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Miramos series para entender los memes

Memes

Le pregunté a una amiga mejicana por qué veía El juego del calamar si le parecía tan violenta. Ella rápido me respondió “para poder entender los memes”. Y me cayó en 20 como dicen por allá. La especie cultural más popular es el meme; es el que circula más y mejor en la instantaneidad digital. Y comprobé que un meme es más, mucho más que un chiste o una ironía o un comentario, es el saber “ilustrado” de nuestro tiempo. Y ese saber está hecho de series y referentes pop. Por eso, como dice ella, para entender los memes debemos ver las series tendencia. Y, entonces, ¿qué son las series?

Las series fueron nuestra dulce compañía en la pandemia; vimos tantas que agotamos su magia. Ya no son lo raro, hacen parte del espectáculo de nuestra vida cotidiana y se convirtieron en rutina. Las series son LA experiencia cultura pop mundializada para un espectador global que “siente” que ser coolto es saber de series, cinismo e hiperironía. Una especie cultural donde importa, como insinúan Alessandro Baricco y Jorge Carrión, el primer capítulo y la primera temporada, lo demás viene como añadido: placer expandido. 

Las series son ese fenómeno que nos dice que no hay que ser culto (saber de artes, humanidades y filosofía) sino cooltos (expertos en series, redes y modas pop) y habitantes de la coolture que busca la profundidad en la secuencia link, el navegar y perdernos; la complejidad en lo simple y pragmático; la vida en habitar la fiesta y estar bien entretenidos.

Un tris atrás, en 1990, dicen, que nacieron las series con Twin Peaks de David Lynch. Todo un culto. Pero la era de las series nace en 1999 cuando se creó el virus con Los Soprano, ese mafioso que iba a la analista para intentar lavar su sangre cotidiana, y después vinieron las que ya obras de coolto: The wire (2002), Lost (2004), Mad Men (2007), Breaking Bad (2008) y Game of Thrones (2011). Y así nacen las series como el producto cultural que marca nuestras vidas en el siglo XXI. Una especie audiovisual que no es cine, ni tv, ni video sino la experiencia de vanguardia del entretenimiento.

Las series, a su vez, son un artefacto narrativo que define nuestro estilo de vida y pone en juego nuestro capital cultural; por eso son la opinión pública de nuestro tiempo global. Esto significa que para saber de qué conversamos y cómo venimos siendo hay que ir a las series y no a los noticieros de televisión ni a las informaciones de prensa y radio. O la paradoja de que pasa más “realidad” por la ficción que por los hechos contados.  Y llegó la mejor serie de todas: Covid 19, y ahí develamos que nuestro mundo es ciencia/ficción, amor/sexo, dios/pecado, mujeres/poder.

 Ciencia/ficción

Los dueños de nuestros tiempos y destinos quieren pasar la página de estos dos años y borrarlos de la historia universal. Ya viven en el 2022. Todo seguirá igual, o parece peor. Nada ha pasado: un pequeño choque del capitalismo, nada más. Bueno, si pasó algo triunfó lo tecnológico. Los vende humo nos prometieron una vida en cuadritos y desde casa, y se imaginaron un mundo feliz sin derechos laborales, sin jornadas de trabajo, con productividad al máximo, donde cada uno es un empresario, un emprendedor, un innovador: un esclavo del sí mismo. Y las series nos venían  contando en forma de ficción especulativa.

Sabemos que la ciencia ficción audiovisual ha sido mediocre prescribiendo futuros, la realidad la ha derrotado con las torres gemelas de 2001 y el virus 2020. Pero sigue insistiendo con Devs (HBO) que busca imaginarnos con base cuántica y el dilema del determinismo humano; en ella asistimos a un mundo raro por venir: obvio, distópico. Mucho más contundentes aparece la vieja Westworld (HBO) que nos documenta como habitamos un parque temático del yopitalismo que actualiza ese viejo mito gringo del viejo Oeste donde se valía matar indios. En la serie se mata androides; en la vida real se mata pobres. Y esa distopía que pone en escena El juego del calamar (Netflix) nos muestra al capitalismo como una trama de concurso reality pero matando la metáfora: matando de verdad. Para el retrato de lo que nos tocó en destino estaba Utopía (Amazon) que eleva al comic en oráculo (podría ser Google) que predecía las grandes desgracias de la humanidad: virus, atentados y guerras bacteriológicas. Verla es como si estuviéramos en vivo y en directo con la pandemia que nos habitó en esta época. Un espejo donde ver lo que nos pasaba.

