Bartolomé de las Casas
El fraile español que recogió la voz indígena y desafió la historia oficial de la Conquista
La corriente de un río puede convertirse en el testigo más brutal de una matanza cuando los cuerpos empiezan a acumularse sobre el agua y desaparece cualquier posibilidad de refugio. Eso fue lo que ocurrió en Caonao en 1513, durante una acción que dejó una huella profunda en quienes la presenciaron.
La violencia ejercida contra un grupo que había acudido con ofrendas y cantos mostró hasta dónde podían llegar los abusos de la conquista y convirtió aquel episodio en un episodio habitual para quienes denunciaron el trato recibido por los pueblos indígenas. También dejó una pregunta sobre la responsabilidad moral de quienes contemplaban aquellos hechos y decidían qué hacer después.
Bartolomé de las Casas cambió tras ver aquella violencia
Bartolomé de las Casas fue uno de esos testigos. El fraile había llegado a las Indias en 1502, siendo todavía muy joven, y durante años siguió una trayectoria parecida a la de otros colonos españoles. Participó en la conquista de Cuba y obtuvo una encomienda. Sin embargo, la matanza ocurrida cerca del río Caonao alteró su manera de ver la realidad. Años después recordaría cómo un soldado arrebató a un niño de los brazos de su madre y lo lanzó contra unas peñas. Aquella imagen, según sus propios relatos, le acompañó el resto de su vida.
La transformación de Las Casas no surgió únicamente de aquella experiencia. En 1511 ya había escuchado en Santo Domingo el célebre sermón del fraile dominico Antonio de Montesinos. Desde el púlpito, Montesinos cuestionó el sistema de explotación impuesto a los indígenas y lanzó preguntas que quedaron grabadas en la memoria de muchos asistentes: “¿Éstos no son hombres?”. También preguntó: “¿No tienen ánimas racionales?”. Las Casas quedó impresionado, aunque todavía tardaría varios años en romper definitivamente con el modelo que había aceptado hasta entonces.
La ruptura llegó en 1514. Mientras preparaba un sermón en la villa de Sancti Spíritus, leyó varios pasajes bíblicos que le llevaron a revisar su conducta. Según el biógrafo Manuel Giménez Fernández, decidió devolver sus indígenas al gobernador y apartarse del sistema de encomiendas. La decisión tuvo un elevado coste personal porque lo enfrentó a muchos colonos, pero también le otorgó una autoridad moral que marcaría el resto de su trayectoria.
Poco después viajó a España para denunciar la situación que sufrían los naturales de las Indias. Gracias a la intervención del arzobispo de Sevilla consiguió exponer sus argumentos ante el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros. El regente lo nombró Protector de los Indios en 1516 y le encargó estudiar posibles reformas. Aquella etapa también dejó uno de los episodios más contradictorios de su vida, ya que defendió temporalmente la importación de esclavos africanos, una postura que acabaría lamentando años más tarde.
Verapaz logró avances sin campañas armadas
Tras varios intentos fallidos de reforma, Las Casas impulsó una experiencia diferente en la región de Tuzulutlán, en la actual Guatemala. Allí defendió una evangelización basada en la predicación y el respeto a las costumbres locales, sin intervención militar. La iniciativa terminó siendo conocida como Verapaz y logró que varias comunidades aceptaran la presencia de los dominicos sin derramamiento de sangre. Fue uno de los pocos ejemplos que el religioso pudo presentar como una prueba de sus ideas.
Su actividad también se desarrolló en el terreno político. Las denuncias que elevó a la Corona contribuyeron al clima que desembocó en las Leyes Nuevas de 1542. Estas medidas limitaron las encomiendas y abolieron la esclavitud indígena en diversos supuestos. La reacción fue inmediata y especialmente intensa en el Perú, donde estalló la rebelión encabezada por Gonzalo Pizarro. Las Casas siguió defendiendo sus posiciones incluso cuando fue enviado a la diócesis de Chiapas, una zona donde muchos encomenderos veían sus propuestas como una amenaza.
La discusión intelectual alcanzó su punto más conocido en Valladolid entre 1550 y 1551. Allí se enfrentó a Juan Ginés de Sepúlveda, que sostenía que la guerra contra los indígenas podía justificarse por su supuesta inferioridad natural. Las Casas respondió cuestionando esa interpretación y defendiendo la plena racionalidad de los pueblos americanos. Aunque los jueces no emitieron una sentencia definitiva, el debate se convirtió en uno de los grandes enfrentamientos ideológicos del siglo XVI.
Hasta su muerte en Madrid en 1566, Las Casas continuó escribiendo y denunciando abusos. Su figura ha sido utilizada desde posiciones muy distintas, pero sus manuscritos muestran la persistencia de una idea que mantuvo durante décadas: la justicia debía imponerse incluso cuando chocaba con los intereses de la Corona o de los colonos. Esa determinación explica tanto las adhesiones como los rechazos que provocó durante su vida.
Bernardino de Sahagún conservó la memoria de los nahuas
La presencia española en América también dejó perfiles muy distintos al suyo. El profesor Juan Miguel Zunzunegui destacó recientemente en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando la importancia del franciscano Bernardino de Sahagún, que pasó cerca de seis décadas en los territorios que hoy forman parte de México.
Según el historiador mexicano, “gracias a Bernardino, los pueblos nahuas tienen memoria; se dedicó a salvaguardarla durante años”. Sahagún aprendió náhuatl, estudió costumbres locales y dedicó gran parte de su trabajo a documentar una cultura que apenas había sido registrada por escrito.
Zunzunegui considera que aquel esfuerzo tuvo una importancia excepcional porque permitió conservar información sobre la lengua, las tradiciones y la visión del mundo de numerosos pueblos indígenas. También recuerda que Sahagún participó en la fundación del Colegio de Santa Cruz de Santiago Tlatelolco, un proyecto educativo destinado a formar a jóvenes de origen indígena.
Para el divulgador, la dedicación del fraile demuestra una intención de comprender a aquellas comunidades desde dentro. En ese contraste entre la violencia que observó Las Casas y el trabajo cultural desarrollado por Sahagún aparece una de las grandes tensiones de la presencia española en América durante el siglo XVI.