Festival de Venecia

Cómo The Sun se convirtió en el periódico más vendido a golpe de sexo y morbo, y destrozó el periodismo para siempre

Venecia —

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“Cinco cosas que no sabías sobre Trainspotting, ¡la cuarta te sorprenderá!”. Encontrarse un titular así es, ahora mismo, lo más habitual. También ver en muchos periódicos cómo el sexo, la sangre, lo rocambolesco y los sucesos escabrosos se venden a gran tamaño. El sensacionalismo llegó para quedarse y ahora no está solo instalado en los medios escritos. Ahora hay muchas ventanas nuevas para contar historias que quizá no sean verdad, pero venden. La pregunta es, como diría Mario Vargas Llosa en Conversación en la Catedral, ¿en qué momento se jodió el Perú?, o en este caso, en qué momento el periodismo inició una bajada a los infiernos en pos de vender más ejemplares y, posteriormente, lograr más clics.

Para responder a esa pregunta, el cineasta Danny Boyle, autor de títulos fundamentales del cine moderno como Trainspotting, adapta la obra de teatro Ink, de James Graham, en una película que ha inaugurado el Festival de Venecia y que sitúa el punto de inflexión en 1969, cuando Rupert Murdoch compra el periódico británico The Sun y le da su dirección al ambicioso Larry Lamb. A golpe de talonario fichó un plantel que llegaba de los tabloides de la competencia y que ya bordeaban el temido sensacionalismo. Así construye un periódico (y la primera piedra de un gran imperio) cuya misión, a priori imposible, era convertirse en el medio más vendido del mundo, superando al Daily Mirror.

Para ello deciden que eso de las cinco W está bien, pero que lo más importante es contarle a la gente normal, de la calle, las cosas que les interesan. En una de las mejores escenas de la versión de Boyle, el equipo cuenta qué hacen ellos en su tiempo libre: beber, coger, ver fútbol… pues eso es lo que le darán a los lectores. En vez de hacer que la gente se interese por lo que ellos deciden que es importante (la política internacional, el problema de la vivienda...), invertirán el orden para hacer que los hobbies se conviertan en historias. Escudados en un falso mantra de darle el poder a la gente convirtieron las noticias en un pozo donde cambiaron las reglas para siempre.

Lo hicieron a golpe de sexo —nunca antes se habían mostrado mujeres desnudas en un diario—, horóscopo y mucho suceso. La sangre y la muerte venden. A cambio, también vendieron sus principios: acabaron con la unión sindical que protegía a los trabajadores de la imprenta y apoyaron un Gobierno de los conservadores que acabó con la victoria de Margaret Thatcher. Al final, The Sun fue un caballo de Troya que hizo que la clase obrera terminara respaldando a políticos que legislaban en contra de sus propios intereses.

Ink se había vendido como un biopic de Rupert Murdoch, y sin embargo Murdoch —al que da vida Guy Pearce— acaba siendo un secundario que cede el protagonismo, y hasta la culpa, a Larry Lamb —un excesivo Jack O’Connell—, el periodista con complejo de clase obsesionado con ganar y que cruzó todas las líneas rojas posibles, hasta dar información sensible del secuestro de la mujer de un compañero del periódico o mostrar un desnudo frontal —algo hasta entonces prohibido— y sacar a las esposas de los futbolistas para alentar el chisme.

El problema es que para denunciar el sensacionalismo, para criticar cómo todo se ha convertido en historias de consumo rápido, sin poso y que solo buscan el efecto inmediato, se ha elegido al director más efectista y, llevándolo al límite, sensacionalista posible. Danny Boyle tira de todo su arsenal de recursos: montaje frenético, banda sonora a todo trapo, fundidos, imágenes distorsionadas, cartelas… para contar lo que critica. Ink es una película contradictoria, que abusa de fuegos artificiales para contar algo que merecía más calma y más rigor.

Porque Graham —que escribe el guion adaptando su propia obra— y Boyle aciertan en el diagnóstico, pero fallan en las formas y en dejar escapar con vida a sus protagonistas, a los que otorgan coartadas morales todo el tiempo. Especialmente a ese Murdoch que acabó haciendo lo mismo en Fox, destrozando el panorama mediático mundial, y al que solo se le presenta como un empresario que no ve con buenos ojos lo que hace Lamb, pero que calla ante el aumento de periódicos vendidos.

Solo les sale el colmillo en una última escena en la que tiende un puente con el presente y donde vemos el eco de todo aquello: influencers, redes sociales, Elon Musk, Mark Zuckerberg, Donald Trump y un ecosistema donde la verdad ya no importa nada.

La película que nadie quería hacer

En la rueda de prensa del filme, Danny Boyle contó que nadie quería producir la película, y que fueron Canal + y StudioCanal quienes decidieron apostar por una historia que, “aunque esté ambientada en 1969, la intención era que se sintiera actual y tratara sobre el mundo moderno”. Además, agradecieron a Alberto Barbera que también se arriesgara a inaugurar el certamen con la película de Boyle.

El director subrayó algo que se ve en el filme, y es que no ha querido “convertir en monstruo” a Murdoch, e incluso reconoció que en aquel momento su llegada “representaba un soplo de aire fresco en una sociedad británica muy rígida”. “Todo comienza con algo divertido y diferente, algo que desafía un orden establecido... Por eso para nosotros era importante que el público se sintiera cómplice”, subrayó sobre su estilo visual que entronca con la montaña rusa que suponía leer The Sun. Pese a ello, defendió el periodismo como “uno de los grandes pilares de cualquier civilización”, y a los periodistas que dentro de la profesión “se enfrentan al poder y dicen la verdad, personas realmente importantes para la sociedad”, afirmó.

Por su parte, Jack O'Connell elevó la culpa de su personaje y dejó claro que él era solo una parte más de un engranaje y de una sociedad donde primaba “el consumismo y el capitalismo” y se daban “unas condiciones que Larry explota para su propio beneficio y su propio propósito”.