Autor del libro “El método Yakarta” Entrevista

Vincent Bevins: “ El método de exterminio de EEUU en Yakarta es un fenómeno global del que Argentina fue apenas una parte”

Cuando a mediados de 2020 y en la antesala de la pandemia Vincent Bevins publicó su primer libro de investigación, un documento de más de trescientas páginas con detalles hasta entonces ignorados sobre la participación de los Estados Unidos en varias de las masacres ocurridas durante la Guerra Fría, nada indicaba que el libro se convertiría en un clásico de lectura obligatoria para la nueva política estadounidense.

Los elogios a The Jakarta Method (New York, Public Affairs) se hicieron oír a lo ancho del circuito podcasts políticos locales. La crítica Grace Blakeley describió The Jakarta Method como “un viaje fascinante y perturbador alrededor del mundo, en el que Bevins documenta los efectos de la violenta cruzada anticomunista de Washington a lo ancho de varios continentes.” Desde la revista GQ aseguraron que el libro: “[Es] una lectura obligada para comprender cómo el aparato de inteligencia de EE. UU. se convirtió en lo que es hoy y cómo ha devastado a tantos países en el camino”.

El Método Jakarta (ahora editado en castellano por Captain Swing) ilustra el plan orquestado por la CIA que resultó en el asesinato de un millón de Indonesios a manos del gobierno golpista del Mayor General Suharto; plan que el gobierno de los Estados Unidos exportó como sistema al resto del mundo, en especial a América Latina. El libro describe, analiza y prueba a base de documentos desclasificados y entrevistas lo que Bevins define como una “red global de planes de exterminio anticomunista” que la CIA inauguró a mediados de los años 50 e impulsó desde Indonesia hacia, al menos, veintidós países, incluidos Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia y Venezuela.

Tal vez por el alcance global de su trabajo es que Bevins (L.A. Times, Financial Times, The Washington Post) desea que la investigación sea leída en el resto del mundo. “Me [interesa] que el libro se lea afuera, especialmente en América Latina y Asia,” asegura desde Río de Janeiro, a donde viajó para el funeral de su amigo y colega, el periodista británico Dom Phillips. 

“Para mí es importante establecer que este método de exterminio de Estados Unidos es realmente un fenómeno global del que Argentina fue apenas una parte. Una técnica implementada desde los Estados Unidos para establecer políticas represivas que se desarrollaron en todo el mundo y que dieron forma al nuevo orden global”. 

Este método, Bevins propone, nos ha legado el mundo en que vivimos hoy.

Tu libro muestra en parte que la dualidad entre buenos y malos, ese debate tipo Rocky III en torno a la Guerra Fría, pareciera estar apagándose en los Estados Unidos ¿Eso está cambiando?

La idea de que los Estados Unidos desempeñan ontológicamente el rol histórico fundamental de “los buenos de la película” es casi imprescindible en la cabeza de todo estadounidense. No se puede ser ciudadano Americano sin aceptar esta religión cívica que tenemos y que es tan poderosa. Todo parte de allí, incluso la versión Rocky III de la historia mundial. Si algo está cambiando, pues me alegra.

El objetivo de los juicios a las juntas militares en Argentina fue demostrar que durante el golpe se había activado un plan sistemático de exterminio enfocado sobre ciertos grupos políticos de izquierda para imponer políticas neoliberales. Tu libro revela que, además del Plan Cóndor, existió (y existe) un plan global que conecta las desapariciones de personas desde Indonesia hasta Chile y Argentina. 

Yo me topé con esta historia cuando trabajaba para el Washington Post en el sudeste asiático. Y no sólo me di cuenta de que la masacre de 1965 en Indonesia, de aproximadamente 1 millón de civiles, era desconocida de este lado del Atlántico, sino que esa masacre se relacionaba con varias cosas que habían sucedido en América Latina. Mi objetivo fue globalizar esa historia y establecer de la mejor manera posible las conexiones entre las tácticas y los procesos que se usaron en Indonesia y los que se utilizaron en América Latina. De hecho, la represión que tuvo lugar durante la Guerra Fría en todos estos países, lo que se llamó la Organización Internacional Anticomunista, fue a menudo mucho más coherente y mejor organizada que la más famosa Internacional Comunista. 

