El planeta en jaque: tiempo de repensarlo todo
Siempre me gustó el fútbol. Cuando arranqué el colegio, esperaba ansioso que sonara el timbre del recreo para salir corriendo a armar el partido. En primer grado recuerdo cómo Pablito, el dueño de la pelota, ponía las reglas. Él decidía cuándo había foul, qué gol valía y cuál no. Pablito era injusto y caprichoso, pero nadie lo cuestionaba. La respuesta era siempre la misma: “Es mi pelota”. Si aceptábamos sus condiciones, había fútbol; si no, la pelota se iba y el juego se terminaba.
Un día nos cansamos. Dejamos de discutir sus reglas y llevamos nuestra propia pelota. Marcamos los arcos, acordamos reglas simples y empezamos a jugar. Cuando había discusiones, se respetaba la opinión de la mayoría y punto. Pablito pataleó, pero entendió que ya no tenía poder. No importaba que fuera el más grandote del curso ni que su pelota fuese el último modelo. O se acomodaba a las reglas de todos o se quedaba sin jugar. Las reglas sirven cuando son compartidas y se respetan.
Ojalá el orden global funcionara como el fútbol. En el deporte, las reglas son las mismas para todos: en la cancha son 11 contra 11 pateando una pelota, y más de una vez vimos al equipo más débil ganarle al más fuerte. El orden mundial no funciona de esa manera. Los organismos multilaterales fueron creados por y para los países más poderosos. La Organización Mundial del Comercio, las Naciones Unidas, el FMI y el Banco Mundial, entre otros, surgieron para sostener un sistema funcional a los países desarrollados del Atlántico Norte, en particular a Estados Unidos. O al menos lo era. La emergencia de China en las últimas décadas amenaza la hegemonía económica y financiera estadounidense.
El avance de Estados Unidos sobre las instituciones internacionales se explica porque estas dejaron de ser funcionales a sus propios intereses. Eran la base de legitimación de un sistema que le resultaba conveniente. Cuando dejó de serlo, se convirtieron en una cáscara vacía.
El orden mundial tal como lo conocíamos se desarma frente a nuestros ojos. Estados Unidos le declaró la guerra comercial no sólo a China sino al mundo entero mientras interviene directamente en países como Venezuela e Irán, rompiendo con los puntos más básicos del derecho internacional y poniendo al mundo al borde de una crisis económica y una escalada bélica. Mientras tanto, sequías históricas, incendios récord en varios continentes y olas de calor extremas confirman que la crisis climática ya no es una advertencia sino una realidad que se agrava día a día. Y como telón de fondo, la desigualdad de la riqueza alcanza niveles intolerables, al punto que los 12 (sí, doce) hombres más ricos del mundo acaparan más riqueza que la mitad de la población mundial (unos 3.600 millones de personas). En medio de la incertidumbre y el caos, emerge una pregunta inevitable:
¿cómo reordenar las fichas de un juego cuyas reglas se están reescribiendo?
El fin del libre comercio: ya no alcanza con “patear la escalera”
Todos los países desarrollados pegaron el salto al desarrollo de la mano de políticas proteccionistas, con una fuerte participación estatal que generó incentivos para que el sector privado invirtiera en sectores estratégicos, en general la industria manufacturera. Estados Unidos, sin ir más lejos, tuvo los aranceles a la importación más altos del mundo durante buena parte del siglo XIX y hasta la Primera Guerra Mundial. Una vez alcanzado el desarrollo, estos países exportaron las ideas del “libre mercado” como receta para crecer y desarrollarse. De esa manera, generaron un patrón de comercio internacional en el que se proveían de materias primas desde los países subdesarrollados y exportaban manufacturas de alto valor agregado y contenido tecnológico.
Cuando el discurso teórico sobre las supuestas ventajas del libre comercio no alcanzó para persuadir a los países periféricos, el nuevo orden económico internacional comenzó a consolidarse a través de organismos multilaterales y acuerdos comerciales que limitan el margen de maniobra de las economías en desarrollo.
La idea de “patear la escalera” remite al argumento de que los países hoy desarrollados alcanzaron su nivel de industrialización mediante políticas proteccionistas y fuerte intervención estatal, pero una vez consolidada su ventaja comenzaron a imponer el libre comercio para el resto del mundo. Argentina, por ejemplo, enfrentó múltiples conflictos comerciales en la Organización Mundial del Comercio (OMC) durante las últimas décadas debido a políticas vinculadas a licencias de importación, administración del comercio y medidas de promoción productiva.
