CRÓNICA

Dólar blue otra vez en alza y las 25 formas de llamar a los 19 tipos de cambio

Cambio, cambio

La moneda de los Estados Unidos de América, el dólar: he ahí nosotros. Martes, once de la mañana. Cuento 53 personas entre Avenida de Mayo y Corrientes, yendo por Florida, conmigo, 54. Todas hacemos lo mismo. A diez sujetos por cuadra podemos promediar uno cada diez metros. Es decir, cada diez pasos que das alguien te ofrece pesos a cambio de tus dólares. Hacés diez pasos más y, otra vez: pesos a cambio de tus dólares. No hay forma de llegar a la esquina sin que la Argentina sicótica de la cotización y la divisa te lo digan, te informen, te lo hagan saber si no lo sabías o recordar si es que lo habías olvidado: el dólar es un hecho vivo, su cuerpo urgente nos habita, nos atornilla, nos cala, nos constituye, nos acompaña en la curva de la vida hasta que morimos y entonces nos meten en un cajón, nos velan, nos entierran, los servicios de la cochería tienen un costo, ese costo varía con los meses (no con los años, con los meses) así que dependerá de cuándo te mueras cuánto deberán pagar por tu muerte los que vayan a hacerlo. A menos que la coticen en dólares. Ahí no importa cuándo te mueras, en dólares tu muerte siempre costará más o menos lo mismo.

Un recorrido por las fábricas clandestinas del dólar blue

Un recorrido por las fábricas clandestinas del dólar blue

El dólar no se mueve, es nuestro tuit fijado de la Historia. Nosotros nos movemos alrededor de él.

En el diccionario runfla de la lengua, sin cánon, en la estrofa de la calle, donde se cuece el puchero del habla, estos 53 que acabo de contar (54, conmigo) se llaman, nos llamamos, arbolitos. Estamos acá desde las 10:30 de la mañana hasta las cinco de la tarde dándole último fondo y condición rastrera a la cadena alimentaria de las finanzas de los pobres: el grillo devora la hoja, el ratón devora al grillo, la serpiente devora al ratón, el águila devora la serpiente. Ningún árbol. Lo que nos cabe es el diminutivo. Porque los arbolitos somos la hoja.

Acá, cada uno viene con su conurbano. Pavón arriba, Camino Negro, la rotonda de Lavallol, la Ruta 3. De los que conocí, el que la tiene más cerca tiene una horita y media arriba del 22 saliendo de Sarandí. Ida.

En el diccionario runfla de la lengua, sin cánon, en la estrofa de la calle, donde se cuece el puchero del habla, estos 53 que acabo de contar (54, conmigo) se llaman, nos llamamos, arbolitos

En un día donde Dios lo acompaña, el arbolito se vuelve al pago con tres mil pesos limpios. Pero ¿cómo explicar “tres mil pesos limpios” en la línea de tiempo de este país? En febrero de 2012, un dólar era igual a cuatro pesos con treinta y cuatro centavos. En febrero del 2022, fue igual a ciento seis con cincuenta. Hace diez años, tres mil pesos eran casi setecientos dólares. Hoy son veintiocho. 

Tenemos una moneda nacional que no se define por cuánto vale sino por cuándo lo vale.

Ahora bien, si esa línea de tiempo tuviera una sujeción, un plantado, un lugar donde detenerla. Pero no, tampoco. Porque la cuenta anterior está hecha sobre la base de un tipo de cotización, la oficial. Y nosotros, los 54, estamos acá vendiendo otro dólar, uno ilegal que vale el doble, entonces la cuenta cambia.

Otro dólar: la Argentina no te multiplica los panes pero con los tipos de cambio despliega su metralla. Veamos.

Hay un dólar oficial, institucional, un dólar que rige al resto de los dólares, un dólar blanco, consagrado, un dólar marido para llevar a los cumpleaños familiares y con el que la Nación está santamente casada. El dólar vaticano de nuestro sistema financiero, el dólar del Banco Central de la República Argentina.

A sus espaldas, arranca una larga lista de otros dólares cuyo rangos de oficialidad van mutando conforme va apreciándose o sucumbiendo la clase que los administra.