Lo que comienza a probar mi libro es que el bando triunfador en la Guerra Fría, el que finalmente salió victorioso y condujo al mundo a un nuevo orden capitalista, hizo un mucho mejor trabajo [que la Internacional Comunista] intercambiando ideas y personal, acumulando un cuerpo de conocimiento que podía aplicarse en nuevos escenarios y nuevos centros estratégicos.

Para empezar hay que remontarse a la operación Paperclip, ¿no?

Bueno, sí. Los Estados Unidos nacionalizaron a [mil seiscientos] científicos Nazis, pero también, después de la Segunda Guerra Mundial, se creó el Sistema de Seguridad del Atlántico Norte. 

Algo que me parece especialmente interesante es que el primer uso documentado de desapariciones como forma de represión política se da en 1965 en Indonesia. En América Latina, en plena Guerra Fría, los primeros casos de desaparición ocurrieron en 1966. Y en esos años existió un traslado de personal desde las embajadas estadounidenses desde del Sudeste Asiático hacia los países que implementaron esa práctica de desaparición. Ese es un dato que el libro, gracias a la perspectiva global que toma, puede haber ayudado a iluminar. Pero, claro, estudiar y analizar esas conexiones requerirá más detalle.

El libro se enfoca en lo que ocurre en Indonesia y da cuenta del genocidio de un millón de personas. Luego pasa a Guatemala en donde, creo, el número de víctimas es también muy alto...

Uno de los grandes problemas, por supuesto, es que los crímenes cometidos por los perdedores de la Guerra Fría tienden a ser bastante conocidos aquí en Occidente. Pero no ocurre lo mismo con los crímenes de los ganadores. Así que los números son imprecisos. En Indonesia, por ejemplo, los números son tremendamente imprecisos pero según la información que manejo, Guatemala tuvo el segundo número en términos de asesinatos masivos, intencionales, de militantes de izquierda. Son cientos de miles. Y hay un debate en Indonesia sobre si se debe usar o no la palabra genocidio. Yo no creo que el término sea apropiado para lo que ocurrió allí. Pero en Guatemala ciertamente hubo motivos raciales, pues la cruzada anticomunista motivó el asesinato en masa de indígenas. Luego, después de eso, creo que Argentina… bueno, Argentina tiene los números más altos de América del Sur. Guatemala y El Salvador tienen los números más altos del continente Americano.

Una de las cosas que para mi libro es importante es la metonimia “Yakarta”, este dispositivo literario que uso en el libro, pero que también los asesinatos en masa anticomunistas usaron en el siglo XX para globalizar este fenómeno. 

En relación con el uso de la palabra “Jakarta” según dos periodistas argentinos a quienes cito --uno es Juan Pablo Csipka y el otro es Ignacio González Jansen-- un grupo de miembros de la Triple A [Alianza Anticomunista Argentina] se encontró con representantes guatemaltecos en España, en una reunión organizada por la Embajada de los EEUU. Allí hablaron sobre este plan “Yakarta”, de cómo funcionó y cómo podría implementarse en Argentina. Fue una reunión organizada por la Embajada de EEUU en España entre López Rega, líder de la Triple A Argentina, y Máximo Zepeda, jefe de grupo guatemalteco llamado Nueva Organización Anticomunista, que nucleaba a los escuadrones de la muerte en su país. 

Cuando se trata de cosas como esa, lo mejor que puedo hacer es abrir el camino a otros investigadores. Porque siempre de ser muy cuidadoso sólo haciendo afirmaciones que realmente puedo verificar con información desclasificada o relatos de primera mano.

