Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
Entrevista

Gabriela Borrelli Azara: “El trabajo cultural hoy es una tarea quijotesca que implica luchar contra la época”

La escritora Gabriela Borrelli Azara acaba de publicar "Montevideo 1938", un libro donde recontruye la mítica reunión que tuvieron Alfonsina Storni, Gabriela Mistral y Juana de Ibarbourou.

Agustina Larrea

0

“Existe un imaginario sobre la poesía escrita por mujeres que cree en la aparición inesperada de ciertas poéticas. Se instala en lo extraordinario y azaroso que era que una poeta mujer a principio de siglo sea mundialmente conocida hasta consagrarse con un Nobel de literatura. Y aunque pueda pensarse toda la poesía como aquello que irrumpe inesperadamente, como aquello que no fue pensado de una forma y tomó otro camino, hay una insistencia trabajosa en ese hecho, a primera vista, fortuito y afortunado”, señala la escritora Gabriela Borrelli Azara en su ensayo Montevideo 1938. El verano interminable (La Libre, 2026). Y sigue: “A la poesía como acontecimiento no se la busca en forma directa sino que se camina constante e insistentemente hacia ella, siempre buscándola, sin precisiones sobre dónde encontrarla”.

Esas palabras de la escritora –esa mirada puesta en lo oscilante, en la insistencia, en el azar, en la contingencia, en el camino y en lo inesperado– parecieran describir también su deslumbrante trabajo en esta publicación, que reconstruye un encuentro que tuvo lugar en Uruguay en 1938 y que reunió en Uruguay a las poetas Gabriela Mistral, Alfonsina Storni y Juana de Ibarbourou. Por entonces consideradas “Tres glorias de América”, las escritoras brindaron tres conferencias y aquella cumbre estival se convirtió en una suerte de mito para la poesía latinoamericana de comienzos del siglo XX.

Borrelli Azara hace un trabajo de búsqueda intensa en archivos pero también de escucha: ahí donde alguna voz parece escaparse, trata de poner el oído –y la lectura– para ofrecer un ensayo plagado de texturas luminosas.

El ensayo "Montevideo 1938. El verano interminable" fue publicado por el sello La Libre.

– En el libro citás a Gabriela Mistral y eso que dice sobre que no se sabe con exactitud cuándo comienza un poema. Con un libro pasa algo parecido. Sin embargo, al leer Montevideo 1938 pareciera haber en vos una suerte de insistencia alrededor de esta historia, algún origen. ¿Qué había en este encuentro que te atraía y que hace de ese verano uno interminable?

Creo que esa insistencia primero tiene que ver con que me gusta mucho la poesía de Alfonsina Storni. Es una de las poetas a las que vuelvo y las que más he leído en los últimos años: todo lo que compromete a Storni me convoca. Y cada vez que descubro más sobre ella me parece más apasionante. Después también está Gabriela Mistral, otra figura a la que estoy volviendo. Con Juana de Ibarbourou creo que me va a empezar a suceder algo parecido. En el fondo creo que es porque todas ellas tienen biografías muy abiertas y que dialogan mucho con el momento político en el que se leen. Hay una Storni para los ‘80, hay una Storni para los ‘90, hay una Storni ahora. Entonces me fascinan esas figuras, de poetas sobre todo, con una biografía tan susceptible de pensarse como imágenes e íconos de movimientos feministas y políticos actuales. Después, claro, sobre todo me interesó ver la amistad, que se hayan conocido, el vínculo que tenían y cómo terminan las tres en Montevideo. Como cuento en el libro, escuché hablar de este cruce de 1938 buscando para un programa de radio la voz de Storni. Por otro lado, no es cualquier año, 1938 es el año en que ella se suicida. Hice la relación el otro día y también recordé la singularidad de 1938, porque también es el año en el que Borges tiene el famoso accidente doméstico, el de la Navidad de 1938. Él dice que a partir de ese hecho se le ocurre ni más ni menos que el cuento “El sur”. Volviendo al encuentro en Montevideo, creo que hay algo de interminable en ese verano, y que tal vez tiene que ver con una idea naïf y a la vez poética que me atraviesa: estas poetas que se encuentran y que al mismo tiempo se van dando la posta, van hablándole a las generaciones futuras. Por eso termino el libro diciendo que esto lo escribo para todas las jóvenes poetas. Tengo otro libro que es Cartas a jóvenes poetas y este está relacionado porque me gusta esta idea de armar una serie histórica de poetas. Aquella reunión puede ser entonces la reunión de tres poetas jóvenes de hoy día.

