The Guardian

La esperanza de encontrar supervivientes en Venezuela se desvanece: “Hemos hablado con los vecinos, pero no los encuentran”

Camille Rodríguez Montilla, Clavel Rangel, Tom Phillips y Jane Clinton

La Guaira, Caracas y Rio de Janeiro —

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Casi toda la familia de Ligia Level vivía en tres bloques de apartamentos a lo largo de la Avenida Hotel, una franja costera con complejos turísticos salpicados de palmeras y condominios de gran altura en la costa caribeña de Venezuela.

Cuando un doble terremoto sacudió la región el miércoles por la tarde, esos edificios y las vidas que los habitaban se derrumbaron. Al menos 1.430 personas han muertos y, según la ONU, podría haber más de 50.000 desaparecidos por los sismos. El Ministerio de Exteriores de España ha registrado seis españoles fallecidos, 14 entre los escombros y 133 no localizados.

Level, de 67 años, saltó desde la ventana de su primer piso, fracturándose el pie al intentar ponerse a salvo. Sus familiares parecen haber tenido menos suerte.

El jueves, se sentó frente a uno de los tres edificios, Residencias Villamar, preguntándose si existía alguna posibilidad de que su sobrina y su sobrino hubieran sobrevivido, tal vez saltando desde su apartamento del quinto piso a un colchón en el exterior.

Level creía que su madre y su hermana, que vivían al lado en un condominio llamado Residencias Anna Mar, casi con toda seguridad habían muerto. “Las hemos perdido”, solloza mientras espera junto a los escombros noticias y la llegada de ayuda del gobierno.

“Por favor, necesitamos urgentemente ayuda internacional. Cualquier ayuda y a quien podamos conseguir”, implora, mientras los voluntarios buscan supervivientes entre los escombros ante la ausencia de equipos de protección civil. “No estábamos preparados para algo así; no estamos acostumbrados a esto”.

“Cualquier información puede ser crucial”

El Hotel Avenue se encuentra en La Guaira, una ciudad portuaria deteriorada que rodea el principal aeropuerto internacional de Venezuela, devastado por el terremoto.

En un discurso televisado, la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, declaró que La Guaira era la zona más afectada por lo que calificó de “fenómeno sísmico sin precedentes” y lamentó la “auténtica tragedia” que había azotado a los habitantes de la región. “Esperamos salvar el mayor número de vidas posible”, prometió durante su visita a la “zona cero” el jueves, asegurando que los equipos de rescate internacionales ya estaban llegando.

El hermano de la presidenta interina, Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, informó que 250 edificios habían sido destruidos, la mayoría en La Guaira.

Mientras los hermanos Rodríguez hablaban, las redes sociales se llenaban con los nombres y rostros de desaparecidos durante el desastre, que redujo grandes zonas de La Guaira —y pueblos cercanos como Catia La Mar y Caraballeda— a un amasijo de metal, concreto y polvo.

Uno de ellos fue identificado como Carlos Ravelo, piloto de aerolínea, y visto por última vez también en Residencias Villamar. “¡Cualquier información podría ser crucial para ayudarnos a encontrarlo!”, suplicaba un mensaje en un folleto en línea difundido por amigos.

Del mismo edificio también desaparecieron la familia Bencomo, los Lonardys, Marysville y Paola, quien, según una petición de ayuda en línea, dirigía una guardería local.

Otras publicaciones sugerían que familias enteras han desaparecido durante la catástrofe: grupos de cuatro, cinco o incluso seis miembros, incluyendo niños pequeños, se han perdido a causa del peor terremoto de Venezuela desde octubre de 1900.

Familiares de los desaparecidos han acudido en masa a los centros médicos de Caracas, la capital, con la esperanza de que hubieran sido trasladados allí.

Nos tomó cuatro horas sacarla con la ayuda de algunos amigos

A las afueras del hospital público Domingo Luciani, David Guevara busca en las listas manuscritas de pacientes los nombres de sus tías, Andrea Laya y Gabriela Fleritt.

Viven en Residencias Las Palmas, otro bloque de apartamentos en La Guaira, pero no han sabido nada de ellas desde el terremoto. “Hemos hablado con los vecinos, pero no las encuentran”, dice Guevara, cuyo sobrino Sebastián, de siete años, ha sido operado por lesiones en brazos y piernas tras ser hallado con vida.