Este dólar nuestro, el que estamos queriendo cambiarle a alguien en el largo de estas seis cuadras y en el ancho de esta mañana es más bien un dólar de caja chica, pelagato como el paisaje que nos rodea, un dólar extraído de su canuto que está en el fondo de una media que está en el fondo de un cajón y con el que alguien sobrevive un mes más. Un dólar desesperado por cubrir el mínimo de la tarjeta. Un dólar de rastrón. Nadie, en todo el día, va a ofrecerme cambiar más de dos billetes de cien. Tres. Cara grande, obvio, que paga mejor.

–-¿Cara grande de quién?- me pregunta un señora, yo diría que en sus sesentis, con unos ojos acuosos donde se lee sin esfuerzo el lamento, la desesperanza, que siente por haber tenido que salir a cambiar.

Entre 1914 y 1996, el diseño del billete de cien dólares mantuvo su escala, con el dibujo de Benjamin Franklin en el centro exacto de su rectángulo. Cara chica. A partir de entonces y hasta el 2003, el retrato del padre fundador creció y el marco que lo contenía alcanzó los bordes mismos del billete. Cara grande. Y entre el 2004 y la actualidad, el marco desapareció del diseño, la cara creció aún más y se incorporó una banda azul. Cara grande, grande.

Entonces lo que tenemos es una nueva criatura, más física, material, un billete-objeto cuya cotización final dependerá del momento en el que fue fabricado. 

Entonces, existen en total…Total que existen:

Oficial. Blue (o paralelo, o informal, o simplemente ilegal). Blue cara chica. Blue cara grande. Blue cara grande, grande. Recién estamos arrancando y ya tenemos cuatro dólares diferentes con ocho nombres posibles. Esto sigue.

Hay un dólar minorista, para pequeños inversores, personas físicas que fueron autorizadas a comprar hasta 200 unidades pero que pagan el 65 por ciento de impuestos por hacerlo. Es el dólar del BCRA menos la tasa.

Y si existe uno minorista es porque existe uno mayorista, que es el dólar que compra el Banco Central para tramitar reservas, y también las entidades bancarias autorizadas.

Hay un dólar Banco Nación, probablemente el más barato del mercado. Un dólar ahorro, o solidario, que vale la cotización oficial más el 20 por ciento en concepto de adelanto por el impuesto a las Ganancias y los Bienes Personales. 

Un dólar turista para viajar. Un dólar tarjeta para pagos online. Un dólar Bolsa, o dólar MEP, para la compra de bonos en pesos que después te permitan obtener, suenan las fanfarrias, más dólares. Un dólar ContadoConLiquidación, el dólar Liqui, para cambiar pesos argentinos en el exterior mediante la compra de acciones o títulos de deuda.  Un dólar CeDeAr, Certificado de Depósitos Argentinos, cuya explicación lleva una cantidad de palabras que a esta altura a quién le importan.

Un dólar Soja o Agro. Un dólar AFIP. Un dólar Cripto. Un dólar Linked, títulos que ajustan su cotización según la del dólar oficial y sólo se compran y se venden en pesos.

Hay un dólar que se llama Puré. De verdad, eso existe. Es el dólar que comprás en blanco y vendés en negro. Me lo vendés a mí, o a cualquiera de estas 53 personas que lealmente me compiten. Igual, más de 200 no vas a poder comprar a menos que te vuelvas un colero, es decir, un sujeto que le pide a amigos y familiares que compren sus 200 dólares disponibles, que se los paga en pesos, a la cotización oficial. Y después vende en la cueva todos los dólares que fue capaz de conseguir.

En séptimo grado, en la hora de la merienda, nos daban unas galletitas que probablemente hayan sido unas Okebón, tres por alumno. Luis Pérez Cuesta esperaba el reparto, te daba unos minutos para comértelas y después pasaba banco por banco a pedirte las que te hubieran sobrado. Podías darle una, dos, tres o ninguna. Él te agradecía igual. Todos los días se iba a la casa con una cifra similar a varios paquetes de Okebón. La señorita Ángela era una maestra de temer. Cuando descubrió a Luis lo mandó a dirección e hizo llamar a su padres. Bueno, Luis era un colero. La señorita Ángela era el Fisco, el ojo del Estado Nacional.

Hay más dólares que conocer: el dólar Supermercado, que es la cotización de Coto, o Carrefour, o Día%, o donde compres tu leche y el cajero te los tome. Hay un dólar ladrillo, el dólar en el que se pactan algunas operaciones inmobiliarias, también conocido como dólar celeste porque cotiza entre el blanco y el blue.

