Grafitis argentos en la flota yankee
Sons of Birch es el primer grafiti que llama mi atención. Sí, escrito así, bien argento. La foto es en blanco y negro, y en la misma, un segundo grafiti está siendo escrito en el estribor del destructor yankee por una figura que se estira, mientras una multitud la contempla, luego de la enardecida tarde que dio nombre a una arremetida popular en contra de la flota más poderosa del mundo. Era el 10 de septiembre de 1984 en Puerto Madryn. La Guerra de Malvinas había terminado hacía dos años.
Aunque nacido y criado en el mismo pueblo, caminante de las mismas calles, bañado en las mismas aguas del Golfo Nuevo, no conocía la trascendencia de aquel día. La imagen que encontré en una muestra fotográfica en la biblioteca municipal, tomada por Daniel Feldman, me permitió engarzar historias.
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Los estibadores y los marineros del sindicato sabían de la llegada de la flota imperial ante las órdenes recibidas de despejar el sitio 2 del muelle Almirante Storni. La noticia se expandió entre los trabajadores del puerto y los vecinos: Madryn recibiría a los colaboradores norteamericanos. El pueblo pensó una recepción distinta a la pactada entre los gobiernos de Argentina y Estados Unidos, en el marco de una nueva visita del Operativo Unitas, que implicaba realizar ejercicios navales entre las fuerzas yanquis y de los países de Sudamérica. En dicha visita a Puerto Madryn se esperaba que atracaran cuatro barcos de superficie y un submarino para reabastecerse en suelo argentino. Solo uno llegó a tocar puerto.
Fue una respuesta ante la bronca por el recuerdo de los pibes de Malvinas que dos años atrás habían pisado ese mismo muelle, regresando con la vergüenza de la derrota, con la mirada de los que vieron el horror y lo padecieron. Habían bajado del buque británico Canberra el 19 de junio de 1982. Cientos de familias se agolparon a recibir a los hijos de la tierra que habían batallado, mientras los triunfales titulares decían “Vamos ganando”. Manos cargadas de pan y calor buscaron entrelazarse con aquellas otras huesudas, sosteniendo todavía el frío y embarradas de suelo malvinense durante los sesenta días bélicos.
Por eso esta vez nadie tampoco dudó. La consigna corrió por la ciudad: debían expulsar a los colaboradores yankees que apoyaron a los británicos en la guerra.
Se movilizaron albañiles, estudiantes secundarios y universitarios, jubilados, concejales, militantes políticos, obreros metalúrgicos, estibadores, amarradores, docentes, maestras jardineras, empleados municipales, provinciales. Madres, padres, hermanos, hermanas, tíos, tías, abuelos, primos, primas, o amigos de los soldados sobrevivientes que dieron su vida por la perdida perla austral. Todos rechazaban la presencia del Destructor US 988 “Thorn”, buque insigne de la flota del Atlántico Sur de la Armada de los Estados Unidos de Norteamérica.
El día quedó marcado como el Madrynazo.
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El seco agite del aerosol se perdía en el bullicio de la multitud que coreaba “yankees go home” y levantaba carteles, mientras la bandera de EEUU, robada al buque repleto de marines incrédulos, ardía. Un improvisado coro de chubutenses entonaba a capela las estrofas del Himno Nacional Argentino. Agachado, vestido con vaquero y campera, el hombre terminaba de escribir “Afuera traidores”, con un pie al borde del muelle. Una escena que bien podría ser la tapa de portada de un disco de la banda de rock pesado Rage Against The Machine.
Daniel Feldman es quien la registra. Feldman es un nombre con historia en la prensa gráfica de Trelew y Chubut. El diario Jornada, donde trabaja como fotógrafo desde hace más de cuatro décadas, utilizó en tapa las fotografías que capturó de aquella tarde noche del 10 de septiembre. No recuerda los rostros o nombres de aquellos ignotos grafiteros a los cuales inmortalizó. Todo era caótico, dice ahora.
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Daniel trae a la memoria un hecho significativo dos años antes, con la llegada de los combatientes de Malvinas al mismo muelle Storni de Puerto Madryn.
