Guerra en Ucrania

Así aplica Rusia las tácticas de su “manual sirio” en Ucrania

Emma Graham-Harrison / Joe Dyke

elDiario.es —

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La mujer que estaba de parto mantenía la mirada fija desde su camilla mientras los médicos la llevaban en volandas sobre tierra devastada por un ataque ruso al hospital de maternidad. Ya en otro hospital, al darse cuenta de que su bebé se iba, les suplicó: “Mátenme ya”. Horas después, ella y su pequeño murieron.

El horror del ataque a una maternidad en la sitiada ciudad portuaria de Mariúpol dejó helado al mundo entero. Pero no era la primera vez que las bombas rusas caían sobre mujeres mientras daban a luz.

Los ataques de Rusia, que reducen ciudades ucranianas a la nada mientras matan, hieren y aterrorizan a miles de civiles, se han comparado con la Segunda Guerra Mundial. Pero existe un precedente mucho más reciente: las tácticas, e incluso algunos de los soldados rusos, llegan directamente desde la guerra civil en Siria, a la que Moscú se unió en 2015 para apoyar al presidente Bashar al- Asad.

Desde entonces ha llevado a cabo una campaña brutal, pero prácticamente ha alcanzado sus objetivos al ayudar a Asad a recuperar casi todo el territorio que estaba en manos rebeldes. Hay ciudades enteras que han quedado arrasadas en este proceso, y los ataques rusos han acabado presuntamente con la vida de hasta 24.747 civiles, según la organización Airwars, que contabiliza los daños civiles.

Desde Guta, en las afueras de Damasco, hasta la gran capital cultural y económica de Alepo, las bom bas rusas cayeron sobre hospitales, colegios, mercados y colas de personas esperando para conseguir pan. Sus aviones ayudaron a reforzar los asedios sobre el terreno, que han reducido a las personas a cuerpos esqueléticos y desesperados. Y cuando Rusia y el Ejército sirio prometían corredores humanitarios, a veces bombardeaban y disparaban contra civiles que trataban de escapar.

Algunos analistas pronosticaron que Putin no importaría las tácticas de Siria a Ucrania por los estrechos vínculos familiares y de amistad que tendían un puente sobre la frontera. Los sirios estaban lejos, eran víctimas anónimas para la mayoría en Rusia, pero la gente de Mariúpol incluye a familiares, antiguos compañeros de clase y de trabajo.

Sin embargo, los objetivos han sido los mismos durante el último mes: hospitales, colegios, mercados, colas del pan, un teatro. Los militares rusos han prometido vías de escape y después han atacado a civiles en la carretera.

Bajo estas líneas, analizamos cinco elementos clave del “manual sirio”, una mirada sobre cómo se han importado las tácticas de una guerra a la otra con efectos devastadores.

Aislar zonas rebeldes

Las fuerzas sirias y rusas asediaron múltiples ciudades en Siria para que la hambruna las llevara a la rendición. En la práctica, tomaban como rehenes a los civiles mientras los militares avanzaban sobre las posiciones rebeldes.

Quizá el caso más conocido sea el de Alepo, cuando quedó sitiado en 2016. Primero cortaron las líneas de suministro a los rebeldes sirios; luego les fueron acorralando, calle a calle, durante más de seis meses, mientras las bombas seguían cayendo de forma indiscriminada.

En 2017, ya había 4,9 millones de sirios que vivían en zonas sitiadas o de muy difícil acceso y que necesitaban ayuda humanitaria.

Ahora está pasando lo mismo en Mariúpol, donde las fuerzas rusas están cercando a las fuerzas ucranianas, atrapadas entre las líneas del frente y el mar. Con el recrudecimiento de la batalla, la huida para los civiles se torna imposible, las infraestructuras civiles se han convertido en objetivos, y la vida se ha convertido en una apuesta diaria a la ruleta de la suerte.

Parece que las fuerzas rusas intentan ejercer el mismo bloqueo sobre la capital, Kiev, y la ciudad clave en el este, Járkov, pero de momento las fuerzas ucranianas consiguen mantener abiertas sus líneas de abastecimiento.

Infraestructura civil

Tanto en Siria como en Ucrania, Rusia y sus aliados han convertido en objetivos militares lugares que son el corazón de las poblaciones, sitios donde la gente normal y corriente acude para recibir asistencia sanitaria, educación y comida, u otras necesidades.

Es ilegal atacar deliberadamente a civiles, según el derecho internacional, pero también puede ser efectivo: siembra el terror, mina la voluntad de quienes luchan y destruye la comunidad en la que confiaban para obtener apoyo práctico y moral. 

Durante la batalla de Alepo, que se prolongó ocho meses, hubo heridos civiles en al menos 16 ataques a hospitales, con hasta 143 posibles muertes, según Airwars. Se han documentado decenas de ataques contra instalaciones sanitarias en el resto de Siria, incluidos múltiples ataques que se han vinculado directamente a las fuerzas rusas.

“Documentamos numerosos ataques a hospitales con armas de precisión rusas, lo que demuestra un claro deseo de atacar hospitales, que están protegidos según el derecho internacional. Espeluznante”, dice Marc Garlasco, un investigador de crímenes de guerra que ha analizado la actividad rusa en Siria para Naciones Unidas.