 Hollywood en todos los casos llama a los superhéroes a salvar el mundo (o sea, a Estados Unidos). Y tenemos varias posibilidades en lo que vimos: asistir al analista viendo Freud (Netflix) en modo suspenso, ese género que gusta tanto a la industria, pero donde no logramos descubrir nuestros traumas. Entonces, podemos acudir a Lupin para hacer justicia poética vía el ladrón de cuento de hadas que busca vengar las injusticias burguesas. Tal vez sea mejor llamar a los superhéroes y aparece The Boys (Amazon) pero ahí nos damos cuenta que son gente como uno, y tal vez peores. Y esa ironía de vender superhéroes para hacer la seguridad en las ciudades es muy fascinante y se parece a los políticos que se definen como superhéroes.  

 Ya el sentido nos huye y no logramos creer que la ciencia ficción nos de respuestas a esta desazón que nos habita. Entonces, llegan las animaciones y logran rompernos la cabeza. The Midnight Gospel (Netflix) en clave de comedia nos cuenta de manera exuberante las paradojas irónicas de la vida. Viajes por un simulador de multiversos para mejorar espiritualmente y pensar la vida. Y la complementamos con la belleza de Love, death & robots (Netflix) que nos lleva a respuestas alucinantes, raras, filosóficas y cortas. Una propuesta para pensar en viajes, preguntas; el mundo. Y Primal (HBO) la belleza de comprender lo no humano. Relatos en modo animación para estos tiempos terroríficos del Covid.

 Y ahí aparece la respuesta más real desde lo real-ficcional de lo tecnológico en Black Mirror (Netflix). La mejor serie que nos cuenta, nos espejea, nos devela. La tecnología salva el mundo según Zuckerberg, Bezos, Jobs, Gates y demás inventores del futuro de plataformas. Esta serie nos recuerda que habitamos una distopía que vende nuestra sangre digital para que seamos vigilados, controlados y vendidos. Mientras nos divertimos y creemos centro de la escena, crece nuestra adicción y la adoración al oráculo algoritmo que nos hace creer que todos creen lo mismo que uno cree. Ese es el otro lado de la pantalla: el control de nuestros sueños, cuerpos e intimidades. Especial para develar esta época en que la utopía fue agarrarnos a la tecnología. ¡Paranoia muy real!  

Sexo/amor

 Y si fue el amor o el sexo o ambos el gran mantra de esta Cosa 2020-2021. Tal vez porque el amor (¿o será el sexo?) es la gran obsesión del capitalismo siglo XXI.  Y para eso hay cada vez más fórmulas digitales, más series de televisión y más consumo sexo-tecnológico. Lo cierto es que el capitalismo de plataformas nos vende que quien no consigue amor/sexo es un perdedor y que eso tiene una solución tecnológica: Tinder es la más famosa, pero también están Grindr, Meetic, Lovoo, Happn, Match.com, OKCupid, Badoo, Tindog… Estas aplicaciones fueron el amor seguro en pandemia, y ahora hay hasta citas de vacunados.

 The one (Netflix) es una serie inglesa que plantea un gran negocio de “emparejar” pero basado en el algoritmo humano llamado ADN.  Una rápida prueba de ADN permite encontrar la pareja perfecta, para la que estás creado genéticamente. Plantea que el gen de uno, solo lo tiene otra persona: esa obsesión de tener a uno, the one. Pero no todo es tan fácil porque el amor, el deseo, el sexo, la pareja y el ADN son capitalismo puro y duro: y ante billete, el amor y el deseo pasan a segundo plano. Si esa solución no le gustó por qué no intentar Soul mates (Amazon) que va al futuro cuando la ciencia ha creado una prueba que te dice de manera inequívoca quién es tu alma gemela. Otra vez la venta y el consumo del sexoamor.