Rememora el trabajo planeado para Jornada ante la noticia del desembarco para así lograr las mejores fotografías del suceso, junto con otro colega fotógrafo: Eduardo González Aguas. Eduardo logró escabullirse en el interior de un auto oficial del Ejército Argentino, por medio de un conocido en las Fuerzas, e ingresó al muelle.
–Estaba totalmente custodiado. No se podía entrar, solo te dejaban hasta el borde. Eduardo logró pasar disfrazado y cuando bajaban los ex combatientes, el capitán de Navío lo agarró de las mechas y lo sacó. Pudo hacer sólo una foto de ellos bajando con el Canberra de fondo.
Fue tanta la solidaridad del pueblo con los combatientes, que pasó a la historia local como el día que Madryn se quedó sin pan.
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–Queríamos quilombo– dice Higinio Roco, veterano de Malvinas, retacón, morocho y con sonrisa que recuerda al Guasón.
Evoca los días previos al 10 de septiembre en la ciudad y en el muelle.
Roco fue uno de los tantos combatientes que habían bajado del Canberra dos años antes, y tal vez fotografiado por Daniel Feldman y Eduardo Gonzáles Aguas. Para septiembre del ‘84 eran pocos los centros de veteranos en el país, e incluso muchos combatientes negaban su condición y no conseguían empleo. Eran visitantes, castigados en su regreso, y por lo cual cerca de 300 se terminarían suicidando.
Cuenta Roco que renacieron sentimientos cuando supieron que los yankees pisarían el mismo suelo donde sus camaradas y él regresaron.
Él siguió la noticia de repudio por la radio AM –la única en esa época–, y el llamado a congregarse en la plaza central para pedir respuestas a las autoridades municipales el domingo, y luego sumarse a una marcha el lunes 10 de septiembre. En aquel momento trabajaba en el armado de una planta pesquera en las afueras de la ciudad. Era el primer trabajo después de la guerra, tenía 20 años y una familia a la cual sostener. Pidió permiso para ir a la plaza, se lo negaron. No le importó y se fue igual con su bicicleta, la bronca movilizaba sus piernas.
Él y tantos otros vecinos, el día previo al Madrynazo, a fuerza de reclamos, lograron que el Concejo Deliberante emitiera un comunicado declarando a la flota en aguas del Golfo Nuevo como presencia no grata. Roco sonríe al recordar: hace pocos días salió del hospital donde estuvo internado por un infarto.
Sons of birch.
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Patricio Castillo Meisen es un profuso defensor de la memoria colectiva madrynense, además de ser abogado, militante político, y reconocido vecino.
En septiembre de 1984 era estudiante secundario de la Comercial –hoy el colegio se llama Leandro N. Alem– y se convertiría en presidente del primer centro de estudiantes de la pequeña ciudad que, entre otras cuestiones, reclamaba la gratuidad del boleto estudiantil.
El 10 de septiembre de 1984, alumnos de la Comercial, junto a otras 6 mil personas autoconvocadas, partieron desde el centro madrynense hasta el muelle. Entre ellos, Patricio. Les llevó más de una hora de caminata llegar hasta el Storni, donde ya estaba el grupo de avanzada de trabajadores portuarios y fabriles, dispuestos con los aerosoles y pinturas.
–Ese número de personas representaba un cuarto de la población de aquellos años, comparable a movilizar casi 30 mil personas en estos días. Algo imposible de imaginar, salvo cuando se conmueve al pueblo en lo más íntimo– dice ahora Patricio.
Pasadas cuatro décadas del Madrynazo, no desconoce el desacierto del gobierno nacional, al cual apoyaba fervientemente. Hasta hoy reivindica la figura de Raúl Alfonsín, presidente en el retorno democrático.
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El grueso de la gente que llegó al muelle corrió un kilómetro y medio hasta acercarse al destructor US Thorn. El pueblo se agolpó.
Los marines norteamericanos, incrédulos, decidieron repelerlos con chorros de agua de las mangueras en la cubierta. Tenían tanta fuerza que obligaron a retroceder bastantes metros a los manifestantes. Y eso los enardeció.
Feldman, el fotoreportero, ingresó junto a ellos con sus cámaras analógicas a películas de solo 36 fotos, las cuales no fueron alcanzadas por el impacto directo del agua, aunque quedaron gotas en el lente y salieron registradas en las fotografías.
