Raíces

Duratierra: una Patria viva para conjurar el horror

Muchos recurrimos a las canciones de Duratierra y a la energía de sus shows en vivo para sobrellevar estos tiempos oscuros. Ahora esta banda tan talentosa como amorosa nos regala un nuevo conjuro contra el horror. Su nuevo disco, La Patria Viva, que salió este viernes, es a la vez memoria y esperanza, pero sobre todo, un llamado a resistir, porque como dice una de las letras, “los pueblos siempre pueden transformar su historia”.

Son catorce canciones que hablan de la Patria, de la identidad, pero también de algo mucho más concreto y cercano: los barrios, las provincias, las comidas, las tradiciones, las familias, los trabajadores, los sueños. Desde hace tiempo, cuentan sus integrantes, venían obsesionados con una pregunta: pensar la Patria, sentir la Patria. De esa obsesión nació un disco de amor a la Patria, aunque, como explicó Juan Saraco, “no es solamente eso”.

Porque La Patria Viva no tiene nada de postal solemne ni de celebración vacía. La Patria de Duratierra está en movimiento, se discute, se padece, se recuerda y se reinventa. Está en la tierra y en los cuerpos, en la memoria de los ancestros y en los pueblos originarios que podemos llevar en la sangre o encontrar en el territorio. Está en una sartén, en una canción familiar, en un barrio, en una voz que pregunta qué nos pasó y en otra que todavía se anima a imaginar lo que podemos ser.

La mayoría de los catorce temas fueron compuestos, como suele ser, por Juan Saraco, sin duda uno de los compositores más interesantes de la actual música de raíz, aunque también Valen Bonetto participó en unas cuantas. Hay algo que atraviesa todo el álbum: una vitalidad que se niega a ser derrotada. En tiempos en los que tantas veces parece imponerse el desencanto, Duratierra elige cantar. Pero no para distraerse de la realidad, sino para mirarla de frente y encontrar en ella las fuerzas para transformarla.

Como suele hacer la banda, el folklore es la materia prima de esta música, aunque aquí, a diferencia del trabajo anterior, A los amores, los géneros aparecen más abiertos, intervenidos, juguetones. Hay zambas, chacareras, gatos, escondidos, milongas y huaynos, pero Duratierra parece divertirse tanto con las formas como con las etiquetas. Por eso inventa una nomenclatura propia: “gato cancionero con compás de yapa”, “introducción de afrecho popular”, “chacarera triple con agite”, “milonga porteña con aires de Lali”, “chacarera legal”, “chacarera floja de papeles”, “zamba sin introducción arranca en el adentro”, “huayno con aire unquillense” o “huayno-taqui-marcha-manifiesto” con el que define la canción que da nombre al disco.

El humor no es un detalle menor. Es también una forma de resistencia. En La Patria Viva conviven la reflexión política y la celebración, la memoria y el baile, la herida y la fiesta. Duratierra conoce la tradición, pero no la trata como una pieza de museo: la mueve, la mezcla, la estira, la hace dialogar con otros sonidos y con el presente.

Y en el centro de esa música está, una vez más, la voz de Micaela Vita, desplegando todos sus matices en su esplendor. Puede ser íntima, áspera, luminosa, combativa o tierna; puede cargar una palabra hasta volverla manifiesto y, apenas después, dejarla caer con delicadeza. Su interpretación es uno de los grandes motores emocionales del álbum. La banda, ahora en formato sexteto, está integrada además por Nicolás Arroyo, Tomás Pagano y Martín Beckerman.

Hay canciones que ya se perfilan como futuros clásicos. Una de ellas es “A los hombres rotos de la Patria”, una chacarera que pone el foco sobre esos seres decepcionados, trabajadores endeudados que no llegan a fin de mes, y les pregunta, sin rodeos: “¿Qué le pasó a tu corazón?”. Y les propone: “Te traigo sueños entre las manos”. La canción nombra la herida y, al mismo tiempo, imagina la posibilidad de repararla. Ahí está buena parte del secreto de La Patria Viva: nunca confundir esperanza con ingenuidad.