 El enigma se resuelve con Hang the DJ (Black Mirror, Temporada 4, capítulo 4). Se llama así porque es como si fuera una play list de Spotify que recomienda la lista de parejas posibles. Cuenta a un programa de citas que pone fecha de caducidad a las relaciones. El televidente, esos mirones morbosos que somos, podemos ver en una línea de tiempo lo que siempre nos obsesiona: las personas que pasan por la cama de una persona. Lo jugoso está en que los “match” vienen con fecha de caducidad. Puede que uno la esté pasando bien, que todo fluya del sexo a la cabeza y la pereza, pero aún así hay fecha de caducidad. El algoritmo no tiene sentimientos. Los protagonistas comienzan a dudar del juego.

 Estas series iluminan la distopía digital del amor/sexo como los grandes negocios. Somos nosotros a quienes venden, son nuestros deseos lo que consumimos. Y plantean la pregunta necesaria: ¿No será que la lógica del sistema capitalista y digital, ese de amor caducidad, es el problema? ¿Qué pasaría si fueran efectivas las plataformas del amor? Que todos encontraríamos el amor y fracasarían como negocio porque una vez el amor/sexo, ya para qué usarlas. Entonces, la idea de estas plataformas es hacerte creer en esa ilusión, pero no solucionarla. El negocio somos nosotros: nuestro deseo del amor.

 Y como el amor y el sexo no pueden ser algorítmicos, hay que disfrutar a la delirante de Valeria (Netflix) que recrea el Sex and the city en Madrid y pone de modo colorido a la sexualidad femenina en el centro de la discusión. Mejor y con un humor juguetón está  Amor y anarquía (Netflix) entre guapa adulta y joven promesa. O tal vez ir a Deuce (HBO) y ver cómo se inventaron la industria del porno en la capital de mundo o Hard (HBO) que nos hace reír en modo brasileño del porno. Mejor ver Sex Education (Netflix) que de manera simple e incómoda nos muestra cómo es atravesar la adolescencia y juventud sin perder la dignidad cuando de sexo se trata. Se aprende con el joven y se sonríe con la madre.

Dios/creer

 En tiempos del Covid, dios nos salió a deber: nos abandonó. No lo necesitamos, nos tocó reconocer que somos los humanos los que debemos salvarnos. Y vimos Unorthodox (Netflix) que nos mostró el lado jurásico de la fe fundamentalista y extremista religiosa: ese modo de mantenernos en la ingenuidad y el seguir las reglas de los machos. Asistimos a la perplejidad ante esas vidas prisioneras de las religiones. La otra solución es huir en el Mesías (Netflix) o ese nuevo Jesús que llega al mundo árabe y viaja por el capitalismo terrorista haciendo milagros como luchar contra el capitalismo, la vecindad a Israel, la riqueza medida en odios, racismos y demás ismos. ¿Será que el Covid-19 es una plaga de Dios contra el capitalismo a lo gringo?

 Bueno, y como el asunto de la religión es la política, entonces, veamos El reino (Netflix), ese thriller argentino creado por Claudia Piñeiro y Marcelo Piñeyro, donde a través de un líder religioso vemos las seducciones y tensiones entre la política y la religión, esas luchas de poder para controlar a las masas. Lo mejor es estar en onda de Algo en que creer (Netflix) que nos cuenta nuestras dudas sobre la existencia de dios, o su existencia como un dios tiránico y poco empático, enigma aún más fascinante para los creyentes, peor si es para un pastor. Es el mejor reflejo de este tiempo que nos tocó en destino. ¿Dios existe? Y si existe, ¿se fue de paseo por dos años?

 

Mujeres/poder

 Y claro que en la pandemia las mujeres fueron las protagonistas en todo: en casa, en la filosofía, en la política, en la calle, en las series. La verdad es que había pocas mujeres protagonistas. Y es que cuando las mujeres se atreven a asumir el control de sus vidas aterrorizan a los machitos reales y de ficción. Por ejemplo, la señora Underwood, en House of Cards, es una bella, fría y poderosa que mete miedo por su enigmática contundencia; las mujeres de Orange is the new black son ingenuas, desubicadas y terroríficas; Carrie Mathison, Homeland, es una obsesa que deja su vida y amor por la misión; Weeds convierte a Nancy (Mary-Louise Parker) en una dealer de la maría que deambula por amores equivocados; la bella Wynona Ryder, Stranger Things, se convierte en un personaje ridículo ante la falta de un man. Pero las mujeres de ficción se liberaron.

