ANÁLISIS

Argentina juega, vuela y baila: la Selección como recompensa emocional

Con goles de Lionel Messi, Rodrigo De Paul y Lautaro Martínez, Argentina estiró su invicto a 24 partidos.

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La Selección -argentina y masculina- de fútbol nació en un partido contra Uruguay en 1902. Dos años antes de que fuera fundada la FIFA y 28 años antes de que ambos países definieran el primer Mundial, el partido inaugural de Argentina se jugó en el estadio del club Albion, en Montevideo, que tenía un importante desnivel hacia uno de los arcos. Nuestro capitán, Juan Anderson, ganó el sorteo y eligió jugar en contra de la cuesta en el primer tiempo, así Argentina tendría ventaja en el complemento, una estrategia que resultó efectiva porque la selección goleó 6-0 (2-0 al intervalo). Aún más curioso es que, casi 120 años después, Argentina pareció jugar contra Uruguay con el Monumental inclinado a su favor durante todo el partido. El equipo de Lionel Scaloni ganó 3-0 (también 2-0 en el entretiempo), pero podría haber repetido aquel 6-0 inaugural.

En un país que sufre, la Selección asoma como una recompensa emocional. Argentina no juega. Vuela. Baila. Y cuando no juega ni vuela ni baila, liga. Lionel Messi demostró que convierte goles hasta cuando no quiere: a los 38 minutos, de su pase largo a Nicolás González llegó, sin querer queriendo, el 1-0. Y seis después, Lautaro Martínez le erró al arco y terminó dejándole una inmejorable asistencia a Rodrigo De Paul, que marcó el 2-0. La devolución de gentilezas llegaría a los 17 del segundo tiempo: centro del mediocampista del Atlético de Madrid y pase a la red del delantero del Inter para el 3-0. Pudieron haber sido más, al punto que la figura uruguaya fue el arquero, Fernando Muslera.

Ya con un invicto de 24 partidos, Argentina le ganó a un rival directo por la clasificación al Mundial y llegó a los 22 puntos, con un colchón suficiente para creer que Qatar está mucho más cerca en la tabla de posiciones que en la geografía. La selección volverá a jugar el jueves en el Monumental, contra un Perú herido, que este domingo perdió frente a Bolivia en La Paz y quedó lejos hasta del quinto puesto, el del repechaje.

El partido fue a tono con un enfrentamiento que forma parte de la historia del fútbol americano, el segundo clásico más antiguo del mundo (sólo detrás de Escocia-Inglaterra) y bellamente calificado por Juan Sasturain como “la final de barrio más grande del mundo”. Pero esta vez, más que un clásico, pareció un amistoso desigual. Falta, es cierto, que Argentina juegue contra equipos europeos, pero hacía años que no generaba tanta química entre el hincha y la selección. “Comunión”, la calificó Messi después del partido.

Menos mal que “la Celeste” empezó defendiendo el arco que da a la calle Figueroa Alcorta: si Muslera y sus defensores hubieran protegido el arco del Río de la Plata, tal vez se hubieran caído al agua. El primer tiempo terminó con el 74% de posesión de pelota para Argentina, el reflejo de un espíritu ganador y una actitud que nació en la Copa América de Brasil.

Pueden cambiar algunos nombres, que salga Ángel Di María o que ingrese Nicolás Tagliafico (como este domingo), pero Lionel Scaloni armó una selección que, de tan aceitada, parece un equipo, como si estos muchachos se entrenaran juntos en la semana. Elegancia en Leandro Paredes, dinámica en Giovani Lo Celso, fiereza en Cristian Romero, cerrojo en Emiliano Martínez, gol en Lautaro Martínez, conducción en De Paul y, claro, superioridad y liderazgo en Messi. Tan en racha está la selección, tan en onda verde, que hasta los dioses del fútbol le conceden -cuando hace falta- un guiño de la fortuna.

Al final de la noche quedó lejos pero es justo recordar que, con el partido 0-0, en las únicas dos jugadas en las que Uruguay salió de la ratonera, Luis Suárez tuvo dos situaciones tan claras que difícilmente no vuelvan a terminar en gol. Es más, es posible que en algún resumen de YouTube sean gol. Una fue evitada con una reacción felinesca de Dibu Martínez, el arquero que necesitó menos partidos para adueñarse del puesto, y otra se estrelló en un palo milagroso.

Pero es tan cierto que Uruguay estuvo a punto de ponerse en ventaja como que Argentina -para decirlo con el léxico del Dibu Martínez- se comió a Uruguay. Lo arrolló, lo minimizó. Y no es fácil reducir a un equipo del Maestro Tabárez. Es difícil encontrar, al menos en los tiempos modernos, una superioridad tan evidente de Argentina en el clásico del Río de la Plata. La selección fue solidez, ambición, concentración, solidaridad y efectividad.

Lo que más le costó a Argentina fue encontrar el primer gol, incluida una situación en la que Lo Celso no definió contra el arco vacío. Es cierto que Nicolás De la Cruz llegó a tocar el remate del rosarino, pero parecía de esas jugadas en las que sólo Uruguay podía evitar el gol, la habitual heroica resistencia celeste frente al pelotón de fusilamiento. Pero después del 1-0, y con el 2-0 tan cercano, el partido dejó de ser Argentina contra Uruguay y se convirtió en Argentina contra Muslera.

Si el primer tiempo había sido muy bueno, el segundo fue incluso mejor. En Uruguay entró Edinson Cavani, pero la superioridad argentina (por funcionamiento y rendimiento colectivo) se hizo incluso mayor. La gente cantó “dale campeón”, entró Di María para afianzar su vínculo con el público y Scaloni hizo los cambios necesarios para pensar en el partido contra Perú. Tantas veces putrefacto, tantas veces con olor a podrido, el fútbol argentino también tiene motivos para brindar: esta selección.

AB/MGF

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