diapositivas y fotografías sueltas tomadas entre las décadas del ’60 y del ’80 en Buenos Aires.
Desde ese momento el hallazgo le marcó una suerte de rumbo –el del recuerdo, el del fragmento, el de una ciudad en el siglo XX– para que Palabras que ya no existen se ubique, con gran sensibilidad, entre eso que ocurrió y lo que parece en vías de extinción. Un terreno etéreo y también radiante cada vez que la autora se pone a recordar boletos capicúa, imágenes de Nuevediario o juegos del Italpark. Pero lejos de una melancolía quieta o pesada, Inés Ulanovsky propone en su libro un tipo de rescate movedizo: por eso camina y nombra escenas de un pasado que siempre está volviendo y sobre el que, con una cámara o con el filo de las palabras, prefiere echar luz.
– “La gente tira sus recuerdos y yo me autoimpuse una misión absurda: registrarlos antes de que pase el camión de la basura”, decís al comienzo del libro. Como en Las fotos, volvés a referirte a esa responsabilidad que te acompaña. ¿Cómo nació Palabras que ya no existen y cómo es que te sigue impulsando esta misión de rescatista?
– Hay algunos vínculos muy directos entre Las fotos y este libro y esa frase es un poco como una llave que los conecta. Desde lo conceptual, volví a la idea del rescate antes de que desaparezca algo. En Palabras…, sin embargo, creo que amplié todavía más ese concepto y lo llevé como procedimiento para mis propios recuerdos. Este libro nació primero con los textos y esos textos bastante libres y sin una forma determinada, tenían que ver con mi memoria. Estaban también muy vinculados con el procedimiento de Me acuerdo (N. de la R.: se refiere al formato fragmentario de un libro del artista estadounidense Joe Brainard compuesto por sus recuerdos como una suerte de inventario. Esa especie de género literario luego fue replicada por autores como Georges Perec, Margo Glantz y Martín Kohan). Al comienzo era un libro que no tenía imágenes, pero a medida que avanzaba sentía que le faltaba algo, que no terminaba de cerrarme, que era demasiado breve. En un momento empecé a darme cuenta de que eso que recordaba tenía mucho que ver con lo que en paralelo yo me iba encontrando por la calle. Así como pasó con Las fotos –eso que me llevó a encontrar fotos en la calle y ver qué eran y al mismo tiempo qué soy yo frente a esas imágenes–, acá lo amplié un poco y lo trasladé a los objetos. Es que mientras caminaba me encontré muchos teléfonos, televisores, casetes, CD’s, cosas que están en desuso ya. Y los empecé a registrar.
– ¿Empezaste a ordenar, a hacer una especie de inventario en paralelo? Porque en el libro hay listas de esos hallazgos que también fotografiaste.
– Sí, claro. Me impacta que la gente tire sus recuerdos a la basura. Ya me había pasado con las fotos que se tiran y ahora con todos esos objetos abandonados. Me empecé a dar cuenta de que muchos de ellos tenían que ver con mis recuerdos, con esos recuerdos que yo también había tenido, que también había querido registrar antes de que desaparezcan. La sensación es la misma: son recuerdos que no parecen en principio importantes, son recuerdos muy efímeros, muy chiquitos. Por eso en un momento del libro digo que tengo recuerdos televisivos y reales. Porque hay algo de eso también, de todo eso que me formó de chica, de todo eso que consumí, de todo lo que escuché, de todo eso que me hizo quien soy ahora que tengo 49 años y me cruzo con estas cosas tiradas por la calle. Viví la mitad de mi vida en el siglo pasado y la mitad acá, en este siglo. Cuando pude ver esa conexión directa tuve la sensación de que este libro necesitaba imágenes. Necesitaba las imágenes de lo que yo fui encontrando y también otras. Además, cuando lo estaba terminando, apareció en la puerta de mi casa un botín sin sentido de un montón de imágenes de una Buenos Aires que ya no existe, muchas de ellas del ‘65 y en adelante. Es una Buenos Aires que por mi edad no conocí, pero que también conservan el recuerdo de un montón de cosas que sí me resultan propias o cercanas.
– En el libro describís ese momento como un estallido.
