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Entrevista

Mónica Szurmuk: “Tenemos la responsabilidad de seguir contando las historias de las víctimas infantiles de la dictadura”

Mónica Szurmuk acaba de publicar "Malmö", un libro donde cuenta la historia de los hermanos Ramírez y el Hogar Casa de Belén, durante la dictadura.

Agustina Larrea

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“Cayó junto al bebé. Uno de ellos apartó el cuerpito del nene con una patada. Después se acercó y lanzó una ráfaga de ametralladora sobre la madre. ‘Juan Carlos, volteé a una’, gritó satisfecho. Había matado a Vicenta Orrego Mesa delante de sus tres hijos. Era la madrugada del 15 de marzo de 1977. La comisaría primera de Adrogué había liberado la zona del barrio San José donde hacía tres meses vivían Vicenta y sus hijos”. La investigadora y docente Mónica Szurmuk acaba de publicar Malmö (Sudamericana, 2026), un libro estremecedor que parte de esa escena para narrar el periplo escalofriante que padecieron los hermanos Ramírez desde aquel operativo.

En plena noche, la policía dejó a Carlos, de cinco años, María, de cuatro y Mariano, de dos, a cargo de unos vecinos, que al día siguiente decidieron llevarlos ante los tribunales. Con su padre Julio Ramírez, preso político desde 1974, y buena parte de la familia que vivía lejos, los tres chicos quedaron a disposición de una jueza, que a los pocos días los envió al Hogar Casa de Belén, en la localidad de Banfield. Abierto poco tiempo atrás con apoyo de miembros de la Iglesia Católica y feligreses de una parroquia local, Casa de Belén se presentaba como un espacio idílico que ofrecía el cuidado de una familia tradicional, con una madre y un padre que vivían en el lugar junto a sus hijos biológicos y los niños y niñas que iban llegando a través del juzgado. Puertas adentro, se reveló rápidamente como un infierno donde los chicos fueron víctimas de todo tipo de maltratos. Tal como pudieron contar décadas después en un juicio, allí fueron golpeados, insultados a diario, denigrados y abusados sexualmente. Recién después de siete años de vivir en ese lugar, donde además les cambiaron sus identidades, el padre pudo reencontrarlos y llevarlos a vivir con él a Suecia, país que le había otorgado asilo político.  

Con delicadeza, con filo, con datos, con descripciones agudas y sensibilidad, Mónica Szurmuk reconstruye esta cruda historia, que conoció desde su adolescencia porque creció en la misma zona, para mostrar una faceta menos transitada de la dictadura: los padecimientos de las víctimas infantiles de aquellos años. Lo hace en un relato contado en fragmentos impactantes y a partir de una profunda investigación que la llevó a acercarse a María Ramírez y tener su testimonio de primera mano, en tierras suecas.

Malmö. Una historia argentina, de Mónica Szurmuk.

– La historia de los hermanos Ramírez, como dice la bajada del libro, es una historia argentina y de algún modo también es cercana a tu propia historia. ¿Cómo decidiste reconstruirla y contarla?

– Por un lado, es una historia que conozco desde la adolescencia porque soy de la zona y siempre la he pensado. Hace un tiempo, justo antes de la pandemia, con dos estudiantes de doctorado que tengo, planeamos un recorrido geográfico, físico, por la historia de la familia Ramírez. Pensábamos en la posibilidad de llevar estudiantes hasta la zona donde ocurre todo y mostrar esta historia, que no es una historia usual y que además tiene lugar en un espacio muy concreto. Por la pandemia no pudimos hacerlo. Pero a partir de ahí, con un grupo de investigadores y de personas que trabajan en ONGs de la zona, desarrollamos un proyecto que se llama Cartografías Íntimas en Comunidad, que proponía recorridos por Lomas de Zamora, por sitios de memoria o que tienen que ver con la dictadura, porque algunos están señalados como tales y otros no. Esto se hacía con chicos y chicas de escuelas secundarias. Dentro de esos recorridos, una de las paradas, aunque no está marcada como sitio de memoria, era el Hogar de Belén. Y otro era la casa donde vivió Vicenta Orrego con sus hijos y donde la mataron, en el barrio San José. Así que esto estuvo siempre presente en mis investigaciones hasta que en un momento pensé que tenía que escribirlo. Pero al principio empezó como un libro de otro tipo, algo académico que se iba a ocupar de la represión en Lomas de Zamora en general. Hasta que en un momento la voz de María fue tomando cada vez más dimensión en lo que escribía. Yo publiqué un texto en Anfibia sobre ella, que es alguien que siempre me interesó mucho. Una mujer que pasó por todo lo que pasó y que vive afuera, desde muy chica. En un lugar como Suecia, además, donde no hay una comunidad exiliada importante como sí hubo en lugares como México, Francia o España. La de María era una historia diferente desde el principio por este hogar de guarda al que la forzaron a ir, pero además era la historia de cómo ella se construyó una vida. Con pocos referentes, en otro idioma.