Lo que sí sabemos con certeza, porque tenemos mejor evidencia, es que durante ese tiempo la palabra “Yakarta” se usó aquí en Brasil y en Chile para connotar básicamente ese plan de exterminio. En Brasil no se implementó, pero en Chile sí. Y el rol de Argentina es, además, de conexión. Argentina y Guatemala intercambian tácticas. Los funcionarios argentinos les explican a sus homólogos centroamericanos cómo se hace y cómo funciona [el plan], cuál es la mejor manera de usar la violencia para establecer regímenes capitalistas autoritarios.

Hay una parte del libro en la que da la sensación de que la izquierda no tuvo grandes chances de triunfar en Asia ¿Creés que ese fue también el caso de América Latina? 

Voy a intentar responderte de tres maneras diferentes. Número uno, en este libro siempre trato de contar una versión de la historia que mantiene vivas varias posibilidades. Y creo que allá por los años 40, 50 y 60, no había razón para creer necesariamente que Estados Unidos iba a actuar del modo en el que actuó. En los primeros años de la verdadera hegemonía estadounidense, después de la Segunda Guerra Mundial, algunos de los líderes antiimperialistas e izquierdistas más comprometidos del mundo esperaban que Estados Unidos actuase de manera diferente. Ho Chi Minh, Mao y Sukarno, dos comunistas y un antiimperialista de tendencia izquierdista, esperaban que Estados Unidos estuviera a la altura de una versión diferente de su ideal republicano. 

Cuando se trata de América Latina, también me gusta contar la historia sin un final cerrado, porque no creo que la historia esté predeterminada. Claro, si la izquierda latinoamericana se preguntara hoy qué podríamos haber hecho distinto… bueno, pues no hay una respuesta fácil a esa pregunta. 

Es sabido que, mientras la masacre se desarrollaba en Indonesia, el Che Guevara da su discurso en el que habla de “demasiados Vietnam”. Esa era una posible respuesta a la pregunta. Pero esa respuesta implicaba necesariamente una lucha muy difícil y violenta. 

Como digo en la conclusión, el proyecto del Tercer Mundo, ese intento de reconstruir el orden global de una manera total y concretamente poscolonial, con una economía delineada por reglas más justas para el desarrollo de los países del Sur, iba a ser increíblemente difícil de por sí. La idea del Tercer Mundo estaba plagada de contradicciones internas. Se iba a requerir todo tipo de esfuerzos heroicos para estructurar una acción colectiva que pudiese llevarlo a cabo. El Tercer Mundo era un proyecto sumamente difícil, incluso sin contar con interferencias externas. Ahora, con todo lo difícil que ya se presentaba, digamos que realmente no ayudó demasiado que el gobierno más poderoso en la historia de la humanidad tratase activamente de destruirlo. 

Lula se consolidó en el poder luego de los ataques del 11 de septiembre, en un período en el que Estados Unidos no estaba preocupado por la política de América Latina en absoluto. Disfrutó parcialmente de lo que aquí llaman el “benign neglect”. Y eso posiblemente abrió un espacio para que la Marea Rosa se consolidara. Si ahora miras a los Estados Unidos desde adentro, se lo ve en combustión. Y, en paralelo, la Marea Rosa parece estar desplegándose de nuevo ¿Podría decirse que están dadas otra vez las condiciones para que ese proyecto de izquierda regrese y se consolide?

Creo que tienes razón en señalar una dualidad aquí porque desde Brasil, Estados Unidos se percibe como un imperio en decadencia. Y da la sensación de que está haciendo exactamente lo que suelen hacer los imperios en decadencia, que es replegarse sobre sí mismos y arrancarse los ojos los unos a otros. 

Este momento de un imperio en decadencia, un imperio que se está volviendo sobre sí mismo de un modo autodestructivo, puede generar todo tipo de oportunidades para el futuro del orden mundial, pero también puede ser bastante peligroso. Siempre me gusta señalar que El método de Jakarta intenta mostrar que el orden mundial que tenemos hoy está lejos de ser perfecto y podría haber sido mejor. De hecho, el mundo de hoy es consecuencia del empleo de la violencia en la construcción de un sistema liderado por Estados Unidos. Indudablemente podría mejorar mucho. Pero la realidad es que también puede empeorar. Estados Unidos es capaz de desencadenar un sin límite de problemas si reacciona de forma exagerada. Si un imperio en decadencia reacciona de manera irresponsable o emocional a una amenaza percibida, puede ser muy peligroso. Especialmente cuando ese imperio posee la máquina de matar más avanzada en la historia de la humanidad --el ejército de los Estados Unidos-- al alcance de la mano. 

