ENSAYO GENERAL

La que busca, encuentra 

0

El desafío es escribir sobre la muestra de Fernanda Laguna en el MALBA sin nostalgia, porque la obra de Fernanda Laguna no tiene nada que ver con la nostalgia. La muestra tampoco: la curaduría de Miguel Ángel López para Mi corazón es un imán (1992-2025) resiste incluso la etiqueta de “retrospectiva”. La disposición de la obra en el espacio y el uso de las paredes que sortea con elegancia el problema de poner en un museo una obra que fue pensada prácticamente en su contra; pero sobre todo, la decisión de no organizar la muestra en términos cronológicos alimenta la sensación de que, aunque en el inconsciente colectivo porteño tengamos a Laguna tan asociada a los años 90 de Belleza y Felicidad, su obra está viva y en pleno proceso. 

Insisto con lo de la nostalgia, entonces, pero no por Fernanda sino por mí, por mis amigas y por mí. Siento que todas tenemos en la punta de la lengua la idea de que hoy no podría nacer una Fernanda Laguna, de que ese arte efímero, sexy, local, ingenuo y oscuro que le da la vuelta a la ironía para ofrecer una forma inteligentísima de la inocencia representa a una Buenos Aires que ya no existe, o está dejando de existir. Pero la propia muestra, reitero, te contesta que eso no es cierto: que Fernanda Laguna siguió hasta mucho después de la década del 90 buscando “locales”, como les dice ella a los diversos espacios en los que fue produciendo y exhibiendo su obra, siempre mezclando esa función de galería escondida con la idea del comercio (que es interesante: no aparece, en la obra de Laguna, como el germen del capitalismo salvaje, sino un poco como apareció en el mundo real, una forma de intercambio entre personas, una manera de acercarse a mundos) y la diversión; lugares que eran regalerías, que eran tugurios, y que recién después eran “espacios culturales”. ¿Qué distingue a una obra de arte contemporáneo de una chuchería? Eso que otros contestarían con la ansiedad institucional de quien necesita afirmar su lugar en un sistema Fernanda lo contesta con una sonrisa: absolutamente nada. Mientras otros nos quejamos de la gentrificación y de internet y le echamos la culpa de lo desangelado de nuestras vidas a las redes sociales o al conformismo social, Laguna sigue buscando locales, y encontrándolos. 

No quiero decir, con esto, que la obra de Fernanda Laguna escape de la crítica social, porque no lo hace en ningún sentido: en las siete secciones de la muestra podemos encontrarnos no solamente con su experimentación con los formatos y los objetos (alambres, puntillas, CDs, lo que sea, hechos collage y belleza callejera), sino también con sus compromisos con el feminismo y la creación colectiva, su búsqueda permanente de un arte por fuera de las clases dominantes, su trabajo en espacios como Belleza y Felicidad Fiorito en los que la diferencia entre arte y práctica política se vuelve, otra vez, como la diferencia entre arte y chuchería, invisible e irrelevante.

Pero sin ser nostálgica, entonces, quiero hacer igual una reflexión sobre el tiempo: qué bien le han quedado los años a la obra de Fernanda Laguna. Cómo le ha dado la razón el presente a su forma femenina de entender el arte político, a su forma monstruosa de entender lo femenino, a su forma ridícula de entender lo monstruoso. Paseando por el museo y sus paredes garabateadas, por entre esas obras que estaban ahí cerca, ahí nomás, listas casi para ser toqueteadas como en una exhibición para niños, pensé en los debates que recuerdo haber vivido y leído sobre la intimidad y la profundidad, lo serio y lo importante, y cómo Fernanda Laguna salió por la tangente de todos, con un lenguaje propio, sin pedir perdón ni permiso. No pienso solo en ella sino también en muchos de sus compañeros de generación, en Cecilia Pavón y Gabriela Bejerman, en maestros como Gumier Maier, y es difícil ahí sí no ser romántica y pensar en la última vez en que el mundo fue mágico. Pero la verdad es que ninguno de ellos hablaría así y saben más que una y deben tener razón, que la magia siempre fue algo que había que conseguir con esfuerzo en un mundo que insistía en ser aplastante y gris, y que sigue siendo posible entrar a ver una muestra y salir pensando que si una deja de lado el individualismo y el exitismo y el catastrofismo hay un afuera del mainstream y la estupidez, o más bien, que hay una estupidez mejor.