– Por tramos pareciera que en el libro, más allá del encuentro puntual, quisieras armar una especie de linaje con la mención a otras poetas no necesariamente de esa época. Un linaje medio ficcional.

– ¡A mí me encanta armar linajes ficticios! (risas). Me parece que ahí hay una lectura, que son esos linajes no tan biográficos o que vienen de la la biografía real de los escritores, los que arman algo. La lectura arma ese linaje y esos diálogos. En el caso de Ibarbourou, Mistral y Storni sí, ellas se hablaban mucho y tenían mucho diálogo. Se puede ver revisando la correspondencia entre ellas, que es muy intensa. Pero, en general, me gusta pensar en esas líneas que no son tan nítidas de entrada entre escritores o escritoras.

Gabriela Borrelli Azara nació en Monte Grande, en 1980.

– ¿Qué era una escritora y específicamente una poeta en esos tiempos y en América latina? ¿Qué viste en común entre ellas tres y qué las diferenciaba?

– Las tres tienen tres recorridos y tres maneras de insertarse en el mundo letrado bien diferente. Desde muy chica, Gabriela Mistral entiende que se está formando el Estado nación en Chile y dice “yo quiero participar”. Es muy temprana y marcada esa ambición política en ella. Entonces se pregunta cómo era la manera de insertarse en el ambiente político y cultural, que eran un poco lo mismo en esa época. O, en todo caso: escribir un libro y ser diputado tenían como la misma ponderación social, el mismo valor, de alguna manera. Ella dijo “bueno, hay que hacer escuelas, voy a ser maestra”. Así se erige a ella misma como la gran pedagoga. Escribir poesía, dar clases o dar conferencias eran parte de lo mismo. El caso de Storni tiene otras características: ella fue la única mujer poeta en un grupo de varones, que era el grupo Anaconda. Ahí estaban (Benito) Quinquela Martín, Baldomero Fernández Moreno y, por supuesto, Horacio Quiroga. El hecho de que Storni no tuviera marido le daba cierta libertad. Creo que ella piensa que su inserción en el mundo literario y la manera de volverse popular era escribir poesía para mujeres. Porque Storni tiene esa ambición de popularidad. Habrá que pensar después hasta qué punto llega a completar esa ambición, pero la tiene. Ese es el momento de Rubén Darío en América y la estela que deja es tan importante que quizás ellas perciben que ese era el caballo al que había que subirse para ser conocida. Lo de Ibarbourou tiene otro recorrido: en ella Uruguay colabora muchísimo para buscar y luego consagrar a una poeta nacional. Pensando en esto de los linajes que hablábamos, hay dos intentos fallidos: uno es el de Delmira Agustini, que muerte víctima de femicidio. Y luego les salió también mal con María Eugenia Vaz Ferreira, que es otro antecedente, una poeta que a mí me encanta, una borracha que cambiaba sus versos por vino en el puerto de Montevideo a principios de 1900. Esos intentos no resultan hasta que ven en Juana de Ibarbourou una posibilidad de tener una poeta nacional, una Alfonsina Storni o una Mistral propia. Ahí las instituciones nacionales, la política y todo conspira para elegir a Ibarbourou como la poeta nacional de Uruguay.

– Esto, entonces, se da más allá de esos grupos de varones más instalados.

– Sí, es que me parece que no podría afirmar que había una resistencia de varones. Mistral se cartea con quien va a ser presidente de Chile. Se cartea, también, con toda la intelectualidad mexicana y latinoamericana de esa época. También contacta con (Miguel de) Unamuno. La que tiene más resistencia es Storni. Pero tanto Mistral como Ibarbourou están muy sostenidas en sus contextos. No es tan lineal, en todo caso, el modo en el que circulan o dejan de hacerlo las mujeres. En este sentido me parece que no siempre la invisibilización de ciertas poéticas se debe sólo al hecho de ser mujeres. El caso de Juana de Ibarbourou es increíble: ¡en 1919 la nombran Juana de América! Y son todos tipos los que lo deciden. ¿Por qué? Porque ahí hay otra cosa que se mezcla con el género y es la política coyuntural. Ese gesto es lo que necesitan en ese momento. Lo mismo que se necesitó en la década del ‘60 acá con el peronismo proscripto. Y nadie puede decir que Beatriz Guido, Silvina Bullrich o Martha Lynch no eran escritoras vendidas en ese tiempo. Por eso muchas veces es la política la que fogonea o no fogonea ciertas autoras. Pero bueno, se tiene que dar ese entramado de varios vértices y en ellas en ese momento histórico se dio.