Otra cosa idea que me gusta mencionar es que la capacidad relativa que tiene Estados Unidos de imponer resultados negativos en el resto del mundo… bueno, eso no está en cuestión. Puedes, por ejemplo, tomar como referencia nuestro control del sistema financiero internacional, específicamente el sistema monetario que permite imponer sanciones a cualquier país en cuestión de horas. Esta es una fuente de poder muy sólida.

Pero mira lo que pasó con Rusia y las sanciones que quisieron imponer. Han causado un sin número de problemas en Estados Unidos, empezando por una inflación que no existía desde hace años. 

Las sanciones son efectivas para disparar algún tipo de castigo contra un país; para hacer cumplir alguna versión del “orden internacional basado en reglas”. Si desafías a los EE. UU. pagarás las consecuencias. Pero al mismo tiempo, las sanciones son increíblemente ineficaces para cambiar el comportamiento de los estados. Quiero decir: mira a Irán y Venezuela. Durante los últimos años los Estados Unidos ha impuesto sanciones contra sus economías, pero las sanciones no han generado el tipo de resultados que Estados Unidos decía esperar al imponerlas. En Rusia hay es diferente, porque las sanciones han estado vigentes por menos tiempo y Rusia es una economía mucho más grande. Pero de un modo similar, ves el castigo real pero no un cambio de comportamiento.

El tema de las sanciones es interesante. Tras lo de Rusia, que de un modo bien visible muestra un cambio en la balanza mundial de poder y el fortalecimiento relativo de otros centros globales, existe la posibilidad de que esas mismas sanciones que antes sólo impactaban hacia afuera hoy tengan un efecto contraproducente hacia el interior del país. Entonces, ¿cómo EE. UU. podría sancionar, por ejemplo, a Brasil, si no les gustara el resultado de las elecciones de octubre, si Brasil es una economía similar a Rusia en volumen?

Creo que [la amenaza de las sanciones] resulta contraproducente a largo plazo, dado que muchos de los países en el sistema global comienzan a darse cuenta de que lo mejor para ellos es moverse hacia un sistema que no esté totalmente dominado por el dólar y las instituciones financieras de Nueva York. Ahora ya se escucha al PT brasileño hablando de una moneda latinoamericana. Este tipo de conversaciones y son resultado del hecho de que se ha vuelto muy visible esa herramienta con la cual Estados Unidos castiga sin la fuerza necesaria para cambiar la política. 

Hoy ya se ha vuelto muy claro que hay una contradicción real entre la idea de un imperio y la de una democracia. Porque, ¿en qué medida realmente importa, a los fines políticos de los Estados Unidos, si Irán o Venezuela cambian? A políticos como [el senador Republicano] Marco Rubio, lo único que les interesa es demostrarle a sus votantes que están siendo duros con Venezuela. Pero cuando las consecuencias reales de las sanciones toman forma, ya nadie presta atención. 

Ya que comenzamos a hablar de instituciones que a veces fallan me gustaría hablar sobre la crisis de los medios estadounidenses.

Claro.

De hecho, los medios estadounidenses jugaron un papel importante en justificar las masacres en Indonesia, Guatemala y el resto del mundo. Y siempre tienen un sesgo cuando cubren América Latina. Por ejemplo, siempre toman como palabra oficial lo que les filtra el Departamento de Estado, la CIA o la DEA. ¿Son los medios estadounidenses tan independientes como ellos se piensan?

Los medios estadounidenses tienden a representar la realidad de una manera muy similar a la forma en la que el gobierno de los EE. UU. ve al resto del mundo. Y tienden también a simpatizar con los objetivos de la política exterior de los EE. UU. Eso es así. Pero el mecanismo es sutil y complicado de explicar. Por eso resulta tan efectivo. Si fuese fácil de explicar, si fuese sólo una variable, no resultaría todo lo eficiente que es. 