Pasarían años hasta que decidiera digitalizar los rollos completos.
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Madrynazo. Desmalvinización y Memoria Colectiva. Así se llama el libro que publicó Monica Durán en 2017. Es historiadora y profesora, delgada y sencilla, su voz y mirada se encienden cuando nombra la causa Malvinas.
Es un profundo trabajo de investigación y reúne entre sus páginas varias de las fotografías de Feldman, capturando decenas de momentos de la movilización en la ciudad, en el muelle, y cuando los vecinos llegaron al barco.
Ahora Mónica se mueve en un cuarto pequeño, donde alberga los archivos de los diarios locales y regionales, apilados por meses de los diferentes años dentro de sobres marrones. Decenas de paquetes en las estanterías dispuestas alrededor de las cuatro paredes solo interrumpidas por una ventana. Entre todo ese material están las fotografías de Feldman.
Recuerda, mientras se acomoda sus anteojos, que en el aniversario 25 del Madrynazo, cuando se realizó el primer acto oficial en la ciudad por haberse incorporado la fecha en calendario municipal, Daniel Feldman le dijo:
–Tengo el archivo de las fotos, porque fui el fotógrafo ese día.
Mónica no lo podía creer. Hasta ese momento no tenía otras fotos que no fueran las que se habían publicado en los diarios, y como todo evento, solo circulaban dos o tres. Al momento de publicar el libro, Daniel le dijo que usara las que quisiera. Entre ellas están las imágenes de los grafiteros y pintores.
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–Me encanta esta foto. La sonrisa de ella– dice Verónica.
Verónica y Sandra trabajan en la biblioteca municipal Domingo F. Sarmiento, me permiten ver las fotografías del Madrynazo que allí guardan, armadas y dispuestas para ser colgadas en muestras y actividades.
En la foto que señala se ve a una mujer de pelo largo que mira hacia la movilización. Sonríe orgullosa con los brazos extendidos. Tiene puesta una remera blanca arriba de la campera con la frase Yankees Go Home. Está rodeada de cuatros hombres, uno viste uniforme de prefectura y con jerarquía de prefecto naval: él ríe con ganas y la mira, mientras sostiene un radio handy en la mano. Ya es de noche y es el momento culmine de la movilización: se logró el objetivo.
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Horacio Farulla es uno de los integrantes de la Comisión Multisectorial que se formó los primeros días de septiembre, previos a la llegada de la flota, y que informó de la presencia yankee en el suelo madrynense y solicitó el repudio oficial. Fueron a la radio AM a transmitir un comunicado, y hasta dieron el mensaje durante un partido de básquet, muy popular en esa época.
–Teníamos un gobierno nacional, provincial y municipal ausentes en septiembre de 1984. Nos movilizamos solos, sin líderes y sin ningún tipo de respaldo político. Nos hicimos dueños del espacio público.
Eran militantes de diferentes partidos políticos quienes deseaban expresar el sentimiento de gran parte de la población ante el recuerdo de los pibes, fueron la primera expresión popular después de la guerra.
Dice Ricado Iorio, cantante de metal pesado argento: “Fui elegido /para cantarte /por quienes quieren olvido restarte /grave pesado mas no inconsciente /yo te lo mando ex combatiente”.
La revancha por los combatientes, el Madrynazo, se logró a fuerza de un pueblo que no quería caer en el olvido.
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Juan Ulibarri señala la fotografía donde está inmortalizado en aquella tarde del Madrynazo: con abundante cabellera y barba, en medio de la marea humana que inundó el muelle. De fondo el destructor de la armada yankee con los grafitis. Aunque él no tiene presente los aerosoles, sí recuerda que llevaron pintura y pinceles para dejar sus mensajes en el barco.
Nacido y criado en Buenos Aires, eligió Puerto Madryn por azar. Comenzó a trabajar como técnico químico en la empresa de aluminio Aluar que se instaló a principios de la década del ‘70, y luego de eso trajo a su familia a vivir al sur.
–Para mí Malvinas fue el último acto de entrega. Fue una verdadera traición: todos los muchachos y el pueblo comprometido en su momento. Vengo de una generación de participación muy activa; fuimos, para mí, el último momento en que un grupito de la sociedad soñó con cambiar nuestra condición. Por supuesto que perdimos como en la guerra.