Y finalmente llegamos a mi dólar favorito (en este país, todos deberíamos tener uno), el dólar Tinder. Su nombre científico es Senebi, que significa Segmento de Negociación Bilateral, pero como se trata de un moneda negociada entre dos agentes bursátiles que matchean dentro de la Bolsa de Valores de Buenos Aires, hay quienes lo ven como un dólar sobre el que se ha formado una pareja. La del comprador y el vendedor a partir del precio que pacten entre ambos, libremente, tan como libre es el amor.

Les ahorro la cuenta: hay 19 tipos de dólares dando vueltas en la Argentina. Y unas 25 formas de llamarlos. La suma de todos ellos produce el dólar número 20, uno que no cotiza en pizarra ni tiene más nombre que el que le conocemos.

Les ahorro la cuenta: hay 19 tipos de dólares dando vueltas en la Argentina. Y unas 25 formas de llamarlos. La suma de todos ellos produce el dólar número 20, uno que no cotiza en pizarra ni tiene más nombre que el que le conocemos. Es el dólar de la cultura que somos, la criatura que atraviesa con su rayo de omnisciencia nuestro maltratado cuerpo social, el harto dólar que llevamos en la cabeza, en el cuerpo, desde que nacemos a la actividad económica, a la propia sobrevida, hasta que ya no.  

Dice Bloomberg L.P., la consultora estrella de la asesoría bursátil de los Estados Unidos, que la economía China probablemente sea la primera del mundo hacia el año 2031, desplazando después de un siglo a cualquier otra. Tal vez las vidas de nuestros nietos estén cruzadas por el Yen, y piensen en yenes y en yenes compren sus casas. No lo sabremos nunca.

Lo que sabemos es lo que hemos vivido, lo que seguimos viviendo. Entonces, vamos de vuelta: la moneda de los Estados Unidos de América, el dólar, he ahí nosotros.

La patria es la infancia

La primera expresión de un billete argentino es de 1822 y básicamente se trató de un rectángulo de papel grabado con el nombre del “Banco de Buenos Ayres”, una banderola lateral y un espacio donde completar, a mano, el valor del instrumento. Fue el objeto que inauguró la vida nacional del papel moneda y nuestras relaciones carnales con él. El trabajo del grabador francés José Rousseau era simple, práctico, pero demasiado fácil de falsificar. Dos años más tarde Buenos Aires ya tenía sus hacedores de estampas adulteradas, sus falsarios y artistas de la impostura. El más famoso de ellos, Marcelo Valdivia, fue ejecutado en la Plaza del Retiro, hoy Plaza San Martín, en 1824.

Pero la pena de muerte no asustó a nadie y para 1827 el problema persistía. Hubo que encargar entonces la confección de los billetes a quien pudiera garantizar la seguridad jurídica del papel. La American Bank Note Co., con sede en Nueva York, tomó el trabajo y envió a Buenos Aires un tipo de billete con el valor ya impreso. Había denominaciones de 1 peso, de 10, de 20 y de 50. Y dos rostros en los bordes: el de Simón Bolívar y el de George Washington. Es decir.

En la infancia de la patria, cuando aún debía secarse el primer barro de nuestras constituciones, apenas nacida, la cabeza de Washington ya estaba ahí, mirándonos desde el valor que supone el dinero convertido en representación física papel. Es, casi, lo primero que vimos cuando vimos un billete.

Van dos siglos de Estado Nación y la cabeza, grande o chica, sigue donde siempre, doblada por la mitad en una pestaña recóndita de nuestras billeteras o enrollada en la trompa de un elefante de loza que está juntando polvo en la repisa del living porque el dólar de la suerte, ah, que no te falte tu dólar de la suerte.

Finales del XIX, todo el XX, principios del XXI. Tres siglos llevamos dentro de la órbita de la misma mirada. Y así como nada cambia que yo cambie no es extraño.

Tres días bien llevados de arbolito pleno alcanzan para que “cambio, cambio” se descompongan como fonemas enunciados en repetición, como palabras ofertadas una detrás de la otra, y muten hacia una pasta de sonido vacío, una voz desfigurada, una iteración: “cambio, cambio” se vuelve, más temprano que tarde, la degradación de un chicle que lleva demasiado tiempo en la boca.

