OPINIÓN
El costo invisible de la Inteligencia Artificial
Hacia fines de octubre de 2026, las llamadas Siete Magníficas —Nvidia, Apple, Alphabet, Microsoft, Amazon, Meta y Tesla— valían en conjunto unos 23 billones de dólares, después de haber superado los 25 billones a comienzos de ese mismo mes. Representan cerca del 35% del S&P 500 y equivalen a unas tres cuartas partes del producto bruto de los Estados Unidos.
Esa valuación suele leerse como la prueba de un éxito extraordinario. Pero los mismos números admiten una segunda lectura: ¿cuánto están gastando estas compañías para seguir valiendo lo que valen?
Durante dos décadas, las grandes tecnológicas fueron empresas livianas en activos. Su producto era el software, que se escribe una vez y se vende infinitas veces. A Microsoft, una licencia adicional de Office le costaba prácticamente nada; a Google, una búsqueda más; a Facebook, un usuario nuevo. Escalaban sin fábricas, crecían contratando programadores y convertían buena parte de cada dólar adicional de ventas en ganancia. Ese modelo sostuvo sus valuaciones.
La inteligencia artificial lo está transformando. Cada respuesta de un modelo consume cómputo real: chips especializados que cuestan decenas de miles de dólares cada uno, instalados en centros de datos gigantescos que consumen tanta electricidad como una ciudad. Las tecnológicas hoy firman contratos con centrales nucleares y compiten por cada megavatio disponible. Esos activos requieren cuantiosas inversiones, se deprecian rápido y quedan obsoletos antes de haberse amortizado: Nvidia lanza una nueva generación de chips cada año. Hasta el precio de las memorias pesa: Microsoft atribuyó 25.000 millones de su inversión de 2026 al encarecimiento de esos componentes. La carrera por la escala en IA se corre todos los años, y las empresas que vendían código empiezan a parecerse a las eléctricas o a las petroleras.
Ese tránsito, de empresas livianas en activos (asset-light) a empresas intensivas en capital (asset-heavy), se mide en una variable clave: el capex, la inversión de capital en activos de largo plazo. En 2025, Amazon, Alphabet, Meta y Microsoft invirtieron unos 410.000 millones de dólares. Para 2026, sus planes oscilan entre 720.000 y 745.000 millones: casi un 80% más en un año. La relación entre capex y activos de las Siete Magníficas llegó al 10%, el nivel más alto para las siete mayores empresas del S&P 500 desde al menos 1993.
El efecto se ve en el flujo de caja. Históricamente, estas empresas destinaban cerca del 40% de su flujo operativo a inversión; para 2026 se proyecta entre el 90% y el 100%. El caso de Amazon es elocuente: su flujo de caja libre pasó de 38.200 millones en 2024 a 11.200 millones en 2025 y, en los doce meses cerrados en septiembre de 2026, se volvió negativo en 42.400 millones. Una empresa que genera 168.000 millones de caja operativa hoy invierte más de lo que produce.
La diferencia se financia cada vez más con deuda. En 2025, Meta colocó bonos por 30.000 millones de dólares, Alphabet por 25.000 millones y Amazon por 15.000 millones. Junto con Oracle, el otro gran proveedor de nube, estas compañías emitieron 121.000 millones en 2025, más de cuatro veces su promedio anual previo, y en lo que va de 2026 las emisiones del sector ya superan los 313.000 millones. Incluso Microsoft, que se mantenía al margen, colocó a fines de octubre 25.000 millones en bonos, su primera emisión desde 2017. No es, todavía, un problema de solvencia: los balances siguen siendo sólidos. Es un cambio de naturaleza. Lo que antes se pagaba con caja propia, hoy se paga con la expectativa de ingresos futuros.
El riesgo excede a sus accionistas. El Fondo Monetario Internacional estimó que una corrección moderada de las acciones vinculadas a la IA, junto con condiciones financieras más duras, podría restar alrededor de 0,4 puntos al crecimiento mundial.
Junio de 2026 ofreció un anticipo. Las Siete Magníficas perdieron unos 2,3 billones de dólares de valor en un mes, y Microsoft cayó 17%, su peor mes desde diciembre de 2000. En octubre el grupo se recuperó y marcó nuevos récords. Semanas después, los balances del tercer trimestre volvieron a poner el capex en el centro de la escena, y las acciones de Amazon y Meta lo acusaron.
Hyman Minsky advirtió que, en los períodos de prosperidad prolongada, las estructuras financieras migran desde posiciones cubiertas, donde los flujos alcanzan para pagarlo todo, hacia otras frágiles, que dependen de que el crédito siga disponible y los precios sigan subiendo. Las Siete Magníficas explican más de un tercio del principal índice bursátil de Estados Unidos, y por eso mismo sus movimientos ya alcanzan el patrimonio de miles de hogares y fondos de pensión. En ese contexto, tal vez los rebotes bursátiles solo disimulan la fragilidad de un modelo intensivo en capital que difícilmente tenga marcha atrás: sus flujos ya no alcanzan para financiar sus inversiones, y la diferencia se cubre con una deuda que probablemente no deje de crecer.
MS/MF