– ¿Cómo surge y qué era el Hogar Casa de Belén?

– Es un lugar en el partido de Lomas de Zamora que surge como una iniciativa de la parroquia local y abre sus puertas en 1977. Un cura decide, en un movimiento que era bastante común en esa época, organizar áreas que se ocupen de la infancia, de la ancianidad, de los jóvenes. Y para eso crea esta casa de guarda destinada a niños sin hogar. La idea era que la casa de guarda funcionara como si fuera una familia. Hubo casas parecidas en otros lugares. La diferencia aquí es que llevaron a vivir a este lugar a chicos, hijos e hijas de desaparecidos, que estaban siendo buscados por sus familiares. Acá hay uno de los muchos elementos aterradores: son chicos que están siendo buscados y se les cambia la identidad para que no sean encontrados. Y lo otro, que es lo más terrible, es que los chicos sufren todo tipo de abusos en ese espacio, por parte de los adultos que estaban a cargo. En este caso eran Manuel Maciel y Dominga Vera, que se mudaron con sus tres hijos a esta casa, donde viven con otros chicos que estaban judicializados y que sufren abusos de todo tipo y violencia por parte de estos adultos que venían a cumplir el rol de “padres”.

– Hablás de chicos “judicializados” y el libro justamente trae esa dimensión de un Poder Judicial que tomaba decisiones en plena dictadura. Como esta jueza, Marta Pons, que decide que los chicos se tienen que quedar en el Hogar, que no se los va a entregar al padre ni a la familia.

– Sí, me parecía importante. Y hay gente que ha trabajado mucho en esto, como Carla Villalta. Ella lo que llega a demostrar en sus investigaciones es que varios aspectos de la legislación favorecieron estas situaciones de abuso y violencia. En este caso, existía esta jueza que estaba a cargo de un área enorme de la provincia de Buenos Aires, con miles de habitantes bajo su responsabilidad y se manejaba de una manera absolutamente déspota y cruel. Todavía durante la dictadura, cuando desde Abuelas de Plaza de Mayo la van a ver y le llevan una carpetita con los chicos que estaban buscando, ella no les da respuestas. Después del regreso a la democracia Magdalena Ruiz Guiñazú la entrevista y ella dice que estuvo dispuesta siempre a entregar a los niños que iban a buscar, algo que no es cierto. 

Durante su investigación, la autora pudo encontrarse y entrevistar en profundidad a María Ramírez en Suecia.

 Malmö está tramado a partir de tu encuentro con María, que es de alguna manera la voz cantante de esta historia. ¿Cómo armaste el vínculo con ella, que te terminó recibiendo en Suecia después de conocerse de manera virtual?

– Mi camino hacia María se arma a través de Carla Ocampo Pilla, que es una de sus abogadas, y Rubén García que es el psicólogo que le asignó el CELS en el momento que los chicos hacían la transición para irse del país con el padre, en 1983, por gestiones que hacen el propio Emilio Mignone y su esposa, Chela. María ha mantenido todos estos años el lazo con Rubén. Me parecía importante reunirme primero con ellos porque son dos personas que la conocen y tienen una actitud de protección hacia María. Ocurre que el caso tuvo distintas etapas: hubo momentos de visibilidad, hubo momentos en que el caso no se conocía, momentos particulares durante el juicio. A mí me pasó cuando empecé a escribir el libro que en el barrio había gente que no conocía el caso. De todos modos, en todas estas instancias, María siempre ha sido la portavoz de la familia. Hicimos primero una entrevista por Zoom, después seguimos comunicadas y para, ya en la instancia de escribir el libro, yo percibí que tenía que viajar a conocer el mundo de ella. Porque otra de las cosas que tiene su historia es esto: ella se tuvo que construir una vida allá. Por suerte la relación se trabó inmediatamente, si no creo que hubiera sido difícil escribir este libro. Una cosa que admiro mucho de ella fue que, después de todo lo que vivió, ella me dio pautas muy claras de lo que se podía contar y lo que no se podía contar, incluso de qué fotos podía sacar y qué fotos no podía sacar. Soy profesora de literatura entonces, en la conversación, se abrió rápidamente algo que a mí me resultó muy interesante. Ella me contó que de algún modo aprende a contar su historia a través de la literatura clásica, a partir de los libros que lee durante su educación en Suecia. Ella es alguien a quien la literatura, y la pintura después, le permitieron contar su historia inclusive en un contexto complicado. Quiero decir: contar una historia tan terrible, fuera de contexto, ante gente que no pasó por lo mismo o que no conoce la historia de otro país, fue un trabajo que ella tuvo que hacer. 