Esta mañana somos menos, quizá porque moví mi punto de oferta al frente de una galería sobre calle Lavalle. Pablo vende conmigo. Tiene 28 años, el pelito rapado, es de Catán, boxea, dice que va a ser campeón argentino. Yo le digo que sí pero para mí ya está grandecito. Trabajamos para la casa de turismo que está en el fondo, en el largo allá atrás de nuestras espaldas. Nos dan 1 dólar por cada 100 que llevamos a cambiar. Nos lo dan en pesos, según cotización del día.

Al cabo de unas horas, el pregón se entumece en el tracto de la oralidad y lo que decís ya no lo decís, lo mordés. La “KA” de cambio, ese percutor inaugural de la oferta, tiene que entrar pateando las puertas pero sin volverse un grito: kámbio. Y después bajar porque el que quiera cambiar ya te escuchó: cam. Un estrépito en disputa con su grafía. Un ronquido. Una palabra de tres ojos. Decí muchas veces las dos palabras juntas, tantas veces como hambre tengas ese día, tantas veces como sea necesario para llevarte una moneda a tu toldo del segundo cordón. El arbolito es pobre, viene al centro a rascarse su periferia. Dice muchas veces las dos palabras juntas hasta que la última sílaba de la primera se devora a la primera sílaba de la segunda y entre ambas hacen el instrumento de la voz con el que, hoy, come.

Estrictamente, lo que tenemos con Pablo en las espaldas no es una galería sino un Paseo, el Luxor. Todo el desmoronamiento de este país queda dicho en una foto del lugar. Tiene un local abierto junto a un local cerrado junto a un local abierto junto a un local cerrado y así toda la vuelta en U. No sé si el Luxor habrá tenido su esplendor, pero debe haber tenido una dignidad. Hoy lo mirás y ves un desdentado. La Argentina de las piezas faltantes.

No hace falta una mañana en el Paseo Luxor para darse cuenta del derrumbe de las cosas, alcanza con ir llegando. En el paisaje de Lavalle pos pandemia podemos hallar nuestra Mad Max, nuestro modesto postapocalíptico, lo que sucumbe, el país baldío podemos hallar.

La más clara terminación nerviosa de esta formidable campiña de mugre y empobrecimiento es un local de ropa a dos cuadras del Luxor que ofrece remeras, pantalones y buzos, y lo hace directamente dentro de unas cajas de cartón, con los precios exhibidos en hojas A4 salidas de un fotocopiadora cuyo tóner no quiere más. Ocho honestísimos metros de vidriera céntrica que te están diciendo: entrá, revolvé, llevate alguna de estas mierdas, sentí que comprás. Está muy bien el local, asume de movida su condición reconfortante de venta abyecta. No hay nada para comprarle, quizá, pero todo para creerle.

En medio de este páramo en caída libre vendemos dólares. Kambio. Cam.

Homo dolarensis

El día que las vacas vuelen y que en la Argentina baje la inflación. En las canchas de final de los setenta desde la tribuna propia le cantabas a tu rival que nunca iba a salir campeón, o que en todo caso saldría el día que las vacas volaran, el día que en la Argentina se terminara el despropósito inflacionario. Debe ser cierto porque con 9 recién cumplidos se lo canté a Rosario Central y llevan 35 años sin ganar un título de liga.

La inflación argentina, mientras tanto, está compitiendo duramente por ser la primera del mundo y en alguna cueva hay que meterse para que la intemperie de un peso sin peso no te desintegre el salario real que te llega a las manos. En realidad, el dólar en sí no le importa a nadie, salvo en la medida en que constituye refugio. La inflación argentina. La cueva, los cueveros, el dólar encuevado, somos primates urbanos en trance de subsistencia financiera. Así que.

Nos cuidamos. Nos protegemos. Y lo hacemos comprando dólares, sorteando la lluvia ácida de la miseria bajo su paraguas de reclusión. Por eso.

Hoy no voy a vender, hoy voy a comprar.

Usuario y clave

Primero hubo que completar una considerable cantidad de formularios en red para informarle al Estado que no sacamos créditos pandémicos, que no cobramos sueldos pandémicos, que no utilizamos refinanciaciones pandémicas y que no utilizamos ninguno de los beneficios que el Gobierno argentino dispuso entre abril de 2020 y hasta hace un par de meses para aliviar el destejido que el Covid-OVID 19 produjo en la microeconomía de las personas.