Habla firme y pausado, en su voz se mezcla la amargura y la bronca por los pibes de Malvinas, la rabia por los militares impulsando una guerra para aferrarse al poder. Dice también que aquella tarde del 10 de septiembre fue una respuesta genuina de la comunidad:
–La sociedad de Madryn sintió un compromiso amoroso con todos los chicos y acompañó, a pesar de que toda la estructura militar los intentaba ocultar, con una maniobra de quererlos invisibilizar, como se quiere invisibilizar toda lucha popular.
El Operativo Unitas de los Estados Unidos aquel año celebraba el 25 aniversario de su recorrido por las aguas del Océano Atlántico Sur, abasteciéndose en los diferentes puertos de los países socios, como Argentina, que mostraba su buena fe de negociación. Muchos de los comercios e instituciones de Madryn esperaban con ansias la llegada de los marines y sus dólares.
Pero en esa oportunidad los yankees no pudieron bajar con su bandita musical y celebrar con las autoridades locales, ni ofrecer sus espejitos de colores de origen americano, ni llevarse las caricias y besos de las jóvenes madrynenses.
Juan no considera el Madrynazo como algo “extraordinario”, sino más bien simbólico. Aunque sale de lo ordinario que miles de personas se movilizaran para expulsar la flota más importante del mundo, el mensaje era que existía un pueblo que no quería arrastrarse.
En los registros del Operativo Unitas del año 1985, no existe mención del paso por Argentina ni los hechos ocurridos en Puerto Madryn.
“Porque el verano está aquí y es el momento adecuado para luchar en las calles… muchacho”, cantan los Rolling Stones en Street Fighter Man –Luchador Callejero– de 1968, tema que el propio Juan elige de fondo al momento de contar sobre su participación en el Madrynazo:
–Me quedé casi sobre la popa del barco, estuve ahí -vuelve a señalar la foto donde están él y el destructor- más cerca del borde, y donde tirábamos con las gomeras, que las traía yo.
Al principio eran pocos: él y varios compañeros salieron desde la empresa Aluar que está enfrente del muelle Storni, donde llegaría la flota. Y de la misma forma que aparecieron las gomeras, aparecieron las latas de pintura, los pinceles y el atropello a los prefectos cuando entraron al pasar la barrera.
–Le tiramos las latas de pintura, le ensuciamos todo el barco. El barco era un monstruo: un emblema. Desde arriba nos miraban los marines, y cuando le entramos a tirar gomerazos, le pegamos a un par, y se fueron para atrás. Empezaron a tirar agua con la manguera, para esto ya había venido toda la gente.
La marea formada por los vecinos de Madryn y las localidades cercanas avanzó por el largo muelle, y frente al barco empezaron los cánticos y a sacar las banderas yankees que quemaron. Algunos lograron cortar los cabos de amarre con hachas y entonces los marines se dieron cuenta que la cosa iba en serio: pusieron marcha atrás, giraron y se fueron.
Juan Ulibarri recuerda la ovación.
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–Mi papá se llamaba Jorge Mondragón. Es quien pintó el barco y está en la foto. Mi madre, Isabel Segovia, también caminó hasta el muelle ese día y estuvo en la entrada– dice Marcelo Mondragón.
Al igual que su padre, él también es estibador en el mismo muelle Storni. Jorge Mondragón ahora es parte central en un mural en Puerto Madryn: una pared al costado de la escuela secundaria N° 736 Aviadores de Malvinas, pintado al momento de conmemorarse el 40° aniversario del Madrynazo.
En el mural se lo ve terminando de escribir “Fuera traidores” en el estribor del destructor, rodeado por los manifestantes. El color gris predomina en la pintura donde se cuela algún verde, algo de rojo, y el celeste y blanco de la bandera. Abajo está la leyenda escrita con pincel: “El 10 de septiembre de 1984 el pueblo de Puerto Madryn enfrentó a la flota más poderosa del mundo. Este es nuestro homenaje”.
Esta crónica obtuvo el Segundo Premio en la VII edición del Concurso de Crónica Patagónica, organizado por la Fundación de Periodismo Patagónico en alianza con la Universidad Nacional de Río Negro.
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