Opinión

Anatomía de un milagro: cómo la izquierda de Colombia ganó la presidencia

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El 19 de junio en la noche, la “anatomía del instante” del recuento de votos en Colombia pareció tener un aspecto casi decepcionante: lo que parecía imposible tiempo atrás ocurrió de una forma tan rápida y límpida que privó a ese evento de la épica de la lucha final, del voto a voto que algunos presagiaban, como una forma de foguear el espíritu para las batallas futuras, que no serán pocas.

Nada de eso. Petro obtuvo 700.000 votos de ventaja sobre el pintoresco ingeniero santandereano y horas después el presidente Iván Duque, cuya impopularidad allanó el triunfo de Petro, Rodolfo Hernandez, el candidato derrotado, y el ex presidente Álvaro Uribe, cara de una derecha ya sin la vieja aura de invencibilidad, reconocían los resultados y daban inicio al “empalme” presidencial que ya ha comenzado.

Este “instante” da pistas de por dónde transitará el primer gobierno de izquierda de Colombia (aunque hay discusiones sin importancia sobre si ya hubo antecedentes en el pasado con presidentes liberal-populares). El triunfo de Petro tuvo dos dimensiones interconectadas: la épica del cambio y la realpolitik. Ninguna de las dos habría garantizado, por sí sola, su llegada a la Casa de Nariño. Ni tampoco la gobernabilidad futura.

La épica del cambio se nutrió de varios combustibles: la trayectoria del persistente Petro -con una biografía que pasó por la guerrilla del M-19, un lucido rol como senador, la alcaldía de Bogotá y dos candidaturas presidenciales previas, junto a alianzas y rupturas con diversos actores del mundo progresista; las movilizaciones populares -de base juvenil- de 2021; miles de militantes que hicieron campaña; y la candidatura de Francia Márquez: la activista afrocolombiana llegó al binomio por su gran desempeño en las primarias de marzo pasado no sin reticencias iniciales de Petro, que pensaba en una compañera de fórmula que ampliara el electorado hacia el centro.

La realpolitik se materializó en el círculo íntimo del candidato, con fogueados operadores políticos provenientes del santisimo -y antes del uribismo-, como Roy Barreras, Armando Benedetti o Alfonso Prada. Barreras -médico de formación- es un hábil senador y figura clave en las negociaciones de paz con las FARC. Benedetti - ex presidente del Senado y ex presidente del Partido de la U de Santos- fue el operador más cercano a Petro durante la campaña, y el encargado del armado en el Caribe, una de las zonas claves del triunfo del Pacto Histórico. Como recuerda la revista electrónica La Silla Vacía, Benedetti es conocido por sus acrobacias políticas: en 2006 apoyó la reelección presidencial de Álvaro Uribe y dio el salto al Senado con el eslogan “100% con Uribe”. Luego apoyó a Santos y los acuerdos de paz. “Las campañas son para buscar recursos y buscar votos, y en eso estamos”, definió en 2021. Prada, a su vez, fue el estratega de la reelección de Juan Manuel Santos en 2014. 

En esta tensión entre el cambio y la necesidad de gobernabilidad navegará el “petrismo” en los próximos cuatros años -en Colombia ya no hay reelección de ningún tipo-. En el plano de las propuestas, Petro ha prometido, entre otras cosas, una transición ecológica post-petrolera, el acceso masivo a la educación pública y una reforma impositiva. A quienes insisten en que se viene el comunismo -como el uribismo duro de la senadora María Fernanda Cabal- les ha respondido que, en un país “feudal” como Colombia, la tarea inmediata es construir el “capitalismo”. 

Al mismo tiempo, el nuevo presidente ha logrado articular una incipiente “mayoría presidencial” con el apoyo de los liberales y de otros partidos menores, y de quienes se declararon “no oposición” como el Partido de la U fundado por el ex presidente Santos, hoy profesor de la Universidad de Columbia. Santos es un caso más que curioso: llegó al poder como un halcón consumado (fue nada menos que ministro de Defensa de Uribe) y terminó como un traidor pacifista, elogiado por la izquierda continental y consagrado con un Nobel de la Paz.