– La historia que construís en el libro nace de tu investigación en archivos y a la vez tiene la textura más de un runrún que de una biografía formal. De hecho intercalás los capítulos con hipótesis o comentarios muy personales. ¿Por qué te interesaba esa dimensión?

– Creo que esa idea de runrún o de cuchicheo me gusta más que la idea de chisme. Porque el chisme siempre tiene una carga. Una carga maliciosa o amorosa, pero una carga al fin. En cambio al runrún lo abrazo, porque se parece más a una voz baja, a esa información que va por un canal que no siempre oficial. Al runrún hay que ir a buscarlo. A mí me interesa ese sonido en general para este tipo de ensayos. De alguna manera escribí Montevideo 1938 pensando en el cuchicheo de la profesora Elsa Tabernig de Pucciarelli, cuando se cruza con Storni en Colonia y le cuenta que iba a Montevideo y entonces después la profesora le dice a Mistral que Alfonsina está en Uruguay y la terminan invitando. Esa charla por lo bajo, entrando o saliendo de una conferencia termina siendo fundamental para que se arme el encuentro de las tres. Muchas veces las escenas de susurros son las que traccionan las grandes historias. Me interesan más las escenas por lo bajo, eso que pareciera pasar por fuera o que podría no importarle a nadie.

El caso de Juana de Ibarbourou es increíble: ¡en 1919 la nombran Juana de América! Y son todos tipos los que lo deciden. ¿Por qué? Porque ahí hay otra cosa que se mezcla con el género y es la política coyuntural. Ese gesto es lo que necesitan en ese momento.

– Sin embargo algo traen. Pienso en ese supuesto amante de Alfonsina en Montevideo y esa despedida en el puerto que recuperás en este sentido, como algo lateral o por lo bajo. De hecho esa escena vuelve en la poesía de ella.

– Claro, hay imágenes así que generan poesía. Lo del joven que la despedía a Storni en el puerto sí también tiene que ver un poco con la malicia, con algo de celos de Juana de Ibarbourou. Ella está un poco celosa de Storni y acá puede aparecer algo del tono del chisme (risas). Después está la esa voz que traigo y que quería traer en esos pequeños comentarios intercalados, que son también cosas que yo voy pensando sobre ellas. Como “ah, eran dos feministas”. En esos espacios me parecía que lo traía sin tanta justificación, una voz necesaria que no tiene que estar justificada.

– En el libro das cuenta de distintas búsquedas en archivos. ¿Cómo fue ese trabajo para vos?

– Yo estaba escribiendo un artículo para un libro que todavía no salió sobre poetas argentinas. Puntualmente estaba escribiendo sobre Storni y de ella hay poco material. O, mejor dicho, no hay tanto material como pasa con Mistral, que tuvo una albaceas con buen criterio y está todo digitalizado en la Biblioteca Nacional de Chile. Tenés todo para descargar, sus cartas, lo que quieras. En Storni es mucho lo que se perdió y algún día habría que pensar que muchas veces la historia cultural es la historia del ‘albaceísmo’, de cómo se cuidan o no se cuidan determinados materiales. Para Storni trabajé bastante con el Archivo General de la Nación, pero sobre todo en bibliotecas. En un momento estaba en la biblioteca en Providence, en Rhode Island, y ahí un poco como dice Liliana Viola que hizo con la biografía de Martha Pelloni. Esto de convertirse en una cronista de escritorio. No encaré una cosa detectivesca presencial. Fui con lo que tenía a mano en las bibliotecas. También trabajé con la Biblioteca Nacional de Uruguay.

– En tu relato comprobás que, más allá de las formalidades, en este encuentro de las tres hubo mucho de contingencia. Porque, por cómo se planeaba la cosa, Storni podría no haber sido parte.

