Lecturas

Las metáforas del periodismo

Las metáforas del periodismo

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Introducción

No hace tanto, en un curso de posgrado de periodismo narrativo, se me ocurrió leer las crónicas literarias del programa en clave estilística, para lo que invité a los estudiantes a identificar las figuras retóricas que agraciaban los textos clásicos. La primera sorpresa fue que la mayoría, todos periodistas graduados interesados en enriquecer su escritura, no sabían de qué se trataba. Aun bajando la expectativa a los tropos básicos, esos que incluyen los primeros niveles escolares, no lograban reconocerlos. Hasta que una muchacha, licenciada en Comunicación y periodista multifunción, expresó abiertamente su fastidio con el ejercicio. Ella había venido a estudiar periodismo y consideraba que demorarse en los vericuetos gramaticales era una pérdida de tiempo. Para darle fuerza a su argumento y disuadirme de mi método pedagógico dijo, buscando el apoyo de la clase: “Si nadie habla en metáforas, ¿no cierto?”. Me quería matar. Metafóricamente, claro.

La anécdota me dejó pensando. Primero, porque había dado por sentado que estudiantes de un curso de periodismo narrativo tendrían ciertas inquietudes lingüísticas y que identificarían un tropo tan incorporado al habla cotidiana como la metáfora. Que además el periodismo actual usa hasta el hartazgo. Quizás ahí estaba la respuesta y le pasaba a la estudiante lo que a aquel personaje de Molière que no sabía que hablaba en prosa. Quizás el periodismo no supiera que siempre se había servido de las metáforas. 

Todo nuestro sistema conceptual ordinario es de naturaleza metafórica, y ese sistema de conceptos es el que organiza las realidades cotidianas, como explicaron George Lakoff y Mark Johnson en Metáforas de la vida cotidiana (1980). Los investigadores proponen estudiar las expresiones lingüísticas para comprender la naturaleza metafórica de nuestras actividades. Por caso, cada vez que alguien dice que las noticias deben reflejar la realidad está usando la metáfora del espejo, por la cual una noticia debería devolver con precisión aquello que muestra. El símil alude a la precisión que se espera del periodismo, pero conlleva conceptualmente la idea de una imagen plana e invertida con relación a aquello que refleja.

El sistema conceptual humano organiza las realidades cotidianas a través de conceptos de naturaleza metafórica, y su análisis permite comprender la lectura social de las actividades: en este caso, el periodismo. La metáfora del espejo, que remite a la identidad entre la noticia y aquello que relata, plantea a su vez cuestiones epistemológicas en cuanto a cómo una persona puede reflejar con fidelidad un real que no será el mismo para diferentes observadores, como explicó hasta su obra final Eliseo Verón. Sin embargo, los semiólogos que se ufanan de la polisemia de los textos son los que más insisten en la metáfora del espejo cuando transmiten a sus aprendices de análisis crítico del discurso la frustración que les genera cualquier noticia que no refleje su perspectiva. Ahora bien, decir que el periodismo es un reflejo de lo que pasa, primero, no obliga al periodismo a reflejar, y sin embargo lo pone en falta cuando alguien entiende que no lo hace. En segundo lugar, usar la palabra no va a hacer que el periodismo empiece a orientarse al reflejo. En este sentido, el nominalismo mágico está muy instalado en cierto sector que cree que morfemas y palabras terminan cambiando la realidad y que por ende deberíamos hablar de “periodisto” y “periodista”. Con esta palabra no hubo mayores reivindicaciones reformistas como con “presidente” o “sujeto” por parte de quienes entienden que el primer paso para lograr el reconocimiento femenino es hablar de “presidenta” y “sujeta”. La de periodista es una profesión que siempre tuvo el morfema femenino. A falta de investigaciones que expliquen por qué una palabra con declinación femenina de origen no garantizó una mayor participación de mujeres en el sector, sirve apenas de ejemplo de cómo las modificaciones en el significante solo cambian el signo, aunque no necesariamente el significado. Con el perdón de Saussure, que por estas minucias no logra descansar en paz. Ni el objetivismo empirista ni la imposibilidad comunicativa del subjetivismo extremo explican la complejidad de la comunicación que necesita. Lakoff y Johnson proponen una síntesis “experiencialista” entre el estado de las cosas y el sistema conceptual que se aleja tanto de la pretensión de verdad absoluta de una metáfora como de la imaginación ilimitada para decodificarla. 

