Breve historia de futbolistas y elecciones: de “Maradona busca por quién votar” a “¿Está mal que los deportistas hagan campaña?”

Maradona en el balcón de la Casa Rosada durante una visita a Alberto Fernández

Para el fútbol, un domingo sin partidos parecen días vacíos, perdidos, salvo que sean para votar. Una breve historia de los deportistas argentinos y su participación en las elecciones desde 1983 debería comenzar con la efervescencia pero también el desconocimiento que generaba una práctica democrática no ejercida desde 1973. Por ejemplo Hugo Porta, ya considerado el mejor rugbier del país, admitía su desnorte en los días previos al regreso a las urnas. 

-Soy un joven apolítico, sin instrucción democrática, desorientado. Todo lo que sé de rugby lo ignoro de política, dijo el capitán de Los Pumas que, ya con 32 años, no era uno de los cinco millones de argentinos que elegían representantes por primera vez.

-¿Pero le tiene fe a la democracia?, le preguntaron en radio Mitre.

- No sé, la gente dice que es muy buena, yo no la conozco. Mejor que esto tiene que ser. Bah, no sé.

La doble paradoja es que Porta votó a Raúl Alfonsín, el candidato de la Unión Cívica Radical (UCR), y más tarde inició una larga carrera diplomática y política para el gobierno peronista de Carlos Menem: sería embajador en Sudáfrica de 1991 a 1995 y secretario de Deportes de 1996 a 1999. Pero más allá de la metamorfosis del rugbier -en definitiva siempre hubo ídolos que pasaron del campo de juego a los despachos-, sus declaraciones también muestran cómo los deportistas hablaban en 1983 con gran apertura sobre sus simpatías y desinformaciones. En tiempos efervescentes, con el único enemigo ya en retirada, había ganas de expresarse, incluso a riesgo de generar entrecomillados que hoy provocarían polémicas. Casi 40 años después, nuestros atletas se muestran mucho más recelosos de exponer sus opiniones políticas.

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Sin redes sociales, los deportistas interactuaban naturalmente con los medios. Pocas semanas antes de las elecciones del 30 de octubre de 1983, las primeras después de la dictadura, la revista El Gráfico y radio Mitre encuestaron a los futbolistas de Primera División bajo una pregunta clara: “¿A quién van a votar?”. Alejandro Sabella, que entones tenía 29 años y la rompía en el Estudiantes bicampeón 82/83, mostró una simpatía con mirada propia por el Justicialismo: “La fórmula Ítalo Luder-Ángel Robledo (finalmente el candidato a vicepresidente fue Deolindo Bittel) sería muy aceptable. Con la muerte de Perón debe acabarse esa verticalidad a ultranza. Pero si no me gustase el candidato del peronismo, votaré al Partido Intransigente porque Oscar Alende es un hombre coherente”. 

Si alguien simplifica algún día “se vota como se juega” la continuidad del teorema “se vive como se juega”, tal vez utilice el caso de Héctor Cúper, entonces defensor de Ferro y actual técnico de la República Democrática del Congo. Marcador central y luego entrenador metódico y cauteloso, Cúper dijo en relación al candidato de la UceDé: “Votaré por Álvaro Alsogaray: me gusta cómo va a encarar el problema económico”. De la cobertura deportiva que El Gráfico le dio a aquel primer domingo de elecciones en diez años, sobresale una foto de Ubaldo Fillol, entonces arquero de la selección y Argentinos Juniors, como autoridad de mesa. El campeón del mundo en 1978 fiscaliza el DNI de un votante mientras de fondo se distingue a Aníbal Fernández, que parece acercar la urna. Ocurrió en la escuela 19 de Quilmes, la patria chica de ambos. “Estoy feliz por aportar como ciudadano”, dijo Fillol.

Ese desconcierto público admitido por Porta y otros deportistas incluía a Diego Maradona, que en un mismo día de 1983, antes de las elecciones, aprovechó una visita desde Barcelona para ver a cuatro candidatos presidenciales: Alfonsín, Rogelio Frigerio (del Mid, el Movimiento de Integración y Desarrollo) y los dos precandidatos originales del Justicialismo, Luder y Antonio Cafiero. “Inusual serie de visitas: Maradona busca por quién votar”, tituló Tiempo Argentino, según un hallazgo de la cuenta de Twitter @Diego10Querido.

Pero apenas cuatro años después, tras las legislativas de 1987 (entonces los mandatos presidenciales duraban seis años), que los deportistas dijeran públicamente su voto comenzó a implicar cierto costo en las tribunas y en los medios. El Gráfico publicó una encuesta al respecto. Seguido del título “¿Está mal que los deportistas hagan campaña política?”, un texto introductorio explicaba: “En las últimas elecciones se vio a muchos deportistas apoyando a distintos partidos. El hecho generó discusiones y polémicas. Por eso esta pregunta”. El tema, en verdad, respondía a que Hugo Gatti había declarado su voto a favor del radicalismo y la barra brava de Boca, respondiendo a sus acuerdos (en un fenómeno que venía de 1983, candidatos políticos contratando a los violentos) colgó banderas en contra del arquero. “Gatti hincha del Austral”, escribieron los barras en referencia al fallido plan económico del alfonsinismo.

