OPINIÓN
Mi amiga, Anna Freud
Cuando Sigmund Freud escribió el artículo “Pegan a un niño”, estaba preocupado por el análisis de su hija Anna. Esta última tenía una inclinación muy fuerte hacia el fantaseo. En efecto, en el momento de ingresar al movimiento analítico, la hija y paciente del padre del psicoanálisis, escribió un breve ensayo sobre las fantasías de paliza y los sueños diurnos.
Freud escribió su artículo sobre todo a partir del análisis de su hija, aunque sin decirlo. Del mismo modo, Anna utilizó su caso como si fuera otro en el ensayo en cuestión. ¿En qué consistían las ensoñaciones de la paciente? Se trataba de historias en las que siempre alguien que estaba a punto de pasar por una situación desgraciada, era redimido a través de un evento conciliador.
En resumidas cuentas, podría decirse que el goce de Anna no era tan extraordinario. Por cierto, muchas de las historias de las telenovelas tratan de personajes que, primero, sufren los más diversos escarnios para, luego, recibir una bendición del destino. Hubo una época en que en Latinoamérica los países se paraban para ver los capítulos de las series. Y lo mínimo que podría decirse es que no se trataba de guiones muy originales.
Así como el capítulo VI de La interpretación de los sueños es un libro sobre teoría del cine, antes del cine, a Freud le preocupaba la pasión telenovelera de Anna. Ella misma lo dice cuando le cuenta a Lou Salomé que esa inclinación a fantasear le quita energía para acciones más útiles, incluso el trabajo.
En cierta medida, podría pensarse que a Freud –como buen hombre de letras del siglo XIX– no le gustaba que su hija dedicara tiempo a esas formaciones, cuya estructura es el abc de lo que se llama “baja cultura”. Anna no meditaba acerca del Fausto (de Goethe) sino que se sumía en imaginaciones más parecidas a una novela de Thalía, en que una chica pobre es humillada, para luego casarse con el hijo de una familia de ricos.
Más allá del valor cultural que pudieran tener esas formaciones, al punto de que Freud las considerara síntomas –me divierte la idea de que, así como en un viejo artículo (creo que de José Bleger) un analista cuenta como un avance del tratamiento que la paciente ve menos televisión, hoy pueda decirse que hay un efecto analítico en usar menos las redes sociales–, la cuestión es cuál es el goce que subtiende esa pasión.
Para Freud, bajo el sueño diurno hay una fantasía masoquista que proyecta en la visión de la desgracia ajena una satisfacción puntual. Esta fantasía (de humillación) es propia de una edad específica, la latencia. ¿Qué es el periodo de latencia? Esa etapa de la vida que inicia cuando concluye la temprana infancia.
De los niños pequeños difícilmente podría decirse que disfrutan de mirar el modo en que a otros les va mal; más bien podríamos acordar –con Freud– en que son directamente crueles. Los latentes ya atravesaron esta etapa e inhiben sus impulsos, incluso sublimaron el complejo fraterno.
¿Qué quiere decir esto último? En principio, que un amigo no es un hermano. Pero, ¿qué es un hermano? Es alguien con quien uno se cría y rivaliza por el amor de los padres. Por eso puede haber hijos de mismos padres que, por la diferencia de edad, no funcionen como hermanos. El punto es que, en la latencia, se actualiza el complejo fraterno con otros niños.
¿Por qué un amigo no es un hermano? Porque justamente con el amigo se trasciende la rivalidad por el amor de los padres. Aunque, por supuesto, hay excepciones. En no pocas telenovelas (y vidas de la farándula, que son las telenovelas contemporáneas) quienes son como hermanos terminan peleados por una mujer o uno es amante de la pareja del otro; pero si todo va bien, la amistad surge con el pacto de poner en suspenso el complejo fraterno.
Y no solo el complejo fraterno, sino también lo central de la vida de alguien en los más tempranos años: la posición de hijo. Los niños pequeños no tienen amigos en sentido estricto; la amistad es una formación de la latencia, que surge a partir del momento en que hay un pacto en torno a que nadie hará valer su rol de hijo.
¿Por qué en las instituciones educativas muchas veces al que más estudia se lo suele burlar? Porque se entiende que este ocupa el lugar de hijo al que los demás renunciaron. Ser preferido es una suerte de estigma en la escuela, cuando más veces se responde a la sanción con un “Fuimos todos”.
La latencia es la etapa en que se mata al hijo y esto explica por qué tantas veces nos encontramos con fenómenos dramáticos de bullying como correlato de la fantasía “Pegan a un niño”. Solo con la instalación de la adolescencia este fenómeno se modifica y ya no recae sobre el hijo la saña, porque a partir del despertar sexual se trata de matar a los padres. Desde un punto de vista simbólico, claro.
¿Qué es lo que a Freud le preocupaba de su hija? Que esta no terminaba de crecer, que se quedaba en una especie de latencia extendida y que no se desarrollaba como mujer. Tal vez no ayudaba demasiado que su analista fuera su mismo padre. Paradójicamente, Anna fue la psicoanalista que primero se ocupó de pensar la escuela y al niño en esa etapa de la vida. De su vida sabemos que no se casó ni tuvo hijos, aunque sí que compartió la vida con una mujer de la que decía que era su amiga íntima.
Muchas veces se insistió en la homosexualidad de Anna Freud, pero su biógrafo no es contundente al respecto. Sí es sabido que ella misma, a diferencia de su padre, consideraba la homosexualidad como una enfermedad e incluso se oponía que a que homosexuales fueran analistas. Quizá esta actitud no haya sido una forma reactiva de encubrir su deseo.
Cuando pienso en Anna, la imagino como una mujer que, hoy, miraría telenovelas con su amiga, en un vínculo de erotismo tierno, sin condiciones sexuales. Ese disfrute que puede sentir una mujer, al estar con otra mujer, quizá sea tan escandaloso que, muchas veces, con un falso beneplácito se lo busca transformar en una relación de pareja.
Tal vez esa amistad con una mujer haya sido la manera en que Anna consiguió dejar de ser hija, posición que no hubiera podido remover en un vínculo más formal. Pienso en Anna como una latente crónica, dedicada al estudio, a la sublimación y al cuidado del legado de su padre, como una buena alumna. Nada de esto le quita mérito, al contrario. Quizá sea tiempo de revalorizar su obra.