– Totalmente. Y es fascinante. Lo contingente y una pequeña conversación pueden generar todo un mundo. En este sentido me encanta que hay un profesor de literatura uruguaya que es un especialista y tiene un libro sobre las tres conferencias de las poetas. Se puede ver en YouTube que el tipo dice “qué buena idea la del ministro tal de juntar a estas tres escritoras”. Y te pasa que, investigando un poco, enseguida sabés que no fue idea de un ministro, que fue algo que se le ocurrió a Mistral cuando la profesora Tabernig le dijo que Alfonsina estaba en Colonia y le mandaba saludos. Con esa información Mistral entiende perfectamente lo que tiene que hacer. Enseguida le pregunta en qué hotel, la llaman y al otro día le mandan un auto para que participe con una conferencia propia. Yo creo íntimamente que la que arma el encuentro es Mistral. Mistral es muy viva siempre políticamente y rápido intuye que tener a Juana de Ibarbourou, a Stormi y a ella en un mismo espacio y en ese presente iba a ser algo de alto impacto.

Borrelli Azara es autora de Océano (2015), Lecturas feministas I y II (2018-2021), Vidrio (2020), Hamaca paraguaya (2021), Cartas a jóvenes poetas (2023) y La pura calma (2024) y Aquí, Argentina (2025).

– Una escena muy linda que reconstruís es la de Storni escribiendo medio de apuro su charla en un papel que apoya sobre la valija camino a Montevideo. Escribir, para ellas, también tiene mucho de trabajo, de oficio. ¿Qué pensás de esto? ¿Se asumían como trabajadoras estas escritoras?

– Creo que, más allá de lo que ellas mismas dijeran, eran trabajadoras y eran trabajadoras incansables, además. Y ahí sí hay una diferencia con los varones de entonces, que de alguna forma tenían la escena armada. Ellas tienen que construir la escena. Así como nosotras hoy tenemos que vender el libro, dar una nota, grabar el videíto para tal difusión. Eso que hacemos hoy nosotras, ellas lo hacían todavía más, porque había una escena que construir. Storni se puede pensar como una gran obrera de la palabra en el sentido de que ella necesitaba el dinero para mantenerse y mantener a su hijo viviendo simplemente de la escritura, de los textos que publicaba en La Nación. Más tarde obtuvo el nombramiento como maestra de teatro. Pero de todos modos estaba siempre preocupada con esta dimensión. De hecho, hasta el último minuto, cuando se va a suicidar a Mar del Plata, le deja una nota a su jefe en la escuela para ver si su cargo se lo puedan dar a su hijo y, al mismo tiempo, si su hijo podía cobrar su último sueldo. Todo esto lo puede pensar únicamente una trabajadora. Entonces, sí, sin duda y cada cual con lo suyo, las tres bregaron por sus propios derechos. Pero también algo muy lindo en ellas y que las tres siempre pensaron en las otras. Y eso se ve en las conferencias que dan esa vez. Storni abre su intervención y dice “para todas las muertas y las que vendrán, nuestras antecesoras y las mujeres que vienen”. Mistral también dice “a todas las mujeres escritoras latinoamericanas.” Siempre tienen ese ánimo colectivo que también para mí es una idea muy cercana a la de sentirse parte de un conjunto de escritoras trabajadoras u obreras.

– Hablando de trabajo, el tuyo tiene que ver con la escritura y también con la difusión de la literatura. No sé cómo te llevás con el término “divulgación”, pero digamos que lo que hacés es darle forma a la lectura en distintos ámbitos. ¿Cómo surge esto?