La victoria de Petro es en gran medida una victoria del Partido de la Paz -y así lo deja ver incluso la geografía del voto-. El uribismo -artífice del No en el referéndum de 2016- vio debilitarse el impacto de su discurso guerrerista mientras que el nuevo partido de las FARC -primero llamado Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (también FARC) y luego solo Comunes (cuyo símbolo es una paloma que se vuelve una suerte de rosa socialdemócrata), viene recibiendo humillantes golpes en las urnas.

Petro ganó sobre el sustrato de crisis de los partidos tradicionales: ninguno pasó al balotaje. Las élites colombianas terminaron dependiendo de un imprevisible empresario de provincias tiktokero -que en el balotaje pareció más preocupado por diferenciarse de Uribe que de Petro- para frenar a la izquierda. Pero el resultado electoral también muestra avances democráticos detrás de las violentas formas con que las elites se mantuvieron en el poder: desde la Asamblea Constituyente de 1991, uno de cuyos presidentes fue el ex guerrillero Antonio Navarro Wolff -del mismo M19 que Petro- hasta el triunfo del Pacto Histórico, pasando por varias victorias electorales de la izquierda en los municipios -como la de Petro en Bogotá-. O por fallos judiciales como el que impidió la segunda reelección de Álvaro Uribe. Al mismo tiempo, pervivían los asesinatos de líderes sociales, la violenta segregación social y étnica, y los grupos armados residuales inmersos en diversos tipos de negocios, desde paramilitares hasta disidentes de las guerrillas. 

La victoria histórica de Gustavo Petro y Francia Márquez ha dejado a los cuatro países de la Alianza del Pacífico (Chile, Perú, Colombia y México) en manos de gobiernos progresistas. Este bloque se pensó alguna vez como la resistencia a la “marea rosa” de parte de la región y ahora combina gobiernos progresistas con tratados de libre comercio.

Eduardo Bolsonaro, el hijo del mesías brasileño, tuiteó un mapa de Sudamérica en el que solo cuatro países no estaban marcados por una hoz y un martillo: Uruguay, Ecuador, Paraguay y Brasil (quitando las Guayanas). Pero Brasil podría “caer” en octubre próximo si las encuestas no fallan y Lula Da Silva vuelve al Planalto. Y el presidente banquero Guillermo Lasso en Ecuador -sin mayoría en el Congreso ni en las calles, que estos días volvieron a arder- no tiene mucho margen de maniobra para llevar adelante su proyecto “noventista”. Resistirán posiblemente los colorados paraguayos (con casi 70 años en el poder, quitando el breve interregno de Fernando Lugo) y quizás la Coalición Multicolor de centroderecha en Uruguay, aunque allí el Frente Amplio sigue siendo competitivo.

Con todo, la coyuntura del progresismo regional está atravesada por tensiones internas en sus propias coaliciones, proyectos desdibujados y crecientes brechas entre las experiencias democráticas y las que vienen profundizando derivas autoritarias (Venezuela y Nicaragua, junto a Cuba en su lugar de siempre). Habrá que ver si una vuelta de Lula permitirá superar parcialmente la actual fragmentación (esperemos que no sea a través de empresas constructoras). Los efectos para Sudamérica del potencial destructivo del bolsonarismo en el país más grande de la región es, a esta altura, difícil de subestimar.

En cualquier caso, como escribió Fernando Silva Romero en su “Breve historia del domingo” quizás las elecciones sirvan para que Colombia deje de mirarse en un espejo roto. La periodista Juanita Leon, en su libro Los presidenciables, definió a Petro como el hombre de las revoluciones inconclusas. Para esta tendrá solo cuatro años, una sociedad expectante y una oposición que solo lo apoyará a cambio de prebendas.

PS