Imagen de poder de EE.UU. en Italia

¿Qué hace un agente del ICE en los JJOO de invierno? “Es parte del proyecto más amplio de rehacer el orden mundial”

Raúl Rejón

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Cuando se supo que el Gobierno de EE.UU. autorizaba el despliegue de 45 agentes del ICE en Italia durante los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina d'Ampezzo saltaron las alarmas: ¿Por qué, de todos los cuerpos de seguridad estadounidenses, se elige el utilizado por Donald Trump para implementar su plan de deportaciones masivas?

La decisión fue una bomba diplomática casi desde el principio: con las imágenes de estos policías matando a tiros a dos ciudadanos frescas en la retina, el alcalde de la ciudad olímpica anfitriona, Giuseppe Sala, afirmó que no quería ver allí a “una milicia que mata”. El ministro de Exteriores italiano, Antonio Tajani, salió a contestar que “no es que vayan a venir las SS”, a pesar de que algunos analistas califican las patrullas del ICE en ciudades como Minnesota como “lo más parecido a las SA”.

El experto en deporte y política internacional de la Universidad de Denver, Timothy Sisk, explica a elDiario.es que, “aunque la división del ICE desplegada en Italia es diferente de las patrullas que están aterrorizando a poblaciones, la administración Trump está mirando el deporte internacional desde una perspectiva de interés nacional”.

Y desde esa perspectiva —prosigue— “está bastante claro que utiliza la politización de los JJOO para proyectar la imagen del poder de EE.UU.”. Sisk detalla que se trata “de parte de un proyecto más amplio de reconfiguración del orden mundial y de afirmación del dominio estadounidense a nivel global en el ámbito de la diplomacia cultural”. De hecho, insiste, “la Casa Blanca está promocionando una década de protagonismo de EE.UU. como anfitrión de grandes eventos deportivos internacionales”.

La cuestión es que la visita de esta policía a la Italia olímpica le ha estallado a los organizadores en plena celebración. El investigador sobre seguridad europea y relaciones transatlánticas, el italiano Antonio Missiroli, cuenta que “las autoridades italianas han tenido un dolor de cabeza para explicar la sorpresa de ver involucrado al ICE a pesar de que no sea inusual que algunos países lleven sus propios responsables de seguridad”.

El mismo día de la ceremonia de inauguración, miles de personas se manifestaron en contra de un evento que los gobiernos local, regional y nacional del país han intentado utilizar “como una oportunidad para relanzar la economía”, como subraya Missiroli. ¿Los motivos? Críticas al despilfarro, la agresión ambiental o el desvío de fondos. También contra la presencia del ICE.

El deporte olímpico, campo para la política

El Comité Olímpico Internacional se esfuerza constantemente en vender sus juegos como algo ajeno a la política. La actual presidenta del COI, Kirsty Coventry, antes de inaugurarse la cita italiana insistió en la neutralidad política de su negocio al decir que “somos una organización deportiva”. “Comprendemos la política, pero nuestro asunto es el deporte”, añadió.

Lo mismo hizo su antecesor en el cargo, el alemán Thomas Bach, quien se esforzó durante su mandato —marcado por el ataque de Rusia a Ucrania antes de los Juegos de París 2024— en afirmar que “los JJOO no tienen que ser utilizados como un escenario político” o “los juegos no son acerca de la política”. Ya en 1980, el presidente olímpico Lord Killian remarcaban que “los juegos no están aquí para dividir al mundo”.

Pero, por más que se esfuercen los dirigentes del olimpismo, los investigadores han evidenciado cómo este evento está fusionado con la política. El doctor en Ciencias Políticas Jules Boykoff ha descrito cómo la imagen de neutralidad promocionada desde los JJOO esconde agendas políticas desde sus primeras ediciones y que el COI es un agente político global.

Así que estos juegos invernales están probando que la etiqueta de neutralidad esté tan distante en 2026 como lo ha estado históricamente. Sin ir más lejos, los deportistas estadounidenses, al llegar a los Dolomitas, han tenido que contestar sobre estos asuntos ajenos a su competición que han acaparado buena parte de sus ruedas de prensa.

Algunos de ellos han evidenciado su incomodidad con las políticas de su gobierno: el esquiador Hunter Hess, admitió que “representar a EE.UU. ahora me produce sentimientos encontrados”, al tiempo que matizaba: “Solo porque lleve la bandera no significa que esté representando todo lo que está pasando en EE.UU.”.

Su compañero de equipo, Chris Lillis, ha añadido que esperaba que “cuando la gente mire a los atletas compitiendo en los Juegos, se den cuenta de que esos son los EE.UU. que estamos intentando representar”. En la palestra estaban las actuaciones del ICE que el deportista calificó de “descorazonadoras”.

Casi de inmediato —en una dinámica propia del terreno de juego político—, su presidente, Donald Trump, no dudó en atacarlos: “Hess es un auténtico perdedor. Afirma que no representa a su país en los actuales Juegos Olímpicos de invierno. Si ese es el caso, no debería haber intentado entrar en el equipo y es una pena que esté en él”, en un ejemplo más de la importancia estratégica que otorga al deporte.

Sisk argumenta que “el impulso de la diplomacia deportiva complementa y refuerza, mediante poder blando [el soft power], lo que ya hemos visto de su diplomacia de cañones en Venezuela e Irán en términos de poder duro”. Según su criterio “la Administración Trump ha sido bastante abierta y clara respecto a su enfoque de acoger megaeventos deportivos internacionales como una forma de reafirmar el papel de Estados Unidos en la política global”.

Mientras se van sucediendo las competiciones sobre el hielo y la nieve —mucha fabricada por la falta de fuentes naturales achacable al calentamiento global—, la sombra del ICE y la política trumpista no se va de las montañas: el esquiador británico Gus Kenworthy ha denunciado este lunes una campaña de odio en su contra tras llamar públicamente “el mal” a la policía migratoria. El deportista (con doble nacionalidad británica y estadounidense) escribió “gente inocente está siendo asesinada. Basta ya”.

Con todo, lo que demuestra esta edición de Milán-Cortina d'Ampezzo es que el intento del COI de publicitarse como un movimiento apolítico a los ojos del mundo es un esfuerzo casi vano: “No veo manera de que las organizaciones deportivas internacionales puedan solventar este problema —remata el politólogo Timothy Sisk— porque hay un dilema inherente en celebrar los juegos por todo el mundo, al mismo tiempo que se intenta mantener una postura de neutralidad política o un mensaje de estar por encima de la política”.