En los Estados Unidos no tienes censura directa de los medios como sí la tienes en regímenes autoritarios. Se permite la publicación de libros como el mío. Al menos en pequeños círculos se discuten los crímenes de la política exterior de los EE. UU. y el imperialismo estadounidense. Pero la manera de reproducir una ciudadanía que simpatiza ampliamente con ciertos puntos de vista sobre el sistema global se lleva a cabo de maneras sutiles. Por eso creo que el hecho de que haya varias respuestas a esa pregunta es fundamental para entender por qué el sistema de medios es tan efectivo y por qué Estados Unidos tiene un componente ideológico tan fuerte en sus estructuras hegemónicas. 

Los estadounidenses, especialmente quienes trabajan en medios, tienden a creer en esos valores de los que hablábamos. Nos criamos en una realidad que es una especie de versión de la historia en formato Disney, donde nosotros somos los buenos que luchan contra los malos, que están en otros lugares del mundo. Puede que tal vez cometamos algunos errores en el camino, pero al final triunfamos porque trabajamos duro y creemos en lo que nos proponemos. Mucho de la subjetividad estadounidense se forma de esta manera, desde muy joven. 

La segunda variable, te diría, y esto es algo que [Noam] Chomsky señala de manera muy efectiva en Manufacturing Consent es que, especialmente ahora en el siglo XXI –aunque también en parte del XX-- ninguna organización de medios tiene los recursos suficientes como para salir a todas partes y recoger toda la información sobre realidad. En los diarios dependemos de otras instituciones muy grandes que hacen gran parte de la recolección de información. [Es] necesario confiar en los gobiernos y las ONGs, en la policía y los grupos de expertos, para acceder a la materia prima básica de nuestros informes. Y sólo basta con mirar las estructuras de propiedad y las estructuras de incentivos que gobiernan ese tipo de instituciones, especialmente las que gobiernan las agencias de inteligencia, las ONGs, los think tanks para ver qué tipo de información estamos manejando.

Una tercera parte, es la estructura de propiedad de los medios. Y ésta es una crítica muy clásica, pero las organizaciones grandes de medios son hoy por hoy propiedad de familias muy ricas con claros intereses económicos. No sólo estamos convergiendo con América Latina, sino que estamos volviendo a una versión anterior de la prensa estadounidense, cuando las noticias se identificaban claramente con los dueños de las empresas de noticias, con las grandes familias. Citizen Kane justamente trata de esto. 

Y para cerrar la respuesta a tu pregunta, creo que el modelo publicitario realmente afecta al tipo de noticias que se publican. 

Existe, además, este paternalismo profundamente arraigado en el sujeto estadounidense cuando miramos hacia fuera. Y esto se remonta a los dos caminos divergentes que tomaron las revoluciones en las Américas: el más conservador, un camino “supremacista blanco”, que es el que tomó Estados Unidos, en comparación con la mayoría de las repúblicas de habla hispana tras el final de la colonización europea formal. 

Desde ese momento se puede ver una línea clara desde la cual Estados Unidos ve una  América Latina corrupta por la mezcla racial y el mestizaje. En el fondo, en los Estados hay todavía mucha gente que piensa de esa manera y estoy seguro de que eso se filtra en la cobertura de los medios anglosajones. 

¿Cómo ves a Brasil post-Bolsonaro? 