La Organización Mundial de la Salud ha documentado al menos 72 ataques contra objetivos sanitarios, en los que han muerto al menos 71 personas. Hay un sinfín de pacientes que han visto interrumpida su asistencia sanitaria por el asedio, incluidos niños con cáncer, que están atrapados en Chernígov y se están quedando sin calmantes para el dolor.

El simple hecho de alimentar a tu familia se convierte en algo peligroso cuando Rusia ataca. Desde 2015, las fuerzas rusas o las gubernamentales han matado o herido a civiles sirios en 204 ataques registrados contra mercados, según datos de Airwars. Esto multiplica por cinco la cantidad de los ataques imputados a la coalición liderada por Estados Unidos contra el ISIS en el mismo periodo. 

También han atacado colegios. En Siria han muerto niños mientras estudiaban. En Ucrania, al haberse cerrado las aulas, no había niños sentados en clase cuando cayeron las bombas, pero sí ha habido víctimas. En Mariúpol, un misil cayó sobre una escuela de arte que servía de refugio a, al menos, 400 personas.

Incluso cuando no hay fallecidos, el daño causado a un centro educativo o su destrucción desgarra el corazón de una comunidad y su futuro. Solo en Járkov, en el Este, 48 colegios han quedado destruidos, según su alcalde. Y han atacado cientos en todo el país.

En Siria, atacaron los suministros de agua, gas y energía. En Ucrania, atacaron una central energética en el este incluso antes de que Rusia lanzara su invasión total y el suministro de estos servicios se ha interrumpido en distintos puntos del país, lo que resulta especialmente demoledor en el duro invierno ucraniano.

Uso generalizado de armas no selectivas

En Ucrania, las fuerzas rusas han empleado armas de efectos indiscriminados en sus ataques contra áreas residenciales de ciudades y pueblos. Así han reducido poblaciones enteras a escombros.

La destrucción a mayor escala se ha producido en varios distritos de Mariúpol, donde los incendios han prolongado el daño de los bombardeos. Pero también han atacado otras localidades de esta manera, incluidas las orientales Volnovaja y Shchastia al inicio de la guerra. Los residentes de Volnovaja dicen que el 90% de ella ha quedado arrasada o dañada.

El número de víctimas civiles en este tipo de ataques es alto. Matan a muchas personas, no se pueden enterrar los cuerpos, y los habitantes que sobreviven pasan los días refugiándose en sótanos helados sin agua, con sus reservas de comida menguando y con la esperanza de una evacuación que se ve repetidamente truncada.

Una vez más, el reflejo de Siria se ve claramente, con vídeos de la destrucción que recuerdan a las imágenes de Alepo. En Siria, las fuerzas rusas usaron presuntamente cientos de veces y sobre barrios altamente poblados bomba termobáricas, un explosivo especialmente mortífero que puede absorber el oxígeno del aire.

Rusia también ha empleado otras armas ligadas inherentemente a efectos indiscriminados en ambos países, incluidas las bombas de racimo –que se liberan y esparcen desde un proyectil de reparto– y misiles Grad –armas indiscriminadas y sin guía diseñadas para campos de batalla abiertos–.

En Siria se han registrado 567 veces daños civiles provocados supuestamente por munición de racimo, con al menos 2.000 víctimas mortales entre los civiles. También se han usado extensamente en Ucrania, desde Járkov en el noreste hasta Mykolaiv en el sur. Allí un hombre dijo a The Guardian que las bombas de racimo que cayeron sobre su pueblo habían matado a un vecino suyo y herido gravemente a otro.

“Lo que hizo Rusia en Siria era prácticamente indescriptible: ataques intensos que destruían áreas enteras”, dice Fadel Abdul Ghany, jefe de la Red Siria por los Derechos Humanos. Señala el asedio de 2018 sobre el barrio residencial de Guta, que estaba en manos de los rebeldes: “Hubo al menos 12 aviones bombardeando una zona civil, y cuando terminaron, vinieron otros 12 a sustituirlos”.

Rusia también ha aprovechado sus guerras para desarrollar tácticas y probar nuevo armamento. El ministro de Defensa del país presumió de haber probado más de 300 nuevos tipos de armas en Siria y en Ucrania aseguran haber usado nuevos misiles hipersónicos por primera vez.

Corredores humanitarios

El cuarto punto de su “manual sirio” es anunciar corredores humanitarios. Tanto en Siria como en Ucrania, Rusia ha aparentado ofrecer vías de escape de áreas asediadas o seriamente bombardeadas para luego arrebatar, en el último segundo, la oportunidad de una salida segura a los civiles hasta zonas alejadas del conflicto.

Las imágenes de autobuses esperando en fila para una misión de rescate y forzados a esperar mientras los bombardeos continúan se hicieron habituales en Siria y se han repetido en Ucrania. Quizá el caso más notorio en Ucrania sea el de Mariúpol. Tras semanas de ataques y falsas esperanzas, decenas de miles huyeron en convoyes ad hoc con coches privados en cuanto se propagó la noticia de que los puntos de control rusos estaban dejando pasar a los civiles. Los que no tenían coche tuvieron la horrible opción de caminar durante varios kilómetros o quedarse en una ciudad en ruinas.