La naturaleza metafórica del periodismo se pone en evidencia en el lenguaje cotidiano. Cuando mandatarios acusan “Clarín miente”, “El Universo miente”, “A Folha mente” o “NBC NEWS is wrong”, consideran al medio, por metonimia, intercambiable con el periodista que escribió la mentira señalada. Por una operación similar, pero en sentido inverso, el periodista es sinécdoque del sistema cuando las amenazas que recibe se consideran amenazas a la prensa, es decir, a todos los medios, si no es a la libertad de expresión de la sociedad. Muchos medios usan esa operación metonímica de designar el todo por la parte, como cuando se llaman El Territorio, La Provincia, El País, o dejan cualquier vestigio de modestia para llamarse El Mundo (O Globo, Le Monde, Die Welt). Algunos van más lejos todavía y llegan a postularse como The Sun, La Estrella, El Universo. A las metonimias espaciales se agregan las que intentan condensar el tiempo en las noticias diarias: El Tiempo, o Los Tiempos (The Times, Die Zeit), Época. O más acotados: El Día, Jornada, Hoy (USA Today), La Mañana, Presente. Más allá del tiempo y el espacio, se erigen como la institución y se llaman Democracia, La República, La Nación. O su transformación, y se proponen como Reforma o Libération. Con más modestia, pero no por eso menos metáfora, hay medios que se definen por una pequeña parte, como el soporte: Página/12, Gazzetta, La Hoja (The Blade, Handelsblatt). O la tecnología: El Telégrafo, El Correo (Corriere), La Prensa, Post-Dispatch, The Courier, Journal, Daily Express, Mic. Los menos se llaman como sus lectores: Gente (People), El Ciudadano. En fin, para no andar con chiquitas, también son L’Humanité.

Estas operaciones cristalizadas desde el inicio de la prensa moderna en las marcas comerciales confirman la multiplicidad de funciones de la actividad periodística. Cada aspecto ha sido investigado desde una especialidad distinta. Muchas veces el estudio del periodismo se reduce a las noticias que elabora (como plantea el análisis de discurso); a los instrumentos (entendiendo que la capacitación digital es la solución a la crisis profesional); a los medios (que, aunque sean entidades jurídicas de mayor envergadura que la de un simple periodista, se mentan como equivalentes en los discursos de analistas y políticos). 

Tradicionalmente, prensa y periodismo fueron considerados equivalentes. Hoy ya nadie cuestiona la equivalencia fáctica con la imprenta porque se acepta desde la equivalencia metafórica y simbólica de la expresión. “Prensa”, como metonimia de la actividad periodística, viene del dispositivo técnico con que se imprimían los panfletos y periódicos, antecedentes de las publicaciones periódicas que en el siglo XIX consolidaron la democratización de la esfera pública. La prensa era la actividad de imprenteros encargados de difundir información, notificaciones oficiales, rumores y otros tipos de contenidos. En el siglo XIX aparecieron los primeros impresos que se ocupaban más de las novedades ultramarinas de que de las eventualidades locales, y más de panfletos políticos que de noticias de actualidad. Esos primeros periódicos debían sus medios de vida y lealtades a los patronazgos políticos que publicaban su opinión partidista en las páginas que financiaban. Hacia 1830 comenzaron a contratar escritores para recopilar noticias, en lugar de esperar a que llegaran al medio. Recién a fines del siglo XIX, cuando los periódicos citadinos se hicieron más prósperos y poderosos, algunos de estos medios comenzaron su emancipación política, que derivó en la profesionalización del periodismo en los tiempos de entreguerra.

Las normas profesionales de objetividad y balance periodístico surgieron como contrapeso de la propaganda y las relaciones públicas en tiempos de la Primera Guerra Mundial. El consenso de investigadores como Michael Schudson, Herbert Gans y Silvio Waisbord ubica el momento en que el oficio deviene profesión en esa época, de la mano de ideólogos como Walter Lippmann y Joseph Pulitzer, aunque por diversos caminos, como se repasará en diferentes capítulos. Las tecnologías de impresión y distribución de información del siglo XX sostuvieron estas normas profesionales para consolidar la confianza pública y credibilidad frente al peso que fueron ganando las relaciones públicas y la propaganda política en la producción de información durante la posguerra. Las tecnologías fueron desmaterializando los medios gráficos sucesivamente, primero en audio, luego en imagen y después en bits. En el siglo XXI, el periodismo dejó de tener el monopolio de la producción y circulación de la información y la prensa, y ya no es el único actor social con el privilegio de los comentarios y la opinión. En una época en que la crisis más profunda la padecen los medios de papel, el significante “prensa” se aleja más de aquella idea original.

El periodismo como actividad encargada de la producción de información social desde diversidad de prácticas y modelos está cambiando en la medida en que deja de ser un producto exclusivo de los medios para desarrollarse en plataformas, redes sociales y demás soportes digitales. Sin la cohesión que le daban los medios y las redacciones, el periodismo empieza a confrontar con otros actores y nuevas prácticas que también aportan información.

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