Pues, te digo, hay una dualidad que para mí es fascinante. Parece que Bolsonaro no está completamente a cargo. Ciertamente no en la medida en que le gustaría estarlo. Da la sensación de que el pueblo brasileño está realmente listo para eyectarlo. A menudo escucho a personas en Brasil decir que en lugar de un gobierno, hay un desgobierno, una especie de agujero negro lleno de retórica combativa. Por un lado, parece que el Bolsonarismo se acabó, está terminando. Por otro lado, ayer estuve en el funeral de Dom Phillips, amigo mío, periodista, que fue asesinado en el Amazonas. Y por supuesto Bolsonaro sigue siendo el presidente. Bolsonaro todavía sale por televisión diciendo esencialmente que [Dom] merecía que lo mataran, que no debería haber estado ahí, que se metió en un lugar peligroso. Y cuando dice “es peligroso allí”, lo que quiere decir es: “oigan, aliados mineros, o madereros ilegales o personas involucradas en actividades delictivas en la Amazonía: ustedes tienen derecho a matar a quienquiera que se les cruce en el camino”. Existe una dinámica extraña en la que, por un lado, parece que Bolsonaro está de salida y no hay demasiados caminos para que pueda implantar una visión bolsonarista para Brasil. Pero por otro lado es claro que Bolsonaro va a intentar aferrarse al poder. 

[En ese sentido] Lula tiene una doble tarea por delante. Necesita ganar votos, y parece que los va a obtener. Pero también tiene que asegurarse de que todas las instancias concretas de poder real en Brasil acepten el resultado de la elección. Eso significa que los militares, la policía militar, los medios de comunicación, el capital nacional, la posible intervención internacional, ¿no? todos esos sectores acepten los resultados. 

A partir de la idea de Hannah Arendt sobre Eichmann existe la renuencia a llamar a estos criminales “monstruos”. Porque cuando los llamas monstruos les estás atribuyendo un nivel de irracionalidad del que no gozaban. Otorgarles el beneficio completo de su voluntad para involucrarse en esas actividades asesinas es importante para comprender cómo funciona todo esto, ¿verdad? 

Eso es muy importante en el contexto de Indonesia, pero también en América Latina. Son temas bastante oscuros y es horrible pensar en ellos, pero imagínate que Logísticamente, cinéticamente, es muy difícil matar a un millón de personas. Se requiere una gran cantidad de energía y coordinación para hacerlo. Lo que prueba que esto que ocurrió en Indonesia no es simplemente el resultado de un momento de rabia o venganza, o de alguna manía irracional que se apoderó de ellos. Y sin embargo esa es la historia que contó el periodismo en su momento. 

La realidad es que las masacres de Indonesia en 1965 fueron necesarias para la construcción de un régimen capitalista autoritario aliado con los Estados Unidos, un régimen que fue fundamental durante la Guerra Fría. Estos asesinatos fueron necesarios para la creación de la dictadura de Suharto, que se convirtió en uno de los aliados más importantes de Occidente en el sudeste asiático. Y el hecho de que fueran necesarios para la construcción del Estado significa que moldearon muy profundamente la naturaleza de ese Estado. Si un estado se construye sobre las ruinas del asesinato en masa, esas muertes quedan embebidas en muchas de las estructuras del propio estado. 

En Sudamérica ocurrió algo similar. Manuel Contreras, el fundador de DINA en Chile, tenía una forma bastante macabra de pensar algunas cosas. En algún momento se jactó de que había logrado matar menos gente que Argentina. Y eso significaba que era más eficiente, que había hecho mejor su trabajo. Obviamente esto es una jactancia horrible, además de una muestra de la rivalidad entre esas dos dictaduras. Pero para que esa jactancia tenga sentido hay que comprender que tanto él como los funcionarios argentinos entendían que había un objetivo. Los asesinatos eran un medio para llegar a un fin. No fueron resultado del desquicio de un supervillano de Hollywood al que le gusta ser malvado. Fueron una parte fundamental en la construcción de un régimen capitalista autoritario estable que no permitiría que existiera ningún tipo de disonancia socialista, o proyecto socialista, en América del Sur. Y eso es algo que, volviendo al comienzo de nuestra conversación, realmente ha faltado en las narrativas estadounidenses sobre la Guerra Fría. Los malos no eran asesinos malvados e irracionales. Eran personas racionales que estaban jugando un papel muy particular en la construcción de un sistema muy, muy delimitado. Comprender esto es fundamental, porque sobre estos hechos se erige el orden global en el que hoy estamos viviendo.

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