– De hecho es curioso que ella te cuenta que irse de Argentina para Suecia era, de alguna manera, sentir que perdía definitivamente a su madre.

– Sí, esa fue de las cosas que más hablamos. Algo que para mí era difícil de entender. ¿Qué quería decir cuando me decía que ella se fue de Argentina y ahí perdió a la madre? Y, claro, con el tiempo comprendí que los tres chicos, incluso después de todo lo que había ocurrido, seguían buscando a la madre. Y pensaban que iba a ir a buscarlos. Entonces, irse tan lejos, a otro país, otro idioma, otro paisaje, era perder definitivamente a su madre. Que es algo tremendo y es tremendo porque de algún modo ella seguía pensando que quizá la madre estaba viva. Esto también es una experiencia compartida entre hijas e hijos de desaparecidos. Pero claro, ella estuvo siempre en otro lugar, nunca tuvo cerca grupos de gente que hubieran pasado por experiencias similares. 

María Ramírez y sus hermanos pudieron dar su testimonio en una causa judicial que se prolongó durante más de una década y tuvo su sentencia en 2023.

– En el libro contás que Casa de Belén se toca lateralmente con tu vida no solo porque sos de la zona sino porque de esa parroquia y de esa iniciativa participaba la familia de una amiga tuya de la infancia. ¿Por qué decidiste contar esto?

– Lo que pasa es que lo tenía que contar porque si no lo hacía la historia no hacía mucho sentido. Me parece importante otra dimensión de esto también: lo que pasó y cómo este lugar se inserta en el barrio. Porque hubo mucha gente que apoyó esta iniciativa del hogar sin saber lo que iba a pasar, los abusos que se iban a cometer ahí, la violencia, las violaciones. Me gusta que estas cuestiones también emerjan, lo que sucede, si querés, a un nivel muy chiquito. Desde el operativo hasta el lugar donde llevan a los chicos: todo pasa en pocas cuadras de un barrio del Conurbano. Me interesaba ver qué pasa con esas historias y cómo afectan a la sociedad en general. También cómo entran y salen de estas historias los que no son víctimas directas ni tampoco perpetradores. ¿Qué pasa en un barrio, qué pasa en un barrio donde se instala un lugar así? Yo por mucho tiempo me pregunté por el Pozo de Banfield. ¿Qué pasa con los vecinos del Pozo de Banfield? Cuando yo empecé a leer los expedientes judiciales del Hogar de Belén, encontré que en el 2013, cuando se empieza a investigar, algunas personas que brindan testimonio cuentan que al Hogar venía otra gente de la iglesia o festejaban los cumpleaños compraban la torta en el mismo lugar que me compraban la torta de cumpleaños a mí. El barrio es compartir, me interesó pensar también en los lugares de cruce. También creo que a veces es difícil para las generaciones que nacieron después, en la democracia, pensar en estas cosas que pasaban. Creo que hay que reponer un poco esta dimensión: todo lo que no se sabía, todo lo que se decía a medias, todo lo que fue silencio. También hay cosas que, investigando, no puedo resolver. Pasó mucho tiempo, mucha gente se murió, no habló, no llegó a ser juzgada o lo que sea. Por ejemplo, no sé cuánta de la gente que estaba enterada de la existencia del hogar o que participaba desde la parroquia estaba enterada de los maltratos y de la procedencia de algunos de los chicos. Yo pude hablar con muy poquita gente que estuvo involucrada en la Casa Belén y que después se distanció. No tuve mucha posibilidad de hablar con gente que sigue convencida que esa era una buena iniciativa. 

A través del arte, María Ramírez pudo contar su historia. En esta obra retrata cómo fue el operativo en el que acribillaron a su madre.

– El libro tiene un ritmo potentísimo planteado a partir de fragmentos breves, que a veces tienen una página o menos. ¿Por qué decidiste narrar de esa manera?