Una vez tildado este proceso, hubo que esperar la confirmación del Banco Central. Y entonces sí, de golpe soy una persona física habilitada a comprar dólares.

Doscientos dólares. Y a cotización oficial. Hoy, miércoles 6 de abril de 2022, 117 pesos por dólar.

Entro a mi homebanking, ese nuevo hábitat donde las capas medias van a batirse contra la angustia y la exasperación de sus finanzas personales. Ahí me espera el tren fantasma de mis vencimientos, el alacrán de mis tarjetas y sus pagos mínimos, las noticias gordas de las transferencias hechas y las flacas de las recibidas. Ahí me espera, en ese universo hecho de bytes, mi condición real, material, concretada, de monotributista descapitalizado.

Pero bué, al menos estoy listo para ahorrar mis 200 dólares mensuales.

Bueno, no todavía. Doscientos no podés comprar porque pagás Spotify, y no sé cuántos gigas de Google Drive, y eso se cancela en dólar blanco, o sea que ya usaste unos… cinco. Vas a poder comprar, entonces, 195.

Ciento noventa y cinco dólares a 117 pesos cada uno son 22.815 pesos. Listo. Comprar.

Bueno, no todavía. Porque tenés que pagar el impuesto PAIS, que se llama así porque es “Para una Argentina Inclusiva y Solidaria”, y es del 30 por ciento, lo que en este caso suma $ 6.844,50.- Listo, ahora sí.

Pero no, tampoco. Porque tenés que pagar la Percepción del 35 por ciento en adelanto por el gravámen de Ganancias y Bienes Personales. En este caso, unos $ 7.985,25.-

¿Ya puedo comprar mis 195 dólares a 37.644,75 pesos? No, tampoco. Primero tenés que declarar bajo juramento que no sos ni funcionario público, que no hiciste operaciones en moneda extranjera ni aquí ni en el exterior y tildar y dar por leída y aceptada una cantidad de letra chica que llena el scroll del mouse hasta que ya no hay más dónde bajar y, ahora sí, podés hacer click en confirmar.

Camino el microcentro con 195 dólares en el bolsillo buscando el arbolito que me ofrezca la mejor cotización. Paso por el frente abierto del Paseo Luxor pero Pablo no está. Nadie trabaja de arbolito mucho tiempo. Veo que pusieron unos palets de madera bruta y montaron sobre ellos, en medio del Paseo, dándole al Paseo su boulevard, unos termotanques y unas cocinas, todo marca culo y a financiar con tarjetas recién creadas. Veo que cerró Che, cuero, la casa de camperas. Y tampoco abre hoy Tatoo Art ni París Lencería. Cada vez menos dientes, la sonrisa del Luxor.

El centro de Buenos Aires te pone a andar. Por derrumbado que esté, o tal vez precisamente por lo derrumbado que está. Entrega, con las cuadras, su fascinante toxina de la ciudad chatarra hormigueando entre hamburguesas, el fichín perimido, las Saladitas al paso.

De todas sus criaturas sobrevivientes, los kioscos de diarios y revistas parecen los más sobrevivientes de todos. Pedazos de latón del siglo XX todavía respirando en un borde de Florida, de Diagonal Norte, de calle San Martín. Hay uno que tiene las ediciones antiguas de El arte de Tejer junto a unos números de El Gráfico con Passarella técnico en la tapa más un pelotón de revistas Chiquititas con entrevista exclusiva a Millie Stegman, hace más de 10  años retirada de su profesión. Es un daguerrotipo, un festival del tiempo, un museo de lo que fuimos hasta hace poco: no es antiguo, es viejo.

Me detengo frente a él como se detiene el arqueólogo frente a su hallazgo. Mientras Estoy chequeando si vende algo que haya sido impreso en este siglo, cuando desde el interior de la estructura asoma la cabeza un hombre joven, digamos en sus 40 años, la cara fresca, la sonrisa optimista y contagiosa del vendedor. , asoma la cabeza y me pregunta sin vueltas:

-¿Cambio?

Esta nota se terminó de escribir el 6 de abril, cuando el dólar blue cotizaba a 196 pesos. Ayer, esa cotización llegó a 203 pesos.

AS/SB

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