La respuesta más sorprendente de esa encuesta, pero a la vez una continuidad de aquella visita a candidatos opuestos, fue la de Maradona. Ya campeón del mundo desde el año anterior, el entonces jugador del Nápoli respondió en septiembre de 1987: “Yo no me prestaría. A mí la gente me quiere porque hago una gambeta o juego bien al fútbol. Ese cariño, entonces, no lo puedo aprovechar para engañar a la gente. Digo así porque todo podría terminar en un engaño. Para evitar esa situación prefiero no participar en campañas políticas”.

Otros deportistas estaban a favor de hacer campaña. También ya campeón del mundo, Jorge Valdano dijo: “No está mal para nada. Un jugador es un hombre, un hombre es un ciudadano y un ciudadano tiene ideas políticas. No veo el impedimento para prestarse a una campaña política”. León Najnudel, gloria del básquet argentino y entonces entrenador de Sport Club de Cañada de Gómez, fue por una línea parecida: “El ser humano es indivisible y el deportista es un ciudadano como todos. Debemos aprender a ser libres. Si un deportista tiene una simpatía política y quiere expresarla, puede hacerlo”. Mientras tanto, el mito de Independiente, Ricardo Bochini, seguía mostrándose a favor del radicalismo (“seguiré votando por Alfonsín, aunque sean elecciones legislativas”), y Sergio Batista, mediocampista de Argentinos Juniors y otro campeón del mundo en 1986, anunciaba: “Voy por el Justicialismo porque hay que ayudar a los más pobres”.

Cuando Carlos Menem ya estaba en el poder, y la Quinta de Olivos parecía haber reconvertido en un polideportivo (el presidente recibía a Pelé, peloteaba al tenis con Gabriela Sabatini, se ponía las camisetas de San Lorenzo, Banfield o incluso Boca para armar picaditos, jugaba con la selección de fútbol en Vélez o la de básquet en el Luna Park, y concurría al autódromo para ver la Fórmula 1), Maradona ya había dejado atrás su línea apolítica. En mayo de 1995, el ídolo fue uno de los tantos futbolistas que apoyaron la reelección del presidente que más se pareció a un deportista.

Figuras de Boca y River, como Carlos Navarro Montoya y Sergio Berti, se sumaron a producciones fotográficas junto al riojano. “¿Por qué Menem? En estos seis años hizo cosas que me llenaron de confianza. Y lo que prometió, lo cumplió. Eso ya es mucho”, dijo Berti, mientras el arquero de Boca daba un nuevo giro en la matriz: apoyar nombres propios en vez de fuerzas colectivas. “No me identifico con un partido político, me identifico con Menem. Su modelo económico le permitió a la Argentina dar los primeros pasos para sacar el país adelante”, dijo el entonces arquero de Boca, una semana antes de la reelección.

En simultáneo, ya era un tiempo en el que las encuestas que los medios realizaban entre los planteles dejaban de ser personalizadas. Los votos pasaban a emitirse de manera secreta, sin individualizar las preferencias, y sólo se informaban los resultados de los clubes y las categorías. El 50% de los futbolistas de Primera División y el 60% del Nacional B dijeron votar a Menem en 1995, muy por encima de José Bordón (Frepaso) y Horacio Massaccesi (UCR).

Esa modalidad periodística también dejaría de realizarse al poco tiempo, ya sea porque la efervescencia del regreso a la democracia empezaba a quedar algo lejana o porque la apatía ganaba terreno a finales de los 90. Las conveniencias de los sponsors por figuras sin ideología, la poca tolerancia de los hinchas de los clubes, la irrupción de las redes sociales -tan horizontales pero también tan escupidoras de lava- y una sociedad maniquea terminaron de moldear el nuevo escenario, en el que resulta difícil conocer cómo piensan políticamente la mayoría de los deportistas, cada vez más cómodos en el silencio o las frases sin mayor compromiso.

Algunos apoyos son implícitos, como el de Javier Mascherano a Mauricio Macri: el 7 de octubre de 2015, tres semanas antes de las elecciones presidenciales, el entonces capitán de la selección lideró junto al candidato del PRO una charla pública en la que habló de liderazgo y unidad. “Hay que aprender a trabajar en equipo, a entender que, si no tiramos todos para el mismo lado, es difícil tener éxito. Esto sirve para el fútbol pero también para la vida”, dijo Mascherano.

Así como Carlos Tevez suele ser más explícito en su respaldo al expresidente, un grupo de futbolistas firmaron una solicitada en 2019 a favor del candidato del Frente de Todos, Alberto Fernández. Sin embargo, salvo el arquero Nahuel Guzmán, Juan Cruz Komar, Macarena Sánchez y otros pocos casos, la gran mayoría eran de categorías del ascenso: las figuras de los equipos grandes se sumergieron en un silencio que ya es habitual, a contramano de las ganas de compartir simpatías y hasta desconocimientos que brotaba en 1983. El camino inverso al que tomó Maradona, tan comedido entonces, tan decidido al final.

AB/CB

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