– Sí, fue un domingo en 2023. Escuché un ruido como si fuera una caída de vidrios. Vivo en un quinto piso y eso venía de la calle. Me asomo por la ventana y noto cuadraditos tirados. Pensaba que no podían ser diapositivas, que estaba viendo mal desde la altura. Hasta que bajé y las encontré. Y, sí, eran valijitas, cajas, bolsas y álbumes llenos de diapositivas. También había algunas fotos sueltas. Fue graciosa la escena porque yo me apuraba para ver cómo rescatarlas pensando que a alguien más le iban a importar. Pero a nadie le pasaba nada con eso, salvo a mí (risas). Ahí el libro se terminó de amar, con ese vínculo entre estas imágenes perdidas de alguien que las tiró, más mis recuerdos no importantes, más esos objetos tirados en la calle que registré. Es como una especie de despedida del siglo XX, de eso que ya es obsoleto lamentablemente. Y digo lamentablemente porque ese es un universo que a mí me hace entender el mundo. A la vez, también siento que hay que entender este momento y todas estas cosas ya no son parte de este mundo o están siendo de a poco descartadas, por eso están tiradas en la calle.
– Era arriesgado, a priori, que este libro partiendo de esos universos, no cayera en una nostalgia por la nostalgia misma. Sin embargo no cae, propone otra cosa: listas, recuerdos cómicos o medio absurdos, fotos realmente hipnóticas. ¿Te daba miedo que se leyera únicamente en clave nostálgica?
– Sí, sí. Pensé mucho en eso. De hecho creo que me costaba mucho pensar en otra cosa en el tiempo que hice este libro. Era un tema que me volvía y me volvía. Porque por un lado no entiendo este momento, no entiendo el presente, no entiendo la inteligencia artificial, no entiendo la virtualidad, no entiendo las redes sociales. No entiendo, no entiendo, no entiendo. Entonces me preguntaba cómo se habita esta realidad sin terminar de entender. Porque de alguna manera creo que hay que entenderla o intentar acercarse. Creo que tengo que dejar de estar tan peleada con eso que no termino de entender. Me siento como entre enojada y un poco decepcionada, y al mismo tiempo perdida. Creo que este libro compila todas las reglas que entiendo o que entendí o que me formaron o de las cosas que me parecieron importantes y que tienen que ver, otra vez, con la materialidad. Como en Las fotos. Fue, digamos, algo de lo que agarrarse otra vez. Y sobre la nostalgia, claro, de alguna manera está dando vueltas por ahí, pero siento que tal vez después de hacer este libro puedo empezar a entender un poco más este momento. No lo sé, es una esperanza. Porque tengo dos hijos de este siglo que tienen 17 y 20 años y necesito entenderlos. No me queda otra. Si no, me tendría que ir a una montaña, no sé, a desconectar de todo y olvidar. ¡Pero creo que no puedo! (risas).
– Para quienes seguimos tus libros, de una manera esquemática podríamos decir que arrancaste con uno sobre tu madre, luego pasaste a Las fotos, y acá, sobre todo pensando en esas palabras que ya no existen pero también en los objetos como los televisores o la radio, se destaca la figura de tu padre, Carlos Ulanovsky, que además está presente en algunas de las conversaciones que registrás con él y está en la dedicatoria también. ¿Tuviste presente ese vínculo a la hora de escribir?
– Sí, mi padre estuvo un montón, todo el tiempo. De hecho hubo algo lindo con él antes. Porque yo primero había pensado otro tipo de libro, un libro en que la temática era exclusivamente la televisión. Yo consumí mucha televisión, lo digo ahí, entonces en un momento me imaginé algo como Las fotos, con esa estructura, pero de la televisión. Entonces fui a la casa de mi viejo y él me dio una carpeta, de su increíble archivo. Era una carpeta amarilla muy grande que decía “Televisión” escrito a mano. Fue genial porque ahí me dice, “toma, no sé para qué, pero esta es mi carpeta de televisión”. Al final el libro fue para otro lado, y aunque yo no trabajo como él, que es periodista, algo quedó como flotando. Y, después, sí, todo el tiempo apareció él en este proceso, yo le fui mostrando algunos de estos poemas, de estos textos. Además lo nombro un montón y de hecho le pedí que fuera el presentador del libro.
— Durante la presentación de la edición definitiva de Las fotos y también en este libro dijiste que te gusta más encontrar fotos que sacar fotos. ¿Sentiste un cambio en vos que trabajaste muchos años como fotógrafa profesional?
– Siento que hay algo inmanejable en el azar del hallazgo que me parece muy increíble. Y me gusta mucho la idea de detenerme a pensar quién hizo esas fotos que me voy encontrando, por qué. Como que hay algo ahí detectivesco que me atrapa. Sobre todo porque es medio incompleto, casi todo hallazgo es sin información. Pasa con las fotos de las diapositivas: no tengo noción del autor de estas fotos, de por qué las hizo, de quiénes son las personas que aparecen o por qué las eligió. Incluso lo imagino como un “él”, pero no sé nada. Hasta el año puede ser difuso. Muchas veces no tengo forma de reponer ese tipo de información. Pero lo que sí puedo hacer es publicarlo en un libro y darle el espacio que a mí me parece que esas fotos merecen. Por eso digo que me gusta más encontrarlas que sacarlas.
