Opinión - Ensayo General

La ciudad de cerca y de lejos

Tamara Tenenbaum Ensayo general rojo

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Tengo la pesadilla de estar escribiendo siempre sobre lo mismo, de estar escribiendo siempre lo mismo. No sé si es un problema: en algún sentido todos estamos escribiendo lo mismo casi siempre, entiendo que escribir otra cosa es volver a mirar la misma obsesión desde otro ángulo. Pero aunque sea quiero eso, el cambio de foco, y por eso estoy siempre pensando qué lugares hacen de punto de giro y de punto de fuga, cuáles son los rincones de mis imágenes que me abren el mundo. Definitivamente, uno de ellos es la ciudad. Escribir sobre el Once, escribir sobre el Centro, fueron las primeras formas que encontré para salir de mi propia cabeza y de mi propia vida; y las calles de Buenos Aires todavía me sirven de brújula para encontrarme en un texto.

Cuando estaba escribiendo Una casa llena de agua, apareció la idea de ubicar a la protagonista de y narradora de mi primera obra de teatro, porque en un monólogo la protagonista es una narradora, en la frontera entre Monserrat y Constitución. Parece una tontería, pero anclarla en una zona que está cerca de mi zona sin ser exactamente mi misma zona me permitió entender y pintar toda otra parte de ella, después de haber pasado tanto tiempo trabajando sobre mis propios lugares. También me sirvió hacer de ella una persona que tenía conciencia de esa localización, que tenía conciencia de la ciudad; Milena y yo nos pareceremos en algunas cosas (en algún lugar, todas las voces que una inventa se parecen a su voz, pero no a la voz que usa en el mundo; a la voz con la que una se habla en su cabeza), pero nos separan muchas distancias también. Hacerla una persona conocedora de calles y de geografías urbanas me la hizo más cercana, y hacerla habitante de un barrio que no es el mío me permitió sostener la distancia, sostener la diferencia.    

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En parte, entonces, es por todas estas razones egoístas y absurdas que me importa tanto el destino de las ciudades. Hace un par de semanas falleció el filósofo Jean-Luc Nancy, y buscando en mi biblioteca encontré un librito que no es tan conocido ni tan importante en su obra, pero que creo que es el que más me gusta de él; se llama La ciudad a lo lejos, y es una serie de ensayos bastante modestos (en el mejor sentido) sobre las ciudades, o más bien sobre su fin. Algunos de estos textos tienen alrededor de veinte años, pero todos podrían haber sido escritos ayer, con la pandemia en la espalda. Lo divertido, lo inteligente, es que Nancy lo sabe; es decir, sabe que esos textos que está escribiendo sobre un momento en el que se supone que la ciudad se está descomponiendo podrían estar escribiéndose en cualquier momento. La ciudad nace en descomposición; la ciudad nace con la nostalgia de su identidad, porque en realidad la ciudad es la fuga de la comunidad y la identidad. Y entonces en un momento tiene nombres, y supuestamente tiene diferencias, y supuestamente no da lo mismo estar en Los Ángeles que en Berlín o en París (las ciudades de las que habla Nancy son siempre ciudades del primer mundo; es evidente que para él son esas las ciudades en estado puro, las ciudades que dan nombre al concepto de civilización), pero eso es transitorio: la esencia de la ciudad es, justamente, la pérdida de la identidad. Lloramos esa pérdida desde las primeras ciudades, desde las primeras polis griegas. Yo lo lloro hoy, cuando siento que justamente viajar ya no me cansa tanto como cuando era chica porque en realidad las ciudades (otra vez: las del primer mundo) son un poco todas iguales; en todas puedo tomar los mismos cafés, comer la misma comida étnica, comprar las mismas cosas, hablar con el mismo tipo de gente. En todas hay internet. Si los barrios que a mí me gustan resisten (el Once, el Centro, Monserrat, algún sector de Almagro) es a costa de la pobreza; resisten porque no llega la plata. Y ni siquiera, porque hay también una especie de gentrificación de la pobreza, una pérdida de identidad que ni siquiera viene con inversiones: las cadenas de kioscos, las de empanadas, las de centros de crossfit medio pelo que reemplazan los locales de los zapateros y las casas de pastas.

El tono de Nancy es perfecto; no es nostálgico, pero tampoco es optimista. Es, más bien, el tono de la curiosidad, la voz de alguien que genuinamente quiere saber qué va a pasar, alguien que mira al futuro con los ojos abiertos. Mientras los bordes de las megalópolis se derretían, mientras nuestras ciudades se hacían tan grandes y tan inabarcables que ya no podían imaginarse ni dibujarse, mientras el crecimiento de los suburbios de clase alta y las villas de emergencia convertía a las ciudades en lugares donde ya nadie vive (donde se supone que todavía pasan las cosas, aunque ya no se sabe qué es lo que se supone que pasa) Nancy sonreía con los pies bien parados en las arenas movedizas. La ciudad no siempre fue, no siempre será, tal vez ya no sea. Mientras me pregunto qué literatura voy a escribir cuando ese ya se vuelva definitivo, pienso que en ese tono quiero vivir, y en ese tono quiero que me recuerden.

TT

 

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