La vida cotidiana también aparece como territorio político. La Patria puede ser una mesa, una familia, una comida, una calle. Puede estar en las manos heredadas de los que estuvieron antes, en los gestos que se repiten sin que sepamos exactamente de dónde vienen.

En “La Patria Viva”, la canción que da título el álbum, esa idea adquiere una dimensión casi ritual. La presencia de Liliana Herrero le da una entidad todavía más solemne a una letra que afirma: “A cada paso / anda la Patria viva / por las junturas”. Herrero aparece allí como una de esas voces que parecen traer consigo muchas otras, una memoria entera de la música popular argentina.

Y no está sola. También aparece Susy Shock, otra de esas figuras que Duratierra parece convocar a su trinchera desde un lugar que excede la colaboración artística. Pueden pensarse como las matriarcas de este disco, de esta banda y, por qué no, de todas las generaciones que les siguen y las veneran.

La lista de invitados funciona, de hecho, como una pequeña constelación alrededor de Duratierra. También aparece Noelia Recalde con su voz en “Como el color a las flores” y “Las manos de mi familia”; Diego Cortez, en “Gato para toda la vida”; Federico Nicolao, en “Las manos de mi familia”; y Cucuza Castiello, en “Las sartenes”. También están Pablo Farhat en violín, Federico Siksnys en bandoneón, Clara Presta en piano y Emiliano Greco, también en piano.

Pero hay otro detalle que permite entender hasta qué punto La Patria Viva es también un disco sobre la memoria musical argentina: los agradecimientos. Allí Duratierra traza una genealogía tan amplia como reveladora. Aparecen Armando Tejada Gómez, Mercedes Sosa, Jorge Cafrune, Atahualpa Yupanqui, Gustavo “Cuchi” Leguizamón, Chango Farías Gómez, Hilda Herrera, Raly Barrionuevo, Carlos “Duende” Garnica y Raúl Carnota, entre otros nombres fundamentales del folklore y la música popular.

Pero la lista no termina allí. También están Rodolfo Sánchez, los Hermanos Ábalos, Alfredo Ábalos y Domingo Cura, junto con Ale del Prado. Y aparecen, en un cruce que dice mucho sobre la mirada de la banda, el Indio Solari, Los Redondos y Los Gardelitos.

Y es que la Patria musical de Duratierra no reconoce fronteras rígidas entre el folklore, la canción popular y el rock. Hay una tradición, sí, pero es una tradición viva, hecha de cruces, influencias, apropiaciones y nuevas lecturas. Y quizás allí esté una de las claves para entender el álbum: la identidad no como algo puro e inmutable, sino como algo que se construye con todo aquello que nos fue formando.

Porque si algo hace La Patria Viva es construir comunidad. No solamente a través de aquello que cuenta, sino también a través de las voces que reúne y de los nombres que reconoce como parte de su propia historia. Hay algo profundamente político en esa decisión de hacer música con otros, de escuchar al otro, de sumar una voz diferente para que la canción sea más grande que quien la escribió.

La Patria que propone Duratierra está viva porque no es una idea terminada. Es algo que se hace y se deshace todos los días. Que puede doler, decepcionar, entusiasmar, indignar. Y que se encuentra en la historia y también en el futuro. Frente a un presente que tantas veces invita al aislamiento, a la resignación o al cinismo, Duratierra responde con canciones.

Hasta aquí llegamos hoy. Gracias por leer. Que disfruten. ¡Hasta dentro de dos semanas! O tres...

(*) “Raíces” fue un programa radial dedicado a la música de raíz de Argentina y Latinoamérica que la periodista entrerriana Blanca Rébori condujo durante más de 30 años en diferentes emisoras. Titulamos esta columna con ese nombre en homenaje a su labor.