Las listas de “pacientes del terremoto” revelan el impacto multigeneracional del desastre. Entre los pacientes operados figuran dos niños de cuatro años llamados Ana y Axiel, un niño de seis años llamado José y otro de siete años, Jesús. Mientras tanto, el centro de traumatología ha acogido a María, de 73 años; a Antonio, de 19; y a Carmen, de 55.

“Había mucho miedo, pánico e histeria”

La Guaira ya había experimentado otras tragedias antes, la más notoria en 1999, cuando varios deslizamientos de tierra mataron a más de 15.000 personas a principios de los 14 años de mandato del expresidente Hugo Chávez. Pero incluso en comparación con ese episodio, las escenas de la calamidad de esta semana descritas por los supervivientes resultan escalofriantes.

La catástrofe fue captada por la cámara de dos pescadores que se encontraban en alta mar mientras su ciudad se derrumbaba. “Dios mío!”, se escucha exclamar a uno de ellos, mientras enormes nubes de polvo envuelven las zonas costeras de La Guaira, donde viven sus familias.

Héctor Morán Cirkovic se encontraba junto a la piscina del Club Náutico Playa Grande, unos cientos de metros al norte de Residencias Anna Mar, cuando 40 segundos de intenso temblor derrumbaron edificio tras edificio.

Fue brutal y muy rápido. No tuvimos ni cinco segundos para salir. Todos gritaban y estaban en estado de shock, pensando que la vida se había acabado

“Fue brutal y muy rápido. No tuvimos ni cinco segundos para salir. Todos [a nuestro alrededor] gritaban y estaban en estado de shock, pensando que la vida se había acabado. Había mucho miedo, pánico e histeria”, dice Cirkovic, un arquitecto jubilado de 61 años.

Cirkovic recuerda haber visto cómo cinco edificios se derrumbaban “verticalmente delante de mis ojos”. En total, vio cómo unos 30 edificios cercanos se desplomaban.

El ingeniero Francisco Garcés, en declaraciones al canal de televisión estatal VTV, comparó la fuerza de los terremotos con la energía liberada por una bomba atómica. “Acabamos de presenciar… un evento sísmico extraordinario, extraordinario para el país y también para el planeta”, dijo señalando que el terremoto liberó 32 veces más energía que el sismo de magnitud 6,5 que azotó la misma región en 1967.

Garcés advirtió sobre réplicas a medida que las placas tectónicas del Caribe y Sudamérica, responsables del cataclismo, continuaban moviéndose, y dijo que una vez concluidas las labores de rescate, los ingenieros deberán estudiar por qué La Guaira sufrió daños tan graves.

“La gente trabaja con las manos desnudas”

Por ahora, la prioridad sigue siendo encontrar sobrevivientes, aunque las esperanzas comienzan a desvanecerse y crece la frustración por la aparente lentitud de la respuesta del gobierno. Treinta y seis horas después de que los terremotos consecutivos devastaran la costa norte de Venezuela, los afectados aún se lamentaban por la falta de ayuda oficial.

El sábado, más 1.600 rescatistas han empezado a llegar al país y a trabajar en la búsqueda y el socorro de las personas que siguen atrapadas. El jueves, el secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, declaró que, por orden de Donald Trump, había movilizado tropas para “apoyar al pueblo venezolano” en estos momentos de necesidad. EEUU envió un equipo de respuesta ante desastres de más de 250 personas. Al menos otros 15 países también han enviado sus propios equipos.

El rescatista Diego González relata que pasó horas desenterrando a su prima Helari Rodríguez, de 34 años, de entre los escombros de Residencias Belo Horizonte, un edificio de apartamentos en la localidad costera de Catia La Mar. “Nos tomó cuatro horas sacarla con la ayuda de algunos amigos”, dice. “La gente trabaja con las manos desnudas. Las herramientas son esenciales. Pero Catia La Mar está destruida; muy pocos edificios habrán sobrevivido”.

Rotny Bombart, un paramédico de 33 años, ha acudido al mismo hospital para tratar una herida en el brazo que sufrió tras pasar cinco horas desenterrando a su madre, María Eugenia, de un edificio de 15 pisos derrumbado en La Guaira. Bombart finalmente la encontró tras oírla pedir auxilio.

“Nada te prepara para esto”, dice, recordando los cuerpos desmembrados, personas muertas y niños entre escombros que ha visto en la zona del desastre, donde apenas ha llegado la ayuda gubernamental.