CRÓNICA DE UNA NOCHE HISTÓRICA

A sangre fría: Messi en Kansas

Kansas City, Estados Unidos —
17 de junio de 2026 14:42 h

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Hace 60 años, Truman Capote, un genio de baja estatura y talento desbordante, publicaba A sangre fría, obra canónica cuya trama aborda un escalofriante asesinato de una familia en Kansas. El libro, cuyo éxito abrumaría al autor, marcó un antes y un después en la historia de la literatura, convirtiéndose en la pieza capital de lo que a partir de entonces se llamaría Nuevo Periodismo

Anoche, a pocos kilómetros del lugar en el que ocurrió aquel crimen, Lionel Messi, otro genio de baja estatura, también hizo historia. No hubo sangre pero sí disparos. También hubo lágrimas y una sensación de goce generalizado, producto de un hombre que ha hecho del asombro una experiencia cotidiana y, al parecer, infinita. No, no hay gloria o condición alguna que abrume al jugador argentino, dispuesto a demostrar que la celebridad unánime o los picos alcanzados no son motivo para bajar la intensidad de su apetito. 

Los tres goles de ayer –que pudieron ser cuatro o cinco– ante Argelia colocan al crack del Inter de Miami en una dimensión que supera lo racional. Al borde de los 39 años, jugando en una liga de segundo o tercer orden, el rosarino volvió a refutar a la física y a conmover a la opinión pública en la mayor cita planetaria. Ahora es, junto al alemán Klose, el máximo goleador de la historia de los torneos. Sus Mundiales ya son como la saga de Harry Potter: no se saben cuántos pueden ser, no se sabe cuál de todos es el mejor.

Hubo más de 20 mil argentinos anoche en Kansas, pero otro tanto de estadounidenses y de otros países que igualmente parecían argentinos, que vestían la camiseta del 10 y llegaron hasta aquí atraídos por su magnetismo. Se retiraron del estadio extasiados, en estado de trance hipnótico: habían presenciado algo único. La leyenda dice que cuando Georg Friedrich Wilhelm Hegel vio ingresar a Napoleón en Jena, su tierra, expresó: “He visto al espíritu montado a caballo”. Había sido testigo del mayor fenómeno de su tiempo. Los miles de norteamericanos que se dieron cita anoche en esta ciudad con alma de pueblo, en este enclave incrustado en el centro mismo de la América profunda –donde todo, su triunfo y su decadencia, es tan americano que sofoca–, vieron cabalgar a Messi ya no solo como un crack sino como un conquistador impenitente, un hombre que hace cada vez más grande su imperio.  

Aquí, en la meca del entretenimiento, el capitán argentino ejerce sobre el deporte lo que Mickey desata en el mundo de la fantasía. En el país de las franquicias, él es una más, la más rentable. Se nota en las calles, en los carteles de Bon o Bon con gigantografía suya que decoran las autopistas. No hay, es cierto, demasiado clima de Mundial por fuera de lo que son los estadios. Hay lugares de la ciudad –una rápida recorrida lo demuestra– que no parecen haberse enterados de que hay un campeonato, o incluso evitan sucumbir a sus encantos, oponiéndose, colocando inscripciones en su contra. Poco importó eso para Messi.

Lo que no hay duda es de que este es un Mundial de paradojas y de contrastes. Por un lado lo dicho: lo organiza una tierra sin tradición real cuyos ciudadanos de ninguna manera están dispuestos a abrazar al fútbol como el deporte rey. El hecho de jugarse aquí, el hecho de convertirse en un juguete más de Trump, como lo son la guerra o las tarifas comerciales, condicionó a la FIFA, que para esta edición, con la excusa de hacer más precipitado el juego, incluyó una serie de cambios que parecen profanar el espíritu de la pelota. De todos ellos, el cool break, o pausa de hidratación, es el que más resistencia despierta en el hincha común. Para el fan, para el sujeto crispado que mira el partido al borde del sillón o al borde de un ataque de nervios, parece una afrenta, un tiro en el corazón de su chiche. Ahora bien, y esto se observó claramente en el estadio, para los técnicos representa una ayuda invalorable. Anoche pudo verse a Scaloni saltando al campo de juego no bien el intervalo fue anunciado. Ansioso, caminaba en círculos, impaciente por darle indicaciones y ajustes a sus dirigidos. Es decir, para los protagonistas parece una decisión acertada, un espacio de pausa, de advertencia o de reseteo anímico. 

Insaciable, con su triplete de ayer Messi consiguió convertirse en el jugador con más goles de media o larga distancia de la historia de los Mundiales. Para su colección de récords, récords que, en apariencia, persigue sin neurosis, como si su líbido nunca corriese el riesgo de malgastarse, puede asemejarse a un dato menor. Pero lo que revela es que, a su sangre fría habitual para definir, es decir, para nunca estar habitado por la duda o la piedad, le adosa una dosis ingente de efectividad. Es un atributo tan infrecuente en el fútbol que asusta. Todos los grandes jugadores que hicieron su debut en el Mundial necesitaron de algunos tiros de aproximación para acertarle al arco. Le pasó a Yamal (España), le pasó a Musiala (Alemania), le pasó incluso a Mbappé ayer, que antes de meter un doblete desvió o malogró algunos disparos. Messi no necesitó ajustar nada. Pateó por primera vez y le anularon el tanto por estar adelantado unos pocos centímetros. Había definido al ángulo, como si hacerlo fuera tan simple como solo desearlo. Luego fue tirar y acertar. Y ser celebrado por sus compañeros que ven en él, en su pasión inclaudicable, una fuente de inspiración. El equipo, que ha demostrado que juega muy bien sin él, adopta otra fisonomía con su presencia. Es una selección plástica, una estructura flexible que se acomoda a las necesidades y a los planes del 10. En esa armonía colectiva también hay belleza, como la encantadora cadencia con la que, en Terminator II, el metal líquido circulaba y se reunía para volver a darle vida al cyborg. Del cyborg Messi parece haber capturado la pulsión asesina, su capacidad para sobreponerse a la derrota o al paso del tiempo. Huelga decir que no hay un gramo de materia artificial en él, nada que la ciencia haya creado. Es un triunfo de la especie. Es el espíritu montado a caballo, galopando con su bandera por las grandes llanuras de América.

PP/MG