– Por un lado, me parecía que hay muchos elementos que tienen una carga de violencia tan enorme que hay poco que se pueda decir. Cada vez que intentaba seguir diciendo algo, seguir explicando, era imposible. Y una noche que le estaba dando vuelta a esto leí un libro de Kim Thúy donde cuenta la historia del asilo de su familia en Canadá. Lo hace a través de fragmentos y me pareció que ese era un modo posible. Después de leerlo me pasó que empecé a despojar mis textos, a pensar que la historia de María y su familia tiene una potencia y no quería que sonara a sermón lo que yo escribiera. De verdad creo que realmente hay veces que no te queda nada por decir y está bien eso también. Porque, además, quien quiera saber más puede ver el juicio, están los videos subidos. Entendí que lo mío no iba por el lado del testimonio, que no era una denuncia sino que lo que tenía que hacer era simplemente hilvanar los datos de una historia y pensar en las consecuencias de esa historia

– A diferencia de otros libros que abordan episodios de la dictadura, acá te enfocás en una zona de la que en el último tiempo se empezó a hablar más: las víctimas infantiles del terrorismo de Estado, a partir de preguntas que hacés sobre, por ejemplo, los pañales, la comida, la ropa o el sueño de los chicos.

– Sí, incluso en los juicios, o en las grandes causas, las preguntas alrededor de los niños están como invisibilizadas. Yo leí muchísima literatura de hijos e hijas de desaparecidos. Quise tratar de entender cómo se cuentan algunas de esas historias. Puedo mencionar las de Mónica Zwaig, Raquel Robles, Josefina Giglio, Mariana Pérez, Félix Bruzzone o Ernesto Semán. Me gustaba pensar cómo aparece la voz infantil en los grandes relatos sobre la dictadura. A la vez también hay un grupo de investigadores que están pensando la infancia en este sentido, entre ellas Isabella Cosse, Noelia Lynch o Valeria Llobet. Es decir, hay un grupo cada vez más grande de gente que está pensando la infancia en esos contextos. Todo eso está detrás de este libro y creo que en los próximos años va a haber mucho más. En el caso de la familia Ramírez, ellos están más que satisfechos con el hecho de que la sentencia del juicio, que fue recién en 2023, ratificara que lo que vivieron fueron delitos de lesa humanidad y no que quedaran como víctimas aparte o como hijos de víctimas. Ellos fueron víctimas del terrorismo de Estado y, más allá de que a esa altura es poco lo que se puede hacer en términos de reparación, para ellos fue fundamental por un lado tener el derecho a declarar y, por otro lado, contar su historia para tener ese reconocimiento de parte del sistema judicial y del Estado. 

Una de las pocas fotografías de los hermanos Ramírez durante su infancia, antes de ser enviados al Hogar Casa de Belén..

– ¿La familia sigue en Suecia, tanto María como sus hermanos y el padre?

– Sí, están todos en Suecia. El papá y los hermanos siguen viviendo en Växjö , la ciudad donde llegó el padre cuando recibió el asilo. María está con su marido y su hijo en Malmö, de ahí el título del libro. Mariano es maestro y Carlos es chef. Todos tienen familias, tienen hijos y siguen muy en contacto. Se reúnen a menudo. De hecho María me contaba que cuando se terminaba el juicio tuvieron entre todos una conversación para pensar qué contarles a los chicos porque ellos iban a viajar. Los chicos tienen diferentes edades y querían pensar juntos cómo abordar esto. 

– ¿Por qué te parece importante seguir contando este tipo de historias a 50 años del comienzo de la dictadura y en estos tiempos tan hostiles?

– Me parece que a lo largo de los años hubo diferentes momentos en los que se pudieron escuchar diferentes relatos, diferentes historias. Ahora me parece que es tiempo de seguir buscando y contando. Tenemos la responsabilidad de seguir contando las historias de las víctimas infantiles de la dictadura y también la de seguir escuchando a los sobrevivientes. Por mi trabajo he visto de primera mano lo importantes que son los juicios en términos de reparación, tanto a nivel de las personas que participan como de la comunidad en general. Esto no lo podemos perder, esto lo tenemos que seguir pensando. También creo que es importante porque estamos empezando a escuchar historias diferentes o no muy transitadas de la dictadura. Por ejemplo, estamos escuchando muchas más historias de disidencias sexuales, muchas más historias de violencia sexual y están apareciendo las historias de los niños y las niñas. Me parece que si hay algo que hemos hecho bien como sociedad es no darle la espalda a estas historias que son muy dolorosas, pero que necesitamos seguir escuchando. 

AL

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