Pero un día el libre comercio dejó de ser funcional para los países desarrollados, y el principal beneficiario pasó a ser, de manera inesperada, China. Los países desarrollados del Atlántico Norte vienen experimentando un proceso sostenido de desindustrialización mientras China en apenas cuatro décadas pasó de ser una economía periférica a convertirse en un actor central del sistema global, capaz de disputar la hegemonía económica, tecnológica y geopolítica a Estados Unidos.
El “made in China” dejó de ser sinónimo de productos baratos pero berretas y hoy el gigante asiático no solo desafía a Estados Unidos en el tamaño de su economía sino que consolida posiciones dominantes en sectores estratégicos como la manufactura avanzada, las energías renovables, las telecomunicaciones y buena parte de las cadenas globales de suministro tecnológico.
Incluso la hegemonía financiera de Estados Unidos comienza a mostrar signos de debilitamiento. Si bien el dólar continúa desempeñando el rol de principal moneda internacional su participación relativa en las transacciones comerciales y en las reservas internacionales de los bancos centrales ha disminuido gradualmente en las últimas décadas.
Por eso hoy los países desarrollados, con Estados Unidos a la cabeza, vuelven a aplicar aranceles, subsidios industriales y ambiciosos programas de inversión en ciencia y tecnología para resguardar sectores estratégicos y reconstruir capacidades productivas. Ya no basta con “patear la escalera” para que otros países no la puedan usar, es hora de volver a utilizarla. ¿La OMC? Bien, gracias por preguntar.
Tic-Tac: la emergencia climática es ahora
El giro unilateralista de Estados Unidos excede largamente las cuestiones comerciales. Donald Trump ordenó el retiro del país de 66 organismos internacionales vinculados al clima, la biodiversidad, la energía, la migración y los derechos laborales. La lista incluye instituciones clave del sistema multilateral, como la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC), el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) y el Fondo Verde para el Clima.
Desde la Casa Blanca justificaron la decisión con el mismo argumento utilizado para abandonar el Acuerdo de París o la Organización Mundial de la Salud: según el gobierno, estas instituciones “promueven agendas radicales y globalistas” que entrarían en conflicto con la soberanía nacional y las prioridades económicas estadounidenses.
En conjunto, el movimiento confirma un cambio estructural en la posición de Estados Unidos: menor involucramiento en reglas y consensos globales y mayor énfasis en la seguridad energética basada en combustibles fósiles y en el gasto militar.
Si bien la tasa de crecimiento de las emisiones de CO₂ se ha desacelerado en la última década, el nivel absoluto de emisiones se mantiene en una meseta muy alta: 2024 y 2025 aparecen, de hecho, como los años de mayor CO₂ emitido en la historia. Al ritmo actual, existe un 50 % de probabilidad de que el calentamiento global de 1,5 °C sea superado en seis años.
El límite de 1,5 °C fijado por el Acuerdo de París funciona como una línea de seguridad para el planeta no marca el comienzo del problema, sino el punto a partir del cual los riesgos climáticos se vuelven mucho más peligrosos y difíciles de controlar. Superarlo implica entrar en un escenario donde las olas de calor dejan de ser episodios excepcionales para transformarse en amenazas recurrentes para la salud y la producción de alimentos; donde las sequías y los incendios se intensifican, degradando ecosistemas y fuentes de agua; donde el aumento del nivel del mar expone a millones de personas a inundaciones permanentes; y donde los eventos extremos —tormentas, lluvias torrenciales y huracanes— ganan fuerza y capacidad destructiva.
Estados Unidos es el país que más emisiones generó a lo largo de la historia y hoy ocupa el segundo lugar detrás de China, con cerca del 14 % del total mundial de CO₂ proveniente de combustibles fósiles. Su alejamiento de los principales espacios de cooperación internacional para enfrentar el calentamiento global no solo anticipa un posible aumento de sus propias emisiones: también envía una señal preocupante al resto del mundo y debilita la respuesta colectiva en un momento decisivo. Si Estados Unidos no respeta las reglas, la pregunta surge sola: ¿por qué deberían hacerlo los demás?
En un sistema climático que ya muestra señales de estrés, cada décima de grado adicional no es un detalle estadístico: amplifica daños, eleva costos económicos y profundiza pérdidas humanas, empujando al planeta hacia cambios que pueden volverse irreversibles y que ponen en cuestión las condiciones básicas para vivir en él.
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