– La verdad es que pienso mucho en eso. Pienso mucho en eso desde que creo que se acabó por un tiempo la radio tradicional que yo hacía. Es así: hubo un gran viraje en la narrativa discursiva de los medios de comunicación y el tipo de radio en la que trabajé por 20 años en un programa de literatura, ya no existe más como tal. No está más y para mí lo que queda es pensar nuevos ejercicios, probar nuevas maneras de inventar. O, en todo caso, buscar nuevas maneras de ingresar a los textos. Si la crítica literaria es esa manera de inventar modos de entrada a la literatura, creo que a mí me interesa indagar por ahí. Ahora, por ejemplo, estoy dando unos cursos en Gelatina por streaming, unos talleres online pero más como programa cerrado. Es un formato que me interesa. O lo que hago con Aquí, Argentina. Con Montevideo 1938, por ejemplo, voy a hacer una suerte de espectáculo teatral. Bah, algo así. El otro día escuché a Cristian Alarcón que dijo que el periodismo está probando nuevas formas de hacer como esto que él llama “periodismo performático”. Yo creo que lo mío también es una divulgación performática, o una crítica literaria performática. No le tengo miedo a la palabra divulgación para nada. Me gusta. La abrazo. Y siempre me interesa explorar. Sí me parece que la clave está en nunca alejarse del texto. Siempre es el texto el que está sosteniendo. Siempre la lectura es la base. Y siempre me dejé llevar por el entusiasmo lector. Tengo nostalgia, no te voy a decir que no, de sentarme en un estudio de radio sin ninguna cámara. Que llame un oyente y pida un poema de (Juan) Gelman. Que pasemos un audio de Juana Bignozzi leyendo sin imágenes. Lo que hacíamos con Tom Lupo, por ejemplo. Pero bueno, pese a esa nostalgia o por ahí con esa nostalgia encima, intento probar cosas nuevas para seguir.

– ¿No sentís que estamos haciendo muchas cosas o que hay que hacer muchas cosas para tener un ingreso más o menos aceptable? ¿Qué te dicen otras personas que se dedican a lo mismo que vos?

– Sin dudas. El trabajo cultural hoy es una tarea quijotesca que implica luchar contra la época. Y pasa esto porque los espacios culturales y los medios de comunicación son cada vez más pequeños. A la vez, los espacios son cada vez más chicos y lo cultural no puede estar bajo la lógica de clickbait, del baiteo. No puede ser así porque la literatura no tiene esa lógica. Tiene otra temporalidad, otro ritmo. Entonces me parece que ahí todos los que nos dedicamos a la difusión de teatro, de literatura, de música, incluso, tenemos que luchar contra la época. Contra la época que exige ese baiteo y esa algoritmización permanente. Nos tocó una época de un capitalismo muy cruel. Muy cruel por la exigencia. No soy una persona pesimista, pero siento que por esas demandas pensamos peor porque no tenemos tiempo de reflexión. Pensar exige un tiempo y exige un tiempo ocioso. Y hoy, lamentablemente, en vez de quedarte dos horas pensando en un párrafo que querés escribir tenés que usar esas dos horas para hacer un videíto, subir algo a Instagram o TikTok. Ese tecnofeudalismo donde cada una tiene su pequeño terrenito en el gran feudo de las redes sociales exige un trabajo. Pero bueno, la apuesta siempre es la misma, es ponerse más creativas. Tampoco tenemos otra posibilidad. Tenemos que ser más creativas, armar comunidad, como las escritoras del libro. Ellas se ayudan mucho difundiendo lo que hacen las otras, hablando con otros de sus textos. Hay que buscar la forma de saltar ese cerco que nos dice que no se pueden hacer cosas juntas.

– En este sentido, seguís apostando a los libros.

– Sí. Porque soy muy optimista con el libro. Te digo más, yo creo incluso que el libro y todo lo analógico va a volver. Siento que estamos a muy poco de una vuelta carnero de lo analógico. Sé que atravesamos un momento espantoso porque la gente no tiene un mango para comprar libros. Pero bueno, va a haber una vuelta a lo analógico. ¡Y la estoy esperando! (risas). Estoy esperando que mi nostalgia encuentre ese cauce de reactivarse. A mí el libro me parece uno de los objetos más perfectos. No lo va a matar mada, como pasa con el teatro. Al teatro no lo mató el cine, no lo mató la tele, no lo mató el streaming ni la telenovela de frutas. Ahí está Pompeyo Audivert siendo el mejor actor del mundo. Estoy con esta nueva cruzada que es decir que Pompeyo Audivert es el mejor actor del mundo en este momento con Habitación Macbeth porque lo es. En ningún lugar del mundo hay un actor como Pompeyo haciendo Macbeth solo con un vestuario mínimo y una caja negra. El libro es como esa persona en escena. El libro nos va a acompañar hasta que la humanidad se termine.

AL

Etiquetas
stats