Algunas veces Rusia anunciaba corredores humanitarios en Siria de forma unilateral sin coordinarse con organizaciones internacionales como Naciones Unidas, lo que significa que éstas no podían controlarlas, apunta Emma Beals, investigadora asociada del Middle East Institute en Washington. A veces los corredores se abrían por un espacio de tiempo tan breve que resultaban inútiles, imposibles de manejar e incluso llevaban a civiles a áreas bajo control de las fuerzas militares de las que se estaban escondiendo.

“La lección importante de Siria es que cuando la victoria militar y política es su ambición explícita, apenas hay nada que les pueda frenar para conseguirlo. Usaron los corredores humanitarios como parte de esos objetivos”, dice Beals.

En Siria, Rusia y sus aliados fueron acusados al menos siete veces de matar o herir a civiles en ataques contra convoyes humanitarios, incluidos aquellos que llevaban alimentos. Murieron al menos 44 personas, según datos de Airwars.

La apertura de corredores, aun cuando no sean funcionales, también pueden presagiar ataques más intensos. “Entonces Rusia suele argumentar que, como han dado esta oportunidad para salir, cualquiera que siga ahí es un ‘terrorista’ y, por lo tanto, un objetivo militar legítimo. Ese fue el patrón más infame en Alepo”, dice Kyle Orton, analista especializada en Siria.

Desinformación

Otro sello distintivo del “manual sirio” es la negación sistemática de víctimas civiles y crímenes de guerra, o la desinformación al respecto. A día de hoy, Rusia no ha reconocido haber matado a un solo civil en Siria ni dispone de mecanismo conocido alguno para medir el impacto de sus actuaciones sobre los civiles. 

Desde que invadió Ucrania, la maquinaria de propaganda en Rusia ha pegado un acelerón e incluso ha prohibido la pura verdad de llamar “guerra” a la invasión. En su lugar, es una “operación especial”. Putin defiende que sus soldados están luchando para “desnazificar” un país cuyo presidente es judío.

A nivel internacional, Rusia ha intentado negar algunas de sus peores atrocidades en Ucrania. Ni siquiera dejó morir dignamente a la mujer embarazada que fue asesinada en Mariúpol: la embajada rusa en Londres aseguró que sus últimos suspiros agonizantes eran “fake”, falsos.

Eso recuerda a los ataques contra el grupo civil de rescate de los Cascos Blancos, las víctimas sirias de la campaña de desinformación más agresiva y exitosa de Rusia. Se hicieron mundialmente famosos al filmar sus rescates tras los bombardeos, pero les acusaban continuamente de manipular las carnicerías que grababan.

El portavoz jefe del Ministerio de Defensa ruso, el general de brigada Igor Konashenkov, incluso alegó, sin pruebas, que las fuerzas ucranianas planeaban hacer “vídeos preparados” de falsos muertos civiles en campañas “basadas en el patrón de los Cascos Blancos”.

Sara Kayyali, investigadora sobre Siria de Human Rights Watch, dice que la campaña en Siria consiguió sembrar la duda durante varios años acerca de cualquier acusación de daños civiles. “Nos enfrentamos a la sofisticada campaña de desinformación de los medios rusos, lanzada especialmente contra personas como los Cascos Blancos. Desafortunadamente, tuvo bastante éxito en muchos círculos”.

¿Miedo ante el siguiente paso?

Un paso que Rusia podría dar potencialmente, a imitación de la guerra en Siria, es usar armas químicas. Rusia no empleó armas químicas en Siria, pero el aliado de Putin, Asad, sí las desplegó ilegalmente contra los civiles en múltiples ocasiones. Siria se ha limitado a negar estos ataques o bien a afirmar que eran operaciones de “falsa bandera” de los rebeldes. Pero el organismo asociado a la ONU que vigila los armamentos químicos ha confirmado que el régimen sirio utilizó agentes químicos, incluido gas sarín, un tipo de gas nervioso.

Los líderes occidentales han advertido de que Rusia puede estar planeando un ataque similar en Ucrania. El Estado ruso ya usó un agente nervioso y veneno radiactivo en ataques sobre suelo británico.

La falsa acusación de Moscú de que Ucrania tiene armas biológicas y químicas es una “señal evidente” de que Putin está desesperado y está considerando la posibilidad de usarlas él mismo, ha dicho el presidente de Estados Unidos, Joe Biden. Putin también lanzó una amenaza nuclear velada al poner en alerta máxima a las fuerzas de disuasión nuclear.

Si se cumple esa amenaza, llevará a Putin incluso más allá de su propio “manual sirio” brutal. El mundo occidental, que se abstenido de intervenir en ninguna de las dos guerras incluso aunque hubiera civiles atrapados, desnutridos y bombardeados, todavía no ha decidido cómo respondería a esto.

Joe Dyke lidera al equipo de investigación de la organización de control de daños civiles Airwars.

Con información de Adam Gnych y Sanjana Varghese.