 Gambito de dama (Netflix) fue absolutamente brillante al crear a un personaje enigmático, pero fashionista, usar a Fisher, el misógino del ajedrez como referente para el personaje femenino. Una serie maravillosa donde la mujer devela las mediocridades del macho. La actuación y pinta de Anya Taylor-Joy: contundente y convincente. En esa onda cool, gozamos The Crown (Netflix) que fue sobre reinas y su glamour. Ahí nos volvimos expertos en la Familia Real Británica y gozamos ante los laberintos y miserias de los aristócratas. Un agasajo para nosotros los plebeyos que podemos vislumbrar en esos mundos de ensueño. Y yendo a la vida glamurosa tenemos a Nicole Kidman en The Undoing (HBO) quien sale de su ingenuidad para sacar a relucir su fortaleza contra el cínico de su marido. O en modo telenovela fumar la maría con Verónica Castro, cantar baladas románticas y gozar con Paulina de la Mora en La casa de las flores (Netflix). O admirar a la primera ministra en  Borgen (Netflix) o ver la más real Years and years (Directv) que con la genial Emma Thompson nos cuenta lo que nos espera en la política: los inútiles, indolentes e incompetentes en el poder.

 Para la desazón están Alias Grace (Netflix) que nos muestra los modos perversos de la sociedad del bien que cuenta en literatura Margaret Atwood; las paranoicas, poderosas y con suspensos I may destroy you (HBO) y The Flight Attendant (HBO) que cuentan ese misterio que pasa cuando el día anterior la rumba se fue de conciencia y los recuerdos son apenas flashazos: y alguien llamado hombre abusó de ellas: puro realismo.   

 Pero la realidad manda y esa estuvo con Mare of Easttown (HBO) donde Kate Winslet expone el ser estrella para hacer un ser del común, lleno de incoherencias y en versión más cercana al nosotros: eso de que somos matices y grises. En modo comedia agria está Girls (HBO) que nos muestra como las mujeres ironizan sobre su estar en la vida atractiva. Y en modo admiración Maid (Netflix) que explora los modos como Mady supera las relaciones dañinas que la han habitado.   

 Pero hay una que es vieja y olvidada que es Godless (Netflix), un western con una visualidad apoteósica y una idea potente: imagina una sociedad de solo mujeres. Toda una posibilidad. Y gozar de la fascinación de mi heroína preferida por no ser perfecta sino llena de ambigüedades que es Jessica Jones (Netflix).

 Happy end

 Podría decir que sorprende que en toda américa latina Yo soy Betty la fea y Escobar, el patrón del mal siempre estén entre los primeros 10 programas vistos en Netflix. Quisiera decir  algo de Piky Blinders (ya es un clásico por su música y esa historia que nos cuenta como la mafia conquista la realeza); de la fascinante y maravillosa After Life que nos pone de frente a sobrevivir con sentido cuando el amor nos abandona; de Sucession que habla de eso de que los hijos de los ricos son incompetentes; de Visitantes que habla de gente de otra época que llega a este mundo y pone de moda su estilo de vida;  Euphoria con esa historia fascinante y alucinante de los jóvenes y las drogas; El cuento de la criada ese relato a lo Atwood acerca de la distopía y los cinismos de clase;  In Treatment ese homenaje a la fragilidad que nos habita; Undone para explorar entre lo real y lo ficcional jugando en modo animación adulta y comedia trágica; The Palace y The press para conocer a Lady Di; gozar con Lila Downs: el son de chile frito.   

 Y decir que devinimos series ya que cada uno habita un loop de sus series vistas. Y es que somos todas las series que vemos. Todas se mezclan y nos construyen un relato de nuestras vidas. Serie vista, delete y vamos con la nueva. Poco queda, o queda mucho: esa subjetividad espejeada.

 Lo más coolture está en que las series se “venden” como signo contracultural: consumo series, luego soy anti-tv y rebelde integrado. La contradicción es evidente: las series son todo un signo y ritual conservador, ya que son el modo que encontró el capitalismo para asimilar la crítica y convertirla en bien de consumo. Nos venden hasta la crítica del sistema y el consumo, genios del capital. Off, hasta la serie de mañana. Y veré si entiendo los memes.

Este artículo se publicó originalmente en la revista que elDiarioAR regala a sus socias y socios. Si querés recibir la próxima publicación, asociate y, así también, apoyas a este proyecto periodístico.

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