– Esta persona que tomó las imágenes de las diapositivas es un misterio. Es curioso porque también trae algo que es de un universo tuyo: Buenos Aires. Podría pensarse al libro como una gran oda a la ciudad y también al siglo XX.
– ¡Sí! Es increíble pero se dedicó a mirar la arquitectura, la calle, los autos. Mucho parque automotor increíble, ¿no? El otro día pensaba en la belleza de esos autos, de esos aparatos telefónicos. De hecho veía una vez más la foto del teléfono rojo que aparece en la tapa y pensaba qué conversaciones habrá habido en ese teléfono, qué se habrá decidido usándolo. Todos ellos tienen una carga narrativa y emotiva. Y sí, también me gusta pensar que es el registro de una ciudad que quiero mucho y que ya no existe tampoco. Sí, hay algo ahí medio fantasmagórico y muy raro que se me produce con las imágenes. Me preguntó dónde estará ese cartel de la bombonería Lion D'or, que fue un lugar muy importante para mí. Lamentablemente ahora hay una heladería de cadena ahí. En general nos quedan menos espacios para habitar en la ciudad. Espacios de esos que nos definían, que nos juntaban. Que nos encontraban o nos representaban. Para no terminar en una lectura totalmente nostálgica, prefiero pensar que con lo que hago intento hacerle homenaje a todo eso y tal vez podamos dejar de añorarlo tanto.
– El texto de Martín Rejtman, en la contratapa, va un poco en ese sentido, ¿qué hacemos con el pasado?
– Sí, a mí me encantó ese texto y me pareció muy personal. Me acerca un poco a una idea, a decir “che, esto más o menos nos está pasando a muchos”. Y, entonces, ¿qué hacemos con el pasado? Siempre es inquietante pensar qué hacemos con el pasado, pero la pregunta es válida. O con los recuerdos. ¿Qué hacemos con los recuerdos? ¿Qué hacemos con los objetos? Y esa es una pregunta que aparece en algún momento del libro. La gente no sabe qué hacer con los recuerdos. Bueno, yo tampoco, entonces hice esto (risas).
– Hace poco fue la Feria de Editores, ahí tus libros circularon mucho. Pero, al mismo tiempo, en el mundo de los libros o la cultura en general, que es donde vos te movés, se atraviesa una crisis. Muchas personas que se dedican a escribir o a enseñar, como vos, no llegan a fin de mes. ¿Cómo estás transitando este tiempo tan hostil?
– Lo transito con dificultad. Tengo tres trabajos. Trabajo todos los días en un museo. Después doy clases en la Universidad de San Martín. Trabajo en dos materias. Y también doy talleres. Porque si no, no llego. Doy clínicas de obra y todo lo que aparece lo agarro. Estoy en un momento de mucho cansancio y de mucho agotamiento por esto y al mismo tiempo siento que no se puede aflojar. Así que es ambiguo, pero agradezco tener todos esos trabajos en un contexto tan difícil. Creo también que nuestras actividades vinculadas con la cultura están en peligro de extinción o complicadas o con mucha dificultad de presupuesto, entonces es una especie de milagro también poder sacar un libro en estos tiempos. Estuve en la FED y es impresionante también la necesidad de juntarse, de hacer cosas, la curiosidad de la gente. En este y en varios terrenos estamos en un momento muy duro. Y la mayoría está, me parece, haciendo muchísimos esfuerzos para no desaparecer, para seguir existiendo mientras que hay un cambio de paradigmas evidente. Espero que sea temporal y que tenga que ver con la coyuntura política y no con algo más general, qué sé yo.
– ¿Estás escribiendo algo nuevo?
– Sí, estoy terminando un diario para la editorial Bosque Energético. Se va a llamar Diario de una fan de Charly García y va a salir a fin de año. Así que me estoy divirtiendo mucho. Y también paseando por ese pasado, presente y futuro que es Charly. Estoy disfrutando la escritura, cosa que me cuesta. Me estoy divirtiendo y estoy emocionada también. Me di cuenta de que tanto Las fotos como Palabras que ya no existen, como el libro de Charly recorren los únicos temas que más me han interesado a lo largo de mi vida. No tengo muchos más temas, después veo qué va a pasar, de qué me voy a disfrazar si sigo escribiendo (risas). Pero siento que sólo puedo escribir de eso que me importa mucho. Y, bueno, ahora es Charly. Después veré.
AL
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