LOS CUADERNOS DE OTOÑO

Cuando Bukowski era políticamente correcto

Fabián Casas Cuadernos de otoño

La sensación es la de entrar en un bucle de espacio tiempo hecho de miedo, le digo a mi amiga El Coronel mientras la ayudo a doblar ropa que acaba de sacar de la soga. Ella me dice que como sabe que todo está atado con alambres trata de no mantener los estados de miedo mucho tiempo, que trata siempre de honrar la vida, es decir que tiene amor por su destino sea como sea. No es una persona llorona. No sé porque las personas buscan con ansiedad fama o dinero cuando lo esencial es tener amigas. Ahora hablamos de los momentos de felicidad. Le digo que uno muy preciso que tuve fue una vez en que estaba en una bolsa de dormir, en el piso de una casa de Humahuaca que se llamaba Huaira Huasi y que era de Raúl Prchal, un escritor que vivía ahí. Me daba el sol, le digo a El Coronel, y tenía 21 años. Llevaba meses viajando y tenía por delante un montón de tiempo para viajar. Pero lo que me produjo felicidad fue el presente puro, ese momento en que sentí que me estaba emancipando de la vida que había llevado hasta entonces. Soy feliz pensé. Toda emancipación implica una destrucción, así que antes viene la angustia el miedo y el dolor.

Raúl Prchal, en ese entonces, trabajaba en el ferrocarril de Humahuaca y pernoctaba a veces en una casilla cerca de la estación además de en su casa, en la que vivían todos lo que viajaban y deseaban tener un lugar para parar. Un día lo fui a visitar a la casilla y vi los libros que leía, una máquina de escribir –con la que escribió la novela El francotirador- y unas pesas para hacer ejercicio y una cama. Poco más. Sobre el escritorio tenía un corcho en el que ponía fotos o pegaba poemas. Me detuve en un poema que se llamaba “Mellizos” y era de un autor que yo no conocía: Charles Bukowski. Lo había publicado el diario La Razón. El poema me maravilló, era fresco, vital, muy narrativo y mal hablado. Hablaba de la relación del poeta con su padre que había muerto. El poeta visitaba la casa del padre y describía la relación tormentosa que habían tenido. Pero no decía, mostraba, a través de una selección de objetos e imágenes, como en el correlato objetivo que teorizó T.S. Eliot. Era un poema, pero podría ser también un pequeño relato, si uno no cortaba los versos.

Este hecho sucedió a mediados de los ochenta cuando Bukowski era políticamente correcto. Se celebraba ser un poeta maldito, un paria, misógino, machista, y misántropo. Cuando volví de viajar después de dos años, empecé a buscar poemas de Bukowski pero no estaban traducidos. Lo único que había eran las novelas de Anagrama: Cartero, Mujeres, Factotum, La senda del perdedor. Leí todas.

Y si Bukowski fue a Hemingway para estructurar su prosa, Carver fue a Chejov.

Pero seguía teniendo nostalgias de aquel poema. Pasaron los años y pude leer una antología en inglés de poemas de Bukowski. Me terminó gustando más su prosa en cuentos y novelas. Pasaron los años. Ahora leer a Bukowski es políticamente incorrecto, aunque no llegó a la cancelación. De hecho Anagrama acaba de publicar La enfermedad de escribir, un libro que reúne su correspondencia. Me divirtió leer este libro y volví a leer las novelas. Si en los poemas cierta desprolijidad y espontaneidad a veces los hacía fracasar, en las novelas Bukowski utiliza la técnica precisa de Hemingway y sus temas e ironías y dulzura, se vuelven geniales. Bukowki escribía poemas con incontinencia y publicaba todo. Si un poema era malo, lo tiraba cuando se lo devolvían rechazado. No le interesaba “trabajar” un poema después de que se fue la emoción. Hay una forma retórica de escribir poemas a “a lo Bukowski”, de esto da cuenta un poema de Raymond Carver que trata sobre un recital de Bukowski, narrado desde el yo de el poeta maldito y alcohólico y está escrito tan a lo Bukowski que parece de él. El poema de Carver se llama “No saben lo que es el amor, una tarde con Charles Bukowski”. Ojo, Carver lo admiraba, él era su ídolo cuando todavía no había publicado nada. Y si Bukowski fue a Hemingway para estructurar su prosa, Carver fue a Chejov. Ambos escribieron sobre la gente común, que está en paro, matrimonios quebrados, muertes prematuras, el terror matinal de los desclasados, los que se miran en el espejo y no ven la cara de Brad Pitt, las que notan que dejaron su independencia en una